Número 204 - Zaragoza - Diciembre 2017
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POSTOPERATORIO: EL ANILLO DEL MET

El Anillo de Otto Schenk

Tuve la oportunidad de ver El Caballero de la Rosa en la Opera de Munich en la navidad de 1977. La impresión que me causó la producción de Otto Schenk fue de las que perduran en la memoria. Lo más impactante es que había visto varias veces el video de la producción dirigida musicalmente por Carlos Kleiber, pero como (casi) siempre ocurre en vivo, la realidad superó todo lo previsto. Aquella producción, que hasta la fecha no editada en DVD, quedó en su momento relegada por la que la misma pareja, Kleiber/Schenk, hizo para la Opera de Viena en 1994, que se repone prácticamente todos los años, y que sí ha sido pasada a DVD.

Por ello, cuando el año pasado me llegó la temporada del MET y vi que iba a haber tres ciclos del Anillo, pensé en no desaprovechar una ocasión que se me ofrecía idónea para mi estreno en dicho teatro. Para acabar de dar el empujón definitivo, se podía compaginar con una representación de la Rusalka de Antonin Dvorak, cantada por Renée Fleming, Dolora Zajic, y Willard White entre otros dirigida musicalmente por Andrew Davis, y escénicamente por... Otto Schenk. Como siempre en el MET, el elenco vocal en conjunto es posiblemente igualable pero difícilmente superable, por lo que tras conseguir las entradas vía internet en el mes de enero, el pasado domingo 25 de abril salí para la capital económica del mundo.

La expectación creada por este Anillo ha sido tal que las entradas a una media de 3 veces su precio habitual (vendido como contribución a la causa del MET) se agotaron en el mes de febrero. Aunque asistí al segundo ciclo, fue el primero que se podía ver en una semana (de lunes a sábado) ya que el primero se había hecho en varias funciones sueltas en los meses de marzo y abril. Por tanto no es de extrañar que la representación internacional fuera bastante amplia, encontrándonos con aficionados de diversos países europeos, sudamericanos, y los inevitables japoneses, en un ambiente bastante festivo.

Antes de entrar al MET, varios amigos “veteranos” me habían prevenido sobre la acústica del teatro más grande del mundo. Para los que no lo conozcan, baste decir que el patio de butacas tiene aproximadamente las mismas entradas que todo el Teatro Real. En él, las voces suenan algo distantes, aunque como luego comentaré, cuando hay una voz de primer nivel en el escenario, este inconveniente se desvanece.

Como sucedió en el Caballero de la Rosa de Munich, había visto esta producción tanto en video en su día como actualmente en DVD, por lo que no se puede decir que me fuera desconocida. Al igual que me pasó allí, la realidad superó a todo lo visto en el video. Y es que si este Anillo tiene bastante interés en general, la producción es realmente memorable. Desde la primera escena de las hijas del Rin con Alberich en el Oro, hasta el derrumbe del Walhalla en el Ocaso, no hay escena que no tenga todo su sentido. En ningún momento tienes la sensación de que te estén tomando el pelo. Ni hay sillas simulando un río, ni rectángulos proyectados simulando círculos de fuego, ni osos de peluche para Sigfrido, ni Walhallas que parezcan comprados en IKEA. Es una producción tremendamente real que puede asustar a los partidarios de producciones más simbólicas o a los que piensan que no tiene sentido escenificar las obras de la misma manera durante siglos. Pero la verdad es que en los últimos años hemos pasado al otro lado de la balanza, con producciones que no solo te impiden seguir la obra de una manera correcta sino que en algunos casos llegan a ser auténticos ataques a lo que en su día quiso el compositor. Aquí te encuentras escenas memorables como la primera del Oro y la última del Ocaso mencionadas anteriormente, todo el 2º acto de Sigfrido en el bosque, o el dúo Alberich – Hagen en el Ocaso. Otras, como la casa de Hunding en la Walquiria, la cueva de Mime en Sigfrido, el palacio de los gibichungos en el Ocaso o las distintas escenas en lo alto de la roca de Brünnhilde, mantienen un tono más convencional que en ningún caso resta interés al magnífico trabajo de Otto Schenk. Un trabajo realmente muy bueno, de los que recordaré durante mucho tiempo.

