Número 199 - Zaragoza - Julio 2017
IN FERNEM LAND... 

LA EVOLUCIÓN DEL MITO DE TRISTÁN: DE LA LEYENDA CELTA A RICHARD WAGNER (I)

A Antonio Rosales y a Ángeles, ¿cómo no?...

No es amor el sentimiento que no arrasa.
Omar Khayyam. Rubaiyat CXIX.

 

Tristan e Isolda en la fuente, espiados por Marc. Detalle de un cofre de marfil. Louvre

            Probablemente su propio sentido de la fatalidad hiciera que los celtas, esos guerreros valerosos y arrogantes, que habían conquistado toda la Europa occidental hacia el siglo V antes de Cristo, desaparecieran casi sin dejar rastro, bajo el poder de las legiones de Roma y del empuje germánico. Pero, si aquellos pueblos desaparecieron, como tales, de la historia de Europa, su espíritu perduró en los mitos que la configuran a ella y al alma variopinta de sus gentes. Sus viejas leyendas conservarán el sabor agridulce de una nostalgia que habla de tiempos que nunca volverán a ser, en los que la magia aún era posible, aunque no liberaba del dolor, la muerte ni el olvido. Y será una de esas historias, quizá heredera de una tradición aún más antigua, la que se convierta en una de las obras cumbres del arte occidental. Narra los trágicos amores de Tristán y de Isolda, recogiendo un tema muy común en la mitología celta (especialmente insular): el del triángulo amoroso entre un valiente joven, una bella muchacha y un caduco pretendiente. Lo encontramos, entre otras, en las leyendas de Deirdré y Noise y de Diarmaid y Grainné. En ambas, a las dificultades que interpone el destino para vivir libremente el amor se añadirá el recurso al hechizo en forma de geis: un terrible conjuro, propio de esta tradición, que consiste en una orden mágica y de obligado cumplimiento, bajo amenaza de muerte o, lo que para los celtas era aún más grave, de deshonra. Naturalmente, el filtro de nuestra historia y el geis de las que fueron sus primeros referentes, tienen mucho en común.

Deirdre. J. Duncan

Antes del nacimiento de Deirdré (heroína irlandesa de la que tenemos primera noticia escrita por el relato del Exilio de los hijos de Usnech, perteneciente al Ciclo del Ulster y recogido en el Libro de Leinster –datado en la primera mitad del siglo XII, aunque depositario de tradiciones muy anteriores–), un druida profetiza que será muy hermosa pero provocará enormes desgracias. El rey de los ulates –los antiguos habitantes del Ulster–, Conchobar, ordena que se críe apartada del mundo hasta que alcance la edad de convertirse en su esposa. Pero, llegado ese momento, la muchacha se enamora de Noise que, recordando la profecía, la rechaza. Entonces le lanza un mágico geis, mediante el que consigue hacerse amar por el joven con quien huye. Después de un largo exilio y por una traición del viejo rey, Noise muere y Deirdré le es devuelta, pero fallece, poco después, de tristeza y de desesperación. Algunas versiones cuentan cómo el celoso Conchobar manda enterrar a los amantes lejos el uno del otro, pero, como en distintas versiones de mito de Tristán, en sus tumbas nacen dos árboles que crecen hasta que sus ramas consiguen abrazarse. Curiosamente nuestra poesía medieval recoge este mismo motivo en el romance castellano del Conde Olinos (De ella  nació un rosal blanco, de él nació un espino albar, crece el uno crece el otro, los dos se van a juntar; las ramitas que se alcanzan fuertes abrazos se dan y las que no se alcanzaban no dejan de suspirar) y en el portugués del Conde Nilo, mientras que en el romance dedicado a nuestro mito: Herido está Don Tristán, de la tumba de los amantes nace una azucena blanca. Pero volvamos a la tradición celta.

