Número 194 - Zaragoza - Febrero 2017
IN FERNEM LAND... 

REDENCIÓN AL REDENTOR (I)

PARSIFAL

Este atman no puede ser logrado por medio de la instrucción ni por la inteligencia, ni por medio del mucho oír. A quien debe obtenerlo, a aquel a quien elige, el atman revela su verdadera naturaleza. Katha Upanisad. 

           

J. Ruisdael, Castillo

            En la cumbre de una altísima montaña, se eleva hasta el cielo el burgo de Montsalvat. Los caminos que llevan hacia él son inaccesibles al común de los mortales ya que Titurel lo construyó para guardar, lejos de la codiciosa mirada del profano, el cáliz santo que Cristo había compartido con sus discípulos en la última cena, el mismo en el que José de Arimatea recogió la sangre de sus heridas cuando, por amor a la humanidad y para su redención, se entregó al sacrificio. Junto con el cáliz, también se ocultaría en el inaccesible Montsalvat la lanza de Longinos, la misma que traspasó el costado del Salvador.

Después de construir aquel grandioso santuario, Titurel reunió a su alrededor a una élite de nobles caballeros dignos de custodiar la más sagrada de las reliquias, ésa que recompensaría su servicio y su piadosa fidelidad otorgándoles una fuerza y un valor sobrenaturales que les permitiría emprender y salir victoriosos de las más difíciles gestas, en honor a su fe. Y, cada año, una paloma descendía del cielo para renovar el poder del Santo Grial y de sus valientes caballeros.

Pero, Kingsor, indigno de ser admitido en la muy pura comunidad del Grial y, por lo tanto, lleno de resentimiento hacia ella, levantó, con oscuros poderes, un jardín en donde crecían, mitad flor mitad mujer, hermosas criaturas destinadas a perder a los caballeros que cayeran bajo el poderoso hechizo de su seducción. Ya muchos se habían abismado en los encantos malditos de aquel jardín cuando Amfortas, hijo del venerable Titurel, quiso acabar con ellos. Orgulloso, salió de Montsalvat empuñando la lanza sagrada, pero no fue más fuerte que sus predecesores y, al sucumbir a los encantos de Kundry, la flor más fascinante y venenosa del jardín de Klingsor, abandonó la reliquia en poder de su enemigo que, con ella, le abrió una profunda herida en el costado. Ningún bálsamo la podía curar. Desde entonces, la comunidad del Grial languidece compartiendo el sufrimiento, la tristeza y la vergüenza de su rey caído, mientras busca en vano remedio a sus dolores.

Cuando un día, postrado ante el altar, Amfortas imploró, del Grial, la divina piedad, escuchó una voz celeste que profetizaba: 

Sapiente por compasión,
el puro inocente;
¡aguarda
a quien yo elegí. 

En estas pocas palabras se resume el Parsifal. Aquél que todo lo ignoraba, por medio de la compasión (acto I), alcanza la sabiduría (acto II) y se convierte en redentor (acto III). Pero veamos cómo se fue gestando la última obra del maestro de Leipzig.

 

Un verano en Marienbad 

Parzival . Manuscrito de Munich, S.XIII

            Aunque es probable que Wagner conociera la traducción al alemán moderno del Parzival de von Eschenbach antes de 1842 (ya que a esta fecha se remonta su Tannhäuser y, en él, el Minnesänger resulta ser uno de los personajes principales, precisamente el noble y sereno contrapunto de su atormentado protagonista), si hemos de creer su propio testimonio, la lectura atenta, reposada y fructífera de la obra de Wolfram y otros textos, que estaban en relación con ella y, por lo tanto, con el universo del Grial, se remonta a 1845, cuando él y Mina fueron a tomar las aguas en Marienbad: Había elegido cuidadosamente las lecturas que me llevaría: el poema de Wolfram von Eschenbach en la traducción de Simrock y San Marte y, en relación con esto, la epopeya anónima Lohengrin, con la gran introducción de Görres. Con el libro bajo el brazo, me perdía por los bosques vecinos para poder, tumbado al borde del arrollo, entretenerme con el  Titurel y el Parsifal del poema de Wolfram, a la vez, tan extraño y tan íntimamente familiar. Pronto, sentí crecer en mí el deseo de dar yo mismo forma a lo que leía y esto, con tal violencia que, aunque me previnieron contra cualquier exceso de trabajo en las aguas de Marienbad, me costó resistirme al impulso. Una excitación casi angustiosa me invadió: Lohengrin, cuya primera concepción se remontaba a mi última estancia en París, se presentaba ante mí perfectamente armado y con todos los detalles de la forma dramática de su conjunto. En particular la leyenda del cisne, que se asocia tan significativamente a él y de la que había tenido conocimiento entonces gracias a mis estudios sobre este entramado mitológico, resultó extraordinariamente atractiva para mi imaginación.

