Número 196 - Zaragoza - Abril 2017
DISCOS 

EL TRONO DEL TENOR HEROICO

HEPPNER WAGNER

Ben Heppner interpreta fragmentos de Die Walküre, Siegfried y Götterdämmerung.

Con Burkhard Ulrich (Mime)
Staatskapelle Dresde
Director musical:Peter Schneider.

Deutsche Grammophon, 00289 477 6003 DDD

 

            La primera impresión que me asalta en la escucha de este disco es la nueva comprobación de lo absurdo de las modernas técnicas de grabación sonora en estudio. Tal vez bendigamos el día ―EMI ya lo ha dado por llegado― en que se deje de grabar en estudio. Los ingenieros de Deutsche Grammophon han hecho aquí un trabajo de escaso mérito: en lugar de captar la opulencia, el calor natural de la voz de Heppner y el brillo de su timbre, se nos ofrece una representación sonora inusualmente pálida, demasiado trucada, en exceso reverberante y, en conjunto, un tanto vacía. La ingeniería sonora se embelesa en transparencias orquestales, blandura de dinámicas y sonoridades un punto melifluas que recuerdan los absurdos del Anillo de poliuretano de Herbert von Karajan (ya saben a cuál y a qué me refiero). La voz de Ben Heppner, que al natural presenta una enorme riqueza de armónicos y un aterciopelado y cálido brillo, aparece aquí un poco deslustrada, como de metal mal bruñido, que en inglés adjetivaría como hollow (literalmente, “hueca”).

            Aparte de lo seco de la toma sonora y de la dirección rutinaria y aburridilla de Peter Schneider (de quien ya he soltado bastantes pestes en otros lugares sin que haga falta reiterar mi opinión sobre el artista desentendido), este documento es importante en cuanto que presenta los primeros pasos del gran tenor canadiense en el reino del Anillo, en dos personajes que habrá por fuerza de pulir y refinar en lo dramático y en lo vocal con su presentación en los escenarios: aún no ha debutado en ninguno de los dos papeles. Según su web oficial (www.benheppner.com) está previsto su debut en Siegfried bajo la batuta de Sir Simon Rattle en el Festival de Aix-en-Provence en junio de 2008 y su aparición como Sigfrido en el Ocaso en el mismo espacio un año después. De momento sólo ha cantado en vivo el tercer acto de Siegfried (con Levine y la Münchner Philharmoniker, existe CD), y ha rechazado una oferta para cantar el Siegmund de La Walkyria en la Compañía de Ópera de Canadá, porque dice creer que el papel es demasiado grave de tesitura para su voz. Juzgando con el material que se ofrece en el disco que se reseña en los oídos, creo que no se equivoca.

            El disco se abre con el fragmento tan grabado que “Ein Schwert verhieβ mir der Vater”, que incluye los consabidos falsos agudos en “Wälse! Wälse!” ―respectivamente, un Sol bemol 3 y un Sol natural 3, en general no demasiado problemáticos para un tenor―. La voz se muestra algo tremolante, un punto insegura, no sé por qué, incluso mal apoyada e inestable arriba. Un interés por estar conmovedor, por emocionar con cada frase se hace demasiado evidente, como quien quiere aparentar  que domina sin hacerlo los resortes dramáticos del papel. El canto es noble, de todas formas. El fragmento termina con un descenso al grave (“tief in des Busens Berge glimmt nur noch lichtlose Glut”; Do 2 sobre las tres primeras y la última sílaba de la frase) suficiente pero cortito.

            A continuación se ofrece la conspicua canción primaveral, tan sobada por unos y otros, que se me antoja de un lirismo un poco fofo en esta versión, quizá más por la batuta del aquí despreocupadísimo director que por el bello canto de Heppner, que presenta los inconvenientes ya enunciados en la parte de Siegmund. Sigo sin encontrarle cómodo. Ignoro quién es el autor del final de concierto.

            El siguiente fragmento (“Siegmund heiβ' ich, Siegmund bin ich!”) al menos tiene más fuerza, más ímpetu, y Heppner agradece que a la música se le insufle algo más de energía. Eliminando las frases de Sieglinde, cuya ausencia se hace incluso molesta, se avanza hasta el final del acto, que concluye con un pálido “So blühe denn, Wälsungen-Blut!”, con un largo La 3 que se me antoja insuficiente.

