Número 200 - Zaragoza - Agosto 2017
IN FERNEM LAND... 

EL CABALLERO BERMEJO

PARSIFAL

Sólo rocío
es el mundo, rocío,
y sin embargo...
Kobayashi Issa.

 

 

C. W. Eckersberg. Sueño

En el Teatro de la Colina Verde, Kundry, cediendo a la fatiga de su inútil viaje a las lejanas tierras de Arabia, se deja caer mientras llega el cortejo de caballeros que acompañan la litera de un sufriente Amfortas que, torturado por el dolor, implora del cielo la muerte o la pronta llegada del loco puro que, sapiente por compasión, ponga fin a su martirio. Resuena, esperanzador, el motivo de la Promesa.

Las damas y las copas

Pero a nuestro protagonista aún le queda un largo camino para saber lo que es la sabiduría y más aún la compasión. Wolfram nos cuenta cómo, antes de llegar a la corte de Arturo, el joven necio queda fascinado ante la imagen que le ofrece un caballero que lleva en la mano una copa de oro rojo. El Minnesänger parece recrearse en el contraste que ofrecen los dos personajes: mientras Parzival, ridículamente vestido por la Dama Viuda, cabalga una montura, que tropieza y cae, con arreos de esparto y pobre silla; el portador de la copa, primo del rey Arturo, que reivindica como herencia el reino de Bretaña, muestra una apariencia espléndida:

Deslumbrante y tan roja era su armadura
que rojos devenían los ojos al mirarla,
roja también su ligera montura,
su cabello y el penacho de plumas
que adornaba el alto y rojo yelmo.
De rojo brocado era la gualdrapa:
más rojo que la llama era el escudo;
roja y airosa igualmente la capa;
mientras que rojos eran por entero
la punta, el pomo y el asta de la lanza.
Y, por deseo del héroe, de filos bien templados,
estaba enrojecida y era roja su espada.
Parzival y el caballero bermejo Autor desconocido Castillo de Neuschwanstein  

 

Sir F. Dicksee. Two Crowns

En este episodio volvemos a encontrar los ecos celtas de la historia y de sus personajes. El caballero rojo le cuenta al aprendiz de héroe cómo se ha llevado una copa de la mesa de Arturo y, al hacerlo, ha derramado, involuntariamente, su contenido sobre la reina Ginebra. Mediante el gesto de apoderarse de la copa, Ither de Gaheviez (que así llama Wolfram al personaje que, para Chrétien es el Caballero Bermejo del bosque de Guingueroi) está reivindicando simbólica y gestualmente lo que también hace de palabra: su derecho sobre la corona de Bretaña, ya que fue educado por Uther Pendragon, padre de Arturo y anterior soberano que, según la leyenda, muere sin descendencia reconocida. Si recordamos las Elucidaciones, que aparecían, a modo de prólogo, acompañando la obra de Chrétien (ya se trató en La demanda del Santo Grial), vemos cómo esta copa, en la tradición celta, no representa simplemente una corona sino la perfecta unión entre la soberanía y el monarca que, en el caso de quebrarse, por cualquier circunstancia, lleva a la total esterilidad del reino, a la tierra baldía. De la misma manera que, en las Elucidaciones, el malvado rey Amangón, viola y roba su copa de oro a la dama de la fuente, Ither de Gaheviez derrama sobre Ginebra el contenido de la copa de oro que arrebata de la mesa de Arturo. Pero si, en los textos alemán y francés, esta gravísima afrenta del Caballero Bermejo es involuntaria, en el mabinogi de Peredur, el personaje equivalente no sólo arrebata la copa de las propias manos de la reina, sino que le arroja su contenido a la cara y le da una bofetada frente a toda la corte. El violento caballero (a quien el texto galés no adjudica ningún nombre, así como tampoco menciona el color de su armadura), sin embargo, no reivindica explícitamente la devolución de Bretaña, a la manera de los otros dos textos. No es necesario, puesto que, en la antiquísima tradición céltica a la que pertenece el relato, su ultraje es, en sí, un atentado simbólico no contra la esposa de Arturo sino contra lo que representa: la soberanía de su reino. Esa soberanía que, por otro lado, tiene que ser defendida por un caballero de la corte, pero no por el propio monarca. Lo advertimos en las tres narraciones a las que estamos haciendo referencia y, a simple vista, puede parecer extraño, pero no lo es si, de nuevo, tenemos en cuenta la cultura de los celtas en lo que se refiere a las funciones de su soberano y, entre ellas, la que le exige evitar, en la medida de lo posible, toda acción arriesgada (exceptuando, naturalmente, una batalla), puesto que él es el garante de su reino. Como ya hemos visto (y volveremos a ver al analizar la figura mítica del Rey Pescador), la persona del soberano queda asociada de tal manera a su tierra que su propia esterilidad hace que ésta se vuelva yerma. Por lo tanto, mientras él vela por la estabilidad y la fertilidad de sus dominios deberá mantenerse en perfectas facultades y serán sus caballeros los que se lancen a acometer las misiones arriesgadas. Así también se entiende que, en la leyenda artúrica, sea Lanzarote quien rescate a la reina Ginebra cuando la rapta Meleagant; de la misma manera que, en nuestra historia, será Perceval/Parzival/Peredur el encargado de recuperar la copa; salvar, así, el honor de la reina; con él, la soberanía de Arturo y, en consecuencia, permitir que Bretaña siga siendo una tierra hermosa y fértil. Pero aún es pronto para que el necio muchacho pueda llevar a cabo conscientemente una auténtica proeza caballeresca. Recuperará la copa y conseguirá su primera armadura en perfecta coherencia con su actual personalidad: de un modo pueril y poco noble.