Wagner obedeció las recomendaciones que, en cuanto al trabajo, le habían hecho los médicos del balneario; pero, ese mismo otoño, compuso el poema de su Lohengrin, aunque la inspiración musical no completaría la obra hasta 1848; fecha de enorme importancia tanto en los acontecimientos que sacudieron Europa, como en la vida de Richard Wagner, ya que fue entonces cuando redactó su curioso ensayo: Los Wibelungos: historia universal a partir de la leyenda e, inmediatamente después: El mito de los Nibelungos como proyecto para un drama. Ambos estarán en la génesis de la Tetralogía; pero, curiosamente, el primero pone en relación el mítico oro que guardaron las aguas del Rin con el no menos mítico Grial.  

A. Rackham. Sigfrido y las hijas del Rin

Durante la composición de Lohengrin, Wagner profundiza en el estudio de la tradición épica alemana, lo que le descubre la imponente figura de Sigfrido, el héroe que conquistó el tesoro de los Nibelungos y fue venerado por el romanticismo alemán como la mejor representación del espíritu germánico. Esta espléndida figura se unió, en el imaginario de nuestro autor, con el mito del Grial y la leyenda de Federico Barbarroja, dando lugar al ensayo sobre Los Wibelungos. En él, Wagner se remonta a un alba de la humanidad en la que el poder, tanto espiritual como material de los primeros reyes-sacerdotes provenía de un “tesoro”, un objeto mágico que debía ser conquistado a un terrible adversario con gran esfuerzo y audacia. Pero, si bien, se convertía en la herencia legítima de los descendientes de su primer conquistador, ellos también debían ganarlo a base de un arrojo y una valentía idénticos a los de su anterior dueño. Wagner pone este tesoro en relación con el Paladio que, según cuenta la leyenda, fue llevado por Eneas hasta la península itálica, después de la destrucción de Troya, y ayudó a edificar un imperio que tendría su máxima expresión en Julio César (perteneciente a la raza “juliana”, es decir “iliana”: procedente de Ilión, otro nombre por el que se conoce Troya). Según otras leyendas, de las que también se hace eco el compositor, los reyes francos eran, así mismo, descendientes de la realeza troyana y, después de haber conquistado el Tesoro, en su lucha contra los romanos, se convirtieron en Nibelungos y fundaron la dinastía carolingia que, partiendo de Clodión, y pasando por Carlomagno, llegó hasta Federico Barbarroja, encarnación histórica de Siegfried (un hijo de Dios que, en su más cercana manifestación se llamó así, pero que otros pueblos de la tierra llaman Cristo, siempre según Richard Wagner). Con el último Hohenstaufen, Conrad V (en 1268), desaparecerá el Tesoro en su forma física (para permanecer oculto, junto con Barbarroja, en la cueva del Kyffhäuser), pero resurge, bajo la forma idealizada del Grial, en el fantástico reino del Preste Juan.  

Esta, algo forzada, unión temática entre el tesoro de los Nibelungos y el Grial, no se encontrará ya en su siguiente ensayo: El mito de los Nibelungos como proyecto para un drama. A partir de entonces, Wagner pondría en relación la gesta de Sigfrido, no con el del Grial, sino con el mito germano-escandinavo del Ragnarök: el destino final de los dioses; puesto que, al estudiar en profundidad la figura de su nuevo héroe, había descubierto, especialmente en las Eddas y la Völsunga saga, la materia coherente y natural de la historia que desarrollaría en el Anillo del Nibelungo.  

R. de Egusquiza, Muerte de Tristán e Isolda

Sin embargo, este descubrimiento no expulsó de su imaginario el poderoso influjo del Grial que se manifestaría, con renovadas fuerzas, en la primavera de 1857, cuando ya trabajaba en su Tristan, en la recién estrenada casa de campo (el famoso “Asilo”) que los Wesendonck habían puesto a su disposición. Podemos leer en  Mi Vida: ... se presentó un bello tiempo primaveral; el Viernes Santo desperté por primera vez en esta casa bajo un sol radiante: el jardincillo verdeaba, los pájaros cantaban, y finalmente pude sentarme en la terraza de la casita para gozar del prometedor silencio tanto tiempo añorado. Lleno de esto, me dije de repente que hoy era “Viernes Santo” y recordé cuán significativamente me había llamado la atención esta advertencia en el Parzival de Wolfram. Desde aquella estancia en Marienbad, donde concebí Los maestros cantores y Lohengrin, no había vuelto a ocuparme nunca de este poema; ahora su contenido ideal se me aproximó de forma avasalladora, y a partir de la idea de Viernes Santo concebí rápidamente un drama completo que, dividido en tres actos, esbocé enseguida con unos pocos y rápidos rasgos (esbozo que, hoy, se considera perdido). Además, en el verano de ese mismo 1857, y en el plan primitivo de su Tristan, Wagner proponía un encuentro entre el héroe de la pasión y el de la compasión: al final del drama cuando el sobrino del rey Marke yacía a los pies de Isolda, aspirando a la muerte sin poder morir, Parsifal aparecía, vestido de peregrino, para aliviar las penas de los amantes. Pero esta idea fue rápidamente abandonada. 

