Número 193 - Zaragoza - Enero 2017
DISCOS 

ARTE AL SERVICIO DEL MAL

GRANDES DIRECTORES DEL TERCER REICH: ARTE AL SERVICIO DEL MAL

 

Fragmentos de Wagner, Beethoven, Schubert y Rossini, grabados en 1933-43, dirigidos por Wilhelm Furtwängler, Hans Knappertsbusch, Herbert von Karajan, Karl Böhm, Clemens Krauss, Leo Blech y Max von Schillings. 

DVD Bel Canto Society BCS D0052 (53 min., B/N, PCM Mono)
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Recuerdo el impacto que me causó en su día la edición en VHS de este impresionante documento. Mi copia del vídeo llevaba estampada una esvástica en cubierta y lomo (1), lo que motivó que algunos visitantes de mi casa me dirigieran curiosas miradas al reparar en la presencia del vídeo en la estantería. El título es tan sensacionalista como la cruz gamada, pero el contenido artístico es de primer orden y de interés histórico. El DVD de Bel Canto Society (www.belcantosociety.org) nos muestra en acción a varios directores de orquesta que permanecieron en Alemania durante la Segunda Guerra Mundial. El hilo de Ariadna que da continuidad a las distintas secuencias está en las notas –sólo en inglés–, aunque las imágenes hablan por sí mismas. Las tendenciosas notas de Frederic Spotts, autor de Bayreuth: A history of the Wagner festival (2) y Hitler and the power of aesthetics (Pimlico, Londres 2003), relatan cómo el régimen nazi utilizó la música con fines propagandísticos e inciden en la discutible tesis de que todo el que se quedó y trabajó en la Alemania nazi era nazi o filonazi –y, de paso, antisemita–. Dice Spotts: “en un estado totalitario nadie es apolítico, y la práctica del arte no puede separarse de las circunstancias políticas en las que tiene lugar”. En las biografías de los artistas que aparecen en el DVD, Spotts destaca que ocuparon puestos en organismos culturales del Tercer Reich, dirigieron en países ocupados, en conciertos organizados para festejar el cumpleaños de Hitler o simplemente eran muy admirados por éste. Al menos de Furtwängler reconoce Spotts que no era nazi, pero le tacha de ultraconservador y antisemita, pasando por alto que salvara a varias decenas de judíos. Debe parecerle un detalle de escasa importancia frente al pecado de permanecer en Alemania. También se lo pareció a Bruno Walter.

