Número 202 - Zaragoza - Octubre 2017
IN FERNEM LAND... 

LAS DOS ISOLDAS

TRISTAN UND ISOLDE

                                                               

Un sueño soñaba anoche, soñito del alma mía,
soñaba con mis amores,    que en mis manos los tenía,
vi  entrar señora tan blanca,    muy más que la nieve fría.
— ¿Por dónde has entrado, amor?   ¿Cómo has entrado, mi vida?
Las puertas están cerradas,     ventanas y celosías.
— ¡Ay, Muerte tan rigurosa,    déjame vivir un día!

Romance del enamorado y la muerte.

                             

Se abre el telón. En el Teatro de la Colina Verde da comienzo el Tercer Acto del drama. Estamos en Bretaña, en Kareol, es el ruinoso castillo de Tristan: un nido de águila sobre un imponente acantilado contra el que estrellan, furiosas, las olas de un mar inmenso. Malezas y zarzas invaden lo que, en un ya muy lejano tiempo, fue jardín. Allí, sobre un rústico camastro y a la sombra de un viejo tilo, descansa el héroe. A su cabecera, el fiel Kurwenal le vela angustiado. Se escucha la triste melodía de un pastor. El mar permanece desierto.

R. de Egusquiza. Bocetos sobre Tristán

 

Las bodas de Tristán

Burne-Jones. La boda de Tristán

            El texto de Gottfried acaba bruscamente con la duda de Tristán: ¿la de las Blancas Manos llegaría a darle la alegría y la vida dichosa que la reina de Cornualles ya no podía ofrecerle? El poema de Thomas y otros textos medievales responderán a esta pregunta. En el relato francés, cuando los amantes son sorprendidos en el jardín, por el rey Marcos, y se ven forzados a la separación, Isolda le da a Tristán un anillo, como símbolo de su amor; pero éste poco tarda en desesperarse pensando que la reina se entrega con alegría a sus deberes conyugales, olvidándose de él. Así, por la belleza de la muchacha, que es equiparable a la de la reina y, sobre todo, por su nombre, Tristán se casa con Isolda la de las Blancas Manos: No obro de esta manera porque la odie, sino para separarme de ella y amarla como ella me ama y para saber cómo ama al rey. Pero, en la noche de bodas, al quitarse la túnica, el anillo que le entregara la reina en su último encuentro se le cae del dedo y le enfrenta a un dilema de difícil solución: amando a la muchacha traicionará a la reina, su amor y su promesa; rechazándola traicionará su más reciente juramento, bendecido por el propio Dios, así que pecará y hará caer sobre sí el deshonor. Pero en la batalla moral que se libra en la mente y el cuerpo de Tristán, vence la Rubia Isolda y éste persuade a la de las Blancas Manos para que conserve su virginidad hablándole de una vieja herida que le traspasa el costado y le causa, en ocasiones como aquélla, tan terrible dolor que cualquier esfuerzo le puede dejar postrado varios días. Naturalmente, le promete que la circunstancia es transitoria y le pide que conserve el secreto de esta inesperada confesión.            

            Mientras, la reina Isolda se consume sin noticias de Tristán hasta que un mal día, Cariado,  un caballero que la pretende, se venga de sus continuos rechazos al descubrirle cómo su amante la ha despreciado casándose con la noble hija del duque de Bretaña. En este momento, el texto tan fragmentado de Thomas interrumpe su narración, pero podemos recuperar los acontecimientos que se suceden en la historia a través de la Tristams Saga noruega que, salvo en algunos mínimos detalles, es la traducción literal del poema francés.

M. Harshberger. El anillo de Isolda

 

