Número 202 - Zaragoza - Octubre 2017
IN FERNEM LAND... 

EL VALIENTE GAHMURET

PARSIFAL

No quieras despreciarme,
que si color moreno en mí hallaste,
ya bien puedes mirarme,
después que me miraste,
que gracia y hermosura en mí dejaste.
San Juan de la Cruz.
Cántico.

 

 

 

 

W. Pogàny, Castillo del Grial

            Mientras Gurnemanz y los dos escuderos rezan sus Maitines, en el Teatro de la Colina Verde se va abriendo el día. Con el alba, parece surgir desde todos los rincones de la sala, y siguiendo al del Sufrimiento, el motivo de la Promesa, promesa en un nuevo redentor que, si seguimos el texto de Wolfram que inspiró a Richard Wagner, aún tardará en llegar.

El califa del Bagdad

            A diferencia de Chrétien, que comienza su cuento del Grial en el momento en el que Perceval abandona a su madre para seguir a los magníficos caballeros que confunde con ángeles, von Eschenbach inaugura su extenso poema narrándonos las aventuras del valiente príncipe Gahmuret, padre de Parzival. Así, desde el primer momento y sin haber citado aún ni la palabra Grial, el concepto de linaje (Escrito en las estrellas) va a tener una importancia capital en la nueva concepción (cada vez más alejada de sus fuentes celtas) que, de este mito, nos ofrece el minnesänger alemán.

            A la muerte de su padre, el rey Gandin, en un combate caballeresco, Gahmuret se vio despojado de todos los bienes, que pasaron al primogénito, tal y como exigía el derecho de sucesión angevino (recordemos que el Parzival de Wolfram procede del país de Anjou por su familia paterna y del de Gales −como Perceval− por su madre). Aunque la generosidad del nuevo monarca ofreció repartir con su hermano toda su herencia, en este último pudieron más las ansias de aventura y el deseo de gloria que una vida fácil en el séquito del rey, y se fue a servir a quien en ese momento era considerado como el más poderoso soberano del orbe: el califa de Bagdad. P. Ponsoye (especialista en las relaciones entre el Grial y el Islam) hace hincapié en que este personaje es, así mismo, la máxima autoridad espiritual de su tiempo, lo que parece justificar el que Wolfram le dé el título de Baruk (el “Bendito” en hebreo y al-Mubârak o Mabrûk en árabe). Por otro lado, su sede: Bagdad es, junto con Medina, Jerusalén o la Meca,  una ciudad santa para los mahometanos (su nombre en persa significa “Don de Dios”).  Estas circunstancias, que no dejan de chocar en un panorama literario eminentemente cristiano, parecen subrayar el hecho de que nos encontremos ante una de las obras que inauguran la tradición de la caballería espiritual en Occidente y que tiene, como ya hemos visto (El cantor de lo eterno) su origen en las órdenes, primero, persas y, más tarde, sufís.

Predicación de Mahoma

 

