Número 199 - Zaragoza - Julio 2017
IN FERNEM LAND... 

EL CIERVO BLANCO

TRISTAN UND ISOLDE

Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.
Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio.
P. Neruda.
La canción desesperada.

 

                        

 

F. Leeke.
Tristán e Isolda. Acto II

Marke, Melot y algunos cortesanos irrumpen violentamente en el jardín del castillo, sus trajes son de caza. Kurvenal les mira aterrado. Brangäne baja precipitadamente del torreón para llegar hasta Isolde, que oculta el rostro entre las manos. Tristan extiende su capa intentando ocultar a la reina de las miradas acusadoras de los recién llegados. Despunta el alba en el Teatro de la Colina Verde.

El jardín de las delicias

El espacio de la realización plena del amor entre Tristán e Isolda es, en Wagner, un jardín y, ya lo hemos adelantado (Los murmullos de otros bosques), en Gottfried, una cueva (al igual que en la leyenda celta de Diarmaid y Grainne, referente irlandés de nuestro mito) que se nos presenta con todas las particularidades de un fabuloso templo cuyo altar mayor resulta ser un lecho de purísimo cristal. Podemos ver, en ambas obras,  uno de los grandes estereotipos (patrimonio estable de la tradición de Occidente, según Curtius) de la literatura europea desde Homero: el Locus Amoenus (lugar agradable, paisaje ideal), que sigue conservando las mismas características a través de más de veinticinco siglos de tradición literaria. Con ecos del bíblico Edén, del jardín de Alcínoo en la Odisea o de la perdida Arcadia de Virgilio, cualquier Locus Amoenus deberá encerrar, como mínimo, árboles, (que proporcionen una fresca sombra), una pradera y una fuente o un riachuelo; y, aunque los trinos de los pájaros, las flores y la brisa sean opcionales, todo lo encontraremos en los alrededores de la Minnegrotte que acoge a los amantes en la versión cortesana de Gottfried: …por el exterior, había tres tilos con frondosa hojarasca (…). Alrededor y subiendo por la montaña, había innumerables árboles, que regalaban, con su follaje y sus ramas su sombra a la montaña.Un poco más allá se encontraba una llanura de la que brotaba un manantial, una fuente limpia y refrescante que era clara como el sol. También allí había tres tilos, hermosos y festivos que protegían el manantial de las lluvias y del sol. Flores resplandecientes, hierba verde, que hacían que brillara la llanura, competían entre sí con gran delicia (…). Igualmente se escuchaba  por aquel entonces el bello canto de los pájaros (…). Había sombra y sol, la brisa y el viento eran suaves y benignos.

T. Cole. El sueño de Arcadia

J.S. Clifton. Amor

También, siguiendo la tradición, se tratará de un lugar cerrado y de difícil acceso que garantiza la paz de los que allí se encuentran. Una paz imprescindible para el místico, por lo que la literatura clerical del medievo utilizará, por su cuenta, estos paraísos, como lugares especialmente dedicados a la contemplación de Dios a la que Gottfried sustituye por la realización del amor. Esta osada mezcla de elementos paganos y cristianos se desvela también en la simbólica descripción de la cueva que parece inspirada, según Victor Millet, tanto en la arquitectura de las catedrales como en los poemas alegóricos franceses sobre la Maison d’amour (casa de amor). Así, de la misma manera que, en la tradición neoplatónica, una piedra preciosa debe situarse en el centro de la cúpula del templo para que el fiel, al mirar hacia arriba, pueda elevarse hasta la luz de la contemplación, desprovisto de las ataduras de la carne, en la Minnegrotte del texto alemán, el centro lo ocupa el lecho de cristal, glorificando la unión de los amantes que, alimentados por su amor, no necesitan de ningún otro sustento, lo que refuerza el carácter utópico de este episodio.

