Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
DISCOS 

EL GEN EGOISTA - DESDE LA NADA




El tilo sagrado. John Wegner (Arbogasto), Dagmar Schellenberger (Hildegard), Ksenija Lukić (Sigrun), Mechthild Georg (Gundelind), Thorsten Schranke (Fritigern), Adam Krużel (Ekhart), Volker Horn (Philo), Hein Heidbüchel (Caius), Katalin Halmai (Autonoë), Roman Trekel (Antenor).

Coro de la Radio de Colonia, Orquesta Sinfónica de la Radio de Colonia (WDR). Director: Werner Andreas Albert. Grabado en la Phjilharminie de Colonia, del 8 al 19 de octubre de 1937.

3 CDs (50’01’’ + 50’54’’ + 48’13’’) CPO 999 844-2 (DDD, estéreo, libreto en alemán e inglés).

Distribuye: DIVERDI (www.diverdi.com)

 

Entre el 15 y el 20 de octubre de 2001 se celebró en Colonia el Primer Congreso Internacional dedicado a la figura de Siegfried Wagner, organizado por la Sociedad Internacional Siegfried Wagner, presidida por el infatigable Peter Pachl.  El centro de atención del Congreso fue el estreno mundial, en versión concertante, de la ópera El tilo sagrado, Op. 15, compuesta en 1927 y última concluida por «Fidi». Si hubiera sido compuesta cincuenta o sesenta años atrás y su autor no se apellidase Wagner, es probable  que la obra fuera algo más conocida. En tres actos, cuya acción se sitúa en el siglo III d.C., narra una historia sobre la búsqueda de identidad del pueblo alemán. El rey germano Arbogasto ordena talar el árbol sagrado, venerado por su pueblo. Al final de la obra, tras la muerte del rey, traicionado por Roma, su viuda planta un nuevo tilo. El libreto, escrito por el propio Siegfried, es endeble, de escasa sustancia dramática; se suceden vertiginosamente escenas cortas, prácticamente miniaturas, y por ellas desfilan personajes apenas delineados. El traidor Philo se expresa en pareados, cuando no directamente mediante ripios (”Philosophie gibt Philo so viel”). La música, de un romanticismo en ocasiones algo almibarado (¡en 1927!), se escucha con agrado: está escrita con oficio y bien orquestada. Destaca el bello preludio, cuyo tema principal, de resonancias hímnicas, está tomado de una canción popular. Asoman algunas influencias: su abuelo Liszt, su maestro Humperdinck e incluso Respighi. Siegfried Wagner contrapone el diatonismo del mundo germánico a las sonoridades impresionistas y la bitonalidad de la decadente Roma. No utiliza la técnica del leitmotiv de manera sistemática, pero hay músicas que se repiten en situaciones similares. Es inevitable comparar el ingenuo tema, casi pueril, que se oye cuando dos de los protagonistas, Fritigern y Hildegard, se miran, con el motivo de la mirada de Tristán e Isolda. La sombra del padre dificulta cualquier intento de valoración de los logros del hijo, pero ¡son tantos los que palidecen ante la comparación con el genio de Leipzig! El reparto es voluntarioso, aunque las exigencias vocales de la partitura demandan cantantes de más fuste en algunos papeles, especialmente los de Fritigern y Hildegard. El especialista Werner Andreas Albert dirige con su habitual solvencia a la orquesta y coro de la WDR. Una versión más que digna para acercarnos al universo creador de Siegfried Wagner, cuyo legado musical merece una mayor difusión.

© Miguel Ángel González Barrio






Parsifal de Richard Wagner. Con James King (Parsifal), Bernd Weikl (Amfortas), Kurt Moll (Gurnemanz), Franz Mazura (Klingsor), Yvonne Minton (Kundry), Matti Salminen (Titurel), Norberth Orth (Primer caballero del Grial), Roland Bracht (Segundo caballero del Grial), Regina Marheineke (Primer escudero), Claudia Hellmann (Segundo escudero), Helmut Holzapfel (Tercer escudero), Kerl Heinz Eichler (Cuarto escudero), Lucia Popp, Carmen Reppel, Suzanne Sonnenschein, Marianne Seibel, Marga Schiml, Dorin Soffel (Muchachas flor) y Julia Falk (Una voz desde lo alto).

