Número 200 - Zaragoza - Agosto 2017
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POSTOPERATORIO: EL ANILLO DEL NIBELUNGO EN EL TEATRO REAL

Anillo de oro chapado

Tras tres temporadas consecutivas, la producción de El Anillo del Nibelungo en el Teatro Real ha llegado a su fin. El telón ha caído sobre la ruina de los dioses y amanece un mundo nuevo, sin demasiadas expectativas esperanzadoras –al menos no artísticas–.

Como ya he dicho en anteriores ocasiones, el Anillo es una de las cumbres de la cultura occidental, una de las obras de arte de mayores dimensiones que nunca ha llevado a término un solo artista. Su duración completa  –unas quince horas de música–, su complejidad argumenta e interpretativa, sus enormes exigencias técnicas, convierten a esta Tetralogía en la prueba definitiva para evaluar la solvencia de un teatro lírico.

En conjunto no podemos hablar de resultados satisfactorios, aunque indudablemente ha habido participaciones y detalles interesantes. Sin duda la jornada con más relevancia fue La Walkyria, pasando por un insulso Sigfrido, un Oro del Rin decepcionante y un Ocaso de los dioses para olvidar.

Desde el punto de vista estrictamente vocal, este Anillo ha tenido, en general, cantantes rondando la mediocridad. Exceptuando los casos que nombraré inmediatamente, el nivel vocal ha sido bastante bajo.

Primeramente hay que resaltar la meritoria actuación del estadounidense Alan Titus, que con sus poderosos medios vocales y su evidente profesionalidad, compuso un Wotan para guardar en la memoria. De sus deficiencias ya he hablado mucho en otros artículos. Sí, su voz es excesivamente nasal, su emisión no es del todo limpia, su zona grave es muy limitada y sus formas expresivas son, digamos, peculiares. Pero todo esto queda ensombrecido por la honestidad de un gran artista, que ha sabido en unos años colocarse en la primera fila de la maltrecha comunidad de cantantes wagnerianos, convirtiéndose en el único Wotan presentable que podemos hoy encontrar.

En el Oro disfrutamos de algunas figuras dignas de mención. El bajo danés Stephen Milling fue toda una sorpresa, saliendo del virtual anonimato para componer un imponente Fasolt. La moscovita Elena Zaremba, una de esas voces rotundas y oscuras que sigue produciendo la mejor tradición rusa, fue una Fricka soberbia. Como Erda tuvimos la ocasión de ver, seguramente, una de las últimas apariciones de Hanna Schwarz en escena, que a pesar de sus muchos años y una inestabilidad evidente en la voz, logró revivir magníficamente el papel de la Madre Tierra, confirmando su puesto como leyenda del canto de los últimos decenios.

Tal vez convenga recordar también a Hartmut Welker con su Alberich profesional, pero cantado con esa voz destemplada y ajada, que a mí, sinceramente, no me gusta.

En Walkyria pudimos ver a la gran Waltraud Meier en uno de sus papeles más queridos, Sieglinde, demostrando todo de lo que es capaz esta leyenda nacida en Würzburg. Si bien su voz no ha sido nunca especialmente bella, una técnica impecable y unas monumentales dotes histriónicas le han convertido en la mejor artista de su generación, la digna heredera de esa gran trágica que fue Martha Mödl.

Nuestro compatriota Plácido Domingo, como tal vez era previsible, vino, vio y venció. A mí –lo he dicho en múltiples ocasiones– nunca me ha gustado en el repertorio alemán. Fue un gran Cavaradossi o Canio, incluso un buen Otello, pero saliendo del gran repertorio tradicional italiano, naufraga estrepitosamente a la hora de afrontar la sutileza y la sobriedad que requieren otro tipo de obras. Uno de sus puntos débiles es, sin duda, el manejo de cualquier idioma distinto del español y del italiano –sólo hay que escucharle expresarse en un deplorable inglés o cantar en un alemán lleno de faltas para darse cuenta de ello–. Si la voz sigue teniendo un timbre bello, y el color oscuro que los años han producido tiene cierto atractivo, sus graves son falsos y engolados, y los escasos agudos a los que se enfrenta –en Walkyria no es que sean muchos que digamos– le ponen nervioso y le salen o no, dependiendo del día.

Ljoba Braun fue una Fricka notable, que no sobresaliente, aunque sus problemas son más de materia prima que de escuela o experiencia: su volumen vocal es alarmantemente escaso, y no siempre está acertada como actriz.

