Número 200 - Zaragoza - Agosto 2017
IN FERNEM LAND... 

ESCRITO EN LAS ESTRELLAS

PARSIFAL

 

Señas esclarecidas
que con llama parlera y elocuente
por el mudo silencio repartidas
a la sombra servís de voz ardiente;
pompa que da a la noche sus vestidos,
letras de luz, misterios encendidos.
Francisco de Quevedo.
Himno a las estrellas.

 

 

 

                Empieza a amanecer en el claro del bosque, umbroso y a la vez amable, que pertenece a los dominios del Grial. El noble Gurnemanz y dos jóvenes escuderos duermen tendidos bajo un árbol. Desde la fortaleza de Montsalvat, que domina la escena, en el Teatro de la Colina Verde, parece llegar el sonido de la alborada. Los tres personajes despiertan y rezan en silencio. Es hora de maitines.

W. Pogàny. Gurnemanz y su hermana

Kyot el provenzal

Troubadour

            Podemos considerar el Parzival de Wolfram von Eschenbach (la inspiración más directa de Wagner) como un auténtico best-seller de su época, lo extraordinario de que se conserven más de 80 manuscritos (16 completos) de la obra nos da buena cuenta de ello; y no es de extrañar, porque el Minnesänger demuestra una gran maestría narrativa que consigue mantener despiertos la curiosidad y el interés del lector a través de los 24.810 versos de su extenso poema. La crítica erudita resulta unánime al defender que su fuente principal es el Perceval de Chrétien; pero, nuestro cantor no sólo se va a distanciar considerablemente del clérigo de Troyes, desde las primeras páginas de su obra (que se convertirá en una creación absolutamente autónoma y no en una adaptación libre), sino que, a lo largo de la misma y especialmente en la última página (El Maestro Chrétien de Troyes no ha contado con toda la verdad esta historia), le reprochará el no haber hecho plena justicia al relato original. ¿Cuál era ese relato? No lo sabemos a ciencia cierta, aunque ya hemos visto (La Materia de Bretaña) que, en el prólogo de su última e inacabada novela, el escritor de Champagne dice haberse servido de un misterioso “libro” que le entregó el noble a quien dedica la obra: Felipe de Flandes. Pero si el francés no nos dice nada sobre cuál, y de quién, pudiera ser ese “libro” (aunque es muy probable que se tratara de un material celta), no ocurrirá lo mismo con el francón, que citará varias veces a un tal Kiot el provenzal como el sabio maestro que le proporcionó el manuscrito en el que se relataba lo que, para Wolfram, es bajo su auténtica forma, la historia del Grial (que, por cierto, a diferencia de Chrétien, él escribe con mayúscula): Kyot, que es un provenzal, encontró escrita en árabe esta historia de Parzival. Todo lo que él contó en francés, lo narraré yo en alemán, si no me abandona mi inteligencia”, leemos en el Libro VIII de su poema.

El Greco. Toledo

No podemos afirmar que este Kiot no fuera una absoluta invención de Wolfram, aunque se hayan multiplicado las teorías y las controversias sobre el tema. Sin embargo, no deja de llamar la atención la presencia, en la corte de María de Champagne y en la misma época en la que, en ella, servía Chrétien de Troyes, de otro Trouvère (o trovero, poeta que utilizaba la lengua del norte de Francia: la langue d’Oil, a diferencia del Troubadour, trovador o poeta que utilizaba el provenzal: la langue d’Oc), llamado Guiot (o Guyot) de Provins (o Provence, quizá de ahí el error de ser considerado provenzal por algunos), del que se conservan 6 canciones (hacia 1180), que al parecer llegó hasta la corte de Federico Barbarroja, más tarde, se hizo monje, pasando por diversas órdenes, y escribió la famosa  Bible Guiot (“Biblias” se llamaban, en la literatura medieval, a las composiciones satíricas de los poetas franceses), en la que, habiendo viajado a través de muchos países y habiendo conocido todo tipo de gentes, se permitió, al parecer en nombre de la verdad y de la moral, criticar las costumbres de su siglo y también escribir muy elogiosos versos hacia los caballeros templarios. Sea como fuere y tenga o no que ver nuestro Kiot con el trovero de la corte de la duquesa María, según nos relata Wolfram en el Libro IX de su obra, el famoso maestro encontró archivado en Toledo el texto originario de esta historia, escrito en árabe. Antes tuvo que aprender los signos mágicos, sin estudiar el arte de la negra hechicería. Le ayudó su fe cristiana, pues, si no, esta historia sería aún desconocida. Ningún saber pagano nos puede revelar la esencia del Grial, ni cómo se desveló su secreto. Así, en la historia del Grial, empiezan a desvanecerse las brumas celtas para dar paso a los colores y los perfumes de Oriente; para empezar, el mágico oriente de una España todavía, en parte, musulmana.

