Número 164. Zaragoza - Agosto 2014
INTERPRETES 

ASTRID VARNAY: TRIBUTO A LA INALCANZABLE (y II)
 

Como adelantamos el mes pasado, este mes de febrero dedicamos la sección “Intérpretes” a la segunda parte del estudio que estábamos haciendo de Astrid Varnay.Nos ocuparemos de estudiar su característica voz, así como su estilo, sus cualidades interpretativas y los personajes wagnerianos que interpretó. 

Caracterizaremos en primer lugar sus cualidades vocales. Su voz era, en principio, de un color oscuro, con un centro de gran belleza y una zona grave amplia y potente, que asentaría y daría cuerpo con la edad, lo que le permitiría, avanzada su carrera, cantar papeles de mezzosoprano. Cabe destacar también la calidez de la voz, con una textura como de “madera”, si se me permite la expresión. La zona aguda era, así mismo, soberbia, con facilidad para ascender hasta el extremo de la tesitura (los Do sobreagudos de Isolde y Brünnhilde, por ejemplo) sin mayores complicaciones. Claro que su facilidad en el registro agudo empezó a decaer a principios-mediados de los años 60, lo que sin duda se debió a la cantidad enorme de representaciones que cantó en un repertorio tan extenuante como el de soprano dramática desde el inicio de su carrera en 1941.

Se la suele comparar negativamente con Birgit Nilsson, quien poseía, como es bien sabido, un registro agudo verdaderamente indestructible. No lo veo, sin embargo, justo. Hay que tener en cuenta que, pese a tener la misma edad (se llevan pocas semanas), Varnay debutó a los 23 años, mientras que Nilsson no había concluido aún sus estudios. La primera había cantado mucho ya cuando la carrera de la segunda no había apenas comenzado a despuntar, por lo que el ocaso vocal de ambas voces no coinciden: Varnay empezó su declive a principios de los 60 mientras que Nilsson continuó en buena forma durante los años 70 (por tanto, la plenitud vocal de la Varnay y de la Nilsson se separan unos 10 años). También debemos tener en cuenta que Varnay inició una “Segunda Carrera” tras retirarse como soprano dramática y Nilsson simplemente se retiró.

También se la suele comparar negativamente frente a la más grande de las sopranos wagnerianas de todos los tiempos, Kirsten Flagstad. Eso no es del todo aceptable. Si bien Varnay nunca poseyó la belleza vocal apabullante de la noruega, ésta jamás supo desenvolverse en escena tan bien como la primera, que era una actriz de primer orden. Pero la voz de la Varnay tenía la calidad suficiente y sobrada para igualar a Flagstad e incluso superarla, como es el caso, en mi modesta opinión, de su Brünnhilde. Tal vez Flagstad sea la reina de las Isoldes, pero Varnay es entonces la reina de las Brünnhildes.

A veces he visto destacar en alguna publicación un aparente defecto de la voz de la Varnay: al iniciar una frase, la voz fluctuaba, como insegura, para afianzarse en seguida. Yo no lo veo como un defecto, sino como una cualidad más del estilo tan característico y personal de la húngara-sueca-americana.

Por último, es imprescindible citar una característica fundamental de la voz de Varnay: sus legendarios reguladores. Era capaz de pasar del piano al fortísimo haciendo crecer gradualmente el volumen de la voz. De esto volveremos a hablar cuando comentemos su Brünnhilde.

En el curso de su muy amplia carrera abordó todos los papeles wagnerianos para soprano: desde Eva a Brünnhilde, desde Senta a Kundry. A partir de este punto, voy a hacer un comentario breve de las virtudes de cada rol wagneriano que abordó, dando las pertinentes indicaciones discográficas disponibles en soporte compacto.

 
Astrid Varnay en la producción de Der Fliegende Holländer de Bayreuth en 1955.

 

Primeramente hablaremos de su Senta en Der Fliegende Holländer, todo un prodigio de interpretación. Cuenta Varnay en su autobiografía que éste fue el personaje que más le costó aprender (recordemos que había memorizado completamente el resto de su repertorio en tan sólo 18 meses). Afirmo, sin temor a equivocarme, que la Senta de Varnay quedará como la más esencial de las interpretaciones del papel a lo largo de la historia del canto wagneriano. Su concepción es total: desde el lirismo soñador de la Balada a la entrega total de la mujer por la salvación del condenado Holandés. La recomendación discográfica aquí no podría ser otra que el “Holandés” de Hans Knappertsbusch grabado en el Festival de Bayreuth en 1955 –con un reparto modélico: Uhde, Weber, Windgassen, Traxel y Schärtel- (excelente edición en el sello Golden Melodram).

