Número 200 - Zaragoza - Agosto 2017
IN FERNEM LAND... 

EL HILO DEL DESTINO
 

Juntemos las manos, hagamos una rueda, como hermanas enviadas del cielo y de la tierra. Tres vueltas por ti, tres por ti, tres por mí: son nueve, cuenta. ¡Silencio! Ya ha llegado el término del conjuro. W. Shakespeare. Macbeth, Act. I, Esc. 3.

Después de un brevísimo preludio, se abre el telón en el Teatro de la Colina Verde. De las profundidades de la orquesta surge el tema de Erda. Empieza la Tercera Jornada del Anillo del Nibelungo. Es de noche, pero nuestra mirada, atenta, reconoce el espacio: la roca de la walkyria que sigue protegida por el fuego de Loge. Delante de ella, tres altas señoras, envueltas en velos oscuros, se arrojan un hilo de oro que tratan de ceñir a las ramas de un pino y a los salientes de una roca. Ya falta poco para la conclusión del drama: al parecer, lo único que ellas desconocen...

Lo que fue, Lo que es, Lo que deberá ser

Urdhr, Verdandi, Skuld

Cuenta la Völuspá (Profecía de la Vidente) de la Edda Mayor que los dioses del Asgard vivían una dichosa edad de oro hasta que aparecieron tres gigantas que les superaban en poder, ya que encarnaban el Destino al que ellos mismos estaban sujetos. Se llamaban Urdhr (Lo que Fue, Destino), Verdandi (Lo que Es) y Skuld (Lo que Deberá Ser). Las tres eran muy sabias y vivían en Yggdrasill, el Fresno (para algunos, el Tejo) Sagrado del Mundo, al que regaban cada mañana, para que siempre mantuviera fresco su verdor, con el agua clara y la arcilla blanca del manantial de Urdhr, la más vieja de las tres hermanas; según Snorri, era tan sagrado que todo lo que se bañaba en él se volvía blanco. Ellas regían el hado de los dioses, los gigantes, los enanos y los hombres; lo que disponían nadie lo podía cambiar: su veredicto era irrevocable.

Puede llamar la atención el que figuras tan imponentes y poderosas como las Nornas no tengan más protagonismo en los cantos éddicos; las encontramos muchas veces en los cuentos del folklore germano (y también celta) rodeando las cunas de los recién nacidos, ofreciéndoles sus dones, profetizando sus gestas, y no sería de extrañar que tuvieran mucho que ver con las tres brujas que vaticinan el porvenir de Macbeth en el drama de Shakespeare; sin embargo, en los textos que recogen la mitología germano-escandinava, su presencia es escasa. Y es que ya hemos comentado en alguna ocasión que el Destino, al que representan, es, para los pueblos del Gran Norte, la manifestación misma de lo sagrado que se encarna en cada hombre; y éste no se contenta con contemplarlo como un mero espectador, ni mucho menos intenta esquivarlo, sino que lo acepta, lo asume y lo lleva conscientemente hasta sus últimas consecuencias en ese querer lo inevitable que está tan cerca del amor fati de Nietzsche. Así, de la misma manera que, en las Eddas, no se exalta el heroísmo, no se hacen sobre él grandes (ni pequeños) discursos, porque no necesita de demostraciones, de exaltaciones: simplemente es; lo mismo pasa con las Nornas: ellas también son; y con eso basta. Lo que sí resulta común es encontrarse en los poemas épicos germanos con numerosas alusiones a estas señoras del destino del tipo: Las Nornas juzgaron, Terrible es la sentencia de las Nornas o No se sobrevive una noche al veredicto de Urdhr. Cuando un guerrero es vencido, aunque se resigne y se someta, se queja de la decisión de las tres implacables, y, cuando es él el vencedor se regocija con su veredicto.

En un primer momento, la religión de los pueblos germanos consideró al Destino como una fuerza impersonal que actuaba ciegamente en el mundo y a la que estaban sometidas todas las criaturas divinas y humanas. Sin embargo, las ideas demasiado abstractas tienen, en toda mitología, una clara tendencia a personificarse y, así, nos encontramos con un gran número de figuras como las Disas y las mismas Walkyrias (ya lo hemos visto en Los rostros del Destino) o las Hamingjur, genios tutelares femeninos unidos a los clanes y las Fylgjur (Seguidoras), también espíritus tutelares pero, esta vez, encargadas de velar por el individuo, en un claro paralelismo con el daimon griego, el genius latino o el ángel de la guarda cristiano, al que los nórdicos designan como Fylgjuengill  (Ángel Seguidor). Pero, entre todos estos personajes míticos unidos al devenir de los seres, va a destacar Urdhr, la más antigua y, quizá, la más genuina de las tres Nornas.