El sabio Flegetanis

            Un pagano llamado Flegetanis alcanzó gran fama por su saber. Este físico procedía de Salomón y era de la estirpe israelita, muy noble desde tiempos muy antiguos, hasta que el bautismo nos libró de los fuegos del infierno. Él escribió la historia del Grial. Por parte de padre era pagano (...). Flegetanis supo exponernos la ida y el regreso de las estrellas y las dimensiones de sus órbitas, hasta que vuelven a sus puntos de origen (...). Como pagano, Flegetanis vio con sus propios ojos en las estrellas misterios ocultos y habló de ellos con gran timidez. Nos dijo que había una cosa que se llamaba el Grial. Este nombre lo leyó claramente en las estrellas (Libro IX). No es de extrañar que sea precisamente en Toledo en donde Kiot encuentre el manuscrito que relata la, según nuestro Minnesänger, “verdadera historia del Grial”, ya que, en la bella capital del Tajo, reconquistada tan sólo un siglo antes de la composición del poema (1085), convivían (no siempre con tanta amistad como quiere hoy lo políticamente correcto) los mozárabes, castellanos y francos, que llegaron con el ejército vencedor de Alfonso VI, junto a judíos y musulmanes. Este hecho refuerza el carácter sincrético y oriental, que Wolfram le da al mito, como ya adelantamos (El cantor de lo eterno). Pero es aún más revelador, en este sentido, el detalle con el que se nos cuenta el linaje del sabio astrónomo: de la estirpe de Salomón sólo por parte de madre, ya que el poeta utiliza la palabra “pagano” para referirse a su padre y a él mismo cuando, en la Edad Media, era así como se acostumbraba a designar a los musulmanes, por oposición a los  judíos y cristianos. Tampoco se debe pasar por alto que la figura de Salomón es venerada por el Islam como la de un gran profeta, mientras que, según Pierre Ponsoye, “el esoterismo islámico lo considera el prototipo ejemplar de cierta vía espiritual con la que se vinculan especialmente las ciencias del orden cósmico, esas mismas que evoca, en su acepción medieval, la palabra ‘físico’ empleada, a propósito por Flegetanis”. Subrayemos, también a este respecto, que Salomón es considerado por el Corán no sólo como un gran sabio sino como un poderoso mago, y que, siendo el mítico constructor del templo de Jerusalén está, por lo tanto, simbólicamente unido a la orden de los caballeros templarios: Milites Templi Salomonis (Soldados del Templo de Salomón) y custodios del Grial según Wolfram. De esta manera, en el misterioso personaje de Flegetanis vemos aglutinados todos los nuevos elementos que van a alejar a nuestro mito de lo que fueron sus primitivas fuentes celtas. No es, por lo tanto, extraño que Kiot descubriera la verdadera historia del Grial en Toledo, la Ciudad Imperial, cruce de caminos como él y, como él, mosaico de tan variadas creencias y culturas.

Vermeer de Delft. El astrónomo Salomón. Breviario del rey Martín de Aragón

Mazadan y el hada

Ch. E. Butler. El rey Arturo

            Pero lo que va a distinguir claramente las influencias celtas de las Religiones del Libro en el mito del Grial va a ser la idea de que su custodia está, desde siempre, destinada a un linaje que se asemeje en pureza a la de los ángeles que lo trajeron del cielo. El sabio Maestro Kiot (volvemos al Libro IX del Parzival de Wolfram) empezó a buscar noticias en los libros latinos sobre dónde había existido un pueblo destinado a guardar el Grial y vivir en la pureza. Leyó las crónicas de los reinos de Britania, de Francia, de Irlanda y de otros muchos todavía, hasta que  encontró en Anjou lo que buscaba. Leyó en libros verídicos la historia de Mazadan. Encontró consignada toda la sucesión de sus descendientes. Vio cómo Titurel y su hijo Frimutel habían transmitido por herencia el Grial a Anfortas, quien tenía a Herzeloyde por hermana, con la cual Gamuret engendró a quien es el héroe de este cuento. El nuevo héroe del Grial no será, de ahora en adelante, aquél que, en perfecta unión con la santa soberanía de la Tierra, haga crecer próspero un reino en el que no existen fronteras entre lo sagrado y lo profano, sino el héroe que, perteneciente a un linaje escogido desde el inicio de los tiempos, a través de múltiples pruebas, se haga merecedor de un reino sagrado al que tendrá que guardar y proteger del mundo profano. Se ve así cómo influyen, en nuestro mito, las Religiones del Libro que trazan una barrera infranqueable entre lo inmanente y lo transcendente, a diferencia de la tradición celta.

