Número 200 - Zaragoza - Agosto 2017
IN FERNEM LAND... 

LA MATERIA DE BRETAÑA

PARSIFAL

Por toda la hermosura
nunca yo me perderé,
sino por un no sé qué
que se alcança por ventura.
San Juan de la Cruz.
Glosa a lo divino.

 

 

 

            Una elocuente expresividad de solemnes silencios, desde el preludio de Parsifal, llama a la meditación sobre los motivos principales que van desgranándose al inicio del Bühnenweihfestspiel (Festival Escénico Sacro), en el Teatro de la Colina Verde. Al presentar este fragmento musical al rey Luis II de Baviera, Wagner señalaba un eje de sentido: Amor−fe−esperanza, que estructura tanto estos primeros compases como el resto de la obra. Ambos, a su vez, reposarán sobre una misma piedra angular: ¡Tomad el cuerpo, tomad la sangre  que mi amor os ofrece! No caigamos, sin embargo, en la fácil tentación de encerrarlos dentro de un determinado dogma.

D. G. Rossetti. La Dama y el Grial

La verde Irlanda

R. Winters. Irlanda

            Ya hemos visto (La demanda del Santo Grial) que aunque el mabinogi de Peredur, hijo de Evrawc, se presenta como el referente más primitivo de nuestro héroe (a pesar de la datación tardía del manuscrito que conserva su historia), el texto de Chrétien de Troyes es el que abre las puertas de la gran literatura europea a lo que no tardará en convertirse en uno de los mitos más vinculados con la tradición cristiana medieval, y que, curiosamente, tuvo un nacimiento pagano. Es indudable que la temática que utiliza Chrétien, no sólo en ésta sino en todas sus demás obras, desvela un origen celta; pero ¿cómo llega esta tradición, que fue en Irlanda en donde se mantuvo más pura (ya que no fue conquistada por los romanos y la influencia cristiana se realizó de un modo muy progresivo), a un clérigo de la corte francesa de Champagne? Aquí es donde surge el primer interrogante puesto que, hasta la fecha, no se ha encontrado ninguna de las obras en las que él y sus contemporáneos se pudieron basar. Sin embargo, en el mismo prólogo de la Historia del Grial, en el que tanto pondera a su mecenas Felipe de Flandes (quizá con un poco de sarcasmo, por lo excesivo, tratándose de un personaje tan poco recomendable), nos habla de un misterioso “libro” que éste le entregó. Se han hecho todo tipo de conjeturas al respecto, pero no podemos asegurar nada sobre él, aunque no resultaría descabellado apuntar que Chrétien conocía, por tradición oral o escrita, historias que pudieron ser echtrai o estar basadas ellos.

A. Lee. El caballero y el castillo

            En la rica y antigua tradición de la literatura irlandesa, destacan dos tipos de relatos: los imramma y los echtrai que describen viajes maravillosos e iniciáticos de sus protagonistas a los reinos del Más Allá celta. Si la aventura se realiza por mar, se tratará de un imramma; si, por el contrario, es de tierra adentro, a la búsqueda de un castillo encantado en el que generalmente habita un ser sobrenatural, tendremos un echtrai. En ambos tipos de cuentos encontraremos siempre un valiente guerrero, que, a través de un viaje fantástico, llegará a reinos de mágicas islas o palacios de dioses, hechiceras o magos, en donde se verá agasajado con festines que surgen de áureos e inagotables recipientes. Para todos los que pueblan estos lugares, así como para sus heroicos visitantes mientras permanecen allí, no existe la vejez ya que el tiempo no transcurre, se estanca en un prodigioso espacio en el que proliferan espadas encantadas, lanzas mágicas, cuernos de la abundancia y calderos que restituyen la vida o dan la sabiduría. Por supuesto, encontraremos todos estos objetos, la mayoría de las veces cristianizados, en las posteriores leyendas del Grial.