Coro y Orquesta Sinfónica de la Radio de Baviera, Tölzer Knabenchor. Director: Rafael Kubelik. Grabación de estudio de 1980. DDD Sello ARTS Archives 43027-2.

Distribuye: DIVERDI (www.diverdi.com)

 

Muy frecuentemente ocurren cosas incomprensibles. Dentro del mundo discográfico wagneriano, el motivo de este artículo es una de ellas. ¿Cómo es posible que una grabación completa de “Parsifal” dirigida en condiciones de estudio por todo un Rafael Kubelik, y con un reparto inmejorable para la época, lleve veintitrés años en el sótano de la radio bávara? Pues sí señores, cosas así de sorprendentes ocurren.

La grabación es técnicamente perfecta, no tiene nada que envidiar a la toma sonora de Decca con Georg Solti, que podría mostrarse como el paradigma de la pulcritud y el esmero de los ingenieros de sonido de cualquier gran compañía discográfica. Se respetan escrupulosamente los revolucionarios planos sonoros ideados por Wagner para esta obra: orquesta en el foso, fanfarrias desde el fondo de la escena, las cuatro campanas del Grial que se acercan al aproximarse el espectador al castillo de Montsalvat, coro de caballeros en el centro del escenario, coro de jóvenes a media altura y coro de niños en la cima de la cúpula sobre el templo. Toda esta variedad está captada de forma espectacular.

La significación histórica de esta grabación es de primera magnitud. Supera con creces los méritos artísticos de otras grabaciones de estudio ya bien conocidas como las de Karajan (Deutsche Grammophon) o Barenboim (Teldec), y se coloca como el gran “Parsifal” de estudio junto al ya citado de Solti (Decca).

En cuanto al reparto, se podría calificar, en conjunto, como inmejorable para la época (1980), cuando la crisis de voces wagnerianas, retirada casi por completo la vieja guardia del Nuevo Bayreuth, era ya alarmante.

El Parsifal de James King, que contaba entonces 55 años, brilla por la nobleza de su canto y el dramatismo sobrecogedor con que construye cada frase. El color oscuro de su voz, casi baritonal, es muy apropiado para este papel, que no exige grandes alardes en el agudo, pero sí una construcción psicológica muy sólida, en la que se tiene que mostrar la transformación radical del personaje, desde el “puro loco” del inicio, al “redentor” del último acto.

A sus 38 años, Bernd Weikl era ya un barítono de raza con una estupenda vocalidad. Su línea de canto es impecable, no tiene dificultades apreciables en toda la tesitura y muestra una especial facilidad en el agudo. Pero frente a las notables virtudes del cantante están los escasos recursos del intérprete: su Amfortas nos deja más bien fríos. El desgarrador lamento del Rey del Grial, cuya herida se abre y sangra vivamente durante la consagración, queda aquí deslucido, soso. En el tercer acto se repite la pauta. Es una lástima cuando ocurre que una bella y buena voz no se utiliza con la debida atención al personaje interpretado y el texto de la obra.

Quizá lo mejor de este reparto sea el Gurnemanz del gran Kurt Moll, uno de los últimos de esa raza de bajos indestructibles del repertorio alemán. En 1980, a sus 42 años, Moll era el bajo más importante del mundo, junto con Ridderbusch, Talvela y Salminen. Su técnica es siempre perfecta, con esa voz noble, recia y bien timbrada, homogénea en toda su extensión. Si bien se le puede achacar aquí algo de distanciamiento emocional del personaje, todo reparo cae por su propio peso cuando se escucha la arrolladora belleza de su canto. Es toda una delicia en las medias voces y un torrente incontenible de caudal sonoro en los pasajes donde la partitura lo requiere (en el tercer acto son prodigiosas las frases que comienzan con “So ward es uns verhiessen”). Sin duda, estamos ante uno de los grandes.

