Número 193 - Zaragoza - Enero 2017
DISCOS 

UNOS MAESTROS PARA EL NUEVO SIGLO

Richard Wagner, Die Meistersinger von Nürnberg. James Morris (Hans Sachs), René Pape (Veit Pogner), Sir Thomas Allen (Sixtus Beckmesser), Ben Heppner (Walther von Stolzing), Matthew Polenzani (David), Karita Mattila (Eva), Jill Grove (Magdalene), John Relyea (Nachtwächter).

Producción original de Otto Schenk, estrenada en 1993. Escenografías de Günther Schneider-Siemssen, vestuario de Rolf Langenfass e iluminación de Gil Wechsler. Director de escena: Peter McClintock. Dirigido para el video por Brian Large.

Coro y Orquesta de la Metropolitan Opera de Nueva York. Maestro del coro: Raymond Hughes. Dirección musical: James Levine.

Grabación original en directo de diciembre de 2001.

Especificaciones técnicas: DVD vídeo; NTSC, en color, formato 4:3; sin codificación regional. Formatos de sonido: PCM Stereo, Dolby Digital 5.1, DTS 5.1. Subtítulos disponibles en alemán, inglés, francés, español y chino. DDD, Digital Stereo.

Deutsche Grammophon, referencia: 00440 073 0949

Por vez primera en esta sección “Discos” reseñamos la aparición cuasireciente en el comercio internacional de una grabación editada en vídeo DVD procedente de la legendaria Metropolitan Opera de Nueva York, hogar señero de las grandes voces y de los repartos ensoñadores. Se estrena esta costumbre, inédita en Wagnermanía, debido a la singularidad del documento del que enseguida hablaré, que constituye una de las ―escasas― cumbres inalcanzables de la lírica contemporánea. Son los señalados tal vez los mejores Maestros, los más completos, de las últimas décadas. Si bien el recuerdo insalvable y obligado a aquellos que son ya por derecho propio una leyenda, y que devolvieron las esperanzas de encontrar un norte musical al Festival de Bayreuth ―los que Christian Thielemann dirigiera entre los veranos de 2000 y 2002, con el mejor coro del mundo y la orquesta más refinada―, los repartos en aquellas ocasiones, siendo dignos y profesionales, no alcanzan el nivel de excelsitud de los presentes, que aúnan en el mismo escenario a las auténticas figuras giganteas del canto actual, en una producción de belleza y detalle indescriptibles.

Otto Schenk

Para empezar hablemos del soberbio marco en el que se localiza esta joya inigualable: la producción escénica de Otto Schenk, habitualmente denostado por esa caterva de imbéciles que prefieren ver a los personajes wagnerianos envueltos en una bolsa de basura o haciendo equilibrios saltarines entre vulgares sillas de comedor. Frente a la estulticia escénica generalizada de este tiempo nuestro en el que el arte se confunde con la provocación, y en el que se cree que todo lo novedoso o rompedor es bueno por el mero hecho de serlo, aunque caiga en el vómito y la nausea, quedan aún algunos ―muy pocos― artistas sitiados que creen en la belleza, en la lógica dramática, en la bondad del arte, en definitiva, en todo aquello que engrandece las manifestaciones creativas del ser humano. ¿Por qué apostar por el feísmo y lo grotesco cuando se puede desarrollar una producción que además de ser dramáticamente coherente y adecuada al texto teatral, es bella y supone toda una fiesta para los sentidos? Eso mismo, sin ir más lejos, es lo que nos ofrece el maestro Schenk en estos Maestros cantores llenos de luz, color, alegría y vitalidad, como conviene y debería suponerse en una comedia tan humana y universal como la única que Wagner escribiera.

No me extenderé demasiado en la descripción ―sería toda encabalgamiento de adjetivos laudatorios― de los distintos decorados construidos por Schneider-Siemssen, habitual colaborador de Schenk, para esta producción escénica. Está todo en su sitio: la Iglesia, la escuela de canto, la callejuela entre las casas de Sachs y Pogner, el taller del zapatero, la pradera de San Juan (como detalle original, localizada junto a un enorme puente de piedra). El atrezzo está mimado al detalle; no hay más que echar una ojeada a los enseres de la mesa de zapatero de Sachs. Las lilas están en su sitio, los tilos también, las casas parecen enteramente sacadas de una vista del viejo Nuremberg, con sus particulares sinuosos tejados. El vestuario es otra de las maravillas del conjunto: desde los personajes principales al último corista, destila sabor, autenticidad, armonía pictórica y estética. La iluminación concuerda con el resto de elementos para encumbrar esta producción a la categoría de histórica, de legendaria. El movimiento de actores está cuidado al mínimo gesto, y todos los participantes exhiben, como más tarde diré, unas excelentes dotes histriónicas, capturadas en la imagen por el sobresaliente y legendario Brian Large, frecuentísimo director videográfico de toda suerte de producciones operísticas. Si la Tetralogía del Met, también planeada por Schenk en los ochenta, quizá tendiera demasiado al exagerado cartón-piedra, y merezca una revisión, esta de los Maestros quedará como ejemplo de cómo puede hacerse, hoy en día y sin complejos, una propuesta coherente, dramáticamente impecable, sobresaliente en lo respetuoso y encomiable en la arrolladora belleza de las imágenes.