Diarmaid y Grainné. J. Fitzpatrick

A pesar de los evidentes parecidos del mito de Tristán con la leyenda de Deirdré, estará aún más cerca de él la historia de Diarmaid y Grainné, perteneciente, como la anterior, al género de los Aitheda o cuentos de raptos, que, según Isabel de Riquer, ya se conocía en el siglo X y de la que encontramos una breve referencia escrita, de nuevo, en el Libro de Leinster, aunque habrá que esperar al siglo XVIII para conocer su versión completa basada en tradiciones orales. Forma parte del Ciclo Ossiánico. Finn mac Cumail, jefe de la misteriosa y guerrera milicia de los Fianna, ya cercano a la vejez, se casa con la joven Grainné, hija del rey supremo de Irlanda, pero ésta, en el banquete de bodas, hace que su criada le traiga un cáliz de oro en el que vierte un filtro mágico que, al beberlo, hace dormir a todos los invitados, salvo a  Ossian y Diarmaid. Cuando le  propone al primero, que es hijo de Finn, huir con ella, éste se niega ya que está obligado, por un geis, a no compartir ninguna mujer con su padre. Entonces se dirige a Diarmaid, uno de los tenientes de Finn, con el que le une un voto de lealtad y que, por ello, también rechaza los requerimientos de la muchacha que, de nuevo apelando a la magia de un geis: ¡Caiga la deshonra sobre ti si esta noche no me llevas contigo!, hechiza al joven guerrero, a quien, poco después, confesará que hacía ya tiempo que amaba. La pareja huye al bosque y es perseguida durante años, hasta que el viejo caudillo de los Fianna parece aceptar su unión e invita a Diarmaid a una cacería en la que morirá, después de ser herido por un jabalí. Finn podría haberle salvado, ya que tenía el poder de sanar a cualquiera con sólo darle agua a beber, pero niega el socorro a su rival. Se conservan versiones diferentes de esta leyenda y finales distintos. Sin embargo, el que nos va a resultar más cercano es el que narra cómo Grainné muere de dolor al conocer el final de su amante y es enterrada en la misma tumba que él.

Tristán e Isolda. C. Srtup

Según Jean Markale, en La femme celte. Mythe et sociologie, comparando ambos relatos, no hay duda en que Grainné (el nombre parece provenir de la palabra gaélica grian, que significa “sol” –femenino para los celtas–) es el referente mítico de Isolda la Rubia, imagen, a su vez, de la antigua diosa solar céltica que da vida y calor a su amante. Por lógica, Diarmaid representaría a la luna (masculina en esta tradición) y sería el modelo primitivo del  Tristán medieval. Así mismo, en Marco, el legendario rey de Cornualles, Markale reconoce a una primitiva divinidad de la noche y de la muerte, representada mediante la figura de un caballo (precisamente lo que significa su nombre en bretón y galés), que retiene prisionero a un sol que, a su vez, le será arrebatado por la luna. Así, también se puede entender que, en el texto medieval de Béroul el rey aparezca con orejas de caballo. El autor de La femme celte aventura, así mismo, la hipótesis de que nuestros personajes hubieran pertenecido a la historia de Cornualles, como parece indicar la existencia de un Vado de Isolda (Hryt Eselt), atestiguado en esta región en el siglo X, y de la Piedra de Tristán: un monolito funerario de la Alta Edad Media, que se encuentra entre Tintagel y Bodmin, y donde se le llama Drustanus: Hijo de Conomorus, otro apelativo del rey Marc, según textos hagiográficos latinos (todo lo que, por otro lado, confirma una tradición oral tristanesca en Cornualles muy anterior a los primeros poemas franceses que dieron cuenta de nuestro mito). Pero también recordemos que el nombre mismo de Tristán: Drustanus, Drustan, es con toda probabilidad un derivado de Drust, el nombre varios reyes pictos, y que, en la leyenda, Tristán es hijo del rey de Leonís, en la vieja Escocia. Por lo tanto, se trasluce, tanto en la historia de Grainé como en la de Tristán, un origen que atañe a todo el antiguo territorio céltico, aunque sólo nos fijemos en las distintas etimologías de los nombres que en ellas aparecen. No olvidemos, en este sentido, que Branguena llama a Branwen (“cuervo blanco”), hermana de Bran el Bendito, heroína de la segunda rama del Mabinogui galés y, probablemente, aspecto literario de una antigua divinidad celta del amor (en nuestra historia, es ella la custodia del filtro). Además, Morold, como sugiere Markale, puede remitir a  un antiquísimo personaje de la mitología irlandesa, perteneciente a la raza de los fomore: misteriosos y siniestros gigantes que viven en las islas que rodean el país. Podríamos añadir que en las Tríadas galesas (conservadas en manuscritos del XIII o posteriores, pero que, como los mabinogion, recogen tradiciones mucho más antiguas) se puede encontrar el nombre de Drystan como uno de los tres mejores guerreros, porquerizos y amantes; y el de Essyllt como una de las tres mujeres infieles de la isla. Precisamente en la Tríada de los tres porquerizos se cuenta que cuando Drystan, que guardaba los cerdos de Marc, le llevaba un mensaje a Essyllt, Arturo intentó, en vano, robarle un cerdo. También se mencionará a una Essylly en el mabinogi galés de Kulhuwch y Olwen, como una de las damas de la corte de Arturo. Sin embargo, el nombre Isolda no es de origen celta, proviene de un antiguo Iswalda o Ishild  en él que se reconoce el germánico hild, lo que no descartaría una influencia escandinava en la leyenda. Su porqué bien pudiera deberse a las invasiones vikingas del Ulster que comenzaron en el siglo VIII. Precisamente hay una Tristams Saga noruega del XIII que no es mucho más que la traducción del Roman de Tristan de Thomas, pero tiene la importancia de habernos llegado íntegra, a diferencia de su fragmentado modelo francés.

