Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
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POSTOPERATORIO: SIGFRIDO EN EL TEATRO REAL

"Sigfrido" de clara con limón

Stig Fogh Andersen (Siegfried), Wolfgang Ablinger-Sperrhacke (Mime), Alan Titus (El Caminante), Hartmut Welker (Alberich), Jyrki Korhonen (Fafner), Hanna Schwarz (Erda) y Luana De Vol (Brünnhilde). Director Musical: Peter Schneider. Director de escena: Willy Decker. Escenógrafo: Wolfgang Gussmann. Figurinista: Wolfgang Gussmann, Frauke Schernau. Teatro Real de Madrid. 2, 5, 8, 11, 14, 17, 20 y 23 de diciembre de 2003.

Después de la representación de “El Oro del Rin” en junio de 2002 y “La Walkyria” en mayo de 2003, la Tetralogía del Teatro Real llega ahora a la segunda jornada, “Siegfried”.

El elenco vocal, aunque claramente insuficiente, no carece de cierta homogeneidad. Si exceptuamos ese horror artístico que es Luana DeVol, el reparto roza lo aceptable. Pero vamos por partes.

El Siegfried de Stig Andersen es quizá demasiado ligero, de poco calibre. Posee una voz de cierta belleza que controla con oficio, y sabe dosificar las fuerzas para no llegar rendido al devastador diálogo con Brünnhilde. Maneja la vocalidad alemana con facilidad y tiene estilo claramente wagneriano. Su punto débil está en su escasa presencia dramática, alarmante en una obra como ésta en la que es protagonista absoluto. No es el peor Siegfried que he oído, sin embargo.

Wolfgang Ablinger-Sperrhacke es un buen Mime. La voz tiene un timbre brillante muy apropiado para el papel, que interpreta con soltura y estilo.

Alan Titus logra aquí componer un personaje creíble, vivo, aunque no llega a superarse a sí mismo como el Wotan de “La Walkyria”, que es más adecuado para su voz: la de un barítono de centro ancho, no un barítono-bajo. Y ese es quizá el problema: carece casi completamente de graves. Wotan, desde el punto de vista estrictamente vocal, evoluciona desde el barítono heroico del “Oro”, pasando por el barítono-bajo puro de “Walkyria”, hacia una vocalidad prácticamente de bajo en “Siegfried”. Se le pueden poner otras pegas como su excesiva nasalización de la voz o su estilo un tanto personal de declamar el texto, como resultado de su visión particular del dios. Pero estamos ante un profesional más que solvente, y un gran artista.

El Alberich de Hartmut Welker es el ya conocido. La voz es muy grande, de timbre algo desagradable, y está ya bastante avejentada, lo que conlleva el inevitable vibrato. Dramáticamente funciona, porque este señor tiene muchas tablas, aunque a mí personalmente no me ha gustado nunca (ya le he visto el Klingsor y el Alberich del “Oro” en el Real, y le he escuchado en Bayreuth).

El Fafner de Jyrki Korhonen es poderoso gracias a la megafonía, aquí justificada por la intención de Wagner que pedía amplificación de la voz mediante una bocina (lo disponible entonces). Cuando Siegfried mata al dragón, aparece la figura del gigante, que canta ya sin trucos y deja patente que su voz es pequeña y poco importante (aunque asombrosamente parecida en timbre a la del gran Matti Salminen; los parecidos terminan ahí). El personaje está suficientemente conseguido.

Hanna Schwarz es grande. De eso no cabe duda, y su carrera ha sido larga y exitosa. Ahora está ya mayor, aunque nos deja vislumbrar lo que fueron las grandes voces de otros tiempos. El color de su voz, ya la de una contralto auténtica, es muy oscuro y rico en matices, aunque sus desgastados músculos no alcancen ahora a controlarla completamente. Además, el infame director de escena comete aquí un crimen haciendo que Erda cante tumbada boca abajo, oprimiendo el diafragma de la artista e introduciendo problemas añadidos a la ardua tarea de cantar.

