Número 194 - Zaragoza - Febrero 2017
DISCOS 

EL ORO DE LOS SUEÑOS

Richard Wagner "Das Rheingold".

Ferdinand Frantz (Wotan), Res Fischer (Fricka), Lore Hoffmann (Freia), Rudolf Schock (Froh), Josef Metternich (Donner), Wolfgang Windgassen (Loge), Res Fischer (Erda), Gustav Neidlinger (Alberich), Paul Kuën (Mime), Gottlob Frick (Fasolt), Josef Greindl (Fafner), Margot Guillaume (Woglinde), Ilse Koegel (Wellgunde), Maria von Ilosvay (Flosshilde). Sinfonieorchester des NDR. Dir: Wilhelm Schüchter. Grabación del 7/10/1952. Sello: Gebhardt, JGCD 0054-2. Distribución: Diverdi (www.diverdi.com).

 

Como nos pasara hace unos meses, otra joya largo tiempo oculta nos es revelada al fin en toda su majestuosidad. Si entonces recibimos el “Parsifal” de Rafael Kubelik como un regalo de los dioses, un testimonio de incomparable calidad interpretativa y pureza sonora, ahora el sello Gebhardt nos presenta un “Oro del Rin” salido de los archivos de la NDR, que podemos saludar como un registro digno de mencionarse en cualquier discografía seria de la obra. Se nos anuncia como grabado en Hamburgo, el 7 de octubre de 1952, aunque seguramente es el resultado de varias sesiones distintas.

De hecho, no es un inédito absoluto estrictamente hablando, al menos en parte. Unos fragmentos se editaron en LP en los años cincuenta, con todos los nombres falseados. Como director, al frente de la orquesta y el coro (¿?) de la Ópera de Dresde, figuraba el conocido maestro Fritz Schreiber, seudónimo frecuentemente utilizado en tiempos dentro del comercio discográfico pirata, y que ha ocultado nombres tan excelsos como los de Clemens Krauss, Erich Kleiber o incluso Wilhelm Furtwängler.

En líneas generales, aunque la dirección de Wilhelm Schüchter sea inspirada y virtuosa en la gran mayoría de ocasiones, siempre atenta, algunos momentos de pesadez rutinaria lastran en alguna medida el soberbio conjunto. Pero aquí lo que sobresale por encima de tales consideraciones es la calidad, homogeneidad y acierto de todos los componentes de su reparto. Con algunas excepciones, nos hallamos ante uno de los elencos más opulentos que nunca se hayan escuchado en disco –y seguramente visto en vivo–.

El preludio a toda la obra, aunque profesionalmente construido, adolece de cierto impulso, de cierta grandilocuencia. La música no parece fluir, sino que avanza a trompicones. La entrada de Woglinde saludando a la corriente da comienzo, sin embargo, a una escena primera realmente refrescante y llena de vitalidad. Margot Guilleaume (Woglinde) e Ilse Koegel (Wellgunde) son solventes, pero quedan algo ensombrecidas frente a una magnífica Maria von Ilosvay (Flosshilde), que debutaría en el Festival de Bayreuth el verano siguiente (1953) como Erda, y aparecería allí regularmente durante muchos años hasta su retirada en 1970.

Pero sin duda aquí el protagonista absoluto de la escena es el excelso Alberich de Gustav Neidlinger, siempre inspiradísimo, que con justicia se apropió del papel en Bayreuth a partir de su debut en el verano de ese mismo año, solamente unos meses antes de esta toma. Poseía una voz privilegiada, de timbre acerado, con un color oscuro y amenazante que le iba como anillo al dedo, valga el chiste fácil, a sus papeles habituales, especialmente a Klingsor y Alberich. No se encuentran defectos en su tesitura: fue capaz de interpretar con igual acierto, por poner un par de ejemplos, un magnífico Barón Ochs, plagado de graves de ultratumba, en el Rosenkavalier straussiano –existe una grabación imposible de encontrar con unos fragmentos de ello, con una espléndida Leonie Rysanek como la Mariscala–, y un papel escrito para barítono puro como es el Kurwenal de Tristan und Isolde.