Todo esto no quiere decir que haya desaparecido la impronta celta en la obra de Eschenbach y, curiosamente, la encontramos en el Libro XII haciendo referencia al nacimiento de la estirpe de los reyes del Grial. Allí podemos leer que Mazadan (el fundador del linaje lleva en su nombre el del primer humano) casó con el hada Terdelaschoye (literalmente Terre de la joie, Tierra de la alegría) y se lo llevó a un lugar llamado Feimurgan (¿Hada Morgana?). Mario Polia defiende que se trata de un cambio de nombres y que la mujer de Mazadan no es sino el hada Morgana que le lleva hasta la Tierra de los Bienaventurados: el paraíso hiperbóreo. Otros autores defienden que estos nombres hacen referencia a Adán y al Edén, evocando ese “deseo del Paraíso” que parece encerrar toda tradición griálica. Por otro lado, Mazadan no sólo será el antepasado de los soberanos custodios del Grial, sino el abuelo de Uterpendragon, padre del rey Arturo; y, así, la magnífica, pero supeditada a las usuras del tiempo y, con ello, a la decadencia y la muerte, corte de Camelot se ve directamente, gracias a Wolfram, emparentada con los eternos, sagrados y ocultos dominios de Munsalvaesche.

F. Sandys. El hada Morgana

Lo que sigue siendo una incógnita es por qué nuestro caballero poeta encuentra esta estirpe “hadada”, predestinada, en tierras angevinas y, por lo tanto emparenta la histórica casa de Anjou con el linaje de los reyes del Grial. Se han vertido las más variadas y, a veces, extrañas hipótesis. El erudito Jean Frappier defiende que la consideración que, aparentemente, tiene el Minnesänger hacia la casa reinante en ese momento en Inglaterra (El ducado de Anjou pertenecía a los Plantagenêt), bien se podría deber, ya que nada le unía a esa monarquía, a aquel misterioso “libro” que refiere Chrétien como fuente de su historia y que también pudiera haber utilizado Wolfram. Siguiendo con las especulaciones, éste podría haber sido francés y concebido unos años antes en la muy erudita corte de Leonor de Aquitania (madre tanto de la Duquesa María de Champagne como del Plantagenêt Ricardo Corazón de León). Nadie duda en que el mecenazgo artístico ejercido por esta reina de Francia y posteriormente de Inglaterra fue definitivo para la recuperación y difusión de la Materia de Bretaña y que no escatimó esfuerzos para que la literatura de la época entroncara su estirpe con un glorioso pasado mítico que convertía a su segundo marido, Enrique II Plantagenêt, en el heredero legítimo de Arturo. Recordemos que fue entonces (1191) cuando en la abadía de Glastonbury (de la que la tradición local hace a José de Arimatea su primer obispo) se “descubre” la tumba de Arturo y Ginebra, que aún hoy se puede visitar, y que también allí se encuentra un manantial de aguas rojizas, el Chalice Well, donde se pretende que está sumergido el Grial. Por su parte, Pierre Ponsoye, el especialista en los orígenes islámicos del Grial, sostiene que Wolfram nunca se quiso referir a un Anjou histórico sino puramente espiritual, ya que sitúa su capital en la imaginaria Bealzenan. También, el celtista Jean Markale, apunta que la palabra anschaue del texto de Wolfram, que se traduce como “Anjou”, proviene realmente del verbo anschauen que significa “mirar fijamente”, lo que puede interpretarse como que Parzival, en su condición de aprendiz, únicamente mira, no tiene derecho a hablar, lo que refuerza la vertiente iniciática del relato.

En cualquier caso, y dadas las ambigüedades y los juegos de palabras a los que nos tiene tan acostumbrados, el texto seguirá dando pie a múltiples interpretaciones. De lo que no hay duda  es de que la obra de Wolfram von Eschenbach talla nuevas y brillantes facetas en el mito del Grial, más allá de su pericia como narrador, porque sabe aprovechar el tumulto de la época en la que le había tocado vivir y, especialmente, de ese choque de civilizaciones que, a través de las cruzadas pero más allá de su ruido y su furia, supo aunar la espiritualidad profunda que, en el fondo, compartían aquellos encarnizados enemigos. Este talante queda perfectamente resumido en la tumba del padre de nuestro héroe donde el califa de Bagdad mandó grabar:

Aunque era cristiano por bautismo, los sarracenos aún le lloran.

En el Teatro de la Colina Verde, un caballero pregunta por el dolor de Anfortas.

 

Bibliografía

Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Godwin, M.; El Santo Grial. Origen, significado y revelaciones de una leyenda. Barcelona, Emecé Ediciones, 1994.
Markale, J.; El ciclo del Grial. Perceval el Galés. Barcelona. Martínez Roca, 1997.
Polia. M.; El Misterio Imperial del Grial, www.cholonautas.edu.pe/pdf/grial.pdf
Ponsoye, P.; El Islam y el Grial. Palma de Mallorca, Olañeta, 1998.