El pájaro del bosque es más bien el “cóndor gigante del bosque”. Sí, la voz de Olatz Saitúa está tan amplificada por la megafonía, que Siegfried parece estar susurrando. Curioso.

Sólo queda hablar de Luana DeVol. Como predije en mi crítica tras “La Walkyria”, esta señora está muy por debajo de las exigencias del titánico papel de la hija de Wotan. Su voz tiene un trémolo insoportable. No es capaz de emitir una sola nota musical afinada, sino que se limita a oscilar alrededor de lo escrito en la partitura. Es agotador escucharla. Y uno sufre cuando todas esas bellas frases son pronunciadas sin el más mínimo cuidado. Penoso. Lo peor de todo: tener que soportar a esta verdadera grulla en el “Ocaso”, donde, además, tiene un papel mucho más largo.

Hablando de la propuesta escénica de Willy Decker diré que en mi opinión es bastante desastrosa. No me resulta atractiva ni siquiera plásticamente. Se repiten motivos de las obras anteriores, como las dichosas butacas (sillas verdes esta vez, que Siegfried arroja con vehemencia estrepitosa) y el velo de Erda. En una obra tan rica en objetos-motivo como el “Anillo”, donde éstos tienen tanta variedad e importancia, ¿qué necesidad hay de insertar otro más no previsto por Wagner? Claro que el respeto a esa estructura motívica es inexistente en esta producción, donde, como en “El Oro de Rin”, todos los personajes, incluidos Alberich y los gigantes allí, o Siegfried y Mime en este caso, manejan a sus anchas la lanza de Wotan, signo intransferible de la voluntad del dios.

El primer acto se desarrolla en un claustrofóbico espacio acotado por planos inclinados de color verde (al menos el señor Decker acierta en el color del bosque germánico), y lleno de las mencionadas sillas que yacen unas sobre otras, desordenadamente, por el suelo. Unas pizarras negras se hacen visibles por allí, con algunas reacciones químicas escritas (la formación de sulfato de hierro, por ejemplo). Siegfried entra portando un irrisorio oso de peluche de tamaño reducido. La forja es de pesadilla.

El segundo acto ocurre en un espacio escénico aproximadamente igual al del acto anterior. La caverna de Fafner es un guiñol cubierto con un telón pintado con árboles de comic, donde además aparece el pájaro del bosque, una suerte de imagen especular absurda del héroe de esta historia, en forma de niño. La aparición del dragón está bien conseguida dentro del desastre general, apareciendo pintado en múltiples pizarras oscuras luminescentes.

La primera escena del tercer acto es quizá lo mejor de toda esta horrenda producción, logrando una imagen plásticamente atractiva. Erda yace en el suelo cubierta por el conocido velo extendido sobre su cuerpo. Una esfera blanca, a imagen de la que aparecía en el final de “La Walkyria”, figura la roca donde duerme Brünnhilde. Ya en la escena final, vemos el escenario transformado en un espacio cúbico cubierto de cielo azul y nubes algodonosas. Brünnhilde está cubierta por un abrigo (supuestamente la coraza) y un sombrero idéntico al que lleva el Viandante (el yelmo, supongo).

Créanme que no merece la pena que entre en más detalles sobre el escenario. Era fea de ver e inútil.

Sobre la orquesta sólo caben, desafortunadamente, malos comentarios. Peter Schneider repite su aburridísima dirección musical, llena de rutina y desgana, y los profesores de la Sinfónica de Madrid deberían ensayar un poco más para no pifiar tan estrepitosamente (los metales son peores que los de una banda militar). He leído otras críticas más benevolentes, pero el día que yo asistí al “Siegfried” del Real, aquello fue un desastre. Una pena.

Con este reparto, que realmente sólo falla –y de qué manera-- en la señora DeVol, se podría haber logrado un mejor resultado con una orquesta más acertada y/o un director realmente solvente, y seguramente utilizando una producción escénica más normal (ya no digo buena, con que sea discreta me conformo). Me temo que, con los medios disponibles, el “Ocaso”, que es una obra más compleja y difícil, tanto teatral como musicalmente, se hundirá en el Real como una barca de papel en una tempestad tropical. Y si no, al tiempo.