 

En Tannhäuser cantó en la misma época (años 40) la Elisabeth y la Venus. Ambas son muy interesantes (quizá más la Venus), pero no tienen la enorme calidad de otras encarnaciones wagnerianas. La referencia discográfica es sencilla: su Venus se puede escuchar en una grabación del Met del año 1948 (con Stiedry dirigiendo a Melchior, Traubel y Janssen) en el sello Myto. No tengo en este momento conocimiento de alguna grabación de su Elisabeth (sin embargo, existe una grabación de estudio con el “Dich teure Halle!”).

 


Como Ortrud en la producción de Lohengrin de Bayreuth en 1953.

En Lohengrin encontramos una de las encarnaciones de más calidad de Varnay , el personaje de Ortrud. Pero vamos por partes. Cantó Elsa en los años 40, pero por supuesto no llega a la calidad estratosférica de su Ortrud (pese a todo ahí va la obligada referencia discográfica: grabación del Met de 1943 -Leinsdorf dirige a Melchior y Thorborg, entre otros – se puede encontrar una nueva reedición en el sello económico Arkadia). Vayamos con su Ortrud, que constituye, según ella misma comenta en sus memorias,

“Pienso que el personaje que mejor ha definido mi contribución a la escena operística ha sido Ortrud. O- ¿fue Elektra?”

Realmente su Elektra merecería un largo comentario aparte, porque su interpretación era absolutamente genial.

Volviendo a Ortrud, su concepción del personaje, como ella misma dice, sufrió transformaciones a lo largo del tiempo, debidas a la variedad de directores de escena con los que trabajó, con lo que enriqueció tremendamente su interpretación. Varnay como Ortrud es esa bruja pagana de sangre aristocrática, heredera de la tradición de sus antepasados, negada y ultrajada ahora por el nuevo régimen monoteísta imperante. Impone su voluntad a su marido por su total superioridad intelectual y maneja el mundo que la rodea con todos los medios a su alcance con tal de alcanzar sus objetivos. Recomendaría al lector que escuchase su “Entweihte Götter!” en el segundo acto, todo un prodigio de buen hacer wagneriano.

Habría ahora que discutir cuál de todos los registros discográficos existentes de su Ortrud es el más recomendable. Descartaré los de los años 60, porque en ellos no se puede apreciar totalmente la gran calidad de la Ortrud de Varnay, debido al declive vocal. De los 50, destacaría dos grabaciones de años sucesivos, 1953 y 1954, en el Festival de Bayreuth. La primera está dirigida por Josef Keilberth (grabación legal en el sello Teldec) y la segunda por Eugen Jochum (edición “privada” en Golden Melodram). Los repartos tienen dos elementos comunes: Wolfgang Windgassen es Lohengrin y Hermann Uhde es Telramund. Si bien, el registro de 1954 tiene el atractivo adicional de la rara Elsa de Birgit Nilsson (sin duda peor que la de la dulce Eleanor Steber de 1953) y el pletórico Heraldo de un jovencísimo Dietrich Fischer-Dieskau (mucho mejor que Hans Braun en el 53), es preferible el Rey Heinrich de Josef Greindl (1953) al del joven Theo Adam (1954). De todas formas creo que está mejor cantado en lo que respecta a la pareja de “villanos”, y me parece la Ortrud más recomendable de Astrid Varnay.

Astrid Varnay y Ramón Vinay en los ensayos de la producción de Tristan und Isolde en Bayreuth en 1952 o 53.

Le toca el turno ahora a Isolde. Siempre se dice que Varnay compuso como nadie la Isolde “vengativa” y despechada del primer acto (al menos eso afirmaba Wieland Wagner), pero lo cierto es que toda su interpretación es interesantísima. Los matices que logra extraer del personaje son riquísimos, culminando con una Liebestod sobrecogedora. Tal vez no llega a la calidad máxima de una Kirsten Flagstad o incluso de una Birgit Nilsson (esto último es muy discutible), pero me parece absolutamente magnífica.

La referencia discográfica casi única es el “Tristán” de Eugen Jochum en Bayreuth de 1953, con el chileno Ramón Vinay como Tristán, el inmenso Ludwig Weber como Marke, Ira Malaniuk como Brangäne y Gustav Neidlinger como Kurwenal. También es destacable un disco, hoy inencontrable, de la Deutsche Grammophon, que contiene unos registros de estudio de fragmentos de la obra (Narración de Isolde, parte del dúo de amor y la Liebestod) cantados por Wolfgang Windgassen y Astrid Varnay, y acompañados por Hertha Töpper (Brangäne) y Leopold Ludwig a la batuta.

