Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
IN FERNEM LAND... 

LA HERIDA ENVENENADA

Tristan und Isolde

Un poco de pan, un poco de agua fresca, la sombra de un árbol y tus ojos. Ningún sultán más feliz que yo. Ningún mendigo más triste. Omar Khayyam. Rubaiyat.

 

 

La bella Isolda. J.N. Paton

                Isolde, Princesa de Irlanda que muy pronto será Reina de Cornualles, exige la presencia de Tristan que, con mano firme, guía el timón del barco que ha de llevarla hasta su nueva patria. Pero sólo obtendrá la negativa del héroe, el desprecio cruel de su escudero y las burlas de la marinería. Así, en el Teatro de la Colina Verde, empezamos a conocer la historia inmortal que ha definido el Amor en Occidente. Comienza la tercera escena del drama; en ella, la voz de la cólera y la desesperación de una Isolde ofendida y engañada se mezcla, en la orquesta, con un motivo dominante: el de la herida de Tristán.

Los nobles corazones

            La mayoría de las versiones medievales del mito (Grato pesar. Amarga dulzura) son parcas en lo que se refiere al nacimiento del héroe, si exceptuamos la de Gottfried von Strassburg, justamente la más cercana al drama de Wagner en el que únicamente se hacen dos brevísimas, pero muy significativas, alusiones al tema, al final del Acto segundo:

Tristán va a partir.
Isolda, ¿quieres seguirle?
En el país en el que Tristán sueña,
no brilla nunca el sol.
Es el país sombrío de la eterna noche,
desde el que mi madre
me enviara
cuando con la muerte me dio el ser,
ya que pereciendo
me dio a luz.
Allí donde nací
y que fue nido de su amor,
ese maravilloso imperio de la noche
en el que yo despertara un día,
te lo ofrece Tristán
que va a anticiparse en el camino.

Tristán e Isolda. Autor desconocido  

Y al comienzo del Tercer Acto, en el que la melancólica y bellísima melodía del pastor, que habla sin palabras de anhelo y muerte, le trae a Tristán el recuerdo del  trágico final de sus padres.

Joseph Campbell subraya, muy acertadamente, que tanto en el Tristán de Gottfried como en la poesía de los trovadores el amor nace, durante un momento de éxtasis estético, a través de la mirada y en el mundo de la luz del día, pero, llegado al corazón, abre el profundo misterio de la noche: ese espacio del todo y de la nada en el que los límites se desvanecen. En este sentido la historia de los padres de Tristán prefigurará la de su hijo. Tampoco, en ella, el amor y el goce, la desesperación y el éxtasis,  la vida y la muerte,  serán contrarios que se armonicen, sino que serán, en y por el amor, una sola y misma cosa. Pero únicamente los corazones nobles pueden entender estos propósitos y, por lo tanto, es a ellos a los que el juglar alemán dirige su poema: Quien posee un amor profundo, por mucho que le duela, no deja que su corazón renuncie a él. Cuanto más arden sus férvidos deseos de amor en su hoguera de amor, mayor es el dolor con que él puede amar. Tal aflicción es tan grata y el dolor tan bueno, que ningún corazón noble prescinde de ello, pues son los que lo convierten en aquello que es.