No me resisto a hacer unos cuantos comentarios al libro editado por el Teatro Real para estas funciones de “Siegfried”. La traducción textual de Miguel Sáenz, profesional de enorme prestigio como filólogo alemán --factor de traducciones tan importantes como la magnífica versión castellana de “La historia interminable” de Michael Ende, de la edición del teatro completo de Bertolt Brecht en Alianza y, muy recientemente, de la edición crítica completa de los relatos de Franz Kafka en Galaxia Gutenberg--, es mejor que las anteriores, ya que se incluyen ahora las imprescindibles acotaciones escénicas originales, omitidas en las dos jornadas precedentes para enfado de los wagnerianos de bien. Sin embargo, no creo equivocarme si digo que no llega a la cima que supone la traducción de nuestro querido y recordado Ángel-Fernando Mayo, que es en muchos aspectos superior, por profundidad y voluntad de adecuación del texto castellano al estilo y estructura originales de Wagner.

El resto del libro-programa es, como la gran mayoría de los publicados por el Teatro Real, bastante mediocre. No me gusta el artículo de Antonio Muñoz Molina titulado “El linaje de Siegfried”, en el que habla de la obsesión –real, sí, y documentada-- de Hitler por los héroes wagnerianos, y donde, describiendo la intensa relación entre las figuras de poder del nazismo con los descendientes de Richard Wagner, traza un dudoso paralelismo entre la historia alemana de esa época y el argumento de las obras wagnerianas. No me esperaba esto de una figura tan prestigiosa dentro de nuestro panorama literario actual.

La selección discográfica es claramente insuficiente, olvidándose el “Siegfried” más paradigmático e inolvidable, el de Bayreuth de 1956 con Knappertsbusch, con unos Windgassen y Varnay que no son de este mundo. Al menos no está comentada, porque a lo mejor nos descubrían, como ocurrió en el “Tristán” de 1999, que Lauritz Melchior era un Siegfried de segunda que hubiera mejorado mucho si hubiera conocido a Daniel Barenboim (¡qué cruz!).

Para acabar, una perla extraída de este infame libro, que hará retumbar de rabia (o de risa, si tienen buen sentido del humor) los oidos de los wagnerianos más fieles. El extracto a continuación viene de la sección “Lecturas” del citado libro, bajo el título “Sigfrido ¿bisexual?” de un tal Adolfo Planet, a quien no tengo el placer de conocer, y que comenta el momento en el que Siegfried, al cortar la coraza que protege a la Walkyria dormida, descubre que ésta no es un guerrero sino una frágil mujer:

“El bisexual Sigfrido (aún recientes sus experiencias adolescentes con otros muchachos) ya se ha enamorado a primera vista del que cree un hombre. (...) Podemos asegurar que Sigfrido la hubiera besado de igual modo si se hubiera tratado realmente de un hombre, o, al menos, así lo indican el espíritu de la música y la intención de las palabras de Sigfrido. En cualquier caso, el camino que conduce al Walhalla, la morada de los dioses (final de El oro del Rin), es un arco iris...”

¿A que es cómico? Siegfried se ha criado con la única compañía de Mime, por lo que no sé de dónde se saca esta persona que se ha criado con otros muchachos. El resto del comentario es simple desconocimiento, mala baba y dedicarse a marear la perdiz. Lo de la alusión a la bandera homosexual es sólo ridículo. Es como cuando Harry Kupfer nos quiso hacer creer que Tristán e Isolda estaban inmersos en una oscura relación homoerótica con los otros personajes, relegando esa gran historia de amor eterno entre Él y Ella, hombre y mujer, a un segundo plano.

Como diría mi admirado Arturo Pérez-Reverte, ganas de joder la marrana.

José Alberto Pérez

Enero 2004