Número 195 - Zaragoza - Marzo 2017
IN FERNEM LAND... 

LA MENSAJERA DEL GRIAL (I)

PARSIFAL

Al bello durmiente

Rosas blancas, ¡caed! ultrajáis a los dioses,
Caed blancos fantasmas de vuestro cielo ardiente:
-¡La santa del abismo es,  para mí, más santa!
Gérard de Nerval, Las quimeras.

 

                                                                                             

En el teatro de la Colina Verde, el mago Klingsor exige una presencia:

¡Arriba! ¡Arriba! ¡Ven!
Tu maestro te llama a ti, a la que no tiene nombre,
protodiablesa, rosa del infierno,
fuiste Herodías, fuiste tantas otras
Gundryggia allá, Kundry aquí:
¡Aquí!, ¡aquí, pues, Kundry!
¡Arriba! Tu maestro te llama.

I. H. J. T. Fantin-Latour, Kundry

Kundry, deja oír un grito que comienza con un lamento desgarrador para acabar en un leve quejido; mientras, Klingsor la insta a despertar, del todo, al mal sueño de su eterna vigilia. La voz ronca y entrecortada de la mujer sólo quiere llamar a la muerte.

            La crítica es unánime al considerar el personaje de Kundry como uno de los más logrados, originales y fascinantes de toda la obra de Richard Wagner, y no deja de ser asombrosa su imponente coherencia, habida cuenta de la gran diversidad de fuentes que inspiraron al maestro de Leipzig para construirlo, desde la mitología y el folklore más tradicionales a las últimas creaciones del Romanticismo alemán, pasando por la literatura del medievo y algunos retazos de personajes propios, que no llegaron a ver la luz porque las obras para los que fueron concebidos no pasaron del boceto.

Reinas de la noche

Al iniciarse el segundo acto de Parsifal, el mago Klingsor, vincula a Kundry con el infierno mientras que, quizá evocando anteriores reencarnaciones, la llama por los nombres de una reina de Judea y una walkyria: Herodías y Gundryggia. Se diría que estas referencias no tienen nada que ver entre sí; sin embargo, responden a una estricta coherencia simbólica unida al ancestral mito indoeuropeo de la cacería salvaje, que está en la base de la figura legendaria de las brujas en la tradición medieval de Occidente.

W. Crane. Diana (detalle)

La lucha contra la brujería tiene su prólogo, a finales del siglo IX, en el Canon Episcopi, en donde un eclesiástico franco, Regino von Prum, condena la creencia popular en ciertas mujeres diabólicas que, dirigidas por la diosa Diana (nombre latino de Artemisa-Hécate, la divinidad griega, ligada al mundo de las sombras, que preside la magia y los hechizos), cabalgan en grupos atravesando los cielos nocturnos. Aproximadamente dos siglos más tarde (1159), el nombre de Herodías (nieta de Herodes el Grande y esposa de Herodes Antipas que reinó en Galilea del año 4 a. de C. al 39 d. de C. y mandó encarcelar y cortar la cabeza al Bautista) hace su aparición en un texto de Juan de Salisbury, basado en el Canon, junto con el ya citado de Diana y uno nuevo, el de Holda (diosa, más del folklore que del panteón germánico, que representa la tierra y la fertilidad, y se asimila tanto a Frigga, mujer de Wotan, como a la escandinava Hel, reina de los infiernos y los muertos). De ahora en adelante, éstas van a ser las señoras de la noche que conduzcan las salvajes y demoníacas cabalgadas de las brujas y que merecerán, junto con el hada Abundia (al parecer, un avatar de la diosa mortuoria celta Hipona) una referencia extensa en la Mitología Alemana de los hermanos Grimm, que tanto admiró Wagner. Puede extrañarnos el nombre de la reina de Judea en esta tríada infernal; pero, a parte del papel maléfico, que le otorga el Nuevo Testamento, de mujer incestuosa y adúltera que hace decapitar a un justo, es muy probable que su nombre se haya puesto en falsa relación etimológica con otras palabras fonéticamente muy similares, y que apuntaban en un sentido muy concreto; como, por ejemplo, el sustantivo latino aer que significa “aire”. Tanto Diana como Holda tienen tradicionalmente el poder de volar, y una leyenda medieval europea relata que Herodías, después de hacer decapitar al Bautista, insultó (o besó, según otras versiones) su cabeza y, entonces, de ésta salió un viento tan fuerte que se llevó a la mujer por los aires, condenada a vagar durante toda la eternidad. También resulta interesante resaltar que uno de los nombres de Wotan, en su calidad de dios del aire y de la tormenta, es el de Hrjotr (“el que ruge”), similar fonéticamente a Herodes, o a Herodías; quizá, por ello, en el Medievo se llamaba a la cacería salvaje: “cacería de Odín” y también “cacería de Herodes”.

