Número 193 - Zaragoza - Enero 2017
IN FERNEM LAND... 

NACHT UND NEBEL ...
 

De que estaba en la proa me di cuenta
     del valle del abismo doloroso
     que de quejas acoge la tormenta.
Oscuro y hondo era, y nebuloso,
     tanto que, aunque miraba a lo profundo,
     nada pude entrever en aquel foso.
Dante. El Infierno.

                Vapores venenosos invaden la escena en el teatro de la Colina Verde. Son tan espesos y tan negros que impiden distinguir cualquier contorno, cualquier forma, hasta que unos resplandores rojos nos fuerzan a agudizar la mirada: parece una cueva... Es una cueva, inmensa, a la que van a desembocar pasadizos, aún más oscuros, quizá más profundos, que ella. De cada fulgor nace un ruido, un golpear de yunques, cada vez más atronador, y se diría que es éste el que, creciendo, disipa la oscura niebla del subsuelo. Por una galería lateral, aparecen dos figuras, una nos es familiar: Alberich, el enano que renunció al amor a cambio del poder es, ya, el Señor de los Nibelungos.

Los enanos

Mime. Rackham

           Hemos visto (Los abismos mágicos) que la de los enanos es una raza mítica de la tradición del Gran Norte. Surgieron, en los comienzos del mundo, de la descomposición del cadáver del gigante Ymir, y esto les pone en relación directa con la muerte, lo que también revelan los nombres de muchos de ellos: Dain (“Muerto”), Nár (“Cadáver”), Eikinskyaldi (“traspasado por el cuerno”), como se puede leer en la Edda Mayor y, especialmente, en la Völuspà, en donde la Vidente hace una larga relación de ellos. Parecen ser, pues, en el origen, los espíritus de los fallecidos que habitaban en el interior de las montañas, bajo las piedras, en las profundidades de la tierra; es decir, en todos los lugares que se consideran el refugio de los muertos; y, ya que es la tierra la que acoge a estos últimos, los enanos estarán estrechamente vinculados con ella: poseen su sabiduría y son hábiles artesanos y herreros que trabajan en su interior, extrayendo los metales que convertirán en objetos maravillosos. Gracias a su pericia y a su magia: tanto el martillo de Thor, como el collar de Freyia o la lanza de Odín, salieron de sus forjas subterráneas.

No es pues de extrañar que, en la Tetralogía, también de sus forjas, surjan el Anillo maldito y el Tarnhelm: el yelmo mágico forjado por Mime, bajo el mandato de Alberich, por cuya posesión pelean precisamente al inicio de la tercera escena del Oro del Rin.

 

Los alfos                    

Odín. Alan Lee

Pero hay otra raza de seres sobrenaturales en la mitología nórdica que se viene a confundir con la de los enanos: es la de los Alfos. De nuevo en la Völuspà, lo que parece únicamente ser una lista de nombres de enanos vuelve a resultarnos muy revelador cuando vemos que les son atribuidos apelativos como Álf (“Alfo”), Vindalf (“Alfo del viento”) o Gándalf (“Alfo de la varita mágica”, que les resultará muy familiar a los aficionados a Tolkien).

Por lo tanto, ya en la Edda Mayor empieza la confusión que solemos echarle en cara a Snorri, aunque él va más allá de la etimología: en el Gylfaginning de su Edda en prosa, identificará directamente a los alfos negros, maléficos, con los enanos que viven bajo la tierra, oponiéndolos a los alfos blancos o alfos de luz que habitan en la región celeste del Alfheim; lo que, de nuevo, indica que, según una tradición ancestral (de la que apenas tenemos más referencia escrita que la etimológica, pero que quedó reflejada en múltiples rituales funerarios), tanto los alfos negros como los alfos blancos eran los dos aspectos: maléfico y benéfico, material y etéreo, respectivamente, de los espíritus de los muertos.

Tampoco podemos olvidar que el culto de los muertos está unido al de la fecundidad en las sociedades antiguas (para germinar, el grano antes tiene que morir), y, ya hemos comentado (El poder y la gloria), que los dioses obsequiaron a Frey con el Alfheim cuando se le cayó un diente, y que Frey pertenecía a la familia de los Vanes, dioses de la fertilidad y la riqueza, antes de la primera guerra del mundo (Los abismos místicos).

