Número 203 - Zaragoza - Noviembre 2017
IN FERNEM LAND... 

DE LA REVOLUCIÓN POLÍTICA A LA REVOLUCIÓN POÉTICA EN LA TETRALOGÍA DE RICHARD WAGNER

Erigiré un teatro a orillas del Rin y enviaré invitaciones para un gran festival dramático. Después de un año de preparativos, produciré mi obra completa en una serie de cuatro jornadas. Y así daré a conocer a los hombres de la Revolución el significado de esta Revolución, en su más noble sentido. Carta de Richard Wagner a Théodor Uhlig del 12 de noviembre de 1851.

 

 

 

 

Bayreuth

            Cuando se han apagado los ecos y las candilejas, cuando hemos bajado en sobrecogido silencio el camino de la Colina Verde, cuando el corazón ha dejado de latir a un tempo mucho más acelerado que el que imponía el director de orquesta, la cabeza no para de dar vueltas... Entonces, puede parecer que empezamos a traicionar a Wagner: porque hemos dejado de sentir emocionalmente y buscamos comprender racionalmente...; sin embargo, prefiero creer que, porque fue tan intenso el sentimiento, lo único que pretendemos es revivirlo; sólo que, al girar el rostro y ver cómo desaparecen las últimas luces sobre la colina, nos damos cuenta de que el arte teatral es efímero y fugitivo (en eso sí estamos de acuerdo con Patrice Chéreau), nace y se consume en el instante mismo de la representación. Pero, si esta evidencia no nos consuela, podemos recurrir a otras miradas sobre la Tetralogía que prologuen esa primera fascinación. ¿Quién dijo que en la obra de arte, como en el cuerpo amado, a mayor conocimiento mayor goce?

 

I. El nuevo evangelio de la felicidad

 

La primavera de los pueblos           

Revolución de 1849

            A finales de los años 40, la vieja Europa del siglo XIX parece abocada a un cambio. El Romanticismo, desde la Revolución de 1789, sigue renovando el arte y las ideas. Gracias a él, ahora, frente a la diosa razón se yerguen, cada vez más poderosos, la fantasía y el sueño; el hombre se cree capaz de encauzar su propio destino y el de su pueblo, en armonía con una Naturaleza que vuelve a ser reconocida como la Eterna Madre; los viejos imperios tiemblan, mientras las nuevas naciones luchan por ser, recogiendo los ecos legendarios de sus pasadas glorias. El liberalismo y el socialismo, en sus sentidos más amplios, empiezan a arraigar en unas conciencias que ya no se sienten cómodas en los rancios moldes de las monarquías absolutas y de derecho divino o los despotismos ilustrados. Pese a sus esfuerzos en el Congreso de Viena (1815), los que habían vencido a Napoleón para devolver los tronos de Europa a sus vetustos dueños ven puesta en entredicho la legitimidad de su poder. Las revoluciones se suceden: 1820 en España, 1830 en Francia, y, por fin, 1848/49 en casi toda Europa. Francia abre el fuego derrocando en tres jornadas (¡Las tres gloriosas!) la Monarquía de Julio e instaurando la Segunda República; pero la mecha ya estaba encendida en el reino de las Dos Sicilias y corre vertiginosamente por las tierras de Italia con promulgaciones de Statuti y llamadas a la unificación; al igual que pasa en los reinos de Alemania, empezando por la Confederación del Rin. Entonces, cae Metternich, otro canciller de hierro, pero esta vez del Imperio Austríaco, que huye de Viena mientras el emperador Fernando promete una constitución liberal que sólo va a defraudar a los que tanto la esperaban; también él se derrumbará en este tumultuoso 48, tras las revueltas de Polonia y Hungría. A las teorías liberales y a la voluntad de unidad nacional se unirá, a su vez, una gran crisis económica y, con ella, un buen número de reivindicaciones sociales que avivarán las llamas.

Röckel

El continente bulle en este 48 que se ha dado en llamar La primavera de los pueblos y Wagner no es en absoluto ajeno a este estado de cosas. Gregor-Dellin nos cuenta la impresión que, entonces, el músico causó en Eduard Hanslick: No hablaba más que de política; esperaba de la victoria revolucionaria un renacimiento total del arte, de la sociedad, de la religión, un nuevo teatro, una nueva música. Pese al asombro, casi la indignación, del primer crítico musical de Viena (que bien pudiera ser el referente histórico del Beckmesser de los Maestros), Wagner hablaba de política y de revolución como las únicas vías para renovar el arte y, por lo tanto, servirlo, con lo que se ve claramente el orden de preferencia en su tabla de valores. No obstante, le oiremos clamar: ¡Que sea destruido todo lo que os oprime y os hace sufrir! Y de las ruinas de este viejo mundo, que surja un mundo nuevo, lleno de felicidad nunca presentida, desde las Volksblätter (en un artículo al que llama La Revolución y aparece sin firma, en Dresde, el 8 de abril de 1849), el periódico de su amigo, compañero de ideas y también maestro de capilla de la corte sajona en Dresde: August Röckel, demócrata radical y socialista utópico, que había asistido a la revolución de julio de 1830 en Francia (donde conoció al general La Fayette) y, el que, poco antes, en la primavera del 48, le había presentado a Bakounine.