El rey que hace caballeros

R. Innocenti. El rey Arturo

El robo de la copa y el consiguiente agravio a la reina han creado un cierto revuelo en la corte de Arturo; todo ello coincide con la llegada del Hijo de la Dama Viuda; llegada un tanto peculiar ya que, en los textos francés y galés, irrumpe con su ridícula vestimenta, sus rudimentarias armas y a lomos su estrambótica montura, en la sala del rey. Jean Markale sostiene que éste es, de nuevo, un rasgo que atestigua el origen celta de la historia, ya que, para estos pueblos, las residencias reales no eran castillos, como los de nuestra Edad Media, sino un promontorio rocoso fortificado que contenía un cierto número de dependencias separadas; así que era fácil entrar, del tosco modo en el que lo hacen Perceval y Peredur, en la sala real. Por el contrario, en la sala de un castillo del medioevo, habitualmente situada en la primera planta y a la que se accedía, por lo general, mediante una escalera de caracol, resultaba muy difícil entrar a caballo. Sea como fuere, en estas narraciones se presenta el hecho de la intempestiva y poco respetuosa irrupción del héroe ante Arturo como muestra evidente de su desconocimiento del mundo y de las formas sociales. En el texto de Wolfram, no entrará a caballo, pero sí dando grandes voces, por lo que llamará igualmente la atención y dará también cumplida cuenta de su absoluta falta de modales. En este mismo texto, a diferencia del mabinogi y en consonancia con el poema de Chrétien, Parzival ya conoce al Caballero Bermejo, con el que se había encontrado camino de la Corte. Éste le ruega que recuerde al rey la reivindicación de su derecho, mientras se extraña de que ninguno de sus paladines se haya ofrecido a rescatar la copa de oro. Pero el necio muchacho, sólo se ha fijado en la soberbia y roja armadura de Ither de Gaheviez y únicamente sueña con conseguirla para él; así que, al llegar frente a Arturo, le exige que le haga de inmediato caballero y se la otorgue. Su senescal, el malhumorado Keye (Keu, Kai, etc., hermano de leche del rey, en algunas versiones de la leyenda), propone burlonamente que sea el mismo joven el que se enfrente en combate singular con el Caballero Bermejo, para recuperar la copa y el honor del reino; a lo que Arturo terminará accediendo, si bien muy poco convencido, ya que no cree que Parzival tenga la mínima preparación que ese duelo requiere y teme que, en él, pierda la vida.

H.J. Collier. Ginebra

La risa de Merlín

J. Heller. Merlín y Arturo

Cuando el muchacho emprende el camino de su primer desafío y pasa frente a las damas de la reina, se oye la sonora carcajada de Cunneware, que había jurado solemnemente no reír hasta la llegada del mejor de los caballeros. A Keye no parece gustarle la reacción de la señora así que, lleno de una furia dictada por la envidia, la golpea brutalmente reprochándole que no haya reído ante paladines nobles y sí ante el desconocido necio que acaba de irrumpir en la sala de su soberano. Entonces se oye la voz de Antanor, un bufón taciturno que había prometido no pronunciar palabra hasta que Cunneware riera, profetizando que el irascible Keye será un día castigado por Parzival. Al instante, se vio más golpeado aún que la risueña dama. El aprendiz de héroe quiso vengarles al momento pero había demasiado tumulto alrededor de Ginebra como para poder servirse certeramente de su venablo; así que aplazó el desagravio hasta su vuelta y marchó en busca del Caballero Bermejo y, sobre todo, de su tan ansiada y brillante armadura.

