Número 193 - Zaragoza - Enero 2017
IN FERNEM LAND... 

EL REY PESCADOR

PARSIFAL

Algunos no ven la Palabra, aunque la miren; 
otros, aunque la oyen, no la escuchan.
Pero a algunos se les da 
como una amante y refinada esposa se entrega a su hombre.

Rig Veda X, 71, 4.

 

 

 

El templo del Grial. Bayreuth 1882, según un dibujo de P. von Joukowsky

En el Teatro de la Colina Verde, Gurnemanz guía a un inseguro Parsifal con paso muy lento, mientras comienza un casi imperceptible cambio en el decorado. Desaparece el bosque y, en las paredes rocosas, se abre un portón, por el que entran. El escenario ya se ha transformado completamente. Repican las campanas del Grial. El caballero y el muchacho llegan a una imponente sala. A cada lado del foro, se abren dos puertas por las que aparecen los custodios del Santo Cáliz. Antes del motivo de la Cena, se ha escuchado el de la Llamada al salvador.

 

 

Las aguas del Más Allá

P. Subleyras. Caronte, atravesando las sombras

Perceval deja Bel Repaire, en el poema de Chrétien, con el firme propósito de encontrar a la Dama Viuda; sin embargo, en la demanda del Grial, no se suele hallar lo que se busca, ni buscar lo que se encuentra. Cuando el héroe sale de las tierras de Blancheflor, cabalga durante una jornada y reza fervorosamente, por primera vez, para encontrar sana y salva a su madre; pero se le interpone en el camino un río de aguas rápidas y profundas que parece cubrir una función simbólica muy similar a del puente levadizo que separaba la Yerma Floresta Solitaria, el feudo materno de la infancia, del mundo adulto y viril de la caballería (El Río de la Vida). Esta vez, el río podría marcar la frontera entre el que ha llegado a ser un buen caballero y aquél a quien le va a ser descubierto el mayor de los misterios; y, en cierto modo, así es; pero resulta más revelador que nuestro héroe tenga la seguridad de que su madre se encuentra en la otra orilla, lo que no deja de ser simbólicamente cierto, como si intuyera, sin aceptarla conscientemente, su muerte. Ya hemos visto que el Más Allá de los celtas era un espacio sagrado al que se accedía desde el mundo de lo profano, y que, por lo general, aunque también podía ser una colina o un bosque, eran aguas las que separaban al uno del otro, ya fueran fuentes, ríos o mares. En mitologías más alejadas, sería el caso la grecolatina, también se accede al mundo de ultratumba a través de lagunas como la Estigia, o ríos como el Leteo (aunque la diferencia entre las creencias mediterráneas y las celtas está en que, para estas últimas, el Otro Mundo se encuentra al lado del mundo sensible, pero sólo los iniciados pueden verlo y acceder a él), por lo tanto, para muchas culturas, la barca se convierte en el medio del que se sirven las almas para pasar de una orilla a otra de las aguas infernales, como la Bag Noz, la “barca de la noche” de los celtas que guía el demacrado y terrible Ankou; la del griego Caronte o el Nafglar, “barco de los uñas”, de los antiguos germanos: la nave de los muertos que anunciará el fin del mundo, el Ragnarök. Es precisamente al intentar atravesar el río sin vados, y no conseguirlo, cuando Perceval emprenderá, por primera vez, el camino que lleva al Castillo del Grial. Bordeándolo, va a descubrir, en medio de sus aguas (es decir, a medio camino entre el Aquí y el Más Allá) una barca sólidamente anclada, que ocupan dos hombres. Perceval interpela al que está pescando para que le indique cómo cruzar a la otra orilla; pero, al saber que no hay modo humano de hacerlo, le pregunta dónde puede buscar refugio para la noche. El mismo pescador se ofrece a albergarle, pronunciando unas misteriosas palabras: Creo que de eso y de otras cosas tenéis gran necesidad. Entonces, le comenta que, detrás de un monte cercano, podrá descubrir el valle, próximo a un río y a un bosque, en donde se encuentra su morada. Por lo que ya hemos visto, simbólicamente, no hay duda de que se trata de un lugar que pertenece al espacio de la sacralidad: bordeado por un río sin vados, un monte y un bosque y, como vamos a comprobar, no siempre visible a los ojos del profano. Ya en la cima del monte, Perceval no consigue distinguir nada más que un inmenso desierto. Furioso, maldice al pescador y, entonces, sin saber cómo, de repente, aparece ante él el valle en el que se levanta un soberbio castillo. Al entrar en él, es espléndidamente agasajado.

