Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
DISCOS 

GRAN PARSIFAL

Richard Wagner, Parsifal

Falk Struckmann (Amfortas), Ain Anger (Titurel), Franz-Josef Selig (Gurnemanz), Plácido Domingo (Parsifal), Wolfgang Bankl (Klingsor), Waltraud Meier (Kundry).

Coro y Orquesta de la Ópera Estatal de Viena.
Director del coro: Ernst Dunshirn.
Director musical: Christian Thielemann.

Registro en vivo a partir de varias funciones en la Ópera Estatal de Viena, en junio de 2005.

Deutsche Grammophon, 00289 477 6006
ESTÉREO

4 CDs + Libro (en inglés, francés y alemán; 124 páginas con fotografías en blanco y negro, libreto y comentarios).

 

Siguiendo la estela del excelente Tristan und Isolde vienés que la ÖRF grabara en mayo de 2003 y que comercializara Deutsche Grammophon (1), el sello amarillo continúa la edición de obras de Wagner registradas bajo dirección musical de Christian Thielemann. Este Parsifal, loado por los asistentes al evento, el grueso de la crítica (2) y por los que pudieron escucharlo por radio, resulta ―digámoslo de entrada― grandioso.

Desde el punto de vista puramente orquestal, Thielemann y la Filarmónica de Viena (escondida bajo su nombre de foso) componen una labor sobresaliente: control de dinámicas, texturas sedosas y opulentas, color que se me antoja violáceo, tornasolado, mórbido, casi camerístico en algunos momentos, tempi en general solemnes pero no pesantes, soberbia conciencia teatral y precisa evolución dramática. Thielemann dirige con grandísimo cuidado en la articulación del discurso musical, acompaña con mimo infinito a los cantantes y cuida de no abusar de sus peculiaridades ―hay quien diría ‘arbitrariedades'― en el rubato (apropiados ritardandi; emplea con mucho tiento las consabidas pausas dramáticas, tan de su gusto (3). Hay momentos verdaderamente apabullantes en la grabación; y como ejemplo de lo monumental del tinglado, escúchese toda la progresión desde el comienzo de la transformación escénica del tercer acto hasta la intervención de Amfortas, con esa música funeraria que casi nos deja sin aliento y nos sobrecoge hasta las lágrimas. Thielemann consigue, de nuevo, ser absolutamente personal y fiel a sí mismo sin traicionar el poso interpretativo heredado de Furtwängler o Knappertsbusch (4). Y es ese rasgo personal, esa subjetividad romántica, unida a un profundo conocimiento técnico y una ya larga experiencia artística, lo que de verdad hace al maestro berlinés lo que es hoy: el mayor director musical wagneriano que pisa un foso en nuestro tiempo.

El coro es igualmente magnífico y la grabación digital nos presenta ambos, coro y orquesta, con una pureza sonora encomiable, imposible de encontrar en una grabación de estudio hoy en día: quizá los técnicos de la radio tengan una visión más razonable de lo que la ingeniería sonora debe hacer con una partitura de semejante envergadura que sus colegas de los estudios. Así mismo, los planos sonoros prescritos para Parsifal están excelentemente diferenciados en sus distancias relativas, y los elementos orquestal y vocal no prevalecen uno sobre el otro.

El reparto es homogéneo y de gran calidad, con las muy notables intervenciones de Franz-Josef Selig y Plácido Domingo, y la estelar de una Waltraud Meier en su papel predilecto, presentando una visión madura y compleja del personaje más enigmático de la obra wagneriana.

Selig, sin poseer una voz imponente o una presencia dramática incontestable, compone un Gurnemanz muy bien cantado, sin dificultades en el registro agudo ―donde le percibí más problemas en vivo, si bien en otros papeles―, ayudado evidentemente por la tecnología. Su voz es sólida, muy bien timbrada y de potencia considerable, aunque no gigante, y quizá el canto en general sea un punto melifluo y dulzarrón.