La Sala de las imágenes

S. Dalí. El gigante Beliagog

            Tristán distrae su amargura dedicándose a guerra y a la caza en la alegre compañía de los nobles de Bretaña y en especial de su cuñado Khaerdín; pero el recuerdo de la reina le tortura, por lo que decide penetrar en el bosque del gigante Moldagog (Beliagog en algunas versiones) a quien desafía en singular combate, siguiendo su tradición de matador de gigantes. Recordemos que Morold, en la leyenda medieval, es también un gigante y que, como aquí comenta el mismo Moldagog (y se recoge en el Tristán loco del anónimo manuscrito de Oxford), el héroe ya había matado a su tío Urgán el velludo (al que se llama troll en el texto noruego, en una lógica adaptación de la leyenda al folklore escandinavo), que como el irlandés pedía un tributo (La herida envenenada), pero esta vez en ganado y no en jóvenes, al Duque de Polonia, por lo que éste recompensará a Tristán con un perro mágico (según la Saga, al duque se lo había regalado una mujer alfo), que cambiaba de color, incluidos el verde o el rojo sangre, dependiendo del ángulo desde el que se le mirase. Tristán se había expuesto a morir frente al gigante precisamente para hacerse con el insólito animal y enviárselo como regalo a Isolda. Así mismo, Moldagog hará alusión a otra aventura de la que no tenemos más noticia que ésta: Tristán mató a otro de sus parientes en España. Pero el gigante bretón no llegará a morir a manos del héroe como sus familiares sino que, sintiendo la vida en peligro (Tristán ya le había segado una pierna con su espada), se avendrá  a un pacto: hacer todo lo que Tristán le pida. Para empezar, pondrá a su disposición el bosque de donde tomará lo que quiera y, por supuesto, no comentará con nadie esta aventura. Al día siguiente, el héroe vuelve al castillo de Moldagog que le provee de toda clase de artesanos con los que se adentra en lo más profundo de la floresta. Allí, en la roca viva, estaba excavada una gruta que otro gigante había esculpido antes de que le matara el rey Arturo en uno de sus viajes a la Bretaña continental. En la gruta (sólo Thomas d’Angleterre hablará de un castillo), Tristán pone manos a la obra a un sinnúmero de artesanos que la acondicionarán, la adornarán y construirán en ella  unas singulares estatuas: la réplica perfecta de la reina Isolda; a sus pies, y como gimiendo, el enano que delató sus amores ante el rey (Los murmullos de otros boques); muy cerca de ellos, el mágico y multicolor perro que Tristán le regaló, fundido en oro puro; un poco más allá,  Branguena disponiéndose a servirle a la reina una bebida (según la inscripción que se podía leer en la botella, confeccionada en Irlanda para el rey Marcos). A la entrada de la cueva, simulando proteger el conjunto, se encontraba la estatua de un gigante y, frente a él, un magnífico león azotando con su cola la efigie del senescal felón que, como el enano, había difamado a los amantes. Tristán recorrerá los secretos caminos que llevan a la Sala de las Imágenes para revivir allí el recuerdo de su amada reina convertida en obra de arte, abrazarla y llorar y reír con ella, como si de la misma Rubia Isolda se tratara.

            Por más que nos pueda resultar algo extraña, esta Sala de las Imágenes es un lugar común en algunas novelas francesas del siglo XII, en las que, como muy bien indica Isabel de Riquer, se describen magníficos castillos y palacios cuyas paredes están decoradas con pinturas que narran la vida cotidiana de la corte y en donde se pueden encontrar estatuas humanas a tamaño natural. En ocasiones, se trata de autómatas con capacidad de movimiento que, por un lado, representaban el lujo y el poder y, por otro, la magia, en una extraña simbiosis entre la ingeniería y lo sobrenatural. También encontramos otra de estas salas en la versión en prosa del Lanzarote: cuando el mejor caballero de Arturo cae prisionero de Morgana, pinta, en las paredes de su habitación, la historia de sus amores con la reina Ginebra.

            Volviendo al texto de Thomas (pero sin perder de vista la Tristams Saga, cada vez que la narración francesa aparece interrumpida), nos encontramos, una vez más, con un detalle que vuelve a conectar estrechamente el antiguo cuento irlandés de Diarmaid y Graine (Grato pesar. Amarga dulzura) con la leyenda medieval de Tristán e Isolda: cuando Diarmaid se ve obligado, por la fuerza mágica de un geis (El filtro de amor) a huir con Graine pero aún no ha consumado su unión con ella, mientras cruzan una zona pantanosa, la muchacha mete el pie en un charco y el agua le salpica los muslos, entonces exclama: ¡Salpicadura luminosa, eres más valiente que Diarmaid! En el texto de Thomas, mientras Isolda de las Blancas Manos pasea con Khaerdín, su caballo se mete en un charco y también el agua salpica los muslos de la joven que estalla en carcajadas. Su hermano, perplejo, le pregunta el porqué de tal conducta y ella le responde: Río porque me acuerdo de algo que me pasó un día, y este pensamiento me hace reír. El agua que salpicó mis muslos subió más arriba que las manos de ningún hombre; ni siquiera Tristán… Cuando Khaerdín le reprocha a su cuñado semejante comportamiento, éste confiesa su amor por una mujer tan sumamente excepcional en todos los sentidos que hasta tiene por sirvienta a una joven más merecedora de ser la esposa del más famoso de los reyes que Isolda la de las Blancas Manos de ser la señora de un castillo. El Duque de Bretaña no cree que pueda existir semejante mujer y pide pruebas de sus palabras a Tristán, con lo que ambos se encaminan a la Sala de las Imágenes. Khaerdín queda prendado de la belleza de Branguena a quien inmediatamente desea conocer en persona. Tristán no habría podido encontrar un pretexto mejor para visitar una vez más a la reina.

