Número 195 - Zaragoza - Marzo 2017
IN FERNEM LAND... 

LA MENSAJERA DEL GRIAL (II)

PARSIFAL

Damas de antiguos poemas

M. Wolgemunt, Las tres Marías

            Acabamos de ver (La mensajera del Grial I) cómo el personaje wagneriano de Kundry está simbólicamente emparentado con sanguinarias diosas de la antigüedad más remota y reinas infernales que, pese a todo, dejan sospechar a poetas como Nerval o Heine, acaso por su belleza, la santidad que se puede esconder en los abismos. Pero el maestro de Leipzig parece querer definir su figura con aspectos aún más contradictorios, acaso para que responda, paradójicamente sin equívocos, al concepto romántico de Eterno Femenino, y concentra en ella rasgos que provienen de la mayoría de las damas que hacen revolotear los velos de sus tocas por los poemas medievales dedicados al mito del Grial, cumpliendo en ellos una función importante.

Cundry increpa a Parzival. Castillo de Neuschwanstein

Si nos centramos en el primer acto del drama, Kundry responde a la figura de la Hechicera Cundry, en el poema alemán de Wolfram, y a sus equivalentes: la Demoiselle hideuse (la “Horrible comadre”, a la que también se conoce como la Doncella de la Mula, porque aparece a lomos de este animal), en la obra de Chrétien, y la Doncella Negra, en el mabinogi galés de Peredur. En los tres relatos, como ya vimos (El Castillo de las Maravillas), esta insolente y poco agraciada mujer se presenta de improviso en la corte de Arturo, se niega a saludarle e increpa a nuestro protagonista por haber sido incapaz de preguntar el sentido y la causa de todos los prodigios que presenció en el Castillo del Rey Pescador, explicando que, por esa razón, el soberano no ha podido curar su dolorosa herida y sus tierras permanecen yermas. La descripción que Wagner hace de este personaje, en el momento de su primera aparición en escena, es impactante y subraya una naturaleza salvaje, prácticamente animal: ropas revueltas, falda arremangada, largo cinturón de piel de serpiente; cabellos negros apenas trenzados y flotando al viento; tez oscura tirando a rojiza; ojos negros que tan pronto relampagueaban salvajemente como permanecían inmóviles igual que los de un muerto. Pero no son menos impresionantes sus predecesoras medievales. La galesa tiene la cara y las manos más negras que el hierro más negro que haya embadurnado la pez; en el rostro, de mejillas demasiado altas y carnes colgantes, destacaba una nariz corta de anchas aletas y un ojo relampagueante y verde junto a otro negro como el azabache profundamente hundido en la cabeza. Aunque, si hemos de creer al autor, lo más horrible era la forma de su cuerpo. La francesa Doncella de la Mula, por su parte, no recibe un trato más piadoso de Chrétien, que refuerza su aspecto animal: ojos de rata, nariz de mono o gato, labios de asno o buey, barba de chivo, etc.,  y la presenta con un muy significativo látigo en la mano para reprocharle a Perceval lo mismo que la Doncella Negra del mabonigi a Peredur. Por su parte, Wolfram (que es el único que le otorga un nombre propio al personaje, Cundry, y la define en un primer momento como  Hechicera) complementa lo también salvaje de su naturaleza con unos enormes conocimientos. Cuando, en la corte del rey Arturo, Parzival es admirado por los caballeros, querido por las damas y parece que en estos laureles mundanos van a acabar sus gestas, se presenta la intempestiva mujer montada en un mulo alto (que lleva, curiosamente, una marca de fuego húngara, lo que parece poner en relación a la Cundry de Wolfram con el mago también húngaro Clinschor). Pero, antes de describirnos lo rico de su atuendo, así como lo espantoso y animal de sus rasgos (nariz de perro, dientes de jabalí de un palmo de largo, orejas de oso, rostro velludo, manos como de piel de mono, uñas como garra de león, etc.), Eschenbach subraya que hablaba todas las lenguas, que era versada en dialéctica y geometría, y que dominaba la ciencia de los astrónomos. Naturalmente, le reprochará a Parzival lo mismo que le reprocharon sus iguales galesa y francesa, pero en términos aún más duros e irritantes para el héroe; resultando su lengua tan lacerante como el látigo con cuerdas de seda y mango de rubí con el que se presentó ante la atónita asamblea, con el fin de volver a lanzar a los caballeros a la aventura: a Gawan hacia del Castillo de las Maravillas y a Parzival de vuelta, al menos en principio, a los dominios del Rey Pescador. Cuando Gawan ha afrontado victorioso todos los lances que le suceden en la fortaleza embrujada por Clinschor, en la que sólo habitan damas (curiosamente, una de estas damas, sometidas al poder del terrible hechicero, es hermana del héroe y lleva por nombre Cundrie), y recibe en él a Parzival, y a su recién descubierto hermano Feirefiz, vuelve a aparecer la Hechicera. Pero, esta vez, desvelando su blasón y su verdadera naturaleza de Mensajera del Grial (Gralsbotin), ya no le maldecirá sino que se postrará ente el hijo de la Dama Viuda y, después de implorarle indulgencia, anunciará que él es a quien el Grial ha señalado como rey, que su esposa Condwiramurs, a quien dejó encinta de dos hijos (Lohengrin es uno de ellos) también ha sido llamada a Munsalwäsche y que, allí, el héroe podrá curar la herida del Anfortas. Recordemos, también, que, en el Castillo de las Maravillas, la abuela de Gawan, la reina Arnive (la Igraine de otras tradiciones) mitiga el dolor de sus heridas con un ungüento que le trajo Cundry la Hechicera y, entonces, comenta que cuando Anfortas padeció sus terribles dolores y hubo que socorrerle, el (mismo) ungüento le ayudó, y no murió. Lo que nos lleva a la primera aparición de Kundry, en el Parsifal de Wagner, que, en una frenética cabalgada, lleva hasta Montsavat un bálsamo con el que aliviar el sufrimiento del rey del Grial.