Como detalles de esta primera escena podemos resaltar la aparición luminosa del Oro, que brilla en la orquesta de NDR con tintes verdaderamente áureos, o los magistrales reguladores ascendentes de la trompeta solista, que desde luego se ganó el sueldo aquel día. Asimismo hay que resaltar el regulador que se marca la señora Guilleaume como conclusión de la frase “Durch die Fluten hin fliesst sein strahlender Stern”, que aunque no alcance la belleza resplandeciente que aquí invocaba la legendaria Dorotea Siebert, es todo un logro: el efecto siempre me ha parecido magnífico, aunque no esté escrito explícitamente en la partitura.

El interludio que nos conduce a las alturas divinas está fantásticamente tocado, con unos buenos trémolos de las cuerdas, unas arpas sugerentes y el tema del anillo expuesto como amenaza en los vientos.

Llegados a este punto nos encontramos con el rotundo Ferdinand Frantz, un Wotan de raza, que poseía un instrumento aterciopelado, seguro, sorprendentemente homogéneo en toda su extensión, sin apuros apreciables de tesitura. Tal vez no alcance la profundidad reflexiva de un Hans Hotter o la viril nobleza de un George London, pero el canto es aquí impecable.

Res Fischer nos regala una Fricka matronil, de voz tal vez demasiado madura, aunque canta muy bien e interpreta mejor. No se supera a sí misma, tal vez, porque lo cierto es que su tenebrosa Klytämnestra era en verdad redonda –acompañada por unos inconmensurables Varnay, Rysanek y Hotter, existe una toma radiofónica excelsa de Elektra de 1953, grabada por la WDR en Colonia–.

La entrada de los gigantes es roca pura. Estos son quizá la mejor pareja reunida para una grabación del Oro en toda la historia del disco. La voz nobilísima de Gottlob Frick se ajusta espléndidamente al talante del soñador gigante Fasolt, mientras que la profundidad cavernosa de todo un Josef Greindl da vida al maquinador, oscuro e inteligente Fafner.

La entrada de Froh es luminosa y exultante; Donner hace la suya como debe ser, como un vendaval veraniego. Ambos papeles están soberbiamente servidos por dos intérpretes de enorme calidad artística. Por un lado, Rudolf Schock, a quien frecuentemente se le achaca una excesiva impetuosidad vocal y se comenta su sonido un tanto rancio, como de otros tiempos, compone aquí un Froh de campanillas. Por otro, el magnífico Josef Metternich, que, si bien solía ser algo plano en lo interpretativo, poseía en 1952 una voz fresca y juvenil, que se ajusta perfectamente al carácter del dios del trueno.

Por fin llega Loge, el astuto y ladino semidiós del fuego, que aquí cobra una relevancia particular en la voz del gran Wolfgang Windgassen, que compone una interpretación inteligentísima y llena de matices. Su relato, acompañado por un inspirado Schüchter, alcanza cotas alpinas. Cada inflexión expresiva en la voz expresa y redondea con finura un personaje único. Además hay que destacar que en 1952 la voz del suabo estaba en plenitud absoluta, habiendo debutado en Bayreuth tan solo dos temporadas antes, en la reapertura de 1951.

El siguiente episodio digno de alabanza es la poderosa bajada al Nibelheim, interpretada por una Sinfónica de la NDR pletórica y virtuosa, con el espléndido sonido de unos yunques naturales –no la habitual máquina electrónica de sonido espantoso que se utilizaba por entonces en Bayreuth: una suerte, imagino, de bisabuelo del sintetizador.

El Mime de Paul Kuën completa el conjunto canoro que vamos describiendo. En esta grabación podemos escucharle en su mejor momento, interpretando un nibelungo estremecedor por su fragilidad emocional y su sumisión involuntaria al poder de su hermano y el Anillo que ha conseguido forjar. Su voz era de tenor lírico, con un metal muy brillante. Se cuenta una anécdota al respecto de la brillantez de la voz de Kuën. Parece ser que Hans Knappertsbusch se enfrentaba a la sustitución del tenor programado como Walther von Stolzing en una cierta función de Maestros Cantores (es posible que el indispuesto fuera el bueno de Günther Treptow, si la memoria no me falla). Los responsables del teatro propusieron a un tenor de poco peso para cubrir la baja, y “Kna” se negó, indicando que Paul Kuën, el David de la noche, sobrepasaría en volumen y brillo al Stolzing del caballero propuesto, dejándole en evidencia.

Avanza la velada tras la captura del incauto Alberich, ascendiendo la escena desde la profundidad del Nibelheim hasta las cumbres montañosas. El interludio está asombrosamente bien construido, con una cuerda en estado de gracia. Tras la espléndida maldición, hacen su entrada de nuevo los dioses, acompañados por unas nobilísimas trompas.