Sorprende comprobar el enorme parecido de los gestos del director y compositor Max von Schillings (fallecido en 1933) y los de Knappertsbusch. Difícilmente puede olvidarse a un joven e histriónico Karajan de treinta y tres años –con peinado a lo Julian Sands de Una habitación con vistas– dirigiendo la obertura de Maestros Cantores (3) en el Palais Chaillot del París ocupado, en 1941, ante una exultante Winifred Wagner. Furtwängler es el protagonista de los dos (o tres) fragmentos más relevantes. La tensa, ácida, monumental obertura de Maestros Cantores filmada en 1942 en la fábrica AEG, engalanada para la ocasión con símbolos nazis, es una obra maestra de la estética propagandística: primeros planos, iluminación de los rostros –serios, concentrados en la música, o felices, transportados por ella–, obreros y soldados heridos compartiendo la experiencia, unidos en Wagner y por Alemania. Otro fragmento, polémico, es el final de la Novena de Beethoven del 19 de abril de 1942, víspera del cumpleaños de Hitler. Ya he explicado en otro lugar (4) las circunstancias del concierto, de funestas consecuencias para la imagen exterior de Furtwängler, que dirigió presionado por Goebbels. Aquí puede verse el tan comentado apretón de manos con el Ministro de Propaganda al finalizar el concierto y la gélida mirada del director. Y el célebre pañuelo que Furtwängler extrajo del bolsillo de su pantalón para limpiarse la mano. No acaban aquí las curiosidades. Los créditos del DVD indican que los solistas de esta Novena fueron Tilla Briem, Gertrude Pitzinger, Helge Roswaenge y Rudolf Watzke. Pues no es así. Las imágenes son, en efecto, del 19 de abril, y en ellas se distingue claramente a Erna Berger –si, la Berger, no la Briem– y a Roswaenge. ¡Pero el sonido corresponde a un concierto celebrado un mes antes, el 22 o 24 de marzo, con Tilla Briem, Elisabeth Höngen, Peter Anders y Rudolf Watzke! La Novena del 22 o 24 de marzo de 1942 ha sido publicada por numerosos sellos, legales o corsarios. La del cumpleaños fue la sensación del pasado año, cuando la editó por vez primera Archipel (4). No hay más que oír los apuros de la soprano en el Si 4 de “Flügel weilt” para darse cuenta de que se trata de Briem, y de marzo. El contraste de la dramática lectura furtwängleriana con la visión que del mismo fragmento tenía «Kna», y que se ofrece a continuación, no puede ser más acusado. El hierático «Hans el rubio» desgrana con parsimonia los compases finales, aparentemente ajeno al mensaje de hermandad universal que provocaba convulsiones e inspiraba pensamientos elevados en Furtwängler. La fecha aportada por Bel Canto, 1942, es errónea. Seguramente se trata del concierto del 18 abril de 1943, que se abrió con el Preludio festivo de Richard Strauss. Dije dos o tres. Cierra el DVD un montaje de la época que mezcla imágenes de la visita de Hitler a Bayreuth en 1940 –recibido por Winifred y Wieland– con los instantes finales de una representación de Maestros en el Festival de 1943. Furtwängler y Abendroth se repartieron aquellas funciones, y no se sabe quién de los dos dirige.

Grandes directores del Tercer Reich es un documento audiovisual fascinante, cuyo único defecto es la escasa duración: cincuenta y tres minutos que se pasan en un suspiro.

(1)   El símbolo fue retirado en posteriores ediciones, y tampoco aparece ahora en el DVD. Ha sido sustituido por un retrato de Furtwängler. Sin embargo siguen figurando Hitler y Goebbels en los créditos de la cubierta. ¿Será que venden bien?
(2)   Traducción castellana de Francisco Villalba en http://archivowagner.info/2000fs.html.
(3)   La obertura de Maestros Cantores se oye nada menos que cinco veces en el DVD, dos de ellas completa.
(4)   http://www.diverdi.com/tienda/detalle.aspx?id=14040


LOS MAESTROS CANTORES DE NUREMBERG: «OHNE MEISTER SELIG SEIN?»

 

EUGEN JOCHUM

Hans Hotter (Hans Sachs), Annelies Kupper (Eva), Günther Treptow (Walther von Stolzing), Ruth Michaelis (Magdalene), Paul Kuën (Davis), Benno Kusche (Sixtus Beckmesser), Max Proebstl (Veit Pogner), Egmont Koch (Fritz Kothner). Coro y Orquesta de la Ópera Estatal de Baviera (Prinzregententheater, Munich, 10 de diciembre 1949, V).

4 CDs ADD Walhall WLCD 0132
Distribuidor:

 

Los Maestros Cantores de Nuremberg podrían haberlo sido de Munich, tal es el cariño que la capital bávara siente por la obra de Wagner, que se representa allí todos los años. El Prinzregententheather se inauguró el 20 de agosto de 1901 con Maestros, y el 3 de octubre de 1943 se habría representado de no haber destruido parcialmente las bombas el teatro nacional la víspera. Acabada la guerra, y tras unos años de cuarentena, en 1947 Wagner volvió a programarse en Munich. Los wagnerianos muniqueses ornaron el busto de Wagner con una corona de laurel con una cinta en la que podía leerse: «¡Enhorabuena por tu desnazificación!». Sin embargo, Maestros seguía siendo considerada políticamente incorrecta, y no volvió a verse en Munich hasta el 10 de diciembre de 1949. Este reciente lanzamiento de Walhall nos permite disfrutar de la histórica función, todo un acontecimiento en la vida de la ciudad en plena posguerra.

