Número 194 - Zaragoza - Febrero 2017
LEITMOTIVACIONES 

PRIMER INTERLUDIO ORQUESTAL DE EL ORO DEL RIN

A Ángel-Fernando Mayo, in memoriam

Por primera vez, esta sección va a tratar de un fragmento “no popular” de una obra wagneriana. El fragmento en cuestión es el primer interludio orquestal de El oro del Rin, que empieza cuando Alberich dice las palabras “und eine muss mir erliegen!” y acaba tras la exclamación del nibelungo “Fing’ eine diese Faust!”. Las razones para escogerlo son varias:

- por un lado, en nuestro país ha habido recientemente representaciones de El oro del Rin, que habrán generado más interés en esta obra.
- este fragmento tiene un gran poder descriptivo: Alberich empieza a perseguir a las ondinas, que a su vez esquivan con agilidad al nibelungo. Todo este movimiento escénico está perfectamente plasmado en la música.
- además, es un buen ejemplo del uso del leitmotiv como recordatorio de acciones pasadas.
- y es una buena oportunidad para reivindicar esta obra, que marca la diferencia entre la ópera y el drama musical, y dar pruebas de que Wagner sabía lo que se decía cuando afirmaba que apenas se podía encontrar un solo compás en la orquesta “que no se surgiera de motivos anteriores”.

Desde un punto de vista puramente “onomatopéyico”, vemos que la música describe el acontecer escénico: junto a pasajes agitados, que parecen reflejar los vanos intentos de Alberich por atrapar a las ondinas, tenemos también pasajes sosegados, en los que casi podemos ver al mismo Alberich tomando aliento para reemprender su caza, aunque a su vez no faltan pasajes con figuras descendentes que nos hablan de las caídas y los resbalones de Alberich.

Así también podemos apreciar que los pasajes agitados suelen ser figuras rápidas en la cuerda (normalmente con trémolo), que se mueven por grados conjuntos o incluso por semitonos, mientras que los pasajes sosegados tienen un carácter eminentemente melódico (en las maderas), con una armonía más estática.

Sin embargo, aunque tales análisis puedan resultar curiosos, no pueden tildarse de análisis musicales (aunque hay quien sí lo hace), pues en nada hacen justicia al tejido sinfónico habitual en las obras de madurez de Wagner. Un análisis musical pormenorizado nos revela algunas sorpresas, como vamos a ver a continuación.

En primer lugar, esas figuras ágiles que aparecen en los trémolos de las violas parecen simplemente representar los esfuerzos inútiles de Alberich,

pero tienen un referente mucho más claro. Si nos fijamos en la frase que ha cantado Alberich, tras ser rechazado por Wellgunde: “Schein’ ich nicht schön dir, niedlich und neckisch” (“Si no te parezco bello, gracioso y agradable”), veremos que canta las mismas notas (o sus enarmónicas). Escuchemos el ejemplo, con el fagot tocando la parte de Alberich.

Por supuesto, en el interludio orquestal, esta célula musical se desarrolla un poco, aumentando su altura tonal hasta que los violines segundos empiezan a tocarla también, aunque una tercera por debajo.

El acompañamiento inicial, aparte del pedal en Fa de los contrabajos, es netamente contrapuntístico: en los chelos suena una célula musical que sigue el mismo ritmo (tres corcheas, una negra y una corchea, todos en trémolo), pero entra un tiempo antes. Por ello, cuando los chelos tocan las tres corcheas, las violas ejecutan la negra y la corchea, y viceversa.

Como ya se ha dicho, los violines segundos y las violas repiten la frase, separados por terceras. Los contrabajos, por su parte, van ascendiendo de Fa a La por pasos cromáticos. Una vez llegan al La, suena en las maderas una célula musical que no es más que parte de la escala pentatónica que aparece en las voces de la Naturaleza y que las Hijas del Rin usan. Con esta forma, concretamente, lo cantan, por ejemplo, cuando dicen las palabras “Schäme dich, Albe!” (“Avergüénzate, enano”).

A esta célula musical le sigue una serie de corcheas en staccato, ascendiendo –tras el intervalo de cuarta inicial– por terceras, que recuerda vagamente el canto de las ondinas (“lalaleia, leialalei, heia, heia, ha, ha”).