Pero no todo lo bueno viene junto. Frente a esta maravilla de producción y de dirección escénica, nos encontramos con la dirección musical de James Levine. A sus 60 años, y tras 28 como máximo responsable del MET no hay quien le tosa en su casa. Las ovaciones con que es recibido en cada una de sus salidas tanto a escena a saludar, como al foso tras un descanso son más propias del Bernabeu tras un gol de Ronaldo que del teatro de ópera más grande del mundo. Hay partes muy positivas en su haber como el nivel que ha conseguido su orquesta. Es realmente increíble la belleza de sonido que es capaz de conseguir, con mínimos fallos (especialmente dos de las trompas en los últimos actos de Walquiria y Ocaso, y tras casi cuatro horas tocando) apreciables. El sonido es bellísimo, más aún acostumbrados a lo que tenemos en los fosos españoles, pero dice muy poco. Hay poca música detrás. Los tempi son muy lentos y sin ninguna tensión, completamente caídos, con mínimos matices y con discurso musical poco coherente, salvo lo dicho anteriormente, sonido, sonido y más sonido. En este orden de cosas, los pasajes más “movidos” los resuelve mejor porque al menos tienen cierta continuidad y cierto orden.

Lo peor fue el comienzo. El Oro del Rin del día 26, con unos tempi completamente erráticos y faltos de coherencia, constituye un ejemplo universal de falta de articulación del discurso musical. La escena de los nibelungos y la discusión por el anillo entre Wotan y los gigantes se llevaron la peor parte. Mejoró algo la Walquiria del día 27, principalmente en un primer acto carente de la mínima poesía e inspiración, donde al menos la música fluía razonablemente con un meritorio acompañamiento a los cantantes. Sin embargo, en el segundo acto, volvimos a las andadas. No recuerdo ni una discusión Fricka – Wotan, ni un monólogo de éste mismo más aburrido. El dúo Brünnhilde – Siegmund tampoco salió mejor parado. En el tercer acto, la cabalgata de las walquirias pasó sin pena ni gloria y volvió a aburrirnos soberanamente en las escenas finales, con un sonido bellísimo pero completamente caído. En fin, mejor que el primer día, pero bastante aburrido en general. En el Sigfrido del día 29, el tono general se elevó de manera considerable. Parece que el propio Levine se sintió más a gusto entre las correrías de Sigfrido, y al menos había coherencia en el mensaje. Tanto la escena de la fragua como la muerte del dragón estuvieron bien y el diálogo con el pájaro del bosque, aunque no hubo mucha inspiración, fue bastante aceptable. El resto de escenas estuvieron también bastante bien resueltas. No fue para tirar cohetes, pero sin duda fue lo mejor del Anillo. Ante el Ocaso del día 1, una pregunta flotaba en el aire. ¿Sería capaz Levine de continuar la remontada y terminar el Anillo de manera brillante, o íbamos a volver a las andadas de los días anteriores? Lamentablemente, estuvimos más cerca de lo segundo que de lo primero. Ya desde la escena de las nornas, el nivel se vio que era inferior al del día de Sigfrido. Seguía manteniendo un discurso musical aceptable, pero cada vez con mayores caídas de tensión. En el segundo acto acompañó bien a Hunding y al coro, pero el tercer acto volvió a ser un caos con dinámicas extremas cuando no venían al caso, y acompañamientos casi líricos cuando sí se necesita acentuar más. El caos de la escena final empañó la maravilla que en esos momentos estábamos viendo en escena.

En fin, un balance global bastante pobre. ¿Cuáles fueron los motivos para esto? Lo desconozco. Levine nunca ha sido santo de mi devoción, pero al menos en lo que nos afecta, tenía un nivel aceptable, y acompañaba bien. Nunca me he comprado un disco o un CD de Wagner dirigido por él, pero sí tengo casi todos sus vídeos o DVDs. Esta vez estuvo muy por debajo de los mismos. En los mentideros musicales neoyorkinos se habla mucho sobre la posibilidad de que Levine esté realmente enfermo. Su aspecto, con una cara muy enrojecida, dirigiendo sentado y con una economía de gestos que no casan mucho con la imagen que tenemos de él, no era el de una persona muy saludable. En el propio New York Times de ayer día 3 de mayo, Anthony Tommasini se hacía eco de esta posibilidad, así como que varios miembros de la orquesta se han quejado de dicha economía de medios y de bastantes faltas de concentración en la dirección. Sea lo que sea no me convenció, aunque como mencioné anteriormente, no opinaban como yo una gran mayoría de los espectadores que le aclamaron continuamente.

