Número 195 - Zaragoza - Marzo 2017
IN FERNEM LAND... 

EL FILTRO DE AMOR

TRISTAN UND ISOLDE

Una risa, unos ojos, unas manos
todo mi corazón y mis sentidos
saquearon hermosos y tiranos;

y no tienen consuelo mis gemidos,
pues ni de su victoria están ufanos,
ni de mi perdición compadecidos.

Francisco de Quevedo. Poesía Amorosa.

 

 

 

 

Tristán, Isolda y el filtro de amor. J. Delville

                En el Teatro de la Colina Verde comienza la V Escena del drama. Resuena el motivo del Heroísmo de Tristan: terco y noble, como, en este momento, el personaje al que representa y que, al igual que él, se verá pronto encerrado en los acordes que presagian lo inexorable del Destino. El caballero y la reina de Irlanda se miran fijamente en silencio hasta que Isolde le dice que aún queda entre los dos una deuda de sangre. Tristan no duda en ofrecerle su espada para saldarla; pero, ella, con un doloroso sarcasmo que ni engaña ni pretende engañar al héroe, le ofrece un brebaje de reconciliación que éste apurará sin titubeos. Isolde reclama su parte, brinda y bebe, antes de arrojar, lejos, la copa.

Magia

            Si algo caracteriza el mito de Tristán e Isolda es, naturalmente, el tema del filtro que encontramos en todas las versiones, aunque, como vamos a ver, con significativas variantes. Ya hemos apuntado (Grato pesar. Amarga dulzura) que la procedencia céltica de la historia hace suponer que el referente del maravilloso brebaje se encuentra en un geis: el potente encantamiento celta que puede consistir en  una prohibición o tabú (el héroe Cuchulainn muere por transgredir el que le impedía comer carne de perro), o en una orden de obligado cumplimiento con la amenaza, si no se lleva a cabo, de muerte o deshonor: ¡Caiga la deshonra sobre ti, si esta noche no me llevas contigo!; así, Grainne conmina a Diarmaid a raptarla;  y ya vimos que la historia de los amantes irlandeses está considerada como el referente mítico más directo de Tristán e Isolda.

Tristán e Isolda. D. G. Rossetti

            Los antiguos celtas estaban atados a sus geasa (plural de geis) de por vida; por eso, puede resultar extraño, el que, en las versiones llamadas comunes (la francesa de Béroul y la alemana de Eilhart), la magia de la poción sólo dure tres y cuatro años (respectivamente), pasados los cuales, los protagonistas parecen despertar de un largo sueño: la pasión ya no les aligera las fatigas que hasta ese día parecían no sentir, el juglar alemán nos lo cuenta así: La fuerza del amor no le permitía abandonar a Isolda, de modo que permaneció con ella en el bosque hasta que, podéis creerlo, cesaron los efectos del bebedizo. Habían transcurrido entonces, según lo dicen los que lo han leído en el libro (y seguro que no es mentira), cuatro años desde que lo bebieron. De pronto a ambos les pareció que eran capaces de separarse y se sintieron completamente hartos de las incomodidades del bosque, de tal manera que no soportaron la penuria ni un solo día más. Béroul seguirá el mismo camino: Mientras duraron los tres años, el vino (en las versiones francesas, la poción es un vin herbé: vino de yerbas) se apoderó de tal modo de Tristán y de la reina que cada uno decía: “¡qué desgraciado sería si me fuera de aquí!”. El día después de San Juan se cumplieron los tres años en que fue fijada la duración de aquel vino. Tristán se levantó del lecho, Iseo se quedó en la choza. Y, cada uno por su lado, ambos se arrepintieron del tiempo que habían pasado juntos, y decidieron ir a visitar a un ermitaño en busca del perdón de Dios y del rey.  Este brebaje, de limitado efecto, será, sin duda, menos evocador pero muy práctico, desde el punto de vista de la moral cristiana imperante en la Edad Media, puesto que la pareja no será del todo culpable de adulterio ya que ni se amaban ni tenían intención de amarse hasta que bebieron por descuido la poción, y, entonces, dejaron de ser dueños de sus voluntades. Así resulta racional, noble y hasta edificante que Isolda vuelva con el rey Marc.