 

Wibelungos y  Nibelungos

Dresde. Grabado del XIX

No es muy seguro que la mutua simpatía que sintieron Wagner y el anarquista ruso influyera de un modo tan determinante en Los Wibelungos: historia universal a partir de la leyenda (en No sólo el Gran Norte I vimos que era el primer referente de la Tetralogía) como lo afirman musicólogos de la talla de Jean-Jacques Nattiez, que ha llegado a llamar a este texto tan variopinto, el “Protoanillo” o “El anillo según Bakounine”. Es cierto que en los escritos de Wagner inmediatamente anteriores a la revuelta de Dresde (en la que participaría también el anarquista) se habla claramente de destrucción absoluta de las leyes y de los poderes reinantes, pero siempre debida a la inexorable Ley Natural, no a las bombas a las que era tan aficionado el ruso (en Mi vida, le llama, no sin humor, pirotécnico jefe, y reconoce la atracción y, a la vez, el espanto que le producía su personalidad). El mejor ejemplo lo encontramos en el artículo que acabamos de citar: allí, la Revolución se equipara a una tormenta que, aniquilando el orden injustamente establecido del viejo mundo, creará uno nuevo en el que el hombre habrá de ser libre y feliz. Esta primera diosa wagneriana destruye para crear, y resulta significativo oír en su boca palabras muy similares a las que pronunciará Erda en El oro del Rin, sólo que, mientras la vieja y sabia Wala anuncia desgracia y muerte a los que detentan el poder: ¡Todo lo que es..., acaba! Un día sombrío amanecerá para los dioses..., ella, la mujer que enarbola banderas tricolores, pasando por la muerte, devuelve a la auténtica vida: Todo lo que existe tiene que desaparecer; ésta es la eterna ley de la naturaleza, ésta es la condición de la vida, y yo, la eternamente destructora, llevo a cabo la ley y creo la vida eternamente joven...

Bakounine

Si no consideramos tan determinante la amistad de Wagner y Bakounine, sin embargo, sí creemos poder afirmar que, en ese primer acercamiento temático a la Tetralogía que fueron los Wibelungos, y en el que le seguiría apenas un mes más tarde: El mito de los Nibelungos, Proyecto de un drama (bastante más corto y ya enfocado sobre la figura de Siegfried y la redención de los dioses), se hacen evidentes las ideas que recorren la Europa del 48, sacudiendo conciencias y levantando barricadas: en primer lugar, podemos ver el nacionalismo cultural de Fichte, en el mito fundador de la raza germánica y los personajes de Federico Barbarroja y su antepasado Siegfried, el hijo de Dios, de quien, por lo tanto, desciende, siempre según Wagner, la dinastía alemana de los Hohenstaufen. También encontramos la condena de la propiedad de Proudhon, cuando el tesoro de los Nibelungos se convierte en un bien hereditario y, por lo tanto, ilegítimo, ya que no se posee gracias a la fuerza y el valor de una gesta. Y, finalmente, en estos primeros acercamientos a la Tetralogía, se nos muestra, un culto al hombre, a la vida y al amor, que tiene sus raíces en Feuerbach, mediante la figura de Siegfried, el héroe que redime a los dioses del pecado que cometieron (por fundar su poder sobre la violencia y la astucia no sobre la reconciliación), asumiendo la falta mediante el gesto de no devolver el anillo a las hijas del Rin, y, que, finalmente, de la mano de Brünnhilde (que, al devolver la joya, ha liberado a los Nibelungos de la esclavitud), entra triunfante en el Walhall, desde donde reinará para siempre el Padre del Universo. Éstos son algunos de los sistemas más o menos filosóficos en los que, inmediatamente, Wagner reconoció sus intuiciones, muchas de las cuales permanecieron en el espíritu del Anillo del Nibelungo hasta su culminación definitiva, 26 años más tarde.

