Número 195 - Zaragoza - Marzo 2017
NOTICIAS 



 Guía Bayreuth
 Nuevo
 Biografía
 Bayreuth
 Encuestas
 Libros
 Postoperatorios
 Trauermusik
 Premios
 Discografía
 Óperas y Dramas
 Efemérides
 In fernem Land...
 Intérpretes
 Leitmotivaciones
 Discos
 Entrevistas
 Wagnermaps
 WagnerStrasse
 La Risa de Kundry
 Incuestionables
 Menciones
 Acerca de...

 

TRISTAN UND ISOLDE EN BERLIN

HABEMUS TRISTÁN!

Berlín, Lunes 21 de Abril de 2003. Staatsoper Unter den Linden. R. Wagner: Tristán e Isolda. Dirección escénica de Harry Kupfer; escenografía de Hans Schavernoch, con figurines de Buki Shiff. Ben Heppner (Tristán); Kwangchul Youn (Rey Marke); Waltraud Meier (Isolda); Andreas Schmidt (Kurwenal); Reiner Goldberg (Melot); Resemarie Lang (Brangäne); Stephan Rügamer (Un pastor); Klaus Häger (Un timonel); Dietmar Kerschbaum (Voz de un joven marinero). Coro de la Deutsche Staatsoper Berlin (Director: Eberhard Friedrich). Staatskapelle Berlin. Daniel Barenboim, director musical.

 

Esta función de Tristán e Isolda cerró con brillantez el Festival de Pascua 2003 de la Staatsoper Unter den Linden, que además ofreció una controvertida Traviata con dirección escénica de Peter Mussbach, tres conciertos de la Orquesta Sinfónica de Chicago y un recital de Ben Heppner. A excepción del recital, los conciertos y las veladas operísticas fueron dirigidas por Daniel Barenboim, director musical de la Staatsoper y protagonista absoluto del Festival.

La  producción de Harry Kupfer, tercera suya de Tristán, después de las realizadas para los teatros de Dresde (1975) y Mannheim (1983), visitó el Teatro Real de Madrid el año 2000 con motivo del primer Festival de Verano pocos meses después de su estreno berlinés. La escena está dominada por una gran figura femenina alada, de gran belleza, con rostro y codos semienterrados en gesto de dolor. En el foro hay un cementerio, en una de cuyas tumbas está inscrita la palabra alemana “Ehre” (honor), concepto central en la visión que Kupfer tiene de la historia: el código de honor, las convenciones y dogmas sociales hacen imposible el amor de Tristán e Isolda, que abrazan la muerte renunciando a encontrar una solución. La presión social se simboliza en los ropajes victorianos de riguroso negro de los cortesanos de Marke, figuras que irrumpen en el fondo del escenario acompañando las apariciones del Rey, permaneciendo inmóviles y ajenos a la escena, como al acecho.

La figura alada (¿ángel caído? ¿Ícaro?) girando sobre una plataforma y ofreciendo distintas perspectivas, es barco, jardín, acantilado…La cambiante iluminación evita la sensación de monotonía que puede invadir al espectador al estar viendo todo el tiempo el mismo decorado, creando sugestivos ambientes y sirviendo asimismo para diferenciar los tres actos del drama. El primer acto es blanco, sol intenso durante la travesía a Cornualles; negro cuando Tristán e Isolda beben el filtro y se sumergen en su mundo,  aislados de todo. El segundo acto es azul, la noche. En el tercero la luz vira del blanco al negro pasando por morado, rojo y breves instantes de azul.

 

A mi modo de ver, el único inconveniente grave de esta producción es lo azaroso de las evoluciones de los cantantes sobre la gran figura. Andreas Schmidt se mueve con  soltura y trepa con relativa facilidad, pero Heppner estaba a veces preocupado por ver dónde le llevaría el siguiente paso, buscando terreno firme, y aunque la línea de canto en ningún momento se vio afectada, los gestos de inseguridad y las miradas al suelo no se corresponden con el carácter del drama.