En el mabinogi de Peredur, quienes reciben los golpes, aquí de Kei, son dos enanos, uno de cada sexo que, habiendo prometido no hablar durante un año (condición que se les impone para poder quedarse en la Corte de Arturo), saludan al muchacho como la luz de la caballería. Por su parte, el texto de Chrétien refiere un episodio casi idéntico al de Wolfram (que no olvidemos fue una de sus fuentes) pero, en él, es el propio Arturo, además del Caballero Bermejo, quien narra, entristecido, la afrenta hecha a reina. Sin embargo, Perceval no les hace el menor caso a ninguno de los dos; lo único que desea es que el rey le haga caballero con las espléndidas armas rojas de quien se llevó la copa de oro, y Keu le insta burlonamente a arrebatárselas. Mientras Arturo le reprocha querer enviar al muchacho a una muerte segura, una encantadora joven, que hacía diez años que no reía, lo hace ahora, profetizando que nunca habrá mejor caballero que aquel desconocido. También en este caso, el envidioso senescal la golpea fuertemente en el rostro y, hallando en su camino al bufón del rey, aprovecha para darle un puntapié que le lanza al fuego; y es que éste había vaticinado que la joven dama sólo volvería a reír en el momento en el que se encontrara ante la mayor gloria de la caballería. De nuevo, este episodio puede resultar sin sentido, en el caso en el que se obvie la procedencia celta del relato. Para esta cultura, la risa, la magia y la profecía estaban hermanadas. A lo largo de la Materia de Bretaña, desde la Vita Merlini de Geoffrey de Monmouth y a través de numerosos textos, las carcajadas del mago Merlín acompañan sus visiones proféticas, porque su fantástica sabiduría le permite ver la realidad de las cosas y no su apariencia, lo que le resulta sumamente divertido. Por ejemplo, cuando los soldados del rey Vortiger le buscan para matarlo, él les sigue riendo porque sabe que quien verdaderamente va a morir es el propio Vortiger. Tanto en los cuentos celtas como en el ciclo del Grial, encontramos, pues, esta risa clarividente, la risa del “iniciado”, del que sabe, y que tanto irrita al que no puede alcanzar el sentido profundo de las cosas, como es el caso del malhumorado y envidioso senescal de Arturo. Y el que sabe suele venir o estar en contacto con el Otro Mundo, pero habitar temporalmente éste en forma de misteriosa dama/hada, enano, gigante o animal de blanco pelaje o alba pluma. En este episodio asistimos, pues, a la primera irrupción de fuerzas sobrenaturales que vaticinan el singular y triunfal destino de un torpe muchacho que, de ninguna manera, parecía digno de alcanzarlo. Esta interpretación va a verse reforzada por el color de la armadura que nuestro tosco aprendiz de héroe terminará arrebatando al Caballero del bosque de Guingueroi, ya que el rojo, o mejor el bermejo, a lo largo de la obra de Chrétien, acompañará al héroe en los momentos más significativos del relato (las mejillas de Blancaflor, la sangre en la nieve, las gotas de sangre en la lanza del Castillo de las Maravillas, etc.), de lo que podría desprenderse que este color es el de los predestinados a acceder al Otro Mundo, a los distintos Castillos de Maravillas que guardan los más profundos secretos Resulta significativo que, en francés, las palabras merveille −maravilla− y vermeil –bermejo− suenen exactamente igual, pero invirtiendo las consonantes y que, en el mismo Cuento del Grial de Chrétien, el caballero Gauvain, que se lanza a una búsqueda paralela a la de Perceval (la de la lanza que sangra) y que también encuentra un maravilloso castillo, se vea a su vez revestido del color bermejo (especialmente en la capa que le otorgan las reinas). Y es que el rojo, desde tiempos inmemoriales y para la inmensa mayoría de las civilizaciones, simboliza la sangre y, con ella, los arcanos impenetrables de la vida y la muerte.

J. Sagalés. Parsifal

Pero ya hemos avanzado que el Hijo de la Dama Viuda está aún lejos de ser la gloria de la caballería. Sale, arrogante, a la búsqueda más que del Caballero Bermejo de su espléndida armadura y éste se encoleriza ante sus pretensiones, propinándole un golpe, sin voluntad de herirle, con la punta roma de su lanza. La respuesta no se hace esperar: un venablo, certeramente dirigido, le atraviesa la cabeza, matándole en el acto. De lo único que se preocupará el muchacho será de despojar al cadáver de su armadura, pero se desespera porque, por más vueltas que le da, no sabe cómo. Un paje vendrá en su ayuda y quedará muy extrañado al ver que el nuevo Caballero Bermejo se niega a quitarse los rústicos vestidos que le cosió su madre. Ahora, su exterior brilla, pero su interior sigue siendo igual de tosco. Sin duda ha vengado la humillación de Arturo, pero aún desconoce el verdadero sentido de sus actos: Molt grief chose est de fol apanre! (¡Difícil tarea, la de enseñar a un necio!).

En el Teatro de la Colina Verde, un cisne salvaje viene desde el lago, aleteando en fatigoso vuelo...

 

Bibliografía

Boron, R. de (atribuido a); Merlin et Arthur : Le graal et le Royaume, in AA.VV. La légende arthurienne. Le Graal et la table ronde. París, Laffont, 1989.
Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Lambert, P.-Y. (traducción del galés medio, presentación y notas de); Les Quatre Branches du Mabinogi. París, Gallimard, 1993.
Markale, J.; Les Celtes et la civilisation celtique. París, Payot, 1999.
Troyes, Chr. de; Romans. París, Librairie Génerale Française, 1994.