La locura de Tristán

Es precisamente en este momento de la historia, cuando Tristán ya casado con Isolda la de las Bancas Manos vuelve a la corte de Cornualles, en el que podemos insertar dos poemas anónimos franceses del siglo XII conocidos como Folie Tristan (Locura de Tristán) que narran, en los manuscritos de Oxford y Berna, dos versiones diferentes de un mismo episodio: de nuevo en la corte de Marcos, Tristán se disfraza de loco para poder entrar en el castillo, en el que le está prohibido pisar, y encontrarse con la reina Isolda. También pertenece a este momento de la historia el episodio conocido como Tristan rossignol (Tristán ruiseñor), integrado en el poema anónimo francés del siglo XIII, Donnei des amants (Galanteo de enamorados), que narra otra entrevista furtiva de los amantes en la que Tristán no se disfraza él de loco pero sí disfraza su voz imitando al ruiseñor y a todas las aves del bosque para llamar a reina sin que el rey pueda reconocerlo. En esta obra, Isolda se nos presenta como la  amiga perfecta ya que, por el amor de Tristán, se expone a las aventuras y al peligro; aunque, a decir verdad, el más expuesto es el enano que la espía y que recibe de ella tal bofetada que le salta cuatro dientes.

S. Dalí. Traje para Tristán el loco E. Burne-Jones. La locura de Tristán

Pero volvamos a ese Tristán loco, no loco por amor, como tantos personajes de las novelas medievales, sino loco para amar: un Tristán que, más lúcido y enamorado que nunca, rapándose el cabello, tiñéndose la cara, vistiendo harapos, colgándose del cuello una estaca y distorsionando su bella voz, encontró  la manera de decir toda la verdad de sus amores, incluso al propio rey, sin que se le interrumpa, censure, castigue, ni siquiera sospeche; un Tristán que rememora todas las luces y alguna sombra de su pasado y sueña con un futuro radiante y mágico: llevar a la reina Isolda a sus posesiones. Según el manuscrito de Oxford, Si te entregara a la reina, le dice Marcos al supuesto loco, y la llevaras a tus posesiones, dime, ¿qué harías? –Rey –le contestó el loco- allá arriba, en el cielo está el palacio en donde vivo; está hecho de cristal, es bello y amplio. El sol lo inunda con sus rayos. Está en el aire, sostenido por las nubes; el viento no lo mueve ni lo sacude. Junto a la sala hay una cámara de cristal y de mármol. Cuando el sol se levanta por la mañana, le inunda una gran claridad. Jean Markale destaca no sólo la incontestable belleza poética de este fragmento sino también su procedencia celta, ya que en esta tradición las cámaras de cristal representan la fusión misteriosa de los seres bajo los rayos vivificadores del sol; no olvidemos que Markale considera el personaje de Isolda como una imagen del propio sol (femenino para estos pueblos: grian, de donde proviene el nombre propio Graine, arquetipo de Isolda la Rubia), de ahí la necesidad absoluta de Tristán de volver periódicamente a buscar el cálido contacto que le permite seguir viviendo.

F. de Goya. Pastor tocado la dulzaina

 

Volviendo a la versión de Thomas, Tristán emprende con su cuñado Khaerdín un nuevo viaje a Cornualles sin saber que será el último.

En el Teatro de la Colina Verde vuelve a escucharse la triste belleza de la melodía del pastor. Tristán agoniza. El horizonte continúa desierto.

 

Bibliografía

Markale, J.; La femme celte. Mythe et sociologie. París, Payot, 1972.
Tristan et Iseut. Les poèmes français. La saga norroise. Paris. L.G.F., Lettres gothiques, 1989.
Riquer I. de (Edición  cargo de); La leyenda de Tristán e Iseo. Madrid, Siruela, 1996.
Wagner, R.; Tristan und Isolde. Madrid, Fundación del Teatro Real, 2000.