Otras islas

La batalla de Mount Badon

Los galeses, que tenían una lengua de prestigio (el cymraeg, una de las más antiguas que aún se hablan en Europa) y una brillante literatura (buen ejemplo de ella es el de los mabinogion), quedaron tan fascinados por los relatos de sus vecinos irlandeses que, muy pronto, los adaptaron a su propia tradición convirtiendo, eso sí, a los eternos en mortales para cubrir aquellas historias paganas con el traslúcido velo del cristianismo celta. Cuando las incursiones sajonas y anglas empujaron a los britones hacia el país de Gales, éstos también bebieron de la misma cultura y, al seguir hostigando los pueblos invasores a los isleños, galeses y britones terminaron por instalarse en las tierras armoricanas del continente a las que dieron el nombre de Bretaña. En poco tiempo, los ya bretones se sirvieron de las leyendas de su antigua tierra para convertirse en los mejores y más afamados narradores ambulantes (conteurs), pasando de bardos a juglares. Así, se fue extendiendo por el Este continental la Materia de Bretaña, aquélla que contaba las aventura de un prestigioso caudillo y de toda su corte: el rey Arturo y los Caballeros de la Tabla Redonda.

La tabla redonda del rey Arturo. Sala Mayor del Castillo de Winchester

Será el monje galés Nennius el que, a principios del siglo IX y en su Historia Brittonum (Historia de los Britones) el que, por primera vez, deje constancia escrita de las hazañas de un dux bellorum (jefe militar) llamando Arthur que, durante el siglo V, a la cabeza de las tribus celtas de las Islas Británicas, se resistió simultáneamente al empuje de las legiones romanas y las hordas de anglos y sajones en doce heroicas y victoriosas batallas entre las que sobresale la última, la de Mount Badon (tanto Gildas en el siglo VI como Veda en el siglo VIII hacen referencia a estos hechos y también son considerados como fuentes del mito, pero no mencionan el nombre de Arturo). Será el siglo XII el que vea florecer con más exhuberancia esta leyenda de la mano de un obispo galés: Geoffroy de Monmouth a través de su Historia regum  Britanniae (Historia de los reyes de Bretaña, escrita hacia 1135). Aquí, Arturo ya aparece como rey, hijo de Uther Pendragon y de Igerna, a quien éste sedujo bajo la forma de su esposo gracias a las artes mágicas de Merlín. La historia se sitúa al inicio de su reinado, en el año 505, cuenta sus guerras contra los sajones, cómo conquistó no sólo toda Inglaterra, sino Irlanda, Noruega, la Galia y Dacia, y de qué manera se resistió a pagar el tributo de homenaje a los romanos. Su magnífica corte se situaba en Caerleon-on-Usk; pero, mientras estaba de viaje en el continente, llevando a cabo su lucha contra el imperio, su sobrino Modred le usurpó la corona y se casó con su esposa Guanhumara. Al regresar el rey, y tras derrotar al traidor en Winchester, le mató en la batalla en Cornwall, en donde él mismo fue gravemente herido. La soberana se retiró a un convento y, antes de su muerte, Arturo cedió el reino a su familiar Constantino. Entonces fue llevado misteriosamente a la isla de Avalón. El resto es silencio.

Como vemos Geoffroy no menciona ni a los caballeros de la tabla redonda ni al Grial, aunque reúne ya muchos de los elementos esenciales de la Materia de Bretaña. Unos años más tarde (en 1155), un trovero, Robert Wace escribe su Roman de Brut, traducción al anglonormando, versificada y un poco libre, de la historia contada en latín por el obispo galés. Se la dedica a Leonor, duquesa de Aquitania y, hasta hace poco, reina de Francia, que acaba de renunciar a su corona para casarse, por amor, con Enrique Plantagenêt, duque de Normandía y conde de Anjou que, rápidamente y por una serie de casuales circunstancias, subirá al trono de Inglaterra. En esta obra,  Wace se propone entroncar a los nuevos soberanos británicos con un linaje mítico que se remontará hasta el troyano Brutus, biznieto de Eneas (el espíritu de la Eneida no anda lejos), pasando, naturalmente, por Arturo (a cuyas hazañas dedica la mitad de la composición), que se presentará como un gran señor feudal, dotado de las mayores virtudes cortesanas. Aquí también se mencionará, por primera vez, a los Caballeros de la Tabla Redonda: ocupaban en la mesa un lugar idéntico y eran servidos de la misma manera, ninguno podía vanagloriarse de estar sentado a más altura que su igual.