V.M. Vasnetsov. El caballero y las encrucijadas

El poema de Wolfram narra el episodio de un modo muy similar: al alejarse Parzival de Condwiramurs para buscar a su madre, dejando que su caballo siga su propio rumbo o, lo que es lo mismo, poniéndose en manos del destino, llega hasta un lago en el que estaba fondeada una barca. Uno de los pescadores le parece el rey del mundo, por la riqueza de sus ropajes, y a él le pregunta en dónde podría alojarse para descansar de la jornada. Entonces, el rico pescador le ofrece su propia residencia, avisándole de que muchos caminos atraviesan el lugar y resulta fácil extraviarse. Pero el Caballero Bermejo llega, sin problemas, a una magnífica fortaleza en la que es acogido suntuosamente.

El castillo del Grial

A. Lee. El castillo del Grial

Volviendo al poema francés, aunque Perceval no parece reconocerle, en este momento del relato, el rico señor que le recibe, postrado, en una espléndida sala de su castillo, es el mismo que le había indicado cómo llegar a él, mientras pescaba en el río. Saluda al héroe y se disculpa, ya que no puede ponerse en pie para recibirle. Pero lo que más llama la atención no es que el joven caballero no se interese por el mal que aqueja al rey, sino que, ante su disculpa le diga: En el nombre del cielo, Señor, no me contéis nada, no me preocupa, si Dios me da gozo y salud. Tan sorprendentes resultan estas palabras que, sobre trece, tres copistas corrigieron el texto de Chrétien para cambiar el si Dios me da gozo y salud por: que Dios os dé gozo y salud, una fórmula habitual de saludo, por aquel entonces. Este comportamiento extraordinariamente egoísta (más aún, pero en la misma línea, del que demostró, con su silencio y desinterés, en el momento de su llegada al sitiado Bel Repaire: Ars amandi), que le lleva no sólo a impedir que su anfitrión le cuente la causa de su dolor, ni siquiera a saludarle, sino ¡a saludarse a sí mismo!, demuestra que, si bien ha habido algún avance desde que salió de la Yerma Floresta, aún no ha aprendido lo que es la compasión, y esto preludiará un inminente fracaso. Sea como fuere, el narrador de Troyes no precisa qué causó la herida del rey tullido, ni siquiera nos indica su nombre; para conocer más a fondo su historia, tendremos que volver al poema de Wolfram.