Los elfos

Oberón y Titania. J. Noelpaton

También el que el Alfheim fuera propiedad de los dioses, los vincula estrechamente con las luminosas y enigmáticas figuras de los alfos blancos, tanto que se llegaron a confundir. Cuando el escritor danés Adam Oehlenschläger escribe su poema Elvenkonge (el rey de los elfos) es al dios Odín al que se está refiriendo (uno de sus múltiples apelativos es el de Valfödhr “Padre de los Muertos”). Lo curioso es que, cuando Herder traduce este poema al alemán, se confunde en la traducción y presenta como Erlkönig (Rey de los Alisos) al que realmente es Elfkönig (Rey de los Elfos), y como rey de los alisos quedará en la famosa balada de Goethe, a la que Schubert pondrá música ¡Quién nos iba a de decir que detrás del árbol negro de los pantanos, en realidad, se escondía Wotan!

Niflhel

Pero acabamos de introducir un nuevo término: elfo. Originariamente, alfos y elfos son los mismos seres; sin embargo, por influencia anglosajona, desde el comienzo de la Edad Media, surgieron las diferencias: los prestigiosos y solemnes alfos se convirtieron en los despreocupados elfos de las canciones populares: espíritus maliciosos, estrechamente emparentados con las hadas, pero que siguieron conservando las dos clases en las que les había dividido la mitología escandinava: elfos de luz y elfos oscuros. El popular y, a la vez shakespeariano, Oberón es un buen ejemplo de figura de elfo. Lo que puede resultar inquietante es que muchos filólogos hacen derivar su nombre de la misma raíz que la del enano germano Alberich...

Niflungos y nibelungos

Ya no nos puede extrañar que Alberich se autodenomine, en la Tetralogía, alfo negro, de la misma manera que Wotan se llama alfo blanco: estamos en plena tradición mítica.

Odín, Loki y Andvari. von Stassen

Y también siguiendo la tradición mítica, Wagner tomará el nombre de Alberich (que significa “Alfo poderoso”) del fuerte y bravo enano que custodia el tesoro de los Nibelungos en la canción de gesta alemana. Sin embargo, que el título del Cantar de los Nibelungos no nos engañe, los Nibelungos tienen un papel muy pequeño en el poema medieval; incluso, este nombre no designa siempre a los mismos personajes. En la primera parte, se refiere a unos valientes príncipes (Schilbungo y Nibelungo), dueños de un fantástico tesoro, y a sus numerosos guerreros, que fueron vencidos por el joven Sigfrido en un tiempo anterior al que nos narra el poema. Cuando Alberico, vasallo de estos príncipes y custodio de su tesoro, se dispone a vengarlos, Sigfrido le vencerá, pasando a ser dueño del manto de invisibilidad del enano (prefigurarión del Tarnhelm en Wagner) y del tesoro, aunque permitirá que Alberico siga custodiándolo.

Alberich. Rackham

En la segunda parte del Cantar, serán los guerreros burgundios, herederos del tesoro (puesto que Krimilda, hermana de Gunter y viuda de Sigfrido, es burgundia. Ya veremos más adelante qué poco tienen que ver estos heroicos personajes con los gibichungos que nos presenta Wagner en el Ocaso), los que serán llamados nibelungos. Parece, pues, que es el tesoro el que da un mismo nombre a sus diferentes poseedores.

Algo muy parecido se presenta en la tradición escandinava. Si bien en las Eddas el término que se emplea es el de Niflungos, éstos también son los burgundios que heredan el tesoro maldito que un día Loki arrebató al enano Andvari (el Alberich de las Eddas y de la Völsunga Saga, como vimos en La seducción y el oro). Sin embargo, los Niflungos son, mitológicamente, los habitantes del Niflhel; es decir, la novena morada, el infierno más profundo y tenebroso de la tradición del Gran Norte, la tierra de la niebla, la tierra de los muertos: Hel, la Oscura.

Realmente la tercera escena del Oro del Rin se abre con una visión infernal: el Nibelheim, el reino de la niebla que habita un pueblo muerto, aplastado por la ambición, por el odio del alfo negro. Si la literatura medieval intentó integrar en la Historia el mito de los Nibelungos, quizá Wagner consiguió devolverle su sentido ancestral: ¿No se trata aquí de un engañoso tesoro que viene del reino de la muerte y convierte en muertos a quienes lo conquistan?

Bibliografía

Cantar de los Nibelungos. Cátedra. Letras Universales, Madrid. 1998.
Edda Mayor; Madrid, Alianza Editorial, 2000.
Guelpa, P.; Dieux et mythes nordiques. Presses Universitaires de Septentrion. 1998.
Sturluson, S.; Edda Menor. Madrid, Alianza Editorial, 2000.