Había gran interés por ver en escena al nuevo Heppner. Alejado de los escenarios durante catorce meses por motivos de salud, y con muchos kilos menos (algunas fuentes hablan de cuarenta), se había presentado en Febrero pasado en el Metropolitan de Nueva York como Eneas, en Los Troyanos de Hector Berlioz. En Berlín el 13 de Abril cantó Tristán e Isolda, función que no presencié, y el 16 dio un recital en la Staatsoper, con un variado programa: el Liederkreis Op. 39 de Robert Schumann, y canciones de Henry Duparc y Francesco Paolo Tosti. La voz sigue siendo de gran belleza, con un registro agudo rutilante y volumen notable, si bien en las medias voces y al apianar acusó ligeros problemas de inestabilidad en la emisión y falta de apoyo. Salí del recital con una grata impresión, pero dudando de las posibilidades de Heppner como Tristán, un rol extenuante. Recordaba aún su hundimiento en 1999 en el MET. Afortunadamente mis dudas eran  infundadas, y en la función de Tristán e Isolda el tenor canadiense estuvo inconmensurable. Timbre idóneo para el papel, técnicamente perfecto, sin atisbo de los problemas que mencionaba unas líneas más arriba, en ningún momento mostró síntomas de fatiga. Cantó con gran riqueza de matices y fuerza expresiva: cada frase de Heppner fue un espectáculo. Tendría que remontarme a Lauritz Melchior para encontrar un Tristán tan convincente. Además, Heppner se reveló como un excelente actor. Sin duda los kilos perdidos le permiten una mayor facilidad de movimiento. Una interpretación para el recuerdo.

Hoy por hoy, no hay otra Isolda que Waltraud Meier, una cantante para ver, más que para escuchar. La voz, que nunca ha sido especialmente bella, muestra fisuras. Agudos tirantes, cuando los da, por encima del Si b, unidos a un cada vez más perceptible vibrato caprino: una vibración del sonido de periodo muy breve y de corta extensión tonal. De los dos temidos Do5, el primero lo caló, y el segundo ni lo intentó. Estos detalles de la voz pasan a un segundo plano cuando la tienes delante. Sale a escena y no puedes mirar a ninguna otra parte: sólo importa ELLA. Celebras sus frases antológicas y disculpas los sonidos menos hermosos. Eso es ser una artista, una personalidad, un personaje. Y Meier es todo esto en grado superlativo. Si este Tristán es inolvidable es por la confluencia en escena de un tenor en estado de gracia que da vida a Tristán como pocos antes de él e Isolda misma en la carne mortal de la menuda soprano de Würzburg.

Los restantes papeles fueron encomendados a miembros de la compañía de la Staatsoper Unter den Linden. Andreas Schmidt, antaño buen cantante, ya dio muestras de deterioro vocal en su primera visita al Teatro Real en 2000, en la que también hizo de Kurwenal. En la actualidad su voz es una ruina completa, especialmente por encima del Mi 3. Sus intervenciones resultaban molestas, una tortura para los oídos. Otro tanto puede decirse del Melot  del veterano Reiner Goldberg, que alterna secundarios con  Tannhäuser en Berlín.

Kwangchul Youn fue un Marke neutro, correcto en lo vocal pero falto de presencia. En esta misma producción he podido ver a Matti Salminen y a René Pape haciendo de Marke, ambos poseedores de voces privilegiadas y figuras imponentes en escena. El timbre de Youn es noble, la técnica no es mala, pero con su fraseo lineal y  distanciamiento expresivo no saca suficiente partido del intenso monólogo. La Brangäne de Rosemarie Lang se mueve igualmente en el terreno de la mera corrección. En su voz la advertencia a los amantes del Segundo Acto suena demasiado terrenal, contrastando con tan etérea música.

Daniel Barenboim, que el Jueves 17 dirigió una excepcional Cuarta de Bruckner en la Philharmonie y el Domingo 20 una Traviata vulgar, volvió a demostrar que ama y conoce como nadie hoy Tristán e Isolda, obra con la que debutó en el Festival de Bayreuth en 1982. Dirigió sin partitura y obtuvo de la Staatskapelle un rendimiento y un sonido que nada tenían que ver con el grueso Verdi del día anterior. La seca acústica de la sala contribuyó a que, musicalmente, este Tristán no me impresionara tanto como hace tres años, cuando la misma orquesta y director lo interpretaron en el Teatro Real de Madrid. En el Preludio, o durante la advertencia de Brangäne, en el Real podías sentir las oleadas sonoras alcanzándote, envolviéndote cálidamente. En la sala de la Staatsoper unter den Linden los sonidos eran más precisos, más directos, menos etéreos. Hubo algún desajuste con los cantantes, algún fallo estrepitoso como la entrada de las trompetas fuera de escena al final del Primer Acto, meras anécdotas que no emborronan una memorable velada, coronada por una intensa y emotiva muerte de amor con una transfigurada Meier y un inspirado Barenboim, a la que siguió la única respuesta posible ante lo que se acababa de oír, un interminable silencio, paulatinamente roto por el entusiasmo desbordado del público.

Miguel A. González Barrio

 

Mayo 2003