F. Leeke, Elsa y Lohengrin

También en la correspondencia entre Wagner y Luis II de Baviera, con fecha del 14 de abril de 1865 (es decir, antes de la redacción de su biografía) encontramos: Un Viernes Santo soleado y cálido me inspiró por su atmósfera sagrada el Parsifal que vive y crece en mí desde entonces, como un niño en el seno de su madre. Cada Viernes Santo envejece un año, y entonces festejo el día de su concepción al que seguirá el de su nacimiento. Pero, más tarde, los Diarios de Cosima iban a desmentir esta poética vivencia, referido al 22 de abril de 1879 leemos: Richard evoca hoy el recuerdo de las impresiones que le inspiraron el Encantamiento del Viernes Santo; se ríe, –en realidad, todo esto estaba un poco cogido por los pelos, como mis amoríos, puesto que no se trataba de ninguna manera de un Viernes Santo, sólo había una atmósfera agradable en la naturaleza por lo que me dije: así debió de ser el Viernes Santo. Aunque nunca podríamos aplicar mejor que aquí aquello de si non è vero, è ben trovato.  

Pero, si no llegó hasta nosotros el supuesto primer boceto de Parsifal, de la primavera del 57, sí nos llegaron, en cambio, las cartas a Mathilde Wesendonck y, con ellas, otro momento importante en la génesis de la obra que seguirá poniéndola en relación con su Tristan y, no, como en un primer momento, con El anillo del Nibelungo, cuya composición Wagner había detenido durante algún tiempo. Estas cartas son, especialmente las del  2 de marzo y 30 de mayo de 1859. En la primera, la creación de Parzival (entonces, aún, lo escribía sí) se le presenta como un atractivo proyecto a través de la ambigua figura de Kundry: Parzival me ha ocupado muchísimo: sobre todo, se me aparece, siempre de una manera más viva y más fascinante, una criatura extraña, una mujer maravillosa, uno de los demonios del universo (la mensajera del Grial). Si algún día realizo este poema, habré hecho algo muy original. Y, exactamente, así fue.

F. von Stassen, La redención de Amfortas

Cuando redacta la famosa carta del 30 de mayo, el compositor está volcado en la creación del tercer acto de Tristan, experimentando, según su propio testimonio, los mismos sufrimientos y alegrías que su personaje, lo que le lleva a evocar la figura de Amfortas: Y esto me dispone desfavorablemente, en estos últimos días, frente a Parzival. Hace poco, volvía de nuevo al convencimiento de que se convertiría en un trabajo dificilísimo. Considerando detenidamente las cosas, Amfortas es el centro, el tema principal. (...) De repente lo tuve clarísimo: es mi Tristán del tercer acto, ¡pero con una progresión de una inimaginable intensidad! La herida de la lanza es otra herida muy distinta, –en el corazón–, el desdichado sólo aspira a la muerte, mientras es presa de sus sufrimientos; para llegar a este remedio supremo, aspira cada vez más a la visión del Grial, para saber si al menos él cerrará sus heridas, ya que todo lo demás es inútil; nada, nada puede remediar su dolor. Pero el Grial sólo le ofrece el no poder morir lo que precisamente acrecienta sus sufrimientos porque le otorga la inmortalidad. Ahora el Grial, según mi concepción, es el cáliz de la cena en el que José de Arimatea recogió la sangre del Salvador crucificado. ¡Qué terrible sentido adquiere, así, la situación de Amfortas frente a este cáliz milagroso; él que sufre la misma herida, ocasionada por la lanza de un rival en una apasionada aventura amorosa, debe encontrar su única salvación en la consagración de la sangre que derramó un día la herida del Salvador, cuando moría en la cruz, renunciando al mundo, liberando al mundo, sufriendo por el mundo! Sangre por sangre, herida por herida, pero, de un lado y del otro, ¡qué abismo entre esa sangre y esa herida! (...) Hasta la adoración se convierte en dolor. (...) ¿En la locura de la desesperación querría alejarse del Grial, cerrar ante él los ojos? ¡Lo querría, para poder morir! Pero él mismo fue designado para custodiar el Grial; y no lo ha designado un poder exterior y ciego, no; fue elegido porque era digno de ello, porque nadie había reconocido tan profundamente como él la fuerza milagrosa del Grial, porque nadie como él tenía el alma entera envuelta en el deseo de contemplar el Grial, (...) ¡que le otorga la divina salvación al mismo tiempo que la eterna maldición! ¿Y sobre semejante tema yo tendría que escribir y también componer la música? ¡Ah!, ¡no!gracias! ¡Quién lo quiera que lo escriba! ¡No cargaré yo ese fardo a mis espaldas! Afortunadamente, aquí, el compositor no mostró dotes proféticas y, cinco años más tarde, le enviaba al rey loco de Baviera el proyecto detallado de un Parzival. El 19 de octubre de 1872, ya en Bayreuth, como recogen los Diarios de Cosima, Wagner leía ante Liszt un nuevo esbozo del poema que queda definitivamente redactado entre el 25 de enero y el 19 de abril de 1877. En el otoño de ese mismo año, iniciará la composición musical que se prolongaría hasta el 13 de enero de 1882. 

H. Fantin Latour, El Grial