Resulta curioso constatar que, en las versiones francesas y en la de Eilhart von Oberg, el Locus Amoenus se convierte en  Locus Horrendus: un claro del bosque, azotado por un tiempo inclemente, en el que se hacen muy duras las condiciones de vida. No es extraño pues que, en tales circunstancias, las versiones comunes no le atribuyan al efecto del filtro mágico una duración ilimitada (El filtro de amor) y, un buen día, la pareja se vaya, arrepentida, a pedir el perdón por su falta al santo ermitaño confesor del rey y a desear la vuelta a la cómoda corte de Marc.

La espada en el lecho

Tristán e Isolda descubiertos por Marc

Pero ya sabemos que, en la versión de Gottfried, el amor de Tristán e Isolda no estará limitado por el tiempo, aunque el tiempo les alcance: un día, escuchan a lo lejos el rumor de una partida de caza (como en el inicio del Acto II del drama de Wagner lo oye Brangäne, previendo el peligro, mientras Isolde sólo percibe el delicioso murmullo de la fuente): el rey y sus caballeros perseguían a un ciervo blanco. Al sospechar, muy acertadamente, que la montería proviene del castillo de Marc, y temiendo ser descubiertos, aquella noche los amantes durmieron en el lecho cristalino separados por la espada de Tristán (lo que, según Campbell, es una violación de la ley del amor, en nombre del honor, que señala el principio del fin).

N.C. Wyeth. Tristán e Isolda

Este episodio aparece, aunque con variantes, en todas las versiones de la leyenda; sin embargo, sólo es Gottfried quien lo presenta como un gesto premeditado de los fugitivos, como una astucia para no ser sorprendidos en una actitud inequívoca. Efectivamente, cuando el bondadoso monarca de la narración alemana los descubre, nace en él la duda: Dios misericordioso, ¿qué puede significar esto? Si ha sucedido algo entre los dos, como durante tanto tiempo he estado sospechando, ¿por qué se acuestan así estos dos amantes? En los demás textos (salvo en el de Eilhart en el que Tristán tiene la incomprensible costumbre de situar su espada en el centro del lecho que comparte con la reina), es por puro azar por lo que son descubiertos vestidos y separados, lo que Marc confunde con una prueba de castidad que le impide cumplir con su primera intención que es la de matarlos en ese mismo momento. De esta manera, el furioso y vengativo rey de los textos franceses se apiada de su esposa y de su sobrino, y se aleja del bosque, no sin antes cambiar su espada por la de Tristán y su anillo por el que lleva en el dedo la dormida Isolda (ha adelgazado tanto que a Marc le es muy fácil quitárselo sin despertarla), mientras que, con uno de sus guantes, impide que un rayo de sol perturbe el sueño de la reina. Como bien recalca Isabel de Riquer, el soberano, en este episodio, realiza un triple gesto de investidura genuinamente francés (en el texto germano de Gottfried no hay intercambios y Marc preserva el rostro de la reina dormida de los rayos del sol taponando la abertura por la que entran con hojas, hierbas y flores) y feudal: per glaudium, per anulum, per guantem (por espada, por anillo, por guante), lo que puede tener un doble sentido: por un lado, el rey recalca que Tristán es su vasallo (espada)  y, a la vez, da muestras de su perdón (anillo) y de su ternura (guante) hacia ambos. Pero los enamorados, que no reparan en el guante, sólo ven en el cambio de espadas la autoafirmación del poder del rey y en el de los anillos una llamada al deber conyugal, por lo que deciden huir precipitadamente del bosque.

Jean Markale nos dará otra interpretación de este episodio, basándose en el tardío, en cuanto a su redacción, pero muy primitivo, por su temática, texto galés (al que ya hemos hecho referencia en otras ocasiones, El filtro de amor): Ystoria Trystan, en el que el rey Arthur decide que Essyllt (Isolda) sea repartida entre March y Trystan. En esta versión, la más cercana al espíritu celta, el rey no puede matar a su sobrino, en el momento en el que le descubre dormido junto a la reina, ya que está protegido por una especie de tabú: cualquiera que vertiera su sangre moriría, de la misma manera que moriría cualquiera a quien él hiriera. No es de extrañar, pues, que March no ose llevar a cabo una venganza que acabaría con su propia vida. Por otro lado, el hecho de cambiar la espada del héroe por la suya, sería invitarle a intercambiar también a la reina: ya que las armas son personales y intransferibles, Trystan querrá recuperar la suya y, para hacerlo, deberá entregar a Issyllt.

