Número 197 - Zaragoza - Mayo 2017
IN FERNEM LAND... 

TANTRIS

TRISTAN UND ISOLDE

Fue el primero, el único sueño – y desde entonces, desde entonces sólo siento una fe eterna, una inmutable confianza en el Cielo de la Noche, y en la luz de este cielo: la Amada. Novalis. Himnos a la Noche.

 

 

                En el Teatro de la Colina Verde, Isolde maldice y grita venganza contra aquél a quien, en otro tiempo, ella misma había salvado por dos veces de la muerte: al reconocer en él al matador de Morold y, pese a ello, al sanar, con su ciencia, la herida envenenada. Entonces, los ojos de Tristan fijos en los de la heredera de Irlanda detuvieron el golpe del acero… Ahora, en la orquesta, se suceden los motivos del Deseo, la Mirada y la Cólera.

Isolda. F.F.B. Dicksee

Una barca a la deriva

Tristán es arrebatado por las aguas de Irlanda. Azulejo de Chertsey

            Tristán vuelve a enfrentarse victorioso a los peligros de las aguas que suelen, en los relatos míticos (bajo nombres como Estigia o Leteo, para los pueblos del sur) separar la vida de la muerte. Si la primera vez (La herida envenenada) le devolvieron a la patria de sus antepasados para empezar a cumplir su destino, ahora le depositan en las costas de Irlanda, para sellarlo. En la versión alemana de Eilhart von Oberg (basada en la francesa de Béroul), el héroe, ante la pestilencia de su herida, suplica a Curvenal que le deje en una barca, a la merced del océano, con la única compañía de su arpa y su espada. Así se hace, pero el encanto de su música junto con el embrujo de las olas le llevan, sin timón y sin remos (lo representa el famoso azulejo de Chertsey), hasta el único lugar en donde podía ser curado, gracias a la mágica ciencia de la reina Isolda: hasta las costas de Irlanda. En la mitología celta, el de la barca sin timón y sin remos es un tema recurrente: en una de ellas viajarán Conn el de las Mil Batallas y su hijo Art, hasta la isla de un hada; también, en la leyenda griálica, la Nave de Salomón será una barca, sin rumbo ni timonel, que lleve a los caballeros Gallad, Perceval y Boores hasta el fabuloso reino de Sarraz. Pero el relato que más se acerca a nuestra historia es el que contiene un lai de Maria de Francia: el de Guigemar. En él, el protagonista, que sufre una herida en un muslo, sólo podrá ser curado por una mujer que le ame y que sufra por él. Embarcándose en una nave sin piloto, llegará hasta ella (a este respecto, puede resultar curioso recordar que Paris, el raptor de Helena, sólo puede ser curado por su primera mujer, la ninfa Enone que, cuando éste es herido de muerte en el sitio de Troya por la flecha envenenada de Filoctetes, se niega a auxiliar al que la había abandonado; poco después se arrepiente, pero ya es tarde: el héroe ha muerto y a ella sólo le queda arrojarse a su pira funeraria).

Gottfried (más cercano a la versión de Thomas) va a eliminar el elemento fantástico que encierra este episodio y nos dará una explicación racional del mismo: sabiendo que Gurnum el Audaz había decretado que cualquiera que llegara a su reino, desde las costas de Cornualles, debería ser ejecutado al instante, por el asesinato de su cuñado Morold, Tristán deja correr la voz de que irá hasta Salerno para curar su herida, pero, en realidad, se embarcará camino de Irlanda. Cuando divisa desde el mar la ciudad de Dublín, el héroe se viste con las ropas más miserables que encuentra en el barco y hace que le trasladen hasta un bote junto con su arpa y algo de comida. Al amanecer, los dublineses escuchan un melodioso sonido y una voz de hombre tan hermosa que toman la aparición por un milagro. Al rogarle que les cuente su historia, miente diciendo que es un juglar y comerciante venido de España, que ha sido despojado de sus bienes y herido por unos fieros piratas. Pronto, la fama de su música llegará hasta la reina Isolda que lo manda llevar hasta su castillo, reconoce el veneno de su herida, pregunta su nombre, asegura que le va a curar y le pide que toque y cante para ella y para su hija, la joven princesa que lleva su mismo nombre. El falso juglar, que dijo llamarse Tantris, obedeció a la soberana y tocó y cantó ante las damas de manera tan prodigiosa que pronto se ganó su admiración. Así que, empeñando en ello todo su saber, la reina de Irlanda le salvó de la muerte; y, cuando desapareció el hedor de su herida, le confió la educación de la joven Isolda que, gracias a su celo, afianzó sus ya grandes conocimientos y aprendió nuevas disciplinas tan importantes como el arte de las buenas maneras. Cuando el falso juglar recuperó del todo la salud, sintió miedo a ser reconocido y le pidió a la reina que le dejara volver a su ficticia patria junto a su inexistente esposa. Al poco tiempo, se hallaba sano y salvo en Cornualles para alegría del rey Marc que le nombra su heredero.