Cundry implora el perdón de Parzival. Castillo de Neuschwanstein

               Este tipo de ambiguos personajes femeninos, repugnantes y atractivos a la vez, ya se enseñorearon de la mitología celta de la que proceden. Suelen adoptar un aspecto repulsivo, durante el día, para desvelar una gran belleza, en la noche, al héroe que sea capaz de vencer su miedo o su rechazo y, además, otorgarle un tesoro vedado a los que no fueron tan valientes. Buen ejemplo de ello lo tenemos en el relato irlandés de Los cinco hijos de Eochaid o en la historia popular escocesa sobre La hija del rey de las aguas; pero, sobre todo, en el famoso cuento del folklore artúrico: ¿Qué quieren las mujeres?, que, según las versiones, protagonizan tanto el esposo de Ginebra como su sobrino Galván (Gauvain, Gawan, Gawaine, etc.).  En pocas palabras, relata que el caballero se encuentra un día en su camino a un gigante verde que, armado de una enorme maza, le somete al siguiente acertijo: “¿Qué desean las mujeres por encima de todo?”, y le deja el plazo de un año para resolverlo. Durante ese tiempo, se le ofrecen muy distintas respuestas, pero, la noche en la que se va a cumplir el plazo, se encuentra con una mujer horrenda que promete darle la solución del acertijo si el caballero promete, a su vez, casarse con ella. Él acepta llevándole al gigante la contestación: “lo que la mujer ama por encima de todo es la soberanía”. Cumpliendo su palabra, al ir a darle el beso que su, ya, esposa le pide, en la noche de bodas, el hombre descubre que es, en realidad, una dama de gran belleza sometida al encantamiento de una bruja hasta que el mejor de los caballeros le ofrezca el amor, la libertad y la soberanía. Encontramos claros vestigios de esta historia en el famoso relato inglés del siglo XV: Galván y el Caballero Verde. Así mismo, Heinrich Zimmer nos presenta, en El rey y el cadáver , una versión muy interesante tomada del poema inglés del siglo XV, The Weddynge of Sir Gawen and Dame Ragnell ; además, el erudito alemán hace referencia a una balada, conservada en un manuscrito de mediados del XVII, The Marriage of Sir Gawaine , que aborda el mismo tema. Pero lo que aquí nos interesa es que estas figuras, típicas de la tradición celta, son capaces de conferir tanto el sufrimiento como la felicidad y pertenecen a la categoría de las mujeres sobre las que recae la iniciación del héroe. Sabias, ricas y poderosas (definición que retrata a la Cundry de Wolfram), como sus predecesoras, las insolentes y horribles comadres no aparecen por casualidad, en los distintos poemas, sino cuando los caballeros corren el riesgo de dejar a un lado su vida de aventuras para devolverles a su auténtico y glorioso destino.