            No encontramos lo interesante del disco hasta que comienzan las fraguas y forjas del final del primer acto de Siegfried. Encontramos aquí la voz en una tesitura más cómoda, donde suena más natural, corre con facilidad y resuena en la zona alta ―¿es eso un squillo natural?―. La dirección por fin acompaña casi plenamente y Schneider parece haber solicitado una transfusión de sangre caliente. El ululante (un poco) Mime de Burkhard Ulrich es correcto, sin decir nada propio. A Heppner le encuentro adecuado al talante joven de Siegfried, especialmente en las frases que le dirige a Mime (“¿Qué hace el majadero/allí con el puchero?”, como tradujo Ángel Mayo). El final del acto es extraordinario, con la voz del canadiense resonando en plenitud.

            El plato fuerte sin duda son los liederísticos “murmullos del bosque” (corte 6). Heppner está expresivo, atento a cada frase musical, seguro y confiado. Se hace delicioso seguir su canto en la partitura: respeta cada regulador e indicación dinámica, presenta una afinación rigurosa y no tiene problema alguno con la tirante tesitura. El fragmento enlaza sin solución de continuidad con la última escena de este segundo acto, tras la muerte de Fafner y Mime, desde “Noch einmal, liebes Vöglein”. En virtud de este corte el oyente no ha presenciado el combate con el dragón y no ha tenido ocasión de mojar sus dedos en su sangre; Siegfried entiende el lenguaje de los pájaros pero nosotros no: ¡seguimos escuchando un oboe!

            Para terminar con los fragmentos de Siegfried se ofrece el comienzo de la tercera escena del acto conclusivo, desde “Selige Öde auf wonniger Höh'!”(1) hasta el despertar de la Walkyria. Heppner está aquí maravilloso, mostrando todos los estados de ánimo del joven que descubre el miedo ante la desnudez de la virgen durmiente. Variedad de matices, canto recogido y noble, voz bellísima, lirismo consumado y delicioso.

            Los fragmentos del Ocaso comprenden unos aceptables Viaje de Sigfrido por el Rin y Música fúnebre, y el parlamento final del moribundo Siegfried ―“Brünnhilde, heilige Braut!”― quizá preciosista en exceso, aunque de canto fluido y bello.

            En fin, es este un disco de calidad desigual ―batuta convencional, sonido vacuo, Heppner incómodo con Siegmund pero sobrecogedor como Siegfried―, quizá recomendable tan solo como preludio de lo que llegará. Ben Heppner está llamado a ser el más importante intérprete de la parte del hijo de los wälsungos en esta primera mitad del siglo, y ―tras la pesadilla última de los Jung, Schmidt o Franz― quizá la voz más bella y redonda que lo haya servido desde el olímpico Lauritz Melchior. Aunque es bien cierto que le queda un largo camino por recorrer, si finalmente la sólida promesa de este álbum se hace material no creo equivocado el vaticinio.

Post script

En la página web de Heppner he leído una encendida defensa de este disco, comparando el canto efusivo y natural del canadiense con el pretendidamente anquilosado y torpe de Plácido Domingo en el último y excelente Parsifal grabado en la Ópera de Viena bajo la dirección de Christian Thielemann, que Deutsche Grammophon acaba de comercializar. Frente a los prodigios que se loan ―algunos merecidos, otros no tanto― en dicha página se enumeran las desgracias de la voz de Domingo, a la que se tacha de seca, concediéndole sin embargo la virtud de la longevidad canora. No es ésta la reseña para defender ese Parsifal ―todo se andará―, pero parte de la crítica es injusta. Pasando por alto la falta de elegancia, sin venir mucho a cuento, de poner a caldo a un tenor cuando se habla de otro, evidentemente la correspondencia está errada desde su base: no se puede comparar a un experto en repertorio alemán como Ben Heppner, que es el mejor Tristán desde Wolfgang Windgassen (2), con su excelente dicción, depurado estilo y plenitud de facultades (cincuenta años recién cumplidos), con Plácido Domingo, ya en el ocaso de su carrera (sesenta y cinco años, cantando en un tiempo de prórroga regalado por la naturaleza) y siendo un tenor que en lo alemán se encuentra fuera de su espectro ―por mucho que sus múltiples hagiógrafos se empeñen en lo contrario―.


(1) En otras ediciones “sonniger”, como en este disco; ‘soleada' en vez de ‘deliciosa'.
(2) No me lo ha contado nadie. En abril de 2003 pude verle en Berlín, en el Festival de Pascua, frente a Waltraud Meier y con Daniel Barenboim, y doy fe que es absolutamente magnífico en la parte.