Tristán e Isolda. E.B. Leighton

Vemos pues que, en el relato de Gottfried, es la Reina Isolda y no su hija, como en el drama de Wagner, la que sana la herida de Tristán (también es la joven la que cura al héroe en el poema de Eilhart, pero mandándole ungüentos y apósitos, sin encontrarse cara a cara con él). Vemos, así mismo que no es ahora cuando la heredera de Irlanda reconoce en el juglar al asesino de Morold (aquí su tío y no su prometido). No hay, por lo tanto, en los textos medievales, en este momento de la historia, ningún intento de venganza que naufrague en unos ojos llenos de amor, pero no hay duda, tampoco de que, en el de Gottfried, cuando Tristán regresa al reino de su tío Marc, lo hace absolutamente prendado de esa luminosa y resplandeciente Isolda que brilla como el oro de Arabia. Aunque aún no sea consciente de sus sentimientos, la forma en la que canta las alabanzas de la joven delatan un amor tan puro e inocente, tan carente de egoísmo y de sentido de la posesión, que no se reconoce como tal. Por eso no es de extrañar que sea el propio Tristán el que vaya, por tercera vez, a tierras de Irlanda para buscar a Isolda  y entregársela a Marc, a quien considera el más grande y noble de los mortales. Sin embargo, en el corazón del rey no nacerá el amor por la magia de una mirada, simplemente actuarán, en su cerebro, la prudencia y la razón de estado. Además, cuando su sobrino le cuenta las maravillas que vio en la joven, Marc jura que sólo se casará con ella en la seguridad de que esto no puede llegar a ocurrir pues se trata de una princesa de Irlanda, enemiga mortal de la que fue su vasalla: Cornualles.

La novia y el dragón

Tampoco el Marc del poema de Eilhart siente amor por Isolda. Se podría pensar que el episodio de la golondrina recuerda al famoso tema trovadoresco del Amor de lonh (el “lejano amor” que canta Jaufré Rudel, prendado de la princesa de Trípoli, sólo por escuchar su nombre), pero no es así ya que, cuando el rey de Cornualles descubre que unas golondrinas dejan caer un largo cabello rubio, con el que intentaban construir su nido, efectivamente promete que sólo se casará con la dueña de ese cabello, pero (como el personaje de Gottfried) con la única intención de que nunca se la encuentre y, por lo tanto, de no verse forzado al matrimonio al que le querían obligar sus parientes, celosos del afecto que sentía por su sobrino Tristán y de su herencia. Lo que Marc no pudo prever (y, ahí, de nuevo interviene el destino implacable y la preeminencia del corazón sobre la mente) es que su sobrino descubriera a la dueña del rubio cabello. Resulta curioso observar cómo Gottfried, en su texto, se burla del mágico episodio que relata su compatriota: ¿Ha habido alguna vez una golondrina que construyera su nido tomándose tantas molestias y atravesara océanos en busca de materiales, cuando dispone de ellos en abundancia en su propia tierra?

Tristán y el dragón. S. Dalí Isolde y Brangäne. A. Rackham

De cualquier modo, en ambos poemas, vuelve Tristán a embarcarse hacia Irlanda a ganar una novia para su tío, y lo hace de una manera muy clásica en la mitología y el folklore europeos: enfrentándose y matando a un temible monstruo, en este caso un dragón, que, al igual que la esfinge a la que mata el tebano Edipo (recordemos que esta victoria también se recompensa con una mujer y un reino), tenía asoladas las tierras de Gurnum el Audaz, por lo que se había visto obligado a prometer la mano de su hija Isolda a quien les librara de su presencia. Naturalmente es nuestro héroe el que, con muchos esfuerzos, sacrifica al monstruo, pero será un impostor el que intente aprovecharse de su hazaña. Después de la titánica lucha, Tristán cortó un trozo de la lengua del fabuloso animal, lo guardó en su pecho y se dispuso a descansar y a refrescar sus heridas en un pequeño manantial. Pero los venenosos efluvios de la lengua del dragón no le permitían recobrar el conocimiento, por lo que un senescal cobarde, que amaba a la joven Isolda, al no encontrar ni vivo ni muerto al vencedor del monstruo, decide adjudicarse la proeza. Sin embargo, la ciencia mágica de la reina le reveló en sueños que la historia del senescal no era la verdadera y salió, junto con su hija, Branguena (la Brangäne de Wagner, aquí prudente sobrina de la reina) y un escudero, a buscar al auténtico héroe. Es la princesa quien lo descubre. Al sacarle del agua y despojarle de la armadura, apareció la lengua del dragón; entonces, todos se dieron cuenta de que se trataba de Tantris, el juglar.