Tras este balance de las direcciones musical y escénica, pasamos a repasar las voces más importantes que vimos en estos días.

Entre los mejores estuvieron Matti Salminen, Plácido Domingo, John Frederick West, y Gerhard Siegel.

Matti Salminen tuvo a su cargo tres papeles. Fue un Hunding para el recuerdo. Imponente de voz, con el timbre cálido de siempre le dio una perfecta réplica a Domingo. Como Fafner en Sigfrido también estuvo a gran altura. Lo más problemático fue el Hagen en el Ocaso. A un primer acto de altísimo nivel, comenzó de igual manera el segundo, pero en la llamada a los gibichungos desde el balcón del palacio (Hoi ho...) se le rompió el sonido. Si le añadimos una flema, hace que el segundo acto fuera su parte más floja. Remontó de nuevo el vuelo en el tercero terminando claramente a un muy buen nivel.

Plácido Domingo fue un gran Siegmund. Su forma de cantar “a la italiana”, ligando frases, le hacen un Siegmund diferente a los clásicos, pero cuando está bien de voz, es irresistible. El color oscuro, casi baritonal es muy apropiado para este papel, y paradójicamente, la dirección tan lenta de Levine le viene de perlas. Cuando puede respirar es sencillamente único. En esta función tampoco tuvo que usar algunos de los trucos que proporcionan edad y oficio, y en concreto, los dos “Wälse! Wälse!” fueron prácticamente iguales. No acortó el primero para alargar el segundo. Tuvo los acostumbrados problemas al final de primer acto, pero colocó el agudo final que resonó en todo el teatro y que hizo que se viniera literalmente abajo al final del 1er acto. En el segundo también estuvo magnífico en el dúo con Brünnhilde. Éste es el sexto Siegmund que le veo, y ha estado al nivel del mejor que le vi, en Viena en octubre del 2001.

John Frederick West es quizás el Sigfrido por excelencia de la actualidad. Yo solo le había visto previamente el Tannhäuser de la segunda temporada del Real, donde no me gustó nada. El timbre poco atractivo y algo tosco no le valen para cantar al trovador del castillo de Wartburg, pero sin embargo la potencia descomunal y su canto bastante expresivo le hacen ideal para el papel de Sigfrido. Ambos días, tanto en Sigfrido como en Ocaso estuvo a un nivel bastante alto (aunque por debajo de su actuación en el Anillo de Thilemann el año pasado en Berlín), especialmente en la escena de la fragua, y en su encuentro con el viandante en Sigfrido. En el Ocaso mantuvo el mismo nivel en toda la obra, y en particular fue muy meritorio toda su escena final después de que Hagen le alcance en la espalda con la lanza. Es un pasaje donde hay que cantar muy bien, y estuvo lírico, matizó casi todas sus frases, y murió sin darse importancia. Admirable, e igualmente admirable es verle llegar fresco al final de ambas obras tras la paliza en escena que ambas suponen.

Gerhard Siegel fue un Mime de primer nivel. Su voz de tenor llenaba todo el teatro con un timbre agradable, algo tosco quizás, pero que le viene muy bien a su personaje. Fue lo mejor con diferencia del Oro del Rin, y contribuyó decisivamente a que Sigfrido fuera la mejor representación de todo el ciclo.

A buen nivel aunque claramente por debajo de los anteriores estuvieron Richard Paul Fink, Ivonne Naef, Sergei Koptchack, Philip Langridge, y Elena Zaremba.

Richard Paul Fink fue Alberich en las tres jornadas. Su voz de bajo-barítono tiene un timbre no muy agradable pero tiene potencia y es expresivo. Fue de los mejores en el Oro, estuvo bien en Sigfrido y remató con su breve papel en el Ocaso.