N.P. Arbo, La cacería salvaje

Este mito tendrá una gran influencia sobre el imaginario medieval, especialmente del norte de Europa, en donde era conocido y temido desde tiempos inmemoriales, y se dispersará por toda su geografía hasta convertirse en leyendas como la de la Santa Compaña, en Galicia, o la del Mal caçador Comte Arnau, en Cataluña. El ruido del viento que resonaba por los páramos, los montes o los bosques era, especialmente para los pueblos celtas y germanos, el anuncio terrorífico de una aparición fantasmal: la partida de caza que, sobre veloces caballos negros y rodeada de una jauría de perros, que escupían fuego por los ojos y la boca, bajaba del cielo oscuro para arrebatar la vida al viajero que se topara con ellos, si no se arrojaba al suelo sintiendo cómo las gélidas pezuñas de los caballos espectrales pisoteaban su espalda. En la tradición germánica, el jefe de la cacería salvaje es, por excelencia, el dios Wotan, cabalgando sobre Sleipnir (su corcel de ocho patas), que unas veces va acompañado de la diosa Holda y, otras, de esas divinidades guerreras y funerarias que son las walkirias y que desarrollan su cacería sobre los campos de batalla, escogiendo, para el Walhall, a los más valientes de los héroes.

Odín y Sleipnir

Ya hemos visto cómo Holda se asimila, en la tradición medieval, a la Diana cazadora de los romanos y ésta a la Herodías del Nuevo Testamento; todas ellas son crueles, poderosas y tienen la capacidad de volar, con lo que participan, según las diferentes leyendas, al igual que las walkyrias, en cacerías salvajes. No es por lo tanto, contradictorio que Wagner llame a Kundry por los nombres de Herodías y Gundryggia (un apelativo de walkyria que él mismo construye en similitud fonética con “Kundry”, pero a partir del prefijo gun, que significa “batalla”), después de ponerla en relación con poderes satánicos, al igual que hizo la superstición medieval con estos personajes que terminó por convertir en protagonistas de cabalgadas infernales en noches de brujas.

El poeta Heinrich Heine, llevará esta tradición popular a la literatura en su obra Atta Troll. Sueño de una noche de verano (1841) que, sin duda, conoció Wagner. En el capítulo XIX, nos describe cómo ve a Herodías, desde la ventana de la bruja Ucrania, participando en una cabalgada de espíritus errantes durante la noche de San Juan. La magnífica descripción de la reina fatalmente enamorada del Bautista, nos recordará,  por tres circunstancias, a Kundry; en primer lugar, por su naturaleza ambigua:

Si ella diablo era o ángel,
yo lo ignoro ¡Oh, si supiese
dónde empieza el diablo
en la mujer y cesa el ángel!

En segundo lugar, por su condena eterna:

La bellísima esposa de Herodes
era de Judea la reina,
que un día la cabeza del
Bautista al rey pidió.
Por tal culpa, hasta el día
del juicio está condenada,
a errar como nocturno espectro
en la caza nocturna.

Finalmente, por su risa:

En la noche se alza y sale
de caza, y lleva en la mano,
como se dijo, la cabeza mutilada
que, alguna vez

(¡extraño capricho femenino!),
con grandes risas
infantiles, al aire arroja
cual pelota, y en la bandeja
la espera luego caer.

E.L. Major, Herodías y su hija G. Moreau, Aparición

Recordemos, de pasada, que el nombre de Salomé ni siquiera se menciona en el Nuevo Testamento, sólo se habla de la “hija de Herodías”, y que, únicamente en las últimas décadas del XIX, la princesa desplazará a su madre en el papel protagonista del episodio que relata la muerte de Juan, gracias a pintores, como Gustave Moreau, o a escritores, como el francés Huysmans, pero, sobre todo, gracias a Oscar Wilde, que ya no presenta a Salomé como instrumento inocente de la perversa reina de Judea, sino obedeciendo a sus propios deseos insatisfechos, en lo que le seguirá Richard Strauss.

P. Delaroche, Herodías

            Pero no será ésta la única Herodías literaria que evoque el personaje de Kundry en el Parsifal wagneriano, aunque, esta vez, estará unida a otra leyenda, más que del folklore, de las letras europeas: la del Judío Errante, concretamente en la versión que le debemos al folletinista francés Eugène Sue. Según el erudito Gaston Paris, aunque no haya traza de este personaje ni en los evangelios apócrifos ni en los canónicos, ni en ninguna otra tradición cristiana de la época antigua, en 1228 aparece, en la crónica de un monje benedictino, Matthieu Pâris, el relato que le hizo un obispo armenio que visitaba su abadía, en el que se cuenta cómo el portero de Poncio Pilatos, un tal Cartaphilus (recordemos El Inmortal de Borges), dio a Cristo un golpe en la espalda para que anduviera más rápido y éste le condenó a andar sin descanso hasta su segunda venida. Pero tendremos que esperar hasta mediados del siglo XVII para que esta leyenda se extienda por Europa gracias a una carta anónima que contenía el relato, probablemente apócrifo, del obispo alemán Paulus von Eitzen que convierte al portero romano en zapatero judío y le da al personaje el nombre (por cierto, persa) de Ahasverus (si bien compartirá con el sirviente de Pilatos la característica de no reír jamás). Éste, por negarle a Cristo durante su subida al Calvario, un momento de descanso en su taller, es condenado a vagar hasta el fin de los tiempos. A diferencia del texto medieval, el nuevo relato se extenderá por Europa inspirando a una gran cantidad de autores; pero, el que aquí más nos interesa es Eugène Sue que, en su largo folletín Le Juif Errant (1844-45), le da a Ahasverus una compañera, con la que se encuentra una vez cada cien años en la Semana de la Pasión, por estar condenada, como él, a un deambular eterno, ya que fue la  culpable de la muerte del Bautista. Por supuesto, se trata de la reina Herodías. Al final de la novela, los condenados a vivir serán, como Kundry, redimidos y podrán, por fin, como ella, alcanzar la liberación y el consuelo de la muerte...