Número 204 - Zaragoza - Diciembre 2017
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postoperatorio: El holandÉs errante en el teatro real

Hans-Peter König / Eric Halfvarson (Daland), Anja Kampe / Elisabethe Matos (Senta), Endrik Wottrich / Stephen Gould (Erik), Nadine Weissmann (Mary), Vicente Ombuena (Timonel), Johan Reuter / Egils Silins (Holandés), Jesús López Cobos (Director musical), Àlex Rigola (Director de escena). Teatro Real de Madrid. 12 a 28 de enero de 2010

Con este Holländer se despeía como director wagneriano el maestro zamorano del Real. No es el de Toro desconocedor de este repertorio sino todo lo contrario. Recordemos su larga experiencia, una década, como director de la Deutsche Staatasoper de Berlin y que tuvo el honor de dirigir el estreno de El Anillo del Nibelungo en Japón. En el Teatro Real ha dirigido las tres óperas románticas y Tristan. Probablemente este Holandés ha sido su prestación más baja en este repertorio. Un Lohengrin muy sólido y convincente, un Tristan más que notable y un Tannhäuser desigual han dado paso a un maldito de los mares donde el maestro ha naufragado (nunca mejor dicho) estrepitosamente. Desde la desigual obertura con sus más y sus menos López Cobos se empleó con profesionalidad lo mismo que la aseada orquesta pero el conjunto resultó aburrido a más no poder y la prueba era la reacción del público al final, deseando salir de allí después de dos horas seguidas, con aplausos breves y para nada entusiastas. No deja de resultar sorprendente que un teatro que hace dos años pudo ofrecer un Tristan más que notable haya fracasado con un título teóricamente más fácil de montar.

Se dice que se ha empleado la versión original de la obra, pero me temo que no ha sido así. Ciertamente, tanto al final de la obertura como de la ópera no aparecía el tema de Senta transfigurado por Tristan, sino que se concluye con el tema del holandés en fortissimo, pero no tengo claro para nada después de escuchar lo ofrecido que se haya recuperado la orquestación original de toda la ópera.

Como es de sobras sabido el montaje de Rigola trae la acción de la obra a nuestros días. No se trata del debate de actualizar o no las óperas. La última producción exhibida en Bayreuth, debida a Klaus Guth, es un fascinante estudio psicológico del personaje de Senta y de su identificación del padre con la figura del Holandés.  Aquí sí hay una verdadera actualización trabajada tanto en lo puramente escénico como en lo interpretativo y lo dramatúrgico. Lo de Rigola se queda pura y llanamente en tierra de nadie. Probablemente (así puede deducirse de sus declaraciones) hay buena voluntad e incluso simpatía en las intenciones del regista pero los hechos decepcionan por completo. Lo único positivo que puede decirse de au aproximación es la constante presencia del mar en los tres actos. El planteamiento del primero es interesante. Enmarcado como una película en cinemascope estamos en la cubierta de lo que podría ser el barco de Daland hoy. La aparición del buque fantasma es ingeniosa, tapando por completo el mar de derecha a izquierda, pero en absoluto provoca misterio y menos aún terror. Decepciona totalmente el  monólogo del holandés. Este canta su parte desde el proscenio como se hacía antaño con las arias, por completo aislado del escenario previo. Así cerrará también el acto con el coro de marineros. De nuevo absoluta pobreza de ideas y probablemente también deseo de conectar con no sé qué tradición, con la que el productor dice no querer romper.

El segundo acto es la ruina total de este desdichado montaje. Una vez más, traer la acción a nuestros días no es ni bueno ni malo en sí. La cuestión es qué hacemos a partir de ahí. La máquina expendedora de refrescos, la fábrica de conservas, la aparición de las conserveras (por hilanderas)  como cigarreras en Carmen…Todo esto es simplemente irrelevante. Con decir que al señor Rigola no se le ocurre otra cosa para crear un ambiente de misterio durante la balada que apagar la luz (literalmente) creo que basta para describir la intranscendencia (en todos los sentidos) de esta producción inútil.

En el tercer acto (para no abandonar lo que ahora se lleva) se aprovecha básicamente el escenario del segundo  introduciendo la imagen de una ola que se repite una y otra vez hasta resultar agobiante, así como unas imágenes de mujeres desquiciadas tras las cristaleras que antes daban al mar que a unos parecen rameras y a otros proyecciones del averno.

Los dos barítonos (eso exactamente, no otra cosa) cantaron con gusto, buena técnica, intención, expresividad, conocimiento del papel. Numerosas virtudes sin duda. Pero ni uno ni otro poseen  para nada el instrumento que demanda el Holandés. En principio Hans Peter König parecía partir con ventaja para Daland sobre Erich Halfvarson pero al final no ha resultado tan claro. El primero tiene la voz más fresca pero no termina de redondear el agudo y le falta. Halfvarson exhibe más vibrato pero canta con más intención.

Las dos sopranos exhiben defectos y carencias. Si la Kampe tiene más estilo wagneriano sus agudos suenan demasiado abiertos y la Matos se dejó la piel en su interpretación y exhibió un enorme instrumento que lució en sus espléndidos agudos, pero yo eché a faltar una mayor interiorización en la balada. Pasaje en que, por cierto, ambas dos se mostraron absolutamente incapaces de hacer una auténtica media voz.

Es difícil decir cual de los dos tenores era más espantoso. Que un cantante tan deficiente como Gould haya pasado como un Siegfried aceptable es prueba suficiente de lo desorientada que está la crítica a la hora de juzgar una voz, pero Erik pide otra cosa en todos los sentidos. Si en la escena con Senta en el segundo acto los dos podían dar algo el pego donde muestran sin remisión su espantosa línea de canto (por llamarlo de alguna manera) es en la breve pero bella cavatina, que resultó directamente insoportable en la garganta -nunca mejor dicho- de ambos.

Vicente Ombuena mostró los restos de lo que debió ser un bello instrumento, ahora totalmente invadido por el tremolo. Cumplidora la Mary.

El nuevo coro no hizo añorar al antiguo y se mostró entregado y profesional, aunque con desajustes. Es inútil comparar con lo se oye en centroeuropa. Esto es lo que tenemos aquí y punto.

Una pareja sentada detrás mío soltó la carcajada cuando Senta se suicidaba (aquí era eso lo que ocurría y nada más). Complementando esto, recuerdo una conversación de Luis Suñén en su programa semanal en Radio Clásica con la actual Ministra de Cultura (no lo era entonces), Ángeles González-Sinde. Suñén le preguntó acerca de la actual moda de los directores de cine que se ponen a escenificar óperas y ella reflexionó sobre lo complejo del tema, concluyendo, (cito lógicamente de memoria), que se le ocurría el caso de Wagner. La música está muy bien, decía, pero los argumentos son absolutamente increíbles, no se sostienen por ninguna parte, no soportarían un análisis para un guión. Después de escuchar esto pensé que la buena señora probablemente habría disfrutado del Ring de Willy Decker en el Real o de espectáculos como este desdichado Holandés de Rigola. Parece que lo se consigue con las genialidades de algunos es justamente lo contrario de lo que dicen pretender: volver el objeto sobre el que trabajan absolutamente ininteligible y ajeno a nuestra sensibilidad.

© César Andrade

febrero 2010