El austríaco Franz Mazura, nacido en 1924, desarrolló una importante carrera en papeles secundarios o de carácter, como Alberich o este Klingsor, que llegó a cantar en Bayreuth en 18 ediciones, y en grandes papeles dramáticos como su magistral Moisés de Moses und Aron de Arnold Schönberg. Su emisión era siempre algo tosca, respetando la pronunciación de las erres guturales del alemán hablado, manejando el instrumento con gran control y estilo. En esta grabación su intervención es intachable.

Quizá lo más decepcionante sea la Kundry insulsa de Yvonne Minton, que tenía entonces 42 años y estaba en el mejor momento de su carrera. Sinceramente no me esperaba algo así de una gran artista, que fue capaz de grabar un tierno Octavian en el Rosenkavalier de Solti, unos magníficos registros de obras de Schönberg con Boulez y una insuperable Condesa Geschwitz, tras participar en el estreno de la versión íntegra de Lulu de Alban Berg. Pese al timbre bellísimo de la voz y su color oscuro y rico, tiene problemas notables en el registro agudo (este condenado papel híbrido no perdona) y algunos sonidos fijos que no convienen nada en este repertorio. Pero pese a los errores vocales puramente técnicos, lo que aquí se echa alarmantemente en falta es dramatismo. Kundry, quizá el papel más complejo de Wagner (sin duda junto a las insondables profundidades del Wotan tetralógico), necesita ser vivido con intensidad, recreado con el dramatismo más abrasador. Minton se muestra aquí ajena a todo lo que ocurre en el escenario, como si todo lo que allí sucede no fuera con ella. Una verdadera lástima.

Saliendo de la tumba nos llega la hermosísima voz de Matti Salminen, el gigante de Turku, que encarna aquí al derrotado Titurel. Sólo cabe un calificativo: insuperable. Además la grabación acompaña, situando la voz de Titurel en el centro del plano sonoro, resonando espectacularmente sobre el resto de la escena: un efecto interesantísimo.

Los restantes secundarios se mueven dentro de lo correcto (los dos caballeros del Grial), lo bueno (lo escuderos) y lo muy bueno (el coro de muchachas flor, encabezado por la recordada Lucia Popp).

Los coros son apreciables, sin llegar a las alturas alpinas de los coros preparados para el Festival de Bayreuth. Se opta en este registro, como ya hiciera Solti en 1972, por un coro de niños, el Tölzer Knabenchor, para sustituir a los coros femeninos (sopranos y contraltos) previstos por Wagner para el templo del Grial. Ocurre como en las grabaciones historicistas de los oratorios de Bach (Harnoncourt, Leonhardt): es cuestión de gustos. A mí, personalmente, no me parece mal.

Queda solamente ponderar la magistral dirección musical de Rafael Kubelik, que ordenó incomprensiblemente la destrucción de las cintas de este “Parsifal”, mandato que afortunadamente para nosotros fue ignorado. Kubelik construye sólidamente el drama desde el mágico preludio al primer acto, desarrollando la acción de forma lógica y con gran pulso dramático. La tensión sólo decae levemente durante la conversación entre Parsifal y Kundry en el segundo acto, donde una fría Minton y un vehemente King no logran que fragüe en su integridad esa magnífica y compleja escena. El final del primer acto es simplemente sublime, de un éxtasis místico abrumador. Es Gurnemanz el que nos interrumpe y nos hace descender desde la nube a la que Kubelik nos había elevado durante la consagración. El tercer acto es, seguramente, lo mejor de todo el registro, con unos deliciosos encantamientos de Viernes Santo, y un final de dimensiones ultraterrenales: King apiana en la última nota (“öffnet den Schrein!”) y se obra el milagro: desde el motivo de la fé, aparece el motivo de la “redención al Redentor”, y ambos se entrelazan hasta la culminación de la obra. Se escucha absolutamente todo lo escrito en la partitura, incluyendo las arpas, normalmente más difuminadas en el conjunto orquestal. En resumen, un grandísimo logro.

A la espera de la reedición en este mismo sello de la también magistral grabación de Kubelik de “Los maestros cantores de Nuremberg”,  escucharemos una y otra vez este sublime “Parsifal”, surgido de entre las espesas brumas del olvido.

© José Alberto Pérez