Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
IN FERNEM LAND... 

LOS ABISMOS MÁGICOS

 

Fue en tiempos remotos
cuando nada había;
ni arena ni mar
ni frías olas,
ni tierra
ni altos cielos,
sólo un gran abismo...

Völuspá


Richard Wagner puso un especial interés, al concebir el Festspielhaus de Bayreuth, en crear un abismo místico (según sus propias palabras): un gran espacio entre el proscenio y el patio de butacas, donde situará a la orquesta, invisible a los ojos de los espectadores. De este abismo místico, cavidad sin fondo en donde habita el misterio, surge la música que comparte con el mito un tiempo, un tempo, que no es cronológico, que no está sujeto a la ley del desgaste, de la decadencia y la muerte; un tiempo que, en el eterno presente de la interpretación, da cuenta del pasado y representa el desarrollo, en variaciones, de su futuro.


Wagner no necesitó el soporte del poema para que participáramos en la magia de la creación del cosmos, le bastó con la música, y, en el Preludio del Oro del Rin, nos la presenta con toda su enigmática y fascinante belleza. Ya que esta sección de Wagnermanía está dedicada a su universo mítico, no estará de más recordar los relatos de creación del mundo, las cosmogonías que, sin duda, estaban presentes en su imaginario a la hora de transmitirnos su personal comprensión del Principio

 

Ya que dediqué la primera entrega de In fernem Land a repasar las fuentes nórdicas del Anillo del Nibelungo, hora es de volver a ellas. Snorri Sturluson nos relata el Génesis escandinavo en su Edda en prosa, especialmente en el poema llamado "Gylfaginning" (El engaño de Gylfi: mago y rey de Suecia, que se disfraza de anciano y llega al castillo de los dioses, bajo el nombre de Gangleri, fingiendo que se ha perdido, y les pregunta por la historia del principio y el fin del mundo), ampliando considerablemente la breve referencia al inicio de los tiempos que se nos cuenta en la Völuspá de la Edda Poética con la que he iniciado estas líneas.

 

El Gran Vacío


Oscuridad y silencio en la sala de la colina verde momentos antes de empezar la representación del Oro del Rin. De repente, ese silencio, que no la tiniebla, se rompe con la vibración de un Mi Bemol Mayor. Poco a poco, en el compás 129, se abre el telón. ¿Qué ha ocurrido hasta entonces? ¿Qué está ocurriendo hasta que nos envuelve el ondulante canto de las Hijas del Rin?


Nada parecido, en las mitologías del Gran Norte, al Dios del Antiguo Testamento, creador del universo, único y omnipotente. En esas tierras de glaciares y volcanes, entre el hielo y el fuego, en el principio fue el Ginnungagap, el abismo mágico, primigenio, el "espacio cósmico cargado de fuerza creadora" (según la interpretación que le da al término Jan de Vries), que se extendía entre el país de la oscuridad, los hielos y las brumas, el Niflheim, "Tierra de la Niebla", al norte, y las luminosas y ardientes latitudes del "País del Fuego", el Muspell, en el sur.

 

Los ríos que brotaban de la fuente central del Niflheim llegaron hasta el Ginnungagap para convertirse en hielo y escarcha que crecieron y colmaron el abismo hasta que los aires cálidos procedentes del Muspell los fundieron y volvieron a fluir. De sus gotas de agua, vivificadas por el viento meridional, nació el gigante Ymir. De esta escarcha fundida también surgió una vaca, llamada Audumla, que, con los cuatro ríos de leche que brotaban de ella pudo alimentar al gigante.

Mientras Ymir dormía, de su sudor nacieron un ser masculino y otro femenino, y uno de sus pies engendró un hijo del otro; así nació la estirpe de los terribles gigantes del hielo. Entre tanto, Audumla, al lamer las piedras de escarcha salada, hizo salir de ellas a Buri. El hijo de éste (Sturluson no especifica con quien lo tuvo), Borr, se casó con una descendiente de Ymir, llamada Bestla, y de su unión nacieron los dioses Odín (nombre escandinavo de Wotan, no lo olvidemos), Vili y Vé.


Acabamos de asistir al nacimiento de dos estirpes que serán fundamentales en el Anillo del Nibelungo: la de los gigantes y la de los dioses. Vamos a detenernos unos momentos en la primera.

En las mitologías del norte, las relaciones entre dioses y gigantes son muy estrechas y, por lo tanto, las fronteras entre los unos y los otros no son siempre de todo evidentes. Sin embargo, la primera diferencia es que la estirpe de los gigantes surge de sí misma, gracias a Ymir, y de ella procede la de los dioses, como acabamos de ver. Por otro lado, tanto las Eddas como el folklore nos presentan a los gigantes como seres destructivos, monstruosos y malignos, en eterna lucha con los dioses (tuvimos la ocasión de verlo en la anterior entrega de In fernem Land), pero necesarios, ya que de ellos surgió todo. Su país es el Utgard , "Recinto Exterior", separado del mundo de los dioses y del de los hombres por un mar terrible, ríos que nunca se hielan y un bosque tenebroso.