Ya en Ocaso nos encontramos con el imponente Eric Halfvarson, que como ya dije fue casi lo único salvable de aquel reparto, junto a la Primera Norna de Elena Zhidkova.

Frente a la irrelevancia de nombrar a otros participantes, creo obligado recordar a Luana DeVol, una de las peores voces que he oído en mi vida, que incomprensiblemente sigue siendo contratada en todos los teatros del mundo como primera figura. Sin ir más lejos, presentada ya la temporada próxima del Teatro Real, sabemos que vendrá a cobrar su sueldo como la Tintorera –no puedo decir cantar o interpretar– en la producción que el año que viene veremos de La mujer sin sombra straussiana, en lo que será el estreno –casi 100 años después de su composición– de la obra en Madrid.

Sobre la dirección musical de Peter Schneider no tengo mucho que añadir. Sólo espero no tener que verle mucho más. Venir a Madrid de vacaciones cobrando un sueldo debe de estar bastante bien, sobre todo si lo único que tiene que hacer uno es asistir a una serie de representaciones desde el privilegiado puesto del director de orquesta y ver cómo los músicos –la desacertadísima Sinfónica de Madrid– se aburren a sí mismos tocando una música en la que se te supone experto. Como ya dije, confirmación para la masa ignorante de que Wagner es en realidad un tostón.

De Willy Decker juro haber visto buenas cosas. Recuerdo su prodigioso Peter Grimes en el Real –producción del teatro de La Monnaie– o un grandioso Billy Budd en el Liceu. La escenografía casi cubista de Peter Grimes, que resolvía con imaginación los retos técnicos propuestos por Benjamin Britten y su libretista Montagu Slater, ha sido un éxito mundial, y será llevada este año a la Royal Opera House de Londres, con un reparto de ensueño encabezado por Ben Heppner –que, estoy seguro, llegará a las mismas cotas sublimes que su predecesor en el papel: Jon Vickers–. Su producción de Billy Budd entra dentro de la línea, podríamos decir, clásica, respetando los vestuarios originales de la Marina británica y con unos decorados, si no espectaculares, sí cumpliendo su función.

No entiendo cómo un hombre de teatro como Decker ha sido capaz de tomar una obra tan dramática como el Anillo y convertirla en una farsa. Una verdadera pena.

Para más detalles sobre cada una de las jornadas individuales me remito a lo dicho en “postoperatorios” anteriores.

¿Cuándo volveremos a ver un Anillo en Madrid? Atendiendo a la rumorología a la que es tan proclive el ambiente operístico, existiría el proyecto de reponer esta misma producción en algún momento, en los próximos años. No sé qué hay de cierto en ello; la temporada próxima ya se ha presentado y nada se dice sobre el particular. Sí que veremos un Lohengrin con Peter Seiffert y Waltraud Meier, aunque como ya anuncié en otro artículo, no habrá Festival de Verano con Barenboim, por decisión de los nuevos responsables de la Comunidad de Madrid, que juzgan demasiado caro el importar una compañía de ópera completa, aunque traigan espectáculos de un nivel muy alto –casi lo mejor que hemos visto por aquí–.

Sin embargo, el final de este Anillo ha quedado irremisiblemente empañado por los trágicos sucesos que vivimos hace unas semanas en esta ciudad. Madrid se levantó el 11 de marzo con el horror metido en los huesos, impactado y sin ánimos de seguir adelante. Se les arrebató la vida a 200 personas inocentes que iban a trabajar por la mañana: una mañana cualquiera, una mañana de jueves como cualquier otra. Les tocó por azar: cualquiera podía haber ido en esos trenes.

Tras la conmoción vino la respuesta, la ejemplar respuesta de todo el pueblo de España, puesto en pie en desafío a los que quieren arruinar lo que entre todos y con esfuerzo hemos conseguido construir. Las manifestaciones emocionadas por las calles de todas nuestras ciudades y pueblos, la serenidad frente a la rabia de todas nuestras gentes, la lección democrática que todos dictamos en esas elecciones generales.

Que el teatro, la música, esta ópera nuestra que nos hace vibrar y emocionarnos, o a veces perder los nervios, la palabra y la melodía... el Arte, en definitiva, nos sirvan a todos para encontrar el camino de ese nuevo mundo esperanzador del que se nos muestran los primeros acordes al caer el telón sobre El ocaso de los dioses.

© José Alberto Pérez

Abril 2004