Número 203 - Zaragoza - Noviembre 2017
IN FERNEM LAND... 

ENSEÑANDO A UN NECIO

PARSIFAL

En aquella hermosa educación que Jenofonte atribuye a los persas, vemos cómo éstos enseñaban la virtud a sus hijos como las demás naciones hacen con las letras. Michel de Montaigne. Ensayos


J. Asselyn. El cisne

           
En el Teatro de la Colina Verde resuena un breve motivo, de sólo dos acordes, que ya escuchamos en Lohengrin, es el del cisne. Tras un penoso vuelo, el animal, herido de muerte, cae a tierra, sin fuerzas. Un caballero extrae una flecha de entre el blanco plumaje, mientras otros retienen a Parsifal. Gurnemanz le recrimina por haber arrebatado una vida en el bosque sagrado. Escuchándole con creciente emoción, el muchacho, sensible a los reproches del buen caballero, rompe su arco y arroja, lejos de sí, las flechas.

 

 

La plus haute ordre

            Después de la muerte, contraria a cualquier código de honor, de Ither de Gaheviez (El Caballero Bermejo) el joven necio ha conseguido las armas rojas y brillantes que tanto anhelaba (el vengar el honor de la reina sólo fue un pretexto), pero lo ignora todo sobre la caballería. La manera grotesca con la que da vueltas al cadáver, para ver cómo puede arrancarle la armadura, su desesperación al no conseguirlo y el necesitar la ayuda de un paje para ello, da al final de esta penosa aventura un tinte casi sacrílego; tanto más cuanto que, durante el medievo, el revestir por primera vez las armas era un rito sagrado, prácticamente un sacramento, además de la gloriosa culminación de largos años de aprendizaje para los hijos de la nobleza.

Juan II nombrando caballeros. S.XIV

            A principios del siglo XI, la sociedad medieval, al igual que los antiguos pueblos indoeuropeos de los que procedía, estaba dividida en tres castas bien diferenciadas: la artesanal (que laboraba), la sacerdotal (que oraba) y la guerrera (que combatía). Esta última, se encargaba de la defensa de las tierras y el mantenimiento de la paz, permanecía subordinaba al poder de un soberano y estaba constituida, normalmente, por hijos de familias nobles que, llegados a la edad adulta, eran armados caballeros en una ceremonia cada vez más cargada de un fuerte sentido religioso; ya que el caballero, gracias a sus esfuerzos, también contribuiría, y en gran medida, según las creencias del momento, a la realización del reino de Dios. Esto se hará aún más evidente en la época de las cruzadas con la predicación de San Bernardo de Claraval y el consiguiente nacimiento de órdenes a la vez religiosas y militares como las de Santiago, el Hospital, el Templo, Calatrava o teutónica, que se impusieron como auténticos modelos de perfección viril, espiritual y guerrera. No es, por lo tanto, extraño que Wolfram encomiende la guardia del Grial a los caballeros templarios. Pero el origen del camino que recorre un joven desde que deja el techo paterno hasta que es armado caballero se encuentra en ritos de iniciación muy antiguos. La sociedad aristocrática medieval va a heredar de la celta, entre otras muchas cosas, la práctica del “fosterage”: enviar a los hijos a otra familia, que solía ser la del tío materno, para que se educara en ella (un buen ejemplo literario es el de Tristán educado por el hermano de su madre, el rey Marco). Así, hacia los 7 u 8 años, el niño era separado de los cuidados maternos y del techo familiar para, en el castillo o la corte de otro noble señor, servirle como paje o doncel. Allí, al lado de su padrino, aprenderá las costumbres cortesanas y, también, la mayoría de las veces, a leer, escribir, cantar y danzar, a la vez que escucha, por primera vez, las historias que relatan el ideal caballeresco. Hacia los 13 años, se convertirá en escudero, con la entrega de una espada y unas espuelas de plata. Ya puede abandonar el castillo y acompañar a su señor, o a algún otro caballero de su corte, en sus desplazamientos y correrías, por lo que deberá cuidar y preparar la montura, la vestimenta y todo el equipamiento de aquél a quien sirva, a la vez que aprende el dominio del caballo y el manejo de las armas, para lo que también se solía recurrir a un pilar, un muñeco de madera que se utilizaba en los entrenamientos. En esta etapa, podrá poner a prueba su valentía, ya que estará obligado a defender la vida de su señor con la suya. Si su aprendizaje fue óptimo, si el joven demuestra que la nobleza de su linaje es la misma que la de su corazón, si está sano de cuerpo y de alma, hacia los 20 años, será armado caballero en una ceremonia que, en origen, se limitaba a recibir las armas y el espaldarazo (un fuerte golpe con la hoja de la espada en la espalda) o la pescozada (un rotundo golpe con la mano en el cuello del aspirante), lo que verifica su primitiva y profana condición de ritual de paso de la adolescencia a la edad adulta, a la plena condición de hombre, de guerrero; ya que el sentido de estos golpes, comunes en los antiguos rituales iniciáticos, era el de poner a prueba la solidez física y psicológica del candidato que debía encajarlos sin pestañear. Desde el siglo IX, esta entrega solemne de la espada también formó parte de las ceremonias de coronación de los reyes francos de Occidente. Pero, en tiempos de las cruzadas y por influencia de la Iglesia, se convertirá en un ritual cargado de un profundo sentido religioso que, con ligeras variantes, solía consistir en: primero, despojar al candidato de sus antiguas vestimentas para sumergirle en un baño purificador y cubrirle, después, con una túnica blanca, símbolo de pureza, unas calzas o una capa rojas, que significaban la sangre que estaba dispuesto a derramar, además de un jubón negro, en recuerdo de la muerte con la que habrá de enfrentarse. Así vestido y durante 24 horas, se le sometía a un riguroso ayuno anterior a una noche de oración en alguna iglesia o capilla donde, asistido por sus padrinos, velaba las armas, que se situaban al pie del altar. A la mañana siguiente, asistía a una misa solemne. El encargado de armarle caballero le ceñía, entonces, su espada bendecida, símbolo de poder guerrero, justicia y autoridad, y le calzaba unas espuelas de oro que significaban la diligencia, la experiencia y el celo con los que debía honrar a la orden de la caballería. Por fin, le eran entregados la armadura, el yelmo, el escudo y todas sus otras armas. Después de prestar el juramento de los caballeros, que le obligaba a servir causas justas y nobles, recibía el espaldarazo de su padrino, que podía ser el rey u otro alto señor, y también un beso, símbolo de fidelidad. Acabada la ceremonia, galopaba sobre su caballo de guerra, sin calzar los estribos, mostrando su habilidad y su fuerza.