La creación de un mundo


Odín, Vili y Vé, los hijos de Borr, mataron a Ymir (tanta sangre brotó de sus heridas que se ahogaron en ella todos los gigantes, excepto una familia), trasladaron su cuerpo al centro del Ginnungagap, con su carne hicieron la tierra, con su sangre el mar y los lagos, con sus huesos las montañas, con sus dientes las piedras y las rocas. Su cráneo sirvió para formar la bóveda celeste que colocaron sobre la tierra y, en sus puntos cardinales, pusieron a cuatro enanos para sostenerlo. Entonces, tomaron las pavesas y las chispas que salían del ardiente Muspell y las lanzaron encima de lo ya creado para iluminarlo; colocaron sus grandes fuegos en el cielo, idearon sus órbitas y, así, separaron las noches de los días.

 

 

La estirpe de los enanos había nacido de la descomposición del cadáver de Ymir. No son seres fundamentalmente malignos, como los gigantes, ni pequeños, como se podría creer, ya que pueden adoptar a voluntad cualquier tamaño; son hábiles artesanos y excelentes herreros, gracias a una magia a la que, en numerosas ocasiones, recurren los dioses (aunque ellos les dieron la inteligencia): el martillo de Thor o la lanza de Odín son algunas de sus fantásticas y poderosas obras. Muy estrechamente ligados al mundo de los muertos, como nos relata la historia de su origen, poseen, junto con sus escondidos tesoros, el secreto de la poesía (el brebaje de los enanos que un día les robará Odín) y habitan en las profundidades de la tierra.

Pero aún queda una estirpe destinada a habitar el nuevo mundo: la de los hombres. Los tres dioses encontraron, mientras paseaban por le borde del mar, dos árboles y con sus troncos crearon a un hombre y a una mujer. Odín, les dio espíritu y vida, Vili les otorgó sabiduría y movimiento, y Vé les dotó de habla, oído y vista. Al hombre le llamaron Ask, "Fresno", a la mujer Embla, tal vez, "Olmo" o "Vid", y habitaron el Midgard, la "Tierra Media", formada con las cejas de Ymir y situada entre Asgard, el "Recinto de los Dioses", (allí se encuentra el Valhöll, el reducto de los guerreros caídos en combate, nuestro Walhalla) y el país de los gigantes. De la unión entre la estirpes divina y humana, surgirá la de los héroes.

 

 

El Gran Fresno del Mundo

Sin embargo, hasta ahora, hemos hablado de la creación de un mundo, no de la del Mundo, de la del Cosmos en su totalidad; éste, para la tradición germanoescandinava, no puede ser creado ni destruido, ya que no tiene origen ni fin, y está representado por Yggdrasill, el Gran Fresno. A diferencia de la Tetralogía, este árbol cósmico, emblema, centro y eje del universo inmutable, no será abatido, tan sólo temblará en el temido tiempo del Ragnarök, "el destino/juicio de las potencias/dioses", que se diferencia esencialmente de la concepción wagneriana del Götterdämmerung, "Ocaso de los dioses", en que, para las mitologías del norte, no significa una destrucción definitiva del mundo creado que acabamos de describir, ni la muerte de las potencias, sino una renovación; pero de esto volveremos a hablar más adelante.

Yggdrasill, eternamente verde, extiende sus tres raíces por las tierras de los dioses, los gigantes y los hombres, muchos animales (desde el águila encaramada en su copa, cuyos aleteos provocan los vientos, hasta las serpientes que roen sus raíces) pueblan sus frondosas ramas, lo que le convierte en la representación de toda vida; pero también de todo saber, ya que protege la fuente de Mimir, en la que Odín dejó un ojo en prenda del supremo conocimiento; y, finalmente, de todo destino, ya que las Nornas, las Parcas del norte, tienen en él su morada y, cada mañana, le rocían con agua clara y arcilla blanca.


 

Pero fue otro el destino del Gran Fresno del Mundo en la Tetralogía. Todo empezó cuando un enano...

 

Bibliografía:
Bonnefoy, Y. (Dir.), Diccionario de las mitologías. Vol. IV. Barcelona, Destino, 1998.
Lecouteux, Cl., Pequeño diccionario de mitología germánica. Palma de Mallorca, Olañeta, 1995.
Sturluson, S. Textos mitológicos de las Eddas. Madrid, Miraguano, 1998.
Vries (de), Jan, "La religion des germains" in AA.VV, Histoire des religions I. París, Gallimard, 1970, pp.748-779.