Perceval el galés

Leighton. José de Arimatea

La corte de Leonor (británica pero de lengua francesa, no olvidemos que su heredero, Ricardo Corazón de León, nunca habló el idioma de sus súbditos) adquiere un extraordinario brillo cultural que se prolongará en las de las hijas que había tenido con el rey Louis VII de Francia: Marie y Alix, condesas, respectivamente, de Champagne y Blois. Chrétien de Troyes, bajo el mecenazgo de  Marie, le dedicará el primero de sus cinco Romans (todos basados en la Materia de Bretaña): Le chevalier de la charrette (El caballero de la Carreta), en el que Arturo asiste, impotente, al rapto de Ginebra y al cautiverio de los habitantes de Logres. La salvación vendrá de la mano de Lanzarote, pero también será él quien prive al soberano del amor de su reina.  La última obra del clérigo de Troyes será, como ya indicamos, la inacaba Historia del Grial. Ésta, rinde homenaje a Felipe de Flandes, que se encontraba en la corte de Champagne mientras pretendía a la viuda condesa.

Ya hemos visto cómo el personaje de Perceval tiene más que claras resonancias de esos héroes guerreros celtas de los echtrai que emprenden viajes iniciáticos a fabulosos reinos, en los que se ven ricamente agasajados, y que son capaces de restituir el concierto entre la tierra y su soberano, ése que, al perderse, la convirtió en yerma. Por otro lado, en la obra de Chrétien aparece por primera vez el Grial, pero en su forma profana de plato grande y poco profundo como aquéllos en los que, por entonces, se servían a los ricos viandas de alto precio, si hemos de creer lo que contaba el abate de Froimont en 1215. Cabría, pues, preguntarse, en qué momento el misterioso objeto se empieza a deslizar hacia una progresiva cristianización. El hecho de que Chrétien muriera antes de terminar su obra dará inmediatamente pie a cuatro continuaciones dedicadas a las aventuras de Gauvain (Galván) y Perceval. Especialmente en las dos últimas, se empezará a romper la ambigüedad que dejó el escritor de Champagne y a orientar claramente el motivo del Grial hacia un significado religioso.

No debía de ser ajeno a este cambio Robert de Boron, clérigo al servicio de  Gautier de Montbéliard (un cruzado muerto en Tierra Santa), que supo reunir todos los conocimientos que descubrió en Oriente para lanzarse a una arriesgada empresa de síntesis poética: engarzar las leyendas celtas y el mito del Grial con los orígenes del cristianismo en una gran alegoría religiosa de la Redención. El escritor compuso, de 1191 a 1202, su trilogía en verso; se trataba de Joseph d’Arimathie (José de Arimatea) o L’estoire dou Graal (La historia del Grial), Merlin y Didot-Perceval, pero sólo se ha conservado íntegra la primera obra y un breve fragmento del Merlin. Sin embargo, algunas versiones en prosa nos permiten conocer la totalidad de su contenido. Pero lo que más nos interesa destacar es que, en esta obra, el Grial se presenta como el vaso con el que Cristo instituyó la eucaristía durante la Última Cena y en el que José de Arimatea recogió su sangre durante la noche de la Pasión. Después de resucitado, Jesús de Nazaret entregará a José la preciosa reliquia en recompensa por la compasión que demostró al cuidarse de su sepultura. Cuando, por primera vez, José renueva el acto de la eucaristía, el vaso recibirá el nombre de Graal, obedeciendo a una extraña etimología que hace derivar este sustantivo del verbo agreer (satisfacer, proporcionar gracia). La reliquia pasará, poco después, al cuñado de José, Bron (o Hebron): el rico Rey Pescador (llamado así porque pescó un pez que sirvió en la Santa Cena) que deberá llevarla hasta la Gran Bretaña (Avalón en el texto) y legarla a su descendencia.

Delville. Perceval el Galés

Wagner también pensaba que era éste el verdadero origen del Grial, lo que no significa que, con su última obra, nos encontremos frente a un drama esencialmente cristiano; pero aún nos queda mucho camino para justificar esa hipótesis. De momento, quedémonos con las palabras que se esconden tras el motivo musical que inaugura el drama:

¡Tomad el cuerpo, tomad la sangre  que mi amor os ofrece!

 

Bibliografía

AA.VV.; La légende arthurienne. Le Graal et la table ronde. (Robert de Boron; Merlin-Perceval) París, Robert Laffont, 1989, pp: 311-430.
Bertin, G., La Quête su Saint Graal et l’imaginaire. Condé-sur-Noireau, Éditions Charles Corlet, 1997.
Cirlot, V.; La novela artúrica. Orígenes de la ficción en la cultura europea. Barcelona, Montesinos, 1987.
Godwin, M.; El Santo Grial. Origen, significado y revelaciones de una leyenda. Barcelona, Emecé, 1994.
Troyes, Chr. de; Romans. París, Librairie Génerale Française, 1994.