Tristán e Isolda. H.J. Draper

 

Tristán e Isolda. H. Merle

Estamos viendo cómo, en la tradición legendaria de los pueblos celtas, encontramos estructuras narrativas muy similares a lo que hoy conocemos como el mito de Tristán e Isolda, que, por si esto fuera poco, se sitúa en un escenario también pancéltico: Tristán es el heredero de Leonís, Isolda es hija de los soberanos de Irlanda, Cornualles es el reino de Marco y la Bretaña armoricana el hogar de Tristán e Isolda la de las Blancas Manos, después de su matrimonio. Pero, lo que nos hace pensar que estas mismas estructuras van más allá, en el espacio y en el tiempo, del territorio celta es la comparación que hace Pierre Gallais entre nuestro mito y la historia persa de Vis y Ramín, perteneciente al periodo parto (210 a.C.-224 d.C.), probablemente al siglo I d.C., aunque fue el poeta Gurgani quien la  recogió y difundió, ya a mediados del XI situándola en el inicio del imperio sasánida (S.III d.C). En este largo poema, volvemos a encontrar dos emparentados y nobles rivales: el viejo rey Mubad y su hermano pequeño, Ramín, disputándose el amor de la bella princesa Vis; amor que propicia la nodriza de la joven, avezada en artes mágicas. De todos modos, aunque hay innegables y difícilmente casuales similitudes, no creemos, como Gallais, que esta historia sea el modelo de nuestro Tristán sino una pieza más de una herencia mitológica común indoaria: como Sigfrido y Beowulf, Tristán vence a un dragón; como Teseo, luchando con un monstruo, libera a su pueblo de un tributo en jóvenes, y también el mito de Teseo comparte con el de Tristán el tema de las velas blancas y negras cuya confusión provocará, en el primer caso, la muerte de Egeo, en el segundo, la de los amantes.

Pero, si bien encontremos estructuras narrativas y motivos muy similares en antiguos relatos celtas, germanos, griegos e, incluso, persas, el mito que, según Rougemont, tipifica el amor en Occidente, tal y como hoy se conoce, nos llegó a través de narraciones medievales francesas, que, aunque fragmentarias, obedecen a una misma trama argumental. No sabemos si existió un texto que les sirviera de modelo, aunque la lógica y las alusiones que hacen Thomas, Béroul y Marie de France (en el Lai du chèvrefeuille que dedica al tema) a que vieron la historia escrita nos hacen creer que sí. Lo que, en cambio, tenemos son refundiciones de este monumental fresco, como la muy célebre de Joseph Bédier (1922): Le roman de Tristan et Yseult. Unos años antes, en 1865, Richard Wagner estrenaba su drama lírico. Pero, antes de llegar a él, volvamos a sus orígenes...