La causa de las damas

Mientras la reina descubría el engaño del artero senescal ante la corte, su hija descubría, a su vez, al observar las armas de Tristán, que en la mella que tenía su espada encajaba perfectamente el trozo de metal que habían extraído de la cabeza cortada de Morold. Así supo que los nombres de Tristán y Tantris eran el anverso y el reverso de una misma persona. Y, ahora sí, la Isolda de Gottfried, como la de Wagner, se apresura a vengar a Morold con la espada del héroe, mientras éste toma, indefenso, un baño (algunas versiones de la leyenda griega nos cuentan que Agamenón es asesinado por Clitemnestra también cuando se encuentra desarmado en el baño). Pero esta Isolda no salva la vida de Tristán porque la detuviera, como en el drama musical, una mirada de amor, sino porque la detiene su madre recordándole que el héroe está bajo su protección. Sin embargo, la joven Isolda emprende una terrible lucha consigo misma: una parte de ella odia y clama venganza, la otra arroja la espada al suelo. Finalmente, también Branguena intercederá por Tristán que ruega por su vida recordando que ésta dará testimonio de que el senescal cobarde miente y así liberará a la princesa de una unión aborrecida, mientras le ofrece a su padre el matrimonio con alguien digno de ella: el rey Marc de Cornualles y, con esta unión, la paz entre sus dos pueblos.

Tristán e Isolda. Acto I. Mestres Cabanes

            Tristán mandó al escudero de Isolda hasta el barco que le había llevado a Irlanda y en donde le esperaba su fiel preceptor Curvenal, que aún no sabía si el héroe conservaba la vida, para darle orden de que se presentara en la corte con su imponente séquito de caballeros. Fiándose de los testimonios de su mujer, su hija, Branguena y el propio Tristán, Gurnum el Audaz organizó un torneo para que un paladín defendiese la causa de estas damas contra la del senescal cobarde. Allí salió a relucir la verdadera historia de la muerte del dragón, sin necesidad de duelo ya que se demostró la vileza del solicitante y ninguno de sus parientes ni allegados quiso combatir por él. Allí, también, se le otorgó a Isolda como regalo de bodas el reino de Cornualles y toda Inglaterra y se consiguió la liberación de los que habían sido ofrecidos como tributo al reino de Irlanda.

            Al poco tiempo estaba aparejado el navío de Tristán que debía llevar hasta Marc a su nueva reina y en él embarcaron. Pero Isolda sólo demostraba tristeza desde que salió de Irlanda y cada vez que el héroe iba, solícito, a visitarla le rechazaba con rabia, recordándole que había sido él el asesino de su tío. Un día, nos cuenta Gottfried que llegaron a un puerto y casi todos abandonaron el barco para pasear por tierra firme. Enseguida fue Tristán a saludar y ver cómo se encontraba su bella y luminosa señora. Cuando estaba sentado a su lado, charlando de esto y de aquello, pidió que le trajeran algo de beber. Pero no había nadie con la reina a excepción de unas cuantas jóvenes de la corte, una de ellas dijo: -Mirad, hay aquí vino, en esta pequeña vasija. ¡No, no se trataba de vino, aunque pareciera serlo! Era el dolor incesante, la tortura interminable en el corazón, aquella que haría perecer a ambos…

           

            En el teatro de la Colina Verde, Isolde camina con arrogante porte hasta su lecho. Se apoya en la cabecera, vuelve la mirada y, por fin, descubre a Tristán que permanece, erguido y respetuoso, ante la entrada del regio aposento.

Tristán e Isolda. Waterhouse

 

 

Bibliografía

Eilhart von Oberg y Gottfried von Strassburg; Tristán e Isolda. Madrid, Siruela, 2001.
Markale, J.; La femme celte. Mythe et sociologie. París, Payot, 1972.
Campbell, J; Las máscaras de Dios. Mitología creativa. Madrid, Alianza Editorial, 1992.
Wagner, R.; Tristan und Isolde. Madrid, Fundación del Teatro Real, 2000.