F. von Stassen. La visión de Amfortas

Aunque Parzifal es amigablemente acogido en el palacio del Rey Pescador, descubre en todos los rostros y, en especial, en el del propio castellano, la más grande de las tristezas; pero, recordando las enseñanzas de Herzeloyde y Gurnemanz, no osa preguntar su porqué. Sólo después de haber asistido a la misteriosa procesión del Grial (de la que hablaremos detenidamente más adelante), sin tampoco atreverse a aventurar ninguna pregunta, y tras haber abandonado el castillo, el joven caballero encuentra, por segunda vez, a su prima Sigune (aquélla que, después del incidente de la Dama de la Tienda, le había descubierto su nombre) que, además de reprocharle su silencio, le va a desvelar parte de la misteriosa personalidad del Rey Tullido; aunque será más adelante y gracias al ermitaño Trevrizent cuando se conozca, por completo, la trágica historia de Anfortas, nombre que le da Wolfram al personaje (y que será directamente recogido por Wagner con una ligera diferencia ortográfica: Amfortas). El Rey Pescador resulta ser hermano de Repanse de Schoye (Dispensadora de Alegría), reina guardiana del Grial; de Herzeloyde, la Dama Viuda madre del héroe y del propio ermitaño de Trevrizent, todos ellos son hijos y herederos del rey Frimutel (muerto en un combate singular al servicio de una dama), como éste lo era, a su vez, del anciano Titurel, primer rey del Grial, al que Parzival había entrevisto apenas en el castillo que, en realidad, lleva el nombre de Munsalwäsche (Monte salvaje o Monte de la salvación). Cuando, al morir Frimutel, el joven Anfortas fue escogido como su sucesor (los nombres de los elegidos aparecían grabados en la misma piedra del Grial), se enamoró de una mujer que no había sido designada para ser su esposa y, por lo tanto, guardiana del santo objeto. Esto le llevó a buscar aventuras heroicas y peligrosas, al grito “¡amor!” (no al de ¡Viva Dios, Santo amor!, grito de guerra de los Caballeros Templarios, a quienes Wolfram señala como custodios del Grial), con las que alcanzó fama, victorias y una tierna recompensa; metas todas ellas egoístas, para quien sólo se debía al servicio de la más alta causa. Hasta que un día, se cruzó en su camino un rey pagano, de donde el Tigris fluye del paraíso, que ansiaba conquistar el Grial, cuyo nombre llevaba grabado en la punta de su lanza.

La herida luminosa

W. Pogany. Titurel portando la Santa Lanza

Anfortas consiguió vencerle y matarlo; pero, antes, el extremo emponzoñado de la lanza de su adversario, aquél en el que se podía leer la palabra Grial, le hirió, castrándole. Desde ese día, ya no pudo volver a guerrear ni a cazar. Sujeto a terribles dolores, únicamente se distrae cuando los sirvientes de Munsalwäsche le llevan hasta su barca para que pesque, de ahí que, desde entonces, se le conozca como el Rey Pescador. Ni que su hermano Trevrizent dejara las armas y se convirtiera en ermitaño, ni todos los recursos de la medicina y de la magia, ni los rezos de sus caballeros, pudieron conseguir que se cerrara la terrible llaga. Cuando el dolor se hacía más lacerante, al activarse el veneno, sólo podía calmarlo el colocar sobre la herida la punta del arma que la abrió y ésta extrae el frío del cuerpo del rey, que se convierte en cristal sobre toda la lanza, como hielo.

Según la versión de von Eschenbach, la lanza permanece en el Castillo del Grial y no tiene la función determinante que va a adquirir en el Parsifal de Wagner. Allí, la herida de Amfortas estará situada en su costado, en una clara correspondencia con la herida que Cristo recibe de la lanza de Longinos, la misma que hiere al rey del Grial cuando el hechicero pagano Kingsor, que también ansía el Cáliz Santo, se la arrebata, mientras es seducido por Kundry. Sólo podrá curar esta herida un loco puro, un sapiente por compasión, tocándola con el mismo filo que la abrió. Exactamente el mismo motivo se encuentra en la leyenda griega de Télefo, hijo de Heracles (Hércules, para los latinos), a quien Aquiles abre en el muslo una herida que no podía sanar. Al consultar a Apolo, éste predijo que lo que lo había herido lo curaría. Aquiles, aconsejado por Ulises, accedió a ayudarle, a cambio de que guiara la flota aquea hasta Troya, aplicando un poco de la herrumbre que tenía su lanza en la herida de Télefo (Eurípides contó la historia de este personaje en una obra que no llegó hasta nosotros).