J. Pettie. Vigilia

El mejor de los caballeros

Manual de lucha. S. XIII, sur de Alemania

            Aunque Peredur/Perceval/Parzival fue, por vía profética (El Caballero Bermejo),  reconocido en la corte de Arturo como la luz de la caballería, ese momento fundamental en la vida de un guerrero, que era el de recibir sus armas, queda, primero, como ya vimos, ridiculizado y, más tarde, reducido a lo imprescindible, especialmente en lo que se refiere a la ceremonia religiosa, en los textos francés y alemán, ya que, en el mabinogi de Peredur, ésta es inexistente, lo que nos vuelve a señalar la procedencia precristiana y, más concretamente, celta de su contenido. Después de haber matado al caballero que robó la copa a la reina, Peredur es hospedado por un castellano de blancos cabellos que le pregunta si conoce el arte de la espada. El muchacho le contesta que no, pero que está dispuesto a aprender todo aquello que le quieran enseñar. Viendo cómo pelea, con un palo y un escudo, contra el más hábil de sus hijos, le vaticina que será quien mejor maneje la espada en todo el reino. Entonces, confiesa ser su tío materno, promete instruirle en las buenas maneras y le insta a que abandone la lengua de su madre, porque es él quien va a encargarse de convertirle en un perfecto caballero. Para ello, a partir de ese mismo momento, no deberá plantear ninguna pregunta por más extrañeza que le cause cualquier cosa que observe. Todas las demás enseñanzas que, a buen seguro, recibiría de su pariente quedan omitidas en el texto, quizá por la censura que provoca el carácter sagrado de una Iniciación, para los pueblos más antiguos; recordemos a este respecto, el silencio que siempre envolvió a los Misterios de Eleusis. De todos modos, sabemos que debía consistir en la adquisición de técnicas guerreras, en rituales de sangre y en el abandono del mundo materno.

D. Maclise. Combate entre dos caballeros

Chrétien, por su parte, nos narra cómo Perceval llega a un castillo en donde le recibe un vavasor (viejo caballero retirado a sus tierras, que suele dar hospedaje a los jóvenes paladines que llegan hasta ellas) llamado Gornemant de Goor. Éste le instruirá en el manejo de las armas y le enseñará a montar con destreza en muy poco tiempo. El muchacho va a aprender con una extraordinaria rapidez (¡en un solo día!),  no sólo el arte de la lucha, sino también las reglas de comportamiento que hacen que esa lucha sea noble. Por la noche, Gormemant le propone pasar un mes en su castillo para completar su educación, pero Perceval se muestra preocupado por su madre, a la que vio desvanecerse cuando abandonó la Yerma Floresta. Parece que las nuevas enseñanzas también le despiertan esa compasión que nunca demostró desde su partida de la casa materna. Al ver que no puede convencerlo, el noble vavasor decide armarle caballero al día siguiente. Siguiendo, de manera muy abreviada (casi tanto como el tiempo de instrucción), la ceremonia tradicional, lo primero que hace es invitarle a despojarse de su vieja vestimenta, las ropas ridículas que le entregó la Dama Viuda, cambiándolas por un equipamiento más apropiado, en el que destacan unas calzas rojas. El joven se muestra algo reticente, pero termina cediendo. Entonces, Gornemant le calza la espuela derecha, le ciñe la espada y le da el beso protocolario, diciéndole que le ha sido conferida la más elevada de las órdenes creadas por Dios: la de la caballería. Después, vendrán las últimas recomendaciones: no matar a un caballero vencido; no hablar demasiado, pero dar buenos consejos a quienes los necesiten; ir a la iglesia para pedirle a Dios que siempre proteja su alma; y, muy especialmente, que no vuelva a decir que todo lo que hace se lo ha enseñado su madre, sino aquél que le ha hecho caballero. Perceval parte del castillo de Gornemant con su bendición. Vemos, pues, que tanto en el mabinogi como en el poema de Chrétien, este episodio es el que marca la definitiva entrada del héroe en la edad viril, mediante el abandono del mundo materno. Bien es verdad que, en el texto francés, nuestro héroe sale del castillo de su mentor con la única voluntad de encontrarse con la Dama Viuda, pero, hay que repetirlo, gracias a la compasión que, por primera vez, le produce el sufrimiento de su madre.