René Pape

En cuanto al mencionado reparto, no puede ser más completo. James Morris ha querido esperar a sobrepasar los cincuenta años de edad para debutar, tras más de cuatro años de intenso estudio, en el papel del maestro Hans Sachs, y lo cierto es que se nota la labor previa. Si bien la voz ―que siempre fue voluminosa y manejada con solvencia― no termina de redondearse en belleza y calidez, sonando un punto áspera, sí se comprueba en cada frase que Morris ha entendido e interiorizado cada palabra del poeta zapatero, componiendo una interpretación de antología por su profundidad psicológica y la humanidad que rezuman cada una de sus intervenciones.

Sí, René Pape es demasiado joven para parecer el padre de Eva. ¿Y qué, si cada vez que abre la boca nos convence y conmueve, si su torrente de voz nos subyuga? Estamos aquí ante un cantante de los de verdad. ¿Porqué es que sigo empecinado en que Pape me recuerda a Alexander Kipnis? Si se cumple mi vaticinio, Pape alternará sus habituales papeles de bajo con los de bajo-barítono, y será un enorme Wotan y un enorme Sachs en los años que vengan.

Sir Thomas Allen, tras una larguísima y exitosa carrera, compone aquí uno de los más sobresalientes Beckmesser que recordemos. Se engarza en la curiosa ―e imagino espontánea― tradición de los Beckmesser de origen británico (Sir Geraint Evans y Alan Opie como honrosísimos predecesores). Por si alguien tuviera esa duda, su voz parece intacta después de recorrer sus ya treinta años de largo camino profesional en la lírica. ¡Bravo por él!

Ben Heppner

El tenor de tenores, el canadiense y querido Ben Heppner, es simplemente perfecto en el papel del caballero francón, que ya había grabado por entonces dos veces en disco (con Sawallisch y con Solti), y que se ha quedado a punto de poder grabarlo de nuevo (en los abortados Maestros con Thielemann que Deutsche Grammophon canceló por peseterismo ―o ya eurismo― de la peor calaña). En diciembre de 2001, fecha de este registro, estaba aún en su época de rotunda redondez corporal, justo antes de perder una enorme cantidad de peso (se llegó a hablar de 40 kilos), presentándose en su ideal figura en 2003 en Berlín en el papel de Tristán frente a toda una Waltraud Meier. ¿Qué podemos decir de la voz de Heppner que no se haya dicho a estas alturas? Es perfecta: grande, homogénea, de timbre bellísimo, manejada con expresividad y técnica exquisitas. Además ―y este vídeo es una prueba palpable, pese a las dificultades físicas que entonces tenía― es dueño de unos recursos actorales inagotables. Sobre esto último he de confesar que su actuación como Tristán en Berlín me sobrecogió por su profundidad y poder de sugestión, y el verano pasado en Londres su Peter Grimes me volvió a dejar esa sensación desaforada. Como se dice, que nos dure muchos años.

El joven David de Matthew Polenzani es correcto, solvente, profesional, dramática y técnicamente impecable, apoyando el sólido reparto sin llegar a las cotas alpinas de calidad a las que el resto vuelan con facilidad pasmosa.

Karita Mattila, excelente y excelsa cantante-actriz, poseedora de una voz privilegiada que se adecua con igual fortuna a papeles de soprano dramática ―la Leonore de Fidelio, también en otro extraordinario DVD del Met― o soprano lírica ―como en estos Maestros o en su reciente Salome―, es una Eva ideal. Viéndola en este vídeo uno cree estar contemplando los jugueteos pizpiretos de una jovencita de quince años. Como prueba de su camaleónica vis teatral, compárese con su apariencia en el citado Fidelio, donde por primera vez el espectador puede creerse frente a un muchacho imberbe pero robusto, y no ante una maldisimulada señora con el pelo recogido.

Karita Mattila

La Magdalene de Jill Grove es excelente en la rotundidad de su profunda voz, y en su actuación simpática y acogedora.

El resto de la corporación de Maestros es un fenómeno de caracterización (alguno parece enteramente sacado de un libro del XVI), destacando el orondo Kothner de John del Carlo. El sereno es muy aceptable.

El coro del Met nunca ha estado a la altura de otros grandes conjuntos corales ―palidecería ante el especializado y pulidísimo coro de Bayreuth―, pero cumple siempre con pasión y solvencia, y aquí está encantador por la entrega teatral de todos sus miembros. No les pongamos demasiadas pegas. La orquesta es una maravilla por la calidad sobresaliente de sus integrantes, y el rotundo y bello sonido que les es propio. La dirección de James Levine no es habitualmente de mi gusto y siempre me ha parecido sosa y deslavazada, aun reconociendo su magnífica labor como director artístico que ha conseguido mantener al histórico Met como la primera y mejor compañía de ópera del mundo. Conviene también recordar aquí su reconocida labor como preparador de orquestas. Aquí, tras un preludio bien tocado aunque no emotivo, expone una coherente propuesta, tomando la comedia como lo que es. Sus usuales tempi de peso excesivo ―cuando le da por ponerse “germánico”, id est, sus Parsifales y sus Anillos―, quedan así aligerados y chispeantes, completando una más que aceptable labor, pese a los lunares, las lagunas de concepto y las arbitrariedades que se permite. Sin duda con un director de más altos vuelos y mayor inspiración artística el resultado final hubiera sido, si cabe, mejor, pero no pidamos peras al olmo.

El sonido es enteramente como cabría de esperar: mejor de lo que el equipo sonoro de uno puede reproducir, o sea, estupendo, como el contenido de los dos DVD que componen la edición. Yo de ustedes no lo dudaría y se lo pediría a los Reyes Magos, o si parecen todavía lejanos, ahorraría en vestimentas u otros lujos superfluos y arremetería en la empresa de la posesión y disfrute de esta gran maravilla del arte contemporáneo. No se arrepentirán.

© José Alberto Pérez