G. F. Watts. Sir Galahad

Esto último no desmiente, en absoluto, el cariz preponderantemente cristiano de la obra de Wolfram, que, como iremos viendo, no se puede negar (tampoco se hubiera concebido otra cosa en su época), pero sí desvela el espíritu abierto del autor y una voluntad sincrética (al menos en lo que se refiere a las religiones del libro) que no encontramos por ningún resquicio de las continuaciones francesas del mito. Éstas seguirán los pasos de Robert de Boron, el primero que cristianiza abiertamente el Grial, convirtiéndolo en el cáliz de la Última Cena: El Perlesvaus o El alto libro del Grial (ca.1215), de autor anónimo, es una extraña mezcla de religión, violencia y magia, en donde el protagonista es una clara alegoría (si bien no una identificación total) de la figura de Cristo. En el ciclo de la Vulgata, del Lanzarote en prosa o del Pseudo Map (que por estos tres nombres se conoce; ca. 1215-1228), compilada por monjes cistercienses imbuidos por las doctrinas de San Bernardo de Claraval (que también apoyó la fundación de la orden del Templo), destaca la famosa Búsqueda del Santo Grial, en donde sólo llegarán a la culminación de la mística aventura los caballeros de más acreditadas virtudes cristianas: Boores, Perceval y Galaad. Éstos, al final de la narración, asistirán a una misa celebrada por Jósofes, hijo de José de Arimatea  y primer obispo de la cristiandad, que baja del cielo portado por cuatro ángeles. En medio de la ceremonia, será el propio Cristo el que surja del Santo Vaso para dar la comunión a los tres caballeros. Con estas obras, nos situamos ante los primeros romans (novelas) en prosa (una prosa que sólo se había utilizado, hasta entonces en crónicas latinas de cuya veracidad histórica nadie dudaba) de la literatura francesa; y no por casualidad, ni por capricho, sino con el muy específico fin de alejar el cada vez más fuertemente sacralizado tema del Grial de la frivolidad que se relacionaba con la vana y divertida Materia de Bretaña. Vemos que estas obras están muy alejadas del carácter con el que Wolfram concibe la suya y que se manifiesta, entre otras cosas, en cómo nos presenta a los personajes “paganos”, que adorna con todo tipo de virtudes, como veremos inmediatamente.

Negra soy, pero hermosa

Gahmuret y Belakane.
(Cod. Pal. germ. 339)
T. Roberts. Belakane

            Volviendo al Parzival, nos encontramos a Gahmuret ganando fortuna y fama de valentía invencible en Marruecos, Damasco, Arabia y la propia , desde donde parte al fantástico país de Zazamanc. Allí, la bella, honrada y negra como la noche reina mora Belakane está viendo su capital sitiada por dos ejércitos, uno blanco y otro negro (significativo leitmotiv que nos acompañará a lo largo de la obra y que ya encontrábamos en los primeros versos del poema, en los que se nos presentaba a la urraca, mitad paloma mitad cuervo, como la perfecta imagen de esa armonía de opuestos tan contraria a la intransigencia maniquea que rezuman otras interpretaciones del mito El cantor de lo eterno). El ejército negro era el del fallecido príncipe moro Isenhart; el blanco, lo mandaba su primo, el rey de Escocia. Ambos se proponían vengar la muerte del héroe de la que culpaban a la soberana por no haberle concedido su amor. En el momento en el que Gahmuret es ganado para su causa y se encuentran por primera vez, surge el amor entre ambos personajes. Naturalmente, el de Anjou liberará a la dama negra del peligro que la acechaba después de valerosos combates; entonces, fue conducido junto a una cama bien engalanada, cubierta con una manta de marta cibelina. Allí se le honró mucho más, aunque en secreto. Estaban solos: las doncellas se había ido y habían cerrado la puerta. Entonces la reina y Gahmuret, el amado de su corazón, se entregaron al dulce y puro amor. Sólo su piel era distinta. Al día siguiente el príncipe es reconocido como señor de Zazamanc. Vemos pues que, en la obra de Wolfram, los matrimonios se consagran en el lecho, sin mediación de ceremonia religiosa (lo mismo ocurrirá con la segunda mujer de Gahmuret, la reina Herzeloyde, por más que ésta no sea pagana), y que no es la castidad una virtud que deba adornar al caballero ejemplar (como en otras versiones del mito hasta llegar a Wagner). Sin embargo, el nuevo rey de Zazamanc carecía de dos cualidades básicas, según von Eschenbach, en todo buscador del Grial: la constancia y la lealtad, que, sin embargo, brillaron en sus hijos.