Blancaflor y Rivalín

Rivalín y Blancaflor. Manuscrito de Munich

            Empieza Gottfried su extenso poema con el retrato de Rivalín, el príncipe de Parmenia (otros dicen de Leonís) en el que destacan todas las virtudes de la nobleza y de la juventud, pero algo sobrado de arrogancia, aunque no por maldad sino por poca experiencia, lo que le lleva a atacar a un caballero bretón al que debía vasallaje: el duque de Morgan. Cansado de tanto guerrear y aprovechando un año de tregua,  decide visitar la famosa corte del joven y prestigioso rey Marc de Cornualles y, en un barco, llega hasta ella para ser recibido con todos los honores. En las fiestas de mayo, durante el transcurso de un torneo, el rey apareció acompañado de su hermana Blancaflor y una mirada hizo que sus corazones sintieran, de inmediato, la pena y el júbilo del amor. Pronto Marc tiene que luchar contra un rey invasor y Rivalín cae en el combate atravesado por una lanza. Sabiéndole, como toda la corte, muy malherido, Blancaflor pide ayuda a una de sus institutrices para poder verle por última vez. Al descubrir la muerte en su cara, cae desvanecida con el rostro pegado al de Rivalín. Al despertar sus besos despertaron también los sentidos y el vigor del joven que, vuelto a la vida, la tomó en un amoroso abrazo. Poco después,  llegaron noticias a la corte de Marc de que el duque de Morgan había invadido sus tierras y Rivalín tuvo que hacerse a la mar, camino de Bretaña, para defenderlas. Le acompañó Blancaflor no sólo por su gran amor hacia él sino también porque esperaba un hijo suyo y, si no quería perder honra y fama, no podía mostrar su estado en la corte de su hermano el rey Marc. Poco después de llegar a Bretaña, Rivalín y Blancaflor se casaron y ella esperó a que acabara la lucha contra Morgan en el castillo de Canoel (el Kareol de Wagner). Esperó en vano. Cuando conoció la muerte de su esposo, no derramó una lágrima, no pronunció una queja: entre grandes dolores dio a luz a su hijo y murió. El fiel mariscal Foitenant, por miedo a que Morgan pudiera hacerle algún daño, se hizo pasar por el padre del niño al que bautizó con el nombre de Tristán: puesto que oí de labios de su padre cuáles fueron sus sentimientos respecto a su Blancaflor, y con qué gran dolor su madre satisfizo su anhelo al concebir este niño en la tristeza y darle luego la vida con mayor tristeza aún, creo que deberíamos llamarle Tristán. Gracias a la lealtad del buen mariscal y a la esmerada educación que le dio su maestro Curvenal (Wagner lo convertirá en Kurwenal, su leal escudero), el niño fue creciendo en nobleza, inteligencia y encanto.

El nacimiento de Tristán. A. Hugues

Las argucias del destino

El rey Marc. S. Dalí

            Una de las características de los héroes míticos en Occidente es la del doble nacimiento o doble paternidad. La tradición griega, de Hércules a Edipo pasando por Perseo o Paris, nos da múltiples ejemplos de ello. Todos estos personajes, en un momento determinado de sus vidas (que suele ser el del inicio de la edad adulta), descubren, de una manera aparentemente casual, que su auténtico origen es divino (Hércules y Perseo son, en realidad, hijos de Zeus) o regio (Edipo y Paris son, por nacimiento, príncipes de Tebas y Troya respectivamente). Lo mismo ocurre en la mitología germano escandinava en donde el máximo héroe, Sigfrido, a quien Mime hace de padre, en realidad, es hijo del rey Sigmundo y, por lo tanto, de la divina estirpe de Wotan/Odín. Tristán no será ajeno a esta doble paternidad que identifica a tantas figuras míticas indoeuropeas y, llegado el final de la niñez, lo que parece azar, pero es un implacable destino, le llevará al lugar que le corresponde por su noble nacimiento.

Cuando el muchacho estaba a punto de cumplir catorce años y había asombrado a todos los que le rodeaban por su constancia y destreza en el aprendizaje de todas las ciencias y las artes, eruditas y cortesanas, es raptado por unos mercaderes noruegos que piensan sacar partido de sus extraordinarias aptitudes. Una casi sobrenatural tormenta hace que se arrepientan de su crimen y abandonan al joven en las costas de Cornualles. Su dominio de la caza, de los idiomas y de los instrumentos de cuerda, fascina a todos los que se encuentran con él y, muy en especial, al rey Marc, que convierte al muchacho en su más cercano compañero, mientras el fiel Roal de Foitenant le busca, desesperado, por todo Europa, hasta que llega a Cornualles y desvela el misterio de su origen. En términos mitológicos, Tristán ha finalizado sus años de vida oculta para que pueda comenzar su epifanía o manifestación heroica, siguiendo el ejemplo de las grandes figuras míticas indoeuropeas (Tiempo de héroes).