Se respira un ambiente especial en la velada –probablemente ayudó también “der Kobold”, del que habla Sachs en el monólogo de la Ilusión–, de fiesta, de felicidad por el reencuentro con la obra amada, de orgullo nacional restaurado, no de afirmación patriótica. Es una de esas felices ocasiones en las que todo funciona a la perfección, incluido el público –el pueblo de Munich–, un público que da muestras de entusiasmo al término de los dos primeros actos y estalla en un ensordecedor griterío al final, comenzando a aplaudir mientras cae el telón, sobre los últimos compases. Algunos miembros del reparto parecen crecerse y dar lo mejor de sí mismos. El tosco Günther Treptow, de poderosos medios y sempiterna emisión nasal y estrangulada, canta con musicalidad, lirismo, legato, elegancia y finura, componiendo un Stolzing de muchos quilates. Annelies Kupper, mezzo de origen, poseía un centro oscuro y mate, y carecía del brillo, la luminosidad y el timbre juvenil y encantador que requiere Eva. La voz no contrasta lo suficiente con la de su ama. Gran artista (¡qué espléndido quinteto lidera!), se sobrepone a las limitaciones y compone un personaje plausible. Es exagerado considerar a Max Proebstl el mejor Pogner en disco, como afirma un sector de la crítica francesa. No obstante, sin ser un bajo de altos vuelos, es un orfebre estimable, de voz pastosa, noble, bella y homogénea, algo corto por arriba, que da perfectamente el perfil de hombre de edad respetado en la comunidad. Benno Kusche fue a Beckmesser lo que Gustav Neidlinger a Alberich. Su dominio absoluto del personaje se muestra aquí todavía con toda su frescura y lozanía; aun no había devenido en rutina de lujo. Paul Kuën, encasillado en su insuperable Mime, abandona todo exceso histriónico y canta ¡y cómo! un gran David. La voz no es especialmente hermosa, pero tiene un volumen respetable –de Kuën llegó a decir «Kna» que podía tapar a casi cualquier Siegfried– y su poseedor la maneja con buena técnica. La estrella de la velada fue el gran bajo-barítono Hans Hotter. Aunque en principio el papel del zapatero poeta parecía ideal para sus cualidades, no se encontraba cómodo con una tesitura que consideraba demasiado alta. A lo largo de su dilatada carrera tan solo lo cantó en veinticinco ocasiones. Salvo error, sólo se conservan dos registros completos del Sachs de Hotter, éste y el del Festival de Bayreuth de 1956 (Golden Melodram). En 1949 la voz estaba en mejor estado y la grabación es de superior calidad técnica. Si, por ejemplo, en el “Jerum! Jerum!” son patentes sus dificultades para frasear –la cortedad de fiato le obliga a romper la línea para tomar aliento a mitad de frase–, Hotter dicta inolvidables lecciones de canto en sus monólogos, arropado por un lírico Jochum, que respira con su Sachs y se pliega a él. Cuando la escritura le permite instalarse cómodamente en la zona central del registro, su sabiduría e inteligencia se ponen al servicio de la expresión para redondear un Sachs de gran hondura, matizado hasta el más mínimo detalle (“Was das Eu'r Lied?”). Eficaces Egmont Koch (Kothner) y Ruth Michaelis (Magdalene) y mejorable el coro, con unas sopranos algo chillonas. La notable dirección de Eugen Jochum, liviana, ágil, alegre, es otro de los pilares del éxito de la función. Magnífico concertador, le faltan el sello personal y una mayor incisividad para poder ser elevado a lo más alto. Acompaña primorosamente, logra que nadie se le desmande en la difícil pelea nocturna pero, por ejemplo, el comedido Preludio del tercer acto no termina de levantar el vuelo, y en la tercera escena del mismo acto no explota suficientemente lo cómico de la situación –ese vals que «Kna», seis años después y en el mismo teatro, convirtió en un momento inolvidable–.  Como complemento se ofrecen unos Adioses de Wotan de 1944, con Hotter en un momento dulce y dirección prosaica de Heinrich Hollreiser.


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