La aparición de Erda en la voz de Res Fischer, en lo que en vivo sería una imposible duplicidad, es quizá lo más flojo desde el punto de vista técnico. La voz aparece electrónicamente alterada, como velada, para diferenciar los dos personajes a los que Fischer presta su voz. La verdad es que no se comprende cómo se consiguió reunir un reparto tan completo para luego hacer agua en la elección de la Erda. Maria von Ilosvay, que unos minutos más tarde aparece de nuevo como Flosshilde, parece una opción más coherente para el papel de la diosa de la Tierra. De cualquier modo, Fischer es más que solvente para esta breve parte.

El final, con la entrada de los dioses en el Walhall, no es del todo redondo. Falta, como al principio, algo de chispa, algo de aliento divino, pero no desluce el resultado.

El sonido de toda la edición es glorioso, sin distorsiones ni ruidos. Realmente supera en calidad y transparencia a muchos otros registros de la época grabados igualmente para la radio, o incluso a alguna temprana grabación comercial de estudio –recuerdo por ejemplo la Flauta mágica de Von Karajan en EMI, con un reparto magistral y un sonido, en principio, vergonzoso–. Son evidentes bastantes empalmes entre fragmentos contiguos, pero sin cambios de sonido. Tan solo se aprecia un siseo que estorba al oído, en el fondo, habitual en una edición procedente de una cinta magnética, lo que apunta a que Gebhardt la ha procesado partir de las cintas originales de la radio –los reprocesados a partir de discos de 78 rpm y, en menor medida, de LPs, suelen llevar implícitos unos ruidos de superficie muy molestos–.

El precio hace incluso más recomendable la adquisición de este extraordinario testimonio sonoro, aunque acarrea un no grave problema: la edición es paupérrima en contenidos. Además, claro, de los dos cedés de rigor, en la caja se incluye un ínfimo librillo de cuatro páginas, que hace las veces de carátula, donde se especifica el reparto, las pistas de los discos y se adjuntan unas cuantas fotografías –a saber, Frantz, Neidlinger, Frick, Schock y Metternich–. Ni notas explicativas de la procedencia de esta joya, ni detalles del reprocesado, ni nada. Se anota en la contraportada, como en la letra pequeña de un contrato: “Por desgracia, este gran reparto grabó solamente Rheingold, pero no el ciclo completo del Anillo”. Una verdadera pena, porque esto tenía más que buen aspecto.

Sin duda Gebhardt se está entronizando, poco a poco, como el sello europeo wagneriano por excelencia. Cuenta en su haber con un puñado de inéditos absolutos, una serie de gran interés de discos-recital de varios cantantes próximos al campo wagneriano–Martha Mödl y Michael Bohnen, por ejemplo–, y un ya amplio número de registros completos de obras wagnerianas, incluyendo varios excelentes Anillos completos –como el de Furtwängler de Milán (1950), el inédito de Stiedry en Nueva York (1951) o el bayreuthiano de Clemens Krauss (1953)–. Quedan atrás, tal vez, los tiempos de Golden Melodram, que en los últimos años ha alumbrado una enorme cantidad de grabaciones wagnerianas, sobre todo provenientes del Festival de Bayreuth, dedicando especial atención a la figura de Hans Knappertsbusch. Las ediciones GM son, en comparación, lujosas, con unas notas bastante ilustrativas, plagadas de fotos, con los discos pintados en dorado y las portadas de riguroso negro. Pero claro, el precio es, en mi modesta opinión, abusivo: en el mercado habitual, cualquier Anillo en GM ronda los 120 €, mientras que Gebhardt está vendiendo los suyos por unos 60 €. Y el cliente no es tonto.

Vivimos una etapa muy estimulante para el coleccionista wagneriano de discos. Por un lado, Gerbhardt y sus hermanas Archipel y Walhall están sacando a la luz importantes testimonios sonoros desconocidos hasta ahora, nunca editados en disco compacto o descatalogados desde hace tiempo. Por otro, ARTS, que nos sorprendió con el soberbio “Parsifal” de Kubelik, anuncia nuevas ediciones. Y, por supuesto, estamos pendientes de las sorpresas que nos pueda dar Orfeo dando a conocer tesoros ocultos del Festival de Bayreuth. Apasionante espera.

© José Alberto Pérez