La vigilia. J. Pettie

El rey Marc le nombra caballero, le da la mitad de sus posesiones y hace de él su sucesor. Pero la primera de sus hazañas consistirá en volver a su tierra de nacimiento y vengar, en la figura del duque de Morgan, la muerte de su padre; aunque no será ésta la única ni la más importante de las gestas que le impone el destino para que afirme su condición heroica; también habrá de luchar contra el gigante Morold, al que Wagner convierte en prometido de Isolda (quizá, para intensificar los sentimientos encontrados que luchan en el corazón de la reina) pero que, en la tradición medieval, es su tío materno. Jean Markale sugiere que estamos frente a un antiquísimo personaje de la mitología irlandesa, perteneciente a la raza de los fomore, misteriosos gigantes que viven en las islas que rodean el país y que bien pudieran representar, como los titanes o los gigantes germano escandinavos, a las terribles fuerzas de la naturaleza.

Destino. J.W.Waterhouse

En cualquier caso, Morold, cuñado del rey Gurnum el Audaz de Dublín (padre de Isolda), llega a Cornualles con la intención de cobrar un tributo de sesenta muchachos; lo que nos hace inmediatamente pensar en la deuda que Atenas tenía que pagar al rey Minos de Creta para alimento del monstruoso Minotauro. En la leyenda griega, el héroe Teseo se unirá voluntariamente a estos jóvenes y, gracias a la ayuda de Ariadna (hija de Minos), conseguirá matar al fantástico ser y huir con la princesa. En la leyenda medieval, el héroe Tristán reta al gigante Morold, en un combate a vida o muerte, para librar a Cornualles del cruel y humillante tributo en vidas que ha de pagar al rey de Irlanda, y conseguirá vencerle, asestándole un golpe tan profundo en el yelmo que cuando sacó el arma, un trozo de hoja quedó clavado en el cráneo, lo que a su debido tiempo sería fuente de gran riesgo y angustia. Sin embargo, antes de su muerte, Morold ya había alcanzado a Tristán y emponzoñado la herida con el veneno de su espada. Nos encontramos, de nuevo, ante lo que podría entenderse como azar y no es sino voluntad implacable del destino que, ya nos lo había adelantado Gottfried, le llevaba al amor, ese amor que, aunque aún faltara mucho tiempo, se cumpliría en él cuando llegara el momento. El momento está a punto de llegar. El regocijo de Cornualles fue dolor en Irlanda, a la que Tristán mandó llevar la cabeza de su adversario, y, sobre todo, dolor para la reina, hermana de Morold, y su hija Isolda. Gurnum el Audaz decretó que cualquier hombre o mujer que se acercara a sus costas, procedente de Cornualles, debía de ser ajusticiado inmediatamente. Mientas tanto, el veneno de la herida de Tristán se iba extendiendo por todo su cuerpo y el hedor de su podredumbre se hacía insoportable. Pero sabía que sólo podría curarle el arte de la reina de Irlanda, así que, tras muchas vacilaciones, decidió arriesgar, para salvarla, la poca vida que aún le quedaba y se puso en camino del país enemigo.

De nuevo el mar le llevará a cumplir su destino. El dolor de Isolde empezará a recordarlo, en el escenario de la Colina Verde, mientras Tristán guía otra nave hacia los abruptos acantilados de Cornualles:

En una barca,
Pequeña y frágil
Que erraba por las costas de Irlanda,
(cantará la reina)
Yacía,  enfermo
Y debilitado, un hombre
Desvalido y moribundo…

 

Bibliografía:

Campbell, J; Las máscaras de Dios. Mitología creativa. Madrid, Alianza Editorial, 1992.
Eilhart von Oberg y Gottfried von Strassburg; Tristán e Isolda. Madrid, Siruela, 2001.
Markale, J.; Pequeño diccionario de mitología céltica. Barcelona, Olañeta, 1993.