Número 202 - Zaragoza - Octubre 2017
IN FERNEM LAND... 

EL OCASO DE LOS HÉROES
 

Retumbó al caer, y las armas resonaron sobre su propio cuerpo.
Homero. Ilíada.


Las sirenas del Rhin. A. Pinkham Ryder

            En el  escenario de la Colina Verde acaba el segundo Acto del Ocaso de los dioses. El destino del héroe está marcado: Siegfried falle!, ¡caiga Siegfried!, por haber traicionado a Brünnhilde, por romper el pacto con Gunther, por que vuelva el anillo al príncipe de los Nibelungos: Expiación, Venganza, Servidumbre y, como fondo extraño y disonante, cánticos de cortejo nupcial.          

            El telón del Tercer Acto se abre frente a  un valle salvaje de bosques y rocas junto al Rin, que corre por una escarpada pendiente. Sus hijas, las ondinas, nadan en círculo, como danzando. Cuando el héroe se acerca a ellas, le reclaman, pícaras, el Anillo. Su negativa las volverá graves por un momento. Sólo por un momento. Saben que, muy pronto, la joya maldita les será devuelta.

Ninfas en el Danubio

            El canto XXV del Nibelungenlied: “De cómo los Nibelungos fueron al país de los hunos”, nos presenta el referenre literario del encuentro de Siegfried con las Hijas del Rin en el Ocaso de los dioses. Lo curioso es que, en el poema austriaco, se trata del Danubio y es el caballero Hagen de Trónege el que las descubre.

Hagen y las ninfas del Danubio. Fussli.

Después de muerto Sigfrid, le es entregado a su mujer, Kriemhild, el Tesoro de los Nibelungos, tan magnífico que, aunque con él se comprara el mundo entero, no se vería mermado en una onza. La reina empieza a repartirlo con una generosidad que hace que Hagen, temeroso de que así gane muchos vasallos, se lo arrebate y, en connivencia con Gunther, lo arroje al Rin. Termina, de esta manera, la primera parte del cantar.

En la segunda, trece años después de estos últimos acontecimientos, Etzel (Atila) el rey de los hunos, pide la mano de Kriemhild que, gracias a esta nueva boda, ve la ocasión de vengar a Sigfrid. Pasados otros trece años, ésta invita a sus hermanos a la capital de su reino. Hagen intuye que es una trampa e intenta disuadirlos de semejante viaje, pero no lo consigue y parte junto a ellos. Es entonces, camino del territorio huno, cuando los reyes burgundios (desde ahora, y ya hasta el final del poema, llamados nibelungos) y sus tropas se encuentran ante la ancha y fortísima corriente de un Danubio, desbordado, que hace imposible el avance de sus huestes. Cuando Hagen recorre la orilla del río, buscando un barquero que pudiera pasarlos al otro lado, descubre a unas ondinas que allí se bañaban. Al ver al intruso, intentan huir, pero el caballero, previamente, se había apoderado de sus ropas. A cambio de éstas, una de las sirenas, Hadeburg, le predice que, en tierra de humos, todo será honor y gloria para los nibelungos. Pero, ya recuperadas las magníficas vestimentas, otra (que curiosamente se llama Siglinde), desvela la verdad: que allí serán traicionados y hallarán la muerte.

Kriemhild muestra a Hagen la cabeza de Gunther. Fussli

Hagen no se arredra ante el vaticinio, volviendo a hacer gala de lo que tantas veces hemos definido como heroicidad germánica, y no intenta esquivar el cumplimiento de su destino. Aunque, después de profetizar la ondina que sólo se salvará de esta expedición el capellán del rey, el héroe lo tire por la borda; éste al ver que el clérigo, que no sabía nadar, consigue llegar a la otra orilla, acepta lo que irremediablemente ha de suceder y participa activamente en su trágico fin haciendo pedazos la nave, que habría de devolverle a su tierra, y arrojándola a la tumultuosa corriente. Ya en territorio  huno, se suceden las provocaciones y las escaramuzas, hasta el sitio de la sala-refugio de los nibelungos y su matanza. La sed de los guerreros llegó a ser tan grande que bebían la sangre de sus muertos.

Cuando sólo quedan con vida Gunther y Hagen, Kriemhild les pregunta dónde se encuentra el tesoro, pero Hagen responde que no desvelará el secreto mientras viva su rey. Entonces, la mujer de Etzel hace matar a su hermano y, sujetando su cabeza por el cabello, se la presenta al héroe. Observándola, éste se jacta de que sólo Dios y él saben ahora el lugar del tesoro. Con la espada de Sigfrid, Kriemhild le siega el cuello, y uno de sus propios caballeros, horrorizado, allí mismo acaba con la vida de la reina.

No puedo referir qué pasó después. Caballeros, mujeres y nobles escuderos lloraron a sus queridos amigos muertos. Aquí termina la gesta: éste fue el desastre de los Nibelungos.

            Acabamos de ver que mientras que en las versiones escandinavas, de las Eddas y la Völsunga Saga, los ciclos del final de los burgundios y la muerte de Atli se centran en la venganza de Gúdrun por el asesinato de sus hermanos; el mismo personaje, Kriemhild, en el Nibelungenlied venga la muerte de su esposo, como si en el ánimo del juglar creador del cantar de gesta hubiera prevalecido más el vínculo cristiano del matrimonio que el pagano de la sangre.

El hijo de un elfo

Alberich y Hagen. A. Rackham.