A. Hughes. Sir Galahad (detalle)

Y, de un tema de la mitología griega, con este episodio y deteniéndonos en la figura del Rey Pescador, volvemos a la tradición de los celtas, donde parece encontrarse su modelo (como ya apuntamos en El río de la vida) en la figura galesa de Bran el Bendito, héroe de la segunda rama del Mabinogi: un gigante, lo que acredita su pertenencia al mundo de ultratumba, hijo de una divinidad marina (de ahí, quizá, el apodo de “pescador”), poseedor de un caldero mágico que le permite resucitar a los muertos (una de las prefiguraciones del Grial) y que resulta herido en una pierna por una lanza envenenada cuando intenta vengar a su hermana Branwen. El nombre galés e irlandés de Bran tiene su equivalente galo en el de Bron: el primer Rey Pescador según el Perceval-Didot de Robert de Boron, llamado así porque sirvió el fruto de su pesca en la mesa de José de Arimatea, su cuñado, durante la Santa Cena. También encontraremos otro Rey Pescador en una de las continuaciones en prosa de nuestro mito: la conocida como Lancelot-Graal, la enorme summa, datada en la primera mitad del siglo XIII, que funde la historia del Grial con la de los amores entre la reina Ginebra y Lanzarote, hasta llegar al final del universo artúrico. De inspiración cisterciense, sólo el más puro de los caballeros podrá ser el destinado a cumplir la aventura del Grial: Galahad, engendrado por Lanzarote en la hija de Peles, el Rey Pescador, mediante un engaño, puesto que ha tomado un bebedizo que le hace creer que se trata de la reina Ginebra (puede que el origen de este personaje esté en el héroe galés Pwill, representante de un dios del Otro Mundo). Pero, en las continuaciones en prosa del mito del Grial, parece haberse perdido la lacerante herida que tortura al Rey Pescador y convierte su tierra en estéril, lo que, recordemos, también tiene su origen en las tradiciones celtas que sostenían que, cuando un rey se veía privado de su reina o, lo que es lo mismo, de la soberanía de la tierra, no sólo perdía la virilidad, sino también la fuente de la abundancia que garantizaba la prosperidad de sus dominios. Así se explica que las heridas de todos los Soberanos Tullidos, en la larga saga griálica, se deban a una relación amorosa inconveniente y afecten a sus órganos sexuales, mientras todo los que les rodea permanece yermo. Como ya vimos (La Demanda del Santo Grial), el héroe celta del Grial será aquél que vuelva a descubrir el punto de encuentro entre los dos mundos y restaure el vínculo sagrado entre el soberano y su tierra. Su héroe medieval, además, deberá conocer la compasión. Sólo entonces, podrá cerrarse la herida de Anfortas. Pero, aún falta para que llegue el momento, Parzival/Perceval no ha formulado la pregunta que le devolvería la salud a un ser tanto más atormentado cuanto que la magia del Grial no le permite el descanso de la muerte. Hubiera bastado un simple: ¿Tío, qué te atormenta? Pero no lo hubo.

En el Teatro de la Colina Verde, los hermanos levan a Amfortas, hasta el centro del escenario, en unas parihuelas; les preceden cuatro escuderos que traen, cubierto, el cofre del Grial. Después de que todos han ocupado sus puestos y se ha hecho el silencio, se percibe, como si saliera de una tumba, la, sin embargo, poderosa voz del anciano Titurel exigiendo que su doliente hijo sirva al Grial para expiar su culpa. Le vencen el dolor y la desesperanza; pero, desde lo alto, se escucha:

Sapiente por compasión,
el puro loco;
¡Aguarda
al que yo elegí!

 

Bibliografía

Alvar, C.; El rey Arturo y su mundo. Diccionario de mitología artúrica. Madrid, Alianza, 1991.
Boron, R. de (atribuido a); Merlin et Arthur: Le graal et le Royaume, in AA.VV. La légende arthurienne. Le Graal et la table ronde. París, Laffont, 1989.
Campbell, J.; Las máscaras de Dios. Mitología creativa. Madrid, Alianza Editorial, 1992
Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Lambert, P.-Y. (traducción del galés medio, presentación y notas de); Les Quatre Branches du Mabinogi. París, Gallimard, 1993.
Markale, J.; Pequeño diccionario de Mitología Céltica. Palma de Mallorca, Olañeta, 1993.
Troyes, Chr. de; Romans. París, Librairie Génerale Française, 1994.