Gurnemanz de Graharz

Torneo. Manuscrito del S. XV

En el poema de von Eschenbach, Parzival llega, herido por la lanza del Caballero Bermejo, al castillo del príncipe Gurnemanz de Graharz, maestro de la verdadera educación cortesana. Allí, los servidores del noble señor se esfuerzan lo indecible, primero, para que el muchacho acepte bajarse del caballo y, después, para despojarle de las ropas estrafalarias que escondía su brillante armadura. Después de curar al recién llegado con sus propias manos, el castellano le proporciona un baño, un sueño reparador, una túnica completamente blanca, unas calzas y una capa de color rojo. Así ataviado, al día siguiente, asistirá a misa junto con su anfitrión, que le enseñará a seguirla y a persignarse, instándole, más tarde, a contarle cómo había llegado hasta allí. Después de escuchar su historia, le reprochó, con amabilidad, el hablar como un niño pequeño, refiriéndose sin cesar a su madre, y le enseñó las normas de conducta por las que debe regirse un caballero: no perder nunca el sentido de la vergüenza, tener compasión por los necesitados, ni malgastar ni acumular riquezas, no preguntar en exceso, responder sinceramente, no ser tosco pero sí viril y animoso, perdonar la vida a un enemigo que invoque piedad, ser limpio y permanecer leal en el amor, recordando que el marido y la mujer florecen a partir de una sola semilla. Más tarde, le enseñaría el arte de las armas y a montar con elegancia y destreza. En su primer combate, todos le admiraron; en el segundo, se desveló como el digno heredero del valiente Gahmuret y, al acabar los que quedaban, había demostrado ser el mejor caballero de la justa.

E. B. Leighton, ¡Buena suerte!

Tan altas cualidades demostró Parzival que el sabio Gurnemanz le ofreció la mano de su bella hija Liaze. Pero el joven caballero deseaba  ponerse a prueba en el campo de batalla, a la vez que intuía que no era el verdadero amor lo que le hacía sentir la hija del noble señor de Graharz o que, en todo caso, éste debía merecerse, no ser entregado por alguien que no fuera la amada misma. Pide, por lo tanto, permiso para continuar su camino y el príncipe le despide, sintiendo su partida como la de un hijo. Parzival, que sabe ya compartir por compasión el dolor de los otros, sin embargo, no volverá la vista atrás, porque entiende que, antes que el amor, debe alcanzar la gloria, mediante el heroísmo de sus acciones. Si su apariencia ya lo era, ahora, su comportamiento empieza a ser el de un noble caballero.

En la conjunción del texto galés y los poemas de Chrétien y von Eschenbach, acabamos de ver perfectamente cumplido, si bien, en los tres casos, durante un espacio de tiempo fantástico por lo breve (lo que hace pensar que el héroe sólo necesita que se revista de una forma exterior la hidalguía que le pertenece desde antes de su nacimiento), el camino iniciático que lleva a un muchacho de la ignorancia total del mundo hasta su entrada de pleno derecho en el universo viril de caballería, gracias a la instrucción de un sabio y bondadoso maestro. En la obra de Wagner, Gurnemanz no enseñará a Parsifal habilidades guerreras, ni normas de comportamiento; pero, como caballero guardián del más alto misterio, hará que brote en él la compasión por el doliente, le guiará hacia el castillo que guarda el cáliz sagrado y, a su debido tiempo, le bautizará y ungirá como rey del Grial.

En el Teatro de la Colina Verde, varios escuderos depositan, sobre unas angarillas de ramas tiernas, al cisne muerto y se alejan en dirección al lago.

Bibliografía

Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Lambert, P.-Y. (traducción del galés medio, presentación y notas de); Les Quatre Branches du Mabinogi. París, Gallimard, 1993.
Llull, R.; Libro de la orden de caballería. Madrid, Alianza Editorial, 2000.
Markale, J.; Les Celtes et la civilisation celtique. París, Payot, 1999.
Troyes, Chr. de; Romans. París, Librairie Génerale Française, 1994.