Las Nornas y el hilo del destino A. Rackham

Estas figuras, por su número, nos recuerdan a las Moiras y a las Parcas griegas y romanas, lo que no parece ser simplemente una coincidencia si a esto le añadimos que la actividad de todas ellas es exactamente la misma: son las divinas tejedoras del  destino de las criaturas que se simboliza mediante el hilo que trenzan, miden y cortan (en el caso de las escandinavas, cuando se trata de un héroe, lo lanzan al cielo y es de oro). Por ello se puede deducir (y lo hacen muchos mitólogos) que, en un primer momento, los pueblos del Gran Norte sólo contemplaran la existencia de una Norna, Urdhr, que, por influencia grecorromana, se triplicó; pero tambien es muy plausible que todas estas figuras tuvieran un referente indoeuropeo común y anterior. De lo que no cabe la menor duda es de que en las antiguas lenguas de los pueblos del norte: alemán, anglosajón y escandinavo antiguo, algunas de las palabras que expresan la idea de Destino (wurd, wyrd y urdhr, respectivamente) pertenecen al mismo campo semántico del verbo latino vertere que significa "dar vueltas" y proviene del sánscrito vartula que quiere decir "rueca".

Pero el nombre de Urdhr, no sólo lo lleva la Norna sino también el Urdarbrunnr (Pozo de Urdhr), una de las fuentes que manan entre las raíces de Yggdrasill, el gran árbol que es el centro y el soporte del universo, el origen de toda vida, de todo saber y de todo destino. Esta imagen es recurrente en distintas mitologías; equivale, por ejemplo, al pilar cósmico de los Vedas, a la higuera sagrada de los hindúes o al Irminsul sajón.

El Gran Fresno del Mundo

Asgard. A. Lee

Dos cantos de la Edda Mayor: la Völuspá y los Grímnismál (Dichos de Grímnir), y la Gylfaginning (Alucinación de Gylfi) de Snorri nos presentan a Yggdrasill con pequeñas diferencias: este centro sagrado del mundo, en el que se reúnen los Ases para deliberar, toca el cielo con su copa mientras sus ramas abrazan la tierra y sus tres enormes raíces llegan hasta el país de los Ases, al de los terribles Gigantes de la Escarcha y  a la tierra de los muertos (los Grímmismál, sin embargo, nos dicen que sus raíces cobijan a muertos, gigantes y hombres). De una de ellas nace el manantial de donde salen todos los ríos del universo; bajo la que llega a la tierra de los sabios Gigantes, se encuentra la fuente de Mimir, en la que Odín debió dejar un ojo a cambio del sorbo que le otorgara esa inteligencia profunda que va más allá de las apariencias externas; y, junto a la que se yergue, imponente, el Asgard, encontramos el pozo de Urdhr, el del Destino, al que también simboliza el Fresno del Mundo. Desde el momento mismo de su nacimiento, cuando los dioses organizaron el cosmos, se vio amenazado: en su cima, un águila que provoca los vientos, una ardilla recorre su tronco, cinco ciervos, con nombres de enanos, se comen sus hojas (incluso hay quien dice que también lo hace la cabra de cuyas ubres fluye el hidromiel que las walkyrias sirven a los héroes del Walhall), ocho terribles reptiles roen sus raíces y, en los flancos lo pudre la edad. Sin embargo, aunque parezca sometido al tiempo y a la muerte, Yggdrasill temblará, pero no caerá en el temido momento del Ragnarök: permanecerá erguido y, a su sombra, renacerán el mundo y la vida.

Nornas Yggdrasill

 

Si relacionamos lo que acabamos de ver con el relato de la primera Norna en el Ocaso de los dioses podemos comprobar que el inicio de la narración se ajusta perfectamente a las tradiciones éddicas: un valiente y joven Wotan deja su ojo como tributo por beber de la fuente de la sabiduría que mana junto al fresno sagrado en donde teje la implacable diosa. Pero, adquirido el conocimiento, corta una rama del árbol con la que fabrica la lanza en donde grabará las runas de los pactos que le aseguran el poder sobre el mundo. Con esto Wagner se separa de la ortodoxia mitológica escandinava que cuenta cómo Odín (Un osado y joven dios) pasa nueve noches colgado de una rama del árbol, y herido por su propia lanza, hasta que le son reveladas las runas.