De la rarísima Eva de Varnay no conservamos absolutamente nada. La dejó de cantar muy pronto, y supongo que tendría el mismo interés anecdótico de su Elsa y su Elisabeth.

Llegamos ahora al plato fuerte: Brünnhilde. Personalmente considero la Brünnhilde de Astrid Varnay como la mejor cantada e interpretada de cuantas están recogidas en disco. Muchos no estarán de acuerdo en absoluto conmigo, y dirán que Birgit Nilsson es mejor y todo el repertorio de razones que se suele oír en estos casos. Mi respuesta simpre es clara: Nilsson al lado de Varnay es un témpano. De acuerdo que los agudos maravillosos de Nilsson son insuperables y que tenía una resistencia a prueba de bombas, pero cantar Brünnhilde no sólo es eso. Es además sentir el personaje, comunicar emociones... Pues bien, aquí la calidez de la voz de Varnay y sus dotes interpretativas la hace triunfar sobre todas.

Y volvemos aquí al tema de los reguladores. Recomiendo al lector que escuche una momento concreto del tercer acto de La Walkyria: el final de frase “ihm innig vertraut”. En la “a” de “vertraut”, la voz comienza a abrirse, a extenderse en volumen hasta el infinito. Un momento realmente emocionante. En ese mismo acto, destaco también la frase “War es so schmählich”, en la que se puede escuchar una muestra de sus apabullantes dotes de actriz (he llegado a leer algún artículo en el que un crítico juzgaba esta frase como sobreactuación; nada más lejos de la realidad).

Las referencias discográficas se hacen aquí abundantísimas y difíciles de seleccionar. Si tuviera que recomendar una grabación del ciclo completo, es evidente que mi elección sería el Anillo de Hans Knappertsbusch en Bayreuth de 1956 (magnífica edición en Golden Melodram en 14 discos). Ahí se recoge lo mejor de su Brünnhilde, en la plenitud total de su carrera.

Recomendaría también como documento histórico el Götterdämmerung grabado en la reapertura del Festival de Bayreuth en 1951, dirigido por “Kna” (registro esperadísimo que finalmente vimos editado “por lo legal” en el sello británico Testament).

Además es inmensamente recomendable el tercer acto de La Walkyria grabado en Bayreuth en 1951, dirigido por Karajan con Sigurd Björling (Wotan), Leonie Rysanek (Sieglinde) y Varnay.

También es destacable su Sieglinde, su primer papel cantado en escena (o casi: cuando era muy jovencita cantó en una función de Il Trovatore de Verdi el papel mínimo de Inés). Se recomienda el registro existente del día de su debut en 1941, que ha sido editado por el sello Myto.


Astrid Varnay como Kundry.

Y llegamos por fin al último personaje femenino de la dramaturgia  wagneriana: Kundry. Aquí existe un problema discográfico. Poseemos una grabación de Parsifal del año 1954 del Met, dirigida por Fritz Stiedry y con un reparto de lujo: London, Hotter, Svanholm y Varnay. El sonido es terrible para la época en la que fue grabada la función, y la edición en CD muy difícil de encontrar (hace un tiempo salió en un sello llamado Adonis; no sé si se debe a un error, pero en mi copia no incluyeron notas explicativas, ni una lista de los “tracks” de los discos). El sello Golden Melodram anunció hace poco que tiene previsto editar el registro de Bayreuth de 1966, dirigido por Pierre Boulez con Varnay, Sandor Konya, Greindl, Thomas Stewart y Neidlinger, pero no sé hasta qué punto es interesante (personalmente el Wagner de Boulez me parece aburridísimo). El golpe de efecto nos lo daría Golden Melodram si se decidiera a sacar el Parsifal de Bayreuth de 1957, con Knappertsbusch y Varnay. De momento, seguiremos soñando despiertos.

La interpretación, al menos lo que saco en claro del Parsifal de Stiedry, es en sí muy buena. Varnay compone una Kundry muy interesante, comparable a la de Martha Mödl (quizá la más maravillosa Kundry en disco).

Con esto terminamos el estudio dedicado durante dos meses a Astrid Varnay. Tal vez me haya excedido en las recomendaciones discográficas, pero es que merece la pena conocer y amar la voz de una de las últimas grandes sopranos dramáticas que ha visto el mundo. Claro que sólo he hablado de sus personajes wagnerianos (hubiera sido enormemente interesante explicar sus logros en las óperas de Richard Strauss o incluso en óperas italianas –su extraordinaria Lady Macbeth, por ejemplo- pero al fin y al cabo esta publicación está dedicada, para bien o para mal, enteramente a Wagner).

Astrid Varnay, un temperamento dramático único, caracterizada como Elektra.