Sea como fuere, los amantes conmovidos por la clemencia del rey, no tardaron en volver a la corte, en la que se les prohibió encontrarse a solas, pero no tardaron tampoco en volver a ser descubiertos, en el jardín del castillo, uno en los brazos del otro. Las dudas de Marc se disiparon y Tristán tuvo que huir solo de la corte. Señor, le dijo la reina al despedirse, nuestros corazones y nuestras mentes han estado unidos demasiado tiempo, demasiado estrecha e intensamente, como para que nos fuera dado alguna vez experimentar lo que significa la palabra “olvido” aplicada a ellos. Tanto si estáis lejos de mí como a mi lado, no habrá de cualquier modo en mi corazón vida o cosa viva alguna que no sea Tristán, que es mi cuerpo y mi vida. Señor, a vos he confiado hace mucho tiempo mi cuerpo y mi vida. Cuidaos de que ninguna mujer os separe alguna vez de mí.

Isolda de las manos blancas

Despedida de Tristán e Isolda. L. Rhead

De nuevo en tierras de Bretaña, Tristán conoce a la hija de un poderoso duque, su nombre y su belleza le hacen aún más doloroso y vivo el recuerdo de la reina de Irlanda, es Isolda, la de las Blancas Manos, que muy pronto se enamorará del héroe. Éste, por un momento, también cree amarla, pero es sólo deseo lo que llega a sentir. A diferencia del rey Marc, no cede a este deseo, sino que trata de alejarse de la muchacha; pero tanto ella como toda la corte de Bretaña se confunden al escucharle terminar todas sus canciones con el mismo apasionado estribillo: Isolda, mi amada Isolda, mi amiga, en vos mi muerte, en vos mi vida. Y es tal la dedicación y el cariño que le muestra la de las manos blancas que Tristán vuelve a dudar…

Isolda de las Blancas Manos. S. Dalí

Aquí se interrumpe bruscamente el texto de Gottfried, el autor de la segunda versión alemana y de la narración medieval más bella del mito de Tristán e Isolda. Joseph Campbell juega con las hipótesis de que muriera hacia 1212, precisamente cuando se celebró en Estrasburgo el primer juicio contra los herejes de aquella ciudad, condenado por sus osadas combinaciones de elementos cristianos y paganos; o que, para su espíritu, resultaran tan enormes las tensiones entre ambos mundos (el de la diosa Minne y el Dios crucificado) que recurriera al suicidio. Todo son afabulaciones y probablemente nunca sabremos cual fue el final del poeta. En cualquier caso, para conocer el final de la leyenda habrá que recurrir a la versión de Thomas d’Angleterre, al que Gottfried, a su manera, siguió, para que a él, a su manera también, le siguiera el maestro de Leipzig.

En el Teatro de la Colina Verde termina el Segundo Acto del drama. Isolde acepta, fiel y sumisa, seguir a Tristan al destierro de Kareol; pero Melot desnuda su espada y se lanza sobre el héroe, que le reprocha haberle traicionado por lo mismo que él traicionó a Marke: por amor a la reina. Cae herido, mientras también cae el telón.

 

Bibliografía

Campbell, J.; Las máscaras de Dios. Mitología creativa. Madrid, Alianza, 1992.
Eilhart von Oberg y Gottfried von Strassburg; Tristán e Isolda. Madrid, Siruela, 2001.
Markale, J.; La femme celte. Mythe et sociologie. París, Payot, 1972.
Markale, J.; Les celtes et la civilisation celtique. París, Payot, 1999.
Riquer I. de (Edición  cargo de); La leyenda de Tristán e Iseo. Madrid, Siruela, 1996.