Açvattha

Prólogo del Ocaso de los dioses. A. Rackham

El que Wagner haga que Wotan arranque una rama del Gran Fresno del Mundo puede estar relacionado con una antigua tradición germánica: los pueblos del Gran Norte admiraban, como tantos otros, el fenómeno del brotar la naturaleza en primavera. En este momento del año asistían, maravillados, a la eclosión de la fuerza vital que se manifestaba de una manera privilegiada en los árboles; por ello, acostumbraban a plantarlos cerca de sus casas y a cortar alguna de sus ramas con una clara finalidad: que esa fuerza sobrenatural les fuera transmitida, y poseerla (he aquí el origen de las varitas mágicas de nuestros cuentos). No sería de extrañar que el joven, valiente y ambicioso Wotan, después de adquirir la consciencia en el pozo del conocimiento, intentara hacerse con el poder del mundo convirtiendo en lanza, su mágico emblema (y gobernando gracias a ella), una de las ramas del árbol que representa ese mundo. Pero la fuerza de la naturaleza, como el devenir de todo lo que es, trae la muerte engarzada en la vida. Después de que pasara mucho tiempo, el árbol, que empezó a desangrase por la herida de la rama rota, se secó, como la vieja fuente donde hilaba y cantaba la Norna. Había sido precisamente su madre, Erda, la que le recordó al dios que el final también es una ley del mundo. Parece como si la consciencia hubiera traído con ella la ambición, el deseo, la tiranía de la necesidad, la exaltación del querer vivir (si utilizamos la terminología de Schopenhauer) que tan unida está al tiempo y, por lo tanto, a la muerte.

Sea como fuere, el árbol del mundo, el árbol cósmico de la tradición germano-escandinava sólo tiembla y se tambalea en el momento del Ragnarök, nunca cae. Pero ya que acabamos de citar a Schopenhauer, nos viene a la cabeza su homólogo de la tradición hindú, que el filósofo, al que tanto admiraba Wagner, conocía tan bien. En la  Bhagavad-Gita (Cap. XV), açvattha, el árbol cósmico (aunque se trate de una higuera y no de un fresno) que representa no sólo el universo sino también la condición del hombre en él, su propia individualidad, debe ser cortado de raíz con el arma de la renuncia; es decir, el hombre debe de saber retirarse del mundo para así poder liberarse y transcender. No es pues de extrañar que en el momento en el que Wotan le pase el testigo de la salvación del mundo a Siegfried (dueño ya del anillo), en el momento en el que éste rompa su lanza, el dios, renunciante, mande a sus guerreros cortar  el marchito tronco del fresno, abatirlo por siempre y apilar sus leños rodeando el Walhall. Resulta muy significativo que sea precisamente con la madera del árbol cósmico con la que arda la sala de los dioses, no por la acción de Brünnhilde, no lo olvidemos, sino por la del propio Wotan, como cuenta la tercera Norna:

Las punzantes astillas
de la destrozada lanza
Le hundirá un día Wotan
Al ardiente en el pecho:
Devorador incendio
Prenderá allí;
El dios lo arrojará
A los apilados leños
Del fresno del mundo... 

Al final del Prólogo del Ocaso de los dioses, esta misma Norna, la más joven, cumple con su tradicional labor: entre sus manos, se rompe el hilo del destino.

Asustadas, las tres señoras se apresuran a bajar a la madre, parece como si estuvieran oyendo el viejo canto que el Rig Veda  (X-18-10) dirige a los muertos: ¡Repta hacia la tierra, tu madre! ¡Ojalá ella te salve de la nada! Esa nada que, consciente y felizmente, anhela y espera el dios.

 

Bibliografía

Boyer, R.; L’Edda poétique. París, Fayard, 1972.
Edda Mayor; Madrid, Alianza Editorial, 2000.
Éliade, M; Tratado de historia de las religiones. México D.F., Era, 1998.
Guelpa, P.; Dieux & mythes nordiques. Presses Universitaires du Septentrion, 1998.
Sturluson, S.; Edda Menor. Madrid, Alianza Editorial, 2000.
Vries, J. de; "La religion des Germains" in AA.VV, Histoire des religions I. París, Gallimard, 1970, pp.748-779.
Wagner, R.; El ocaso de los dioses. Madrid, Turner Música, 1986.