Plácido Domingo, tras su asombrosa intervención en el Parsifal barcelonés de febrero de 2005 (5), unos meses antes de esta toma, apareció en Viena en plenitud de facultades (en su sorprendente estado vocal actual, cumplidos ya los sesenta y cinco) y compuso un Parsifal realmente muy bueno, incluso en lo dramático. Bien, su alemán no es el de mis sueños; ¡claro! Ablanda consonantes, renuncia a pronunciar todas las letras, se pelea con el texto y éste finalmente le derrota: pero se nota un cuidado, una labor detrás, un empeño por comprenderlo, por articularlo lo mejor de lo que es capaz. Domingo tiene otras muchas virtudes, pero la facilidad con los idiomas no es una de ellas: incluso su inglés, tras haber residido durante años en los Estados Unidos, es paupérrimo, y sólo su italiano y su español amejicanado se salvan de la crítica. Pero en este caso se nota el esfuerzo y se agradece. Parece ser que estudió en profundidad el papel con Thielemann unos meses antes de las funciones vienesas, y todos nos hemos beneficiado de ese esmero. Exhibe una estupenda mezza di voce ―puedo dar fe que no se trata de un truco tecnológico―, insólita e ignota en nuestro compatriota, el eterno mezzoforte, y realmente compone unos deliciosos “Encantamientos de Viernes Santo” y un final (“Nur eine Waffe taugt―”) ciertamente bueno. En conjunto, un más que notable Parsifal.

El alemán Falk Struckmann, reciente Wotan en Bayreuth con el mismo Thielemann, posee una característica voz tosca y áspera, con demasiado vibrato, si bien de gran potencia, que no acaba de ser de mi gusto. En cualquier caso compone un doliente Amfortas, quizá demasiado histriónico pero de gran fuerza, algo corto en el agudo ―el sol 3 le cuesta un potosí―, y al que tal vez se le eche en falta más legato en el canto.

La perla del reparto, como decía, es la profunda, monumental, desgarrada, crepuscular Kundry de la Meier, que con los años pierde estabilidad y volumen en la voz, pero gana en trascendencia dramática, en una aproximación muy moderna y madura al personaje. No encontrará aquí el discófilo la resplandeciente voz de otras grabaciones ya añejas (los Parsifales de Levine en CD y vídeo, por ejemplo), y quizá note que llega un poco corta, apurada, al final del segundo acto y que hay notas en las que llega con el fiato un tanto corto, o agudos que parecen demasiado tirantes. Es bien cierto. Pero por contra los hallazgos dramáticos son incontables y comentarlos todos en profundidad en el papel es gastar tinta y caer en la hagiografía: digamos sólo que Waltraud Meier es la mejor Kundry desde la difunta Martha Mödl. Y eso es decir mucho.

Del resto del reparto no destaca la intervención del insuficiente Wolfgang Bankl, bastante insustancial desde todo punto de vista, que sin embargo no empaña el comienzo del segundo acto debido a la espeluznante presencia de Meier. Las muchachas flor están un poco destempladas, pero cuáles no lo están. El resto de comprimarios, entre caballeros y escuderos, y el Titurel de Ain Anger, no dicen nada de particular y cumplen con discreción.

Así pues es este Parsifal una nueva referencia imprescindible por su enorme calidad artística, magnificencia sonora (quizá el Parsifal moderno recomendable de mejor sonido desde el radiofónico de Kubelik de los ochenta), y por ser el testimonio de la relevancia de la era que hoy vivimos, en la que Wagner se puede representar casi a la altura que merece, con unos repartos que si bien no son en conjunto como los de antaño ―¡eso es tan difícil!―, sí pueden aunar un número muy considerable de talentos vocales. Considerémonos afortunados de poder presenciar este nuevo renacimiento wagneriano, donde cada teatro pugna por montar sus diversos Wagner lo mejor posible y cada vez con mayor frecuencia e inversión económica y artística, y por reunir repartos y directores de enorme talla, naturalmente cada vez mejor preparados. Yo en esto soy optimista.

 

(1) Véase la reseña que entonces se publicó en Wagnermanía, titulada “Vino joven”.
(2) Se puede encontrar una selección de recortes de prensa sobre estas funciones vienesas en el siguiente enlace
También puede visitarse la estupenda página web oficial del disco, de las que hemos tomado las imágenes que acompañan esta reseña
(3) Por ejemplo, tras el grito de Kundry “und ― lachte!” en el segundo acto, Thielemann introduce una interminable y ominosa pausa de trece segundos.
(4) Como guiño a la tradición, parece ser que se incluyó en el programa de mano una nota de Thielemann pidiendo que se respetara la costumbre de no aplaudir al finalizar el acto primero, como se hace (o hacía en tiempos; ahora siempre hay quien mete la pata) en Bayreuth.
(5) Para más información, puede el lector consultar el “postoperatorio” que escribí entonces en Wagnermanía.

© José Alberto Pérez