Diosa Revolución

Pero que permanecieran no significa que no evolucionaran, porque lo hicieron, y de manera considerable, aunque, evidentemente, algunas continuaron inalterables en el espíritu del maestro de Leipzig. Acabamos de ver, en el artículo de las Volksblätter, que la Revolución viene a los hombres para romper las cadenas que les aprisionan, salvarlos del abrazo de la muerte e insuflar vida joven en sus miembros, utilizando la misma idea de la que se servirá Erda para inculcar la evidencia de la muerte y, con ella, el miedo en el corazón del soberano de los dioses. Sin embargo, en el mismo artículo, también encontramos el retrato del hombre libre, creado por la revolución y los nuevos tiempos, cuya imagen perfecta será la del Siegfried del Anillo del Nibelungo: Que sea la propia voluntad el señor del hombre, el propio placer su única ley, la propia fuerza su propiedad toda, pues lo único sagrado que hay es el hombre libre, y no hay nada más elevado que él.

 

La muerte de Siegfried

Siete meses después de escribir estas inflamadas líneas, y apenas uno después de acabar el primer esbozo de la Tetralogía: el Mito de los Nibelungos, Wagner termina el relato en prosa de La Muerte de Siegfried, la primera versión del Ocaso de los Dioses; y, del 12 al 28 de noviembre, compone el libreto de esta, en un principio, “gran ópera heroica en tres actos”. Lo que nos puede resultar más significativo para entender la evolución de su pensamiento y de su obra definitiva es precisamente el final: Brünnhilde, antes de avanzar hacia la pira, con una brillante armadura y llevando de la mano a Siegfried, se dirige, orgullosa, a Wotan: “¡Reina solo en tu magnificencia, Padre Universal! Para que tu poder sea eterno, te traigo a este héroe: que le sea reservado el mejor recibimiento, pues es digno de él”. Mientras los amantes avanzan hacia una luz cegadora, las aguas del Rin inundan la gran sala y las ondinas recuperan el anillo a la vez que precipitan a Hagen en el abismo de las profundidades.

La libertad guiando a los pueblos. E. Delacroix

 

El final del libreto no será muy distinto de su versión en prosa, pero hay un ingrediente más: el de la libertad. Édouard Sans nos recuerda que esta versión fue escrita después del famoso discurso de Wagner ante el Vaterlandsverein (la Asociación Patriótica, una de las más poderosas y liberales organizaciones políticas de Dresde, que, por aquel entonces, llegó a tener participación en el parlamento alemán), titulado ¿Cómo se comportan las aspiraciones republicanas frente a la realeza?, y que, por lo tanto, no es extraño que el concepto de libertad aparezca en varias ocasiones en el poema, especialmente en la escena final, aunque la intención del mismo no sea directamente política. Tampoco debe resultar extraño (éste es el tema central de su discurso frente al Vaterlandsverein) que, en la mente de Wagner, las aspiraciones republicanas sean perfectamente compatibles con la monarquía; siempre y cuando ésta se muestre poderosa, digna de respeto y se sitúe a la cabeza de un pueblo libre; Enrique el Pajarero (recordemos Lohengrin) o Federico Barbarroja (aunque sólo se quedó en un proyecto de drama) ejemplifican a la perfección este tipo de realeza, así como su dios soberano de 1848:

Brünnhilde.
¡Reina solo en tu magnificencia
tú, Padre del Universo!
¡Alégrate por el más libre los héroes!
¡Llevo contigo a Siegfried:
ofrécele tu amoroso saludo,
a él, al garante del eterno poder!


Coro.
¡Wotan, Wotan! ¡Dios poderoso!
¡Wotan, consagra el incendio!
¡Quema al héroe! ¡Quema a la novia!
¡Quema a la fiel montura,
para que puros y sanos de toda herida,
libres compañeros del Padre Universal,
saluden alegremente al Walhall
unidos en una eterna felicidad!

           

Pero este nuevo evangelio de la felicidad, que habría de traer la diosa Revolución, nunca llegó a ser en el Anillo del Nibelungo. La Primavera de los pueblos se convirtió bruscamente en invierno, con el fracaso de todos sus levantamientos; y, poco a poco, la lúcida mirada de Schopenhauer empezó a brillar entre candilejas...

Bibliografía:

Gregor-Dellin, M.; Richard Wagner. Sa vie. Son Oeuvre. Son Siècle. París, Fayard, 1981.
Nattiez, J.-J.; Tétralogies. Wagner, Boulez, Chéreau. Essai sur l’infidélité. París, Christian Bourgeois, 1983.
Rubio Ferré, I., La revolución. http://www.agongen.com/OF-W-Art-larevolucion.htm
Sans, É.; “Des Wibelungen au Crépuscule des dieux ou un quart de siècle de réflexion” en L’Avant-Scène Opéra, nº, 12-13 (Le Crépuscule des dieux), pp. 11.17.
Wagner, R.; Mi Vida. Madrid, Turner música, 1989.
Wagner, R.; Escritos y confesiones. Barcelona, Labor, 1975