J. Heller, Igraine

             Aunque el de la Mensajera del Grial de Eschenbach sea quizá el referente principal de la heroína wagneriana, no nos podemos olvidar de otras damas de la Demanda de las que tomará algunos rasgos o, mejor, algunas funciones. Cuando, ya en el segundo acto, Kundry, transformada en una bellísima mujer, le descubre a Parsifal su nombre y la muerte de su madre, está haciendo lo mismo que la prima del héroe en los poemas medievales. Ya apuntamos (El Río de la Vida) que Chrétien de Troyes sólo nos la presenta en una ocasión (cuando el caballero deja Castillo del Grial) y que, a diferencia de otros textos, no será ella quien le descubra cómo se llama, sino que es el mismo Perceval el que, eso sí, a la pregunta de la muchacha sobre su identidad, tiene una repentina inspiración que le permite decir su nombre. De esta manera, descubre que son primos hermanos. A la vez, la dama le reprocha no haber sido capaz de formular la cuestión que hubiera sanado al Rey Tullido, por culpa del pecado que arrastra: hacer morir de dolor a su madre, la Dama Viuda, cuando partió de la Yerma Floresta Solitaria. En el texto de Wolfram, este personaje adquiere una mayor importancia, además de un nombre propio: el de Sigune. Parzival la encuentra, por primera vez, poco después de abandonar las tierras de su madre y es entonces cuando ella le descubre su nombre; pero la hallará de nuevo cuando salga del Castillo del Grial. Entonces, como su predecesora francesa, le reprochará su silencio y le contará parte de la historia del Anfortas que completará, más tarde, el tío de ambos: el ermitaño de Trevizent (El Rey Pescador).

Gawain y el Caballero Verde. Miniatura S. XV

             Pero, según vaya avanzando el segundo acto del Parsifal de Wagner, y, con él, la escena de la seducción, el personaje de Kundry tendrá como referente más directo al de la bella Orgeluse de Logroys que volvemos a encontrar en la obra de Eschenbach y que se corresponde con la Jeune fille méchante (la Malvada joven) de la obra de Chrétien. Ya hemos visto (El Castillo de las Maravillas) que siguiendo la tradición celta, es una figura femenina la que conduce al héroe, para que no se desvíe de la aventura que debe culminar, y cómo es precisamente esta seductora y altiva mujer la que dirige directamente a Gawan al Castillo de las Maravillas, después de que sea la misteriosa Cundry la que le arranque, junto con Parzival, de las comodidades de la corte de Arturo. También sabemos que es, en ese momento, cuando se bifurcan las búsquedas de la lanza y del Grial, emprendidas por el sobrino de Arturo y Parzival respectivamente (que Wagner unificará en su Drama). Después de salir victorioso de la aventura del Lecho Encantado, de su lucha contra el león y de liberar, así, a las damas hechizadas por Clinschor,  gracias a uno de los instrumentos mágicos del nigromante, observa a su amada Orgeluse junto a otro caballero y abandona el castillo en su búsqueda, lo que le llevará a otra aventura, la del Vado Peligroso, que es para la Orgeluse, la definitiva. Ya que, entonces, le confesará su amor y cómo, para vengarse del asesino de su esposo, aceptó el galanteo de Anfortas y fue la causante indirecta de su herida; también le confesará cómo fue Parzival el único caballero que rechazó sus encantos por fidelidad a otra dama más hermosa y más amada. No cabe subrayar que, en la obra de Wagner, es Kundry la seductora causante de la herida de Amfortas que, sin embargo fracasa cuando intenta seducir a Parsifal. Pero, una vez más, aunque los hechos sean muy similares, su sentido es absolutamente distinto: mientras Orgeluse atrae a los caballeros para vengar a su esposo, Kundry debe seducirlos por la maldición que la condena a no poder ser redimida más que por aquél que sea capaz de rechazar su abrazo. Únicamente Parsifal sabrá sentir, a través su beso, todo el dolor que encierra el corazón de la mujer y liberarla, al fin, de su infernal condena; aunque, al igual Wotan en su última escena con Siegfried, Kundry se rebele, en un principio, contra esa redención a la que, sin embargo aspira con tanta ansia como el dios...

I. H. J. T. Fantin-Latour; Parsifal en el Castillo encantado de Klingsor Pogany; Kundry seduce a Amfortas