            Así mismo, este encuentro del caballero Hagen con las ninfas del Danubio puede tener su referente en antiguas leyendas orales germánicas recopiladas, también durante el siglo XIII, en la islandesa Thidrek Saga (saga de Teodorico de Berna), que recoge material mítico desconocido en otras obras, como ya vimos (El lenguaje de los pájaros). Aquí, Högni (el Hagen escandinavo) encuentra a dos ondinas que le predicen que, en su viaje hasta el reino de los hunos, los niflungar (nibelungos) lograrán cruzar el río ilesos, pero ninguno de ellos volverá vivo a su patria. Ante tan siniestras predicciones, Högni mata a las sirenas, lo que no le impide, seguidamente, enfrentar con valentía su destino.

            Pero, lo que más llama la atención de la Thidrek Saga a un wagneriano es descubrir que, según esta versión, el padre de Gúnnar y Gudrún es el rey Aldrian (Aldrian se llama también el padre de Hagen de Trónege en el Nibelungenlied, como recuerda la ondina Siglinde), pero que Hagen no es hijo suyo sino de un elfo que, una noche, sedujo a la reina en el jardín de palacio. De ahí su aspecto diferente del de sus hermanastros: una tez muy pálida y una expresión aterradora. Casi no hace falta comentar que el Hagen del Anillo del Nibelungo es hijo de Alberich, el Alfo Negro, como lo definirá Wagner; y que, entre elfos y alfos, en la tradición germanoescandinava, hay una gran confusión (en Nacht und Nebel vimos que, en su Edda, Snorri llama Alfos Negros precisamente a los enanos). Por lo tanto, en la Thidrek Saga encontramos una clara solución al problema de paternidad que, respecto a este personaje (o mejor, a su hermano Góttorm que, a veces, se confunde con él) planteaban las Eddas y, asimismo, nos descubre el referente mítico de la paternidad que le atribuye Richard Wagner en su Tetralogía. Por lo demás, el desenlace de la saga es muy similar al del Nibelungenlied.

            Los hechos que los antiguos poemas nos acaban de relatar son cronológicamente posteriores a la muerte de Sígurd/Sigfrido; mientras que, en la Tercera Jornada del Anillo del Nibelungo, el encuentro del héroe con las Hijas del Rin, es, siguiendo la lógica de la narración, inmediatamente anterior a su muerte. Volvamos, pues, a ella.

Una hoja de tilo

            Ya en La estirpe de Gibich vimos cómo nos presentaban los textos escandinavos la muerte del héroe: a diferencia de los germánicos (probablemente anteriores, pero sólo en lo que se refiere a la tradición oral), era asesinado en su propia cama mientras dormía y no en el bosque, lo que ocurrirá tanto en la Thidrek Saga como en el Nibelungenlied y en el Ocaso de los dioses. 

La muerte de Siegfried. A. Rackham. La muerte de Siegfried. A. Kampf

 

El funeral de Siegfried. F. Leeke

La semi-invulnerabilidad del héroe, de la que hace gala el Sigfrid del poema cortés y el del Anillo del Nibelungo puede ser un tema inspirado en la tradición griega, ya que no lo encontramos ni en las Eddas, ni en la Völsunga, ni en la Thidrek Saga. Recordemos que el cuerpo de Aquiles (el más grande de los héroes griegos como lo es Sigfrido de los germanos) es invulnerable salvo en su talón, por el que le tenía cogido su madre, la diosa Tetis, al sumergirlo en las aguas mágicas de la Laguna Estigia. Pues bien, según el Nibelungenlied, el cuerpo de Sigfrid también es invulnerable, ya que al matar a Fafner, la sangre milagrosa del dragón, que cubrió al héroe de arriba a abajo, le preservó de cualquier herida, salvo en una parte de su espalda en la que cayó una gran hoja de tilo. Cuando Hagen se dispone a vengar a la reina Brünhild, con engaños, hace confesar a Kriemhild cuál es el lugar exacto en el que cayó la hoja del tilo y es allí donde clava el hierro de su lanza, en el momento en el que Sigfrid, durante una cacería, se inclina sobre una fuente para beber.

En la Thidrek Saga, como acabamos de indicar, no hay invulnerabilidad, pero sí cacería, como en el Ocaso de los dioses. El texto islandés nos relata que Högni invita a Sígurd a una batida de caza y que, antes, ha dado orden al cocinero de que, en el desayuno, le sea servida una carne muy salada. Enseguida, el héroe empieza a padecer de sed y, en el momento en el que se inclina para beber de una fuente, Högni lo mata por la espalda. Cuando Gudrún descubre el cadáver de su esposo y le dicen que su muerte se debe al ataque de un verraco, asiente mirando a Högni, que no desvía la mirada.

            En El Ocaso de los dioses, será Brünnhilde la que descubra a Hagen que sólo la espalda de Siegfried es vulnerable ya que fue ella misma la que, con sus artes mágicas, protegió su cuerpo, salvo en el lugar en  el que un héroe sin miedo jamás mostraría al enemigo. Y, naturalmente, es ahí en donde Hagen hunde la lanza en el momento en el que, de nuevo, un filtro, hace que Siegfried recuerde a Brünnhilde.

            Cae la noche. Desde el Rin, se ha levantado una niebla que tapa la luna e invade, poco a poco, el escenario. Los hombres alzan, en solemne cortejo, el cadáver de Siegfried.

 

Bibliografía

Cantar de los Nibelungos; Madrid, Cátedra, 1998.
Edda Mayor; Madrid, Alianza Editorial, 2000.
Saga de los Volsungos; Madrid, Gredos, 1998.
Sturluson, S.; Edda Menor. Madrid, Alianza Editorial, 2000.
Wagner, R.; El ocaso de los dioses. Madrid, Turner Música, 1986.
Sobre la Thidrek Saga: http://www.xs4all.nl/~ppk/nibelung/sum.htm