Tristán bebe la poción mágica. Códice de Viena

Amor inmortal

Tristán e Isolda. Manuscrito

            Un curioso y breve poema galés, de origen muy primitivo, por su temática (en realidad se trata de un antiquísimo relato etiológico, común a la tradición indoeuropea, que explica el cambio de las estaciones, como el mito griego del rapto de Perséfone por Hades), pero de redacción tardía (S. XVI), llamado Ystoria Trystan, cuenta la reconciliación forzada entre el rey de Cornualles y su sobrino gracias a un curioso arbitrio: los amantes Trystan y Esyllt escapan de March, y será el rey Arthur el que medie y decida que los dos hombres compartan a la reina. Cada uno habrá de elegir qué mitad del año prefiere pasar con ella: la estación en la que los árboles pierden sus hojas o aquélla en la que las conservan. Es el marido el primero en elegir y prefiere el invierno, la época en la que caen las hojas de los árboles, porque entonces son las noches más largas. A Trystan le quedará, pues, el verano. Pero cuando Arthur informa a Esyllt del resultado de su mediación, la reina grita feliz: ¡Bendito sea este juicio y el que lo hizo posible! y canta:

Hay tres arbustos de generosa especie:
el acebo, la yedra y el tejo…
Durante toda la vida, guardan sus  hojas.
Durante toda la vida seré de Tristán.

Los tres arbolillos de la vieja canción eran, para los celtas, símbolos de lo perenne, como perenne es el amor de Tristán e Isolda, por más que algunas versiones quieran disfrazarlo para no escandalizar a la sociedad de la época, no tanto a causa del flagrante adulterio (el amor cortés, la fin amors, que domina la lírica del medievo, no es precisamente un canto a la fidelidad conyugal), sino porque este amor apasionado y absorbente les aleja de sus importantísimas obligaciones para con la comunidad en la que ocupan lugares de privilegio: no olvidemos que se trata de la reina y del primer caballero además de sucesor del rey. De todos modos, lo que ahora interesa recalcar es que, en este relato galés,  por lo arcaico de su temática,  parece confirmarse que el auténtico amor de Tristán y de Isolda no se puede limitar en el tiempo; y así lo demuestran las versiones cortesanas del mito: la francesa de Thomas y la alemana de Gottfried. Naturalmente, Wagner seguirá esta misma línea.

La poción de amor. A. Rakham

Ya vimos (Tantris) que, en el poema de Gottfried, el amor ha surgido entre los dos personajes antes de beber, por equivocación, el filtro que la sabia reina Isolda había preparado para que la noche de bodas de su hija y el rey Marc durara eternamente: Tristán lo evidencia en el arrebato y la admiración con la que habla de la muchacha en la Corte, aunque su inocencia y la generosidad de su carácter le impidan, en ese momento, hacerse consciente de sus verdaderos sentimientos. Isolda también se delata, en primer lugar, perdonando la vida al héroe cuando conoce que él ha sido el matador de Morold y, más tarde, mostrando su enorme tristeza, su desencanto e, incluso, su enfado (que en Wagner será ira y desesperación) contra Tristán por haberla ganado y pedido en matrimonio para otro, otro a quien ni siquiera conoce. Así pues, la primera conclusión que podemos establecer, mediante esta historia, que tiene todos los visos de ser la que más se acerque a la originaria, es que el filtro de amor, a pesar de lo que digan algunos estudiosos, de ninguna manera será el que haga nacer la pasión entre Tristán e Isolda, ni tampoco será el símbolo que represente esa pasión, sino el instrumento que permita que ambos se hagan conscientes de unos sentimientos que ya habitaban en ellos, libere estos sentimientos y les consienta ser, en una recíproca y total entrega, pese a todas las adversas circunstancias que los envuelven. El mitólogo Joseph Campbell parecer avalar la hipótesis y cita las acertadas palabras de  G. Weber que entiende el bebedizo mágico como una metáfora de ese momento psicológico del amor en el que dos personas (…) pierden el control de la facultad humana del libre albedrío, bajo la influencia de una mutua aproximación interior insospechada y ya vehemente, y las mareas de pasión que se han acumulado en el subconsciente se desbordan, sumergiéndolos.