La reina Herzeloyde

Gahmuret y Herzeloyde. Castillo de
Neuschwanstein

            Aunque mucho amaba a Belakane, no tardó el sentir el caballero una fuerte añoranza de aventuras que pudo más que su lealtad hacia ella. De noche y en secreto, la abandonó, a pesar de que la soberana estuviera esperando un hijo suyo, dejándole una carta con la excusa de que si tuvieras la misma Fe que yo, no me separaría de ti. También en esta carta, y ése es su auténtico valor en la narración, Gahmuret deja constancia del origen y la nobleza de su linaje: Mi hijo ha de saber que su abuelo, que se llamaba Gandin, cayó muerto en duelo singular. El padre de éste, de nombre Addanz, corrió la misma suerte. Su escudo nunca quedó entero. Por su linaje era británico. Él y Utepandragun eran hijos de dos hermanos. De ellos hay que decir que uno se llamaba Lalaliez y el otro Brickus. El padre ambos se llamaba Mazadan. A éste lo raptó un hada, de nombre Terdelaschoye, y lo llevó a Feimurgan (Escrito en las estrellas). Él le había encadenado el corazón. De ellos dos procede mi estirpe, que cada vez alcanza mayor gloria. Todos desde entonces han ceñido corona y han alcanzado la mayor fama. Señora, si te quieres bautizar, me puedes aún conseguir. Y la reina quería, pero nunca más volvió a ver a Gahmuret, aunque siempre se mantuvo fiel a su recuerdo. Llegado el tiempo, dio a luz a un niño que tenía la piel y el cabello de dos colores: como la urraca. Ya veremos que, no por ello ni por su sangre mora, su destino será menos glorioso. Se llamó Feirefiz de Anjou.

            Por su lado, cruzando mares y corriendo de justa en justa, el señor de Zazamanc, después de enamorar a la soberana de Francia, que le ofrece su reino, llega a presencia de la de Gales, Herzeloyde a la que gana junto con su país y su amor. Pero le hace una advertencia, antes de que los dos se ciñan las coronas de Gales y Anjou (acababa de heredar el reino de su hermano, muerto a manos del caballero Orilis), que deja definitivamente claras las verdaderas causas por las que había abandonado a la reina mora: Señora, si debo vivir con vos, no me vigiléis. Si me abandonara algún día a la tristeza, iría gustoso en busca de aventuras caballerescas. Si no me permitís ir a torneos, conozco la vieja treta con la que escapé de mi mujer, que también había ganado combatiendo. Cuando me impidió luchar, abandoné la gente y el país. Poco tiempo después, no tuvo que inventar ninguna excusa ya que le llegó la noticia de que su antiguo señor, el califa de Bagdad, había sido atacado por los babilonios y fue inmediatamente en su ayuda. Con artes mágicas, sus enemigos reblandecieron el diamante protector que llevaba en el yelmo y una lanza le atravesó la cabeza, aunque aún tuvo tiempo de morir cristianamente, con ayuda de su capellán. El califa le preparó una espléndida tumba con una lápida de rubí y una cruz de esmeralda, en . Podemos calcular el tamaño del diamante que llevaba en el yelmo porque en él se grabó su epitafio:

A través de este yelmo una lanza atravesó al noble y valiente héroe. Se llamaba Gahmuret. Fue poderoso rey de tres países. Cada uno le entregó una corona y le rindieron vasallaje grandes príncipes. Nació en Anjou y perdió la vida ante Bagdad por el califa. Su gloria fue tanta que nadie llegó a su altura donde se demuestran las virtudes caballerescas. No ha nacido caballero que, en valentía le igualase. Aconsejaba y ayudaba siempre esforzadamente a sus amigos. Sufría duras penas de amor por las mujeres. Estaba bautizado y vivía cristianamente. Su muerte dolió también a los sarracenos. En los años en que fue consciente, buscó valerosamente la gloria y murió como un famoso caballero. Venció a la villanía. Desead la salvación al que aquí yace.

Muy lejos, La reina Herzeloyde, entre la pena y el dolor, daba a luz un niño muy hermoso,

            En el Teatro de la Colina Verde resuena, con intensidad, el motivo de la Promesa...

 

Bibliografía

Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Godwin, M.; El Santo Grial. Origen, significado y revelaciones de una leyenda. Barcelona, Emecé Ediciones, 1994.
La búsqueda del Santo Grial; edición a cargo de C. Alvar.Madrid, Alianza Editorial, 1986.
Perlesvaus o El alto libro del Grial; edición a cargo de V. Cirlot. Madrid, Siruela, 1985.
Ponsoye, P.; El Islam y el Grial. Palma de Mallorca, Olañeta, 1998.