Durante este tiempo, el único acompañamiento es un pedal de la cuerda en La, que contribuye a dar una sensación estática, junto con el matiz juguetón de las corcheas en staccato.

A continuación se escucha en las maderas el motivo de las ondinas: “Weia! Waga!”, seguido de otras corcheas en staccato que ascienden por terceras.

Ahora el acompañamiento, aparte de un acorde en las trompas, viene marcado por unas escalas cromáticas ascendentes en las violas, de Sol a Do.

Oyendo a las violas, casi se puede ver a las ondinas dando círculos alrededor de Alberich, tentándolo. Cuando las violas dejan de tocar estas escalas, violines y chelos ejecutan una rápida escala (en fusas) ascendente, que parece describir a Alberich lanzándose a por una de las doncellas. Siguen tres escalas descendentes en los violines, violas y chelos, para figurar a Alberich resbalando y cayéndose. El tercer compás de esta caída vuelve al ritmo habitual: corchea con puntillo (aunque aquí es corchea con silencio de semicorchea), semicorchea, corchea y tres corcheas.

La melodía que suena a continuación en las maderas no es más que una variación de la que ha cantado Wellgunde: “Heia, du Holder” (“Heia, hermoso”). Aquí escuchamos la parte de Wellgunde tocada por el oboe.

El acompañamiento –de nuevo estático– es un pedal en La de los contrabajos y un acorde con trino en chelos y violas. Sigue entonces en los chelos, violas y fagots –y luego en las trompas, violas y violines– otra melodía

basada en algunas células musicales que Alberich ha cantado, cuando dice: “Wie in den Gliedern brünstige Gluth mir brennt und glüht! Wuth und Minne…” (“¡Cómo, en los miembros, ardiente fuego me abrasa y quema! Rabia y deseo…”), interpretada aquí por el fagot.

A mitad de la frase, los chelos dejan de interpretar la melodía y cambian a unas rápidas escalas cromáticas ascendentes que ilustran nuevamente los rápidos movimientos huidizos de las ondinas.

Estas escalas ascendentes desembocan de nuevo en el motivo de las ondinas (“Weia! Waga!”) en las maderas, seguido por las corcheas que ascienden por terceras. El acompañamiento es también estático: acorde de trompas y trino de chelos.

Sigue un compás en el que la cuerda vuelve a ejecutar dos escalas descendentes para reflejar un nuevo fracaso de Alberich. Y a continuación, dos compases que expresan la cólera creciente de Alberich (según Wagner, “echando espumarajos de rabia”): el primer compás es la parte ascendente (con el ritmo que hemos visto: corchea –con silencio de semicorchea–, semicorchea, corchea y tres corcheas), mientras que el segundo es descendente (descensos cromáticos en semicorcheas).

Se vuelve a repetir el mismo esquema, aunque más agudo y esta vez, en vez de la segunda escala descendente, se escucha este mismo esquema simplificado: corchea con silencio de semicorchea, semicorchea, corchea y descenso cromático en semicorcheas.

Se repite una vez más este esquema simplificado, más agudo, y luego ya sólo se escucha el descenso cromático, repitiéndose una y otra vez, siempre más agudo. Hasta que por fin explota en una célula musical que repite el ritmo que ya hemos visto anteriormente: corchea con puntillo, semicorchea, corchea y tres corcheas en staccato.

Alberich, por su parte, da rienda suelta a su cólera con la frase: “Fing’ eine diese Faust!” (“¡Si cogiera a una este puño!”), que marca el final de este interludio orquestal.

Vemos, por lo tanto, que esta pieza, además de tener un gran poder descriptivo, tiene una sólida arquitectura musical basada en células musicales precedentes. El efecto global no sólo se puede interpretar como evocaciones para el oyente sino también como que Alberich recuerda todos esos sentimientos que ha tenido que experimentar (la humillación de ser rechazado tres veces y sus accesos de cólera); en este último caso, podría hablarse de una especie de flash-back psicológico. De hecho, este uso es bastante habitual en los interludios orquestales del Anillo, pero habrá más ocasiones de hablar de ello.

 

Bibliografía:

- Richard Wagner, Das Rheingold, Dover, Nueva York, 1985
- Richard Wagner, El oro del Rin, (Traducción bilingüe de Ángel-Fernando Mayo), Turner, Madrid, 1986