Más allá del candor

            En el relato de Gottfried, la inocencia del sentimiento amoroso, tanto en Tristán como en Isolda, es tal que, a diferencia del drama wagneriano, ninguno de los dos acierta a confesarse, después de apurar el filtro, qué es aquello que le consume y se ocultan el uno al otro, a causa de las dudas y la vergüenza. Dudas, porque ninguno de los dos sabe si es correspondido, y vergüenza porque, en el momento en el que reconoce su amor, Tristán piensa en su deber de lealtad para con el rey y en el honor de Isolda, mientras que la futura reina de Cornualles intenta, por todos los medios, resistirse al sentimiento que la invade, hasta que da la lucha por perdida:



La satisfacción
. G. Klimt
-¿Ay, bella adorada!, decidme, ¿qué os aterra, de qué os quejáis?
Isolda, el halcón del amor respondió:
-Lameir es mi aflicción, lameir apesadumbra mi corazón, lameir es lo que me duele.
Al oírla decir tantas veces lameir, reflexionó él y consideró con detenimiento y precisión el significado de esa palabra. Entonces se percató de que l’ameir quiere decir “amor”, l’ameir “amargo” y la meir “el mar”. Le pareció que tenía todo un batallón de significados. Pasó por alto uno de los tres y preguntó por los otros dos. No mencionó al amor, el señor de los otros dos, el consuelo y la meta de ambos. Habló acerca del mar y de lo amargo.
-Creo –dijo- bella Isolda, que os inquietan el mar y la amargura. Os disgustan el mar y el viento. Creo que ambas cosas resultan amargas para vos.
-No señor. ¿Qué decís? Ninguna de esas cosas me conmueve. Ni el aire ni el mar me disgustan. Solamente lameir me hace daño.
Cuando comprendió la palabra, descubrió que contenía el “amor” y le susurró a ella:
-En verdad, hermosa mía, a mí me ocurre lo mismo. Vos y Lameir me asediáis. Queridísima señora, deliciosa Isolda, vos tan sólo y vuestro amor habéis confundido del todo y tomado posesión de mis sentidos. Tanto me he apartado del camino que debía seguir, que no encuentro la senda para volver. Me causa dolor y pesadumbre, me parece sin valor y en contra mía todo lo que veo. Nada hay en el mundo que ame tan intensamente como a vos.
Isolda dijo:
-Señor, igual me pasa a mí.

 

Tristán e Isolda. Vida. R. de Egusquiza

 

En el Teatro de la Colina Verde Isolde arroja, lejos de sí, la copa. La más viva emoción se apodera de los dos personajes, mientras se contemplan, inmóviles. Las huellas de la ira y el orgullo han desaparecido de sus rostros, ahora resplandecientes. Sus miradas se encuentran, se separan turbadas y se vuelven a buscar. Definitivamente fundidos en un abrazo, ella con voz temblorosa y él con amor pronuncian sus respectivos nombres, ajenos a todo lo que no sea ellos mismos. El barco acaba de fondear en las verdes aguas de la costa de Cornualles y la tripulación vitorea al rey Marke.

 

Bibliografía

Campbell, J; Las máscaras de Dios. Mitología creativa. Madrid, Alianza Editorial, 1992.
Eilhart von Oberg y Gottfried von Strassburg; Tristán e Isolda. Madrid, Siruela, 2001.
Markale, J.; La femme celte. Mythe et sociologie. París, Payot, 1972.
Markale, J.; Les celtes et la civilisation celtique. París, Payot, 1999.
Eilhart von Oberg y Gottfried von Strassburg; Tristán e Isolda. Madrid, Siruela, 2001.
Riquer I. de (Edición  cargo de); La leyenda de Tristán e Iseo. Madrid, Siruela, 1996.
Wagner, R.; Tristan und Isolde. Madrid, Fundación del Teatro Real, 2000.