Ivonne Naef tuvo a su cargo los papeles de Fricka, Waltraute y una de las nornas. Estuvo mejor como Fricka que como Waltraute. La interpretación del breve pasaje de la hermana de Brünnhilde se le sigue atragantando a muchas mezzos, pero en general tuvo una buena actuación.

Sergei Koptchack hizo un Fafner interesante en el Oro, aunque la voz está bastante castigada.

Philip Langridge tuvo a su cargo el Loge. En la parte positiva destacó su interpretación escénica de primer nivel, y su musicalidad. Por el contrario, su voz no es de calidad y es algo pequeña para un escenario como el del MET. En cualquier caso, a buen nivel.

Elena Zaremba  hizo el papel de Erda en el Oro y en Sigfrido, y fue una de las nornas en el Ocaso. A buen nivel en todas las funciones, sin embargo, no nos hizo olvidar a la gran Hanna Schwarz.

Cumplieron sin más, Jenifer Welch-Babidge como Freia, Eugenij Nikitin como Fasolt en el Oro, Mark Baker como Froh, Alan Held como Donner en el Oro y como Gunther en el Ocaso, aunque mejor en este último, Margaret Jane Wray como Gutrune y Joyce Guyer como la voz del pájaro del bosque en Sigfrido. Igualmente cumplieron las 3 hijas del Rin, Lyubov Petrova, Maria Zifchak y Jane Bunnell.

La Sieglinde de Lisa Gasteen estuvo en el límite de lo aceptable. Con una voz poco proyectada, es difícil salir airosa en un escenario tan grande como el MET. El timbre tampoco es agradable, y aunque escénicamente empezó bastante bien, a partir de la escena previa a la canción de la primavera fue a peor. En el segundo acto no mejoró y empezó a “gritar” más de la cuenta. Su despedida en el tercer acto, donde aparece el leit motiv de la redención por amor, fue tremendamente tosca. En fin, que se puede y se debe hacer bastante mejor.

La Brünnhilde de Gabriele Schnaut también estuvo al límite de lo aceptable. Solo la había visto en vivo una vez hace más de ocho años, y el recuerdo era bastante desastroso, sobre todo porque hay cantantes que confunden la expresividad con chillar mucho, y éste fue el caso. Con una única función tampoco puedo afirmar más allá de esto, ya que los cantantes, al menos algunos, son humanos y tienen días mejores y peores, pero al menos sí me servía como referencia. Con los años, ha perdido voz, y paradójicamente, esto hace que ahora cante mejor, ya que al menos no resiste de forma contumaz en el martilleo de tus oídos. El volumen es más aceptable a pesar que los graves son pobres, y los agudos se le abrieron de manera ostensible. El vibrato es molesto y su timbre de voz bastante feo. A mi modo de ver, muy por debajo de Luana de Vol (ya sé que en esta página han corrido ríos de tinta con su actuación en el Real, pero sin ánimo de entrar en ningún tipo de polémica, yo soy de los que además de haberme gustado bastante, sobre todo en Walquiria y Ocaso, me parece que hoy en día, y es hoy cuando vamos al teatro no en el Bayreuth de Kna, solo Deborah Polaski puede ser mejor que ella. Estoy muy contento de su contratación para la mujer sin sombra del año que viene. Cuando se la vi en Viena en noviembre del 2002 fue sencillamente impresionante).

Por último tenemos que hablar de James Morris. Ha sido el Wotan oficial del MET durante casi veinte años. Nunca fue de mis favoritos, pero su estado actual es muy deficiente. La voz ha perdido prácticamente todo el color que en su día tuvo. Sus graves han desaparecido. La edad no perdona y físicamente tampoco está bien. El monólogo fue para dormirse, y en el final de la Walquiria, prácticamente no se le oía. En fin, una lástima.

Por último unas breves líneas para comentar el nivel del público. Realmente decepcionante. Sonaron teléfonos móviles los 4 días (los cinco si contamos la Rusalka) y el nivel físico es similar al del público del Real. No paran de toser. Eso sí, con más fuerza (son americanos) y aprovechando todos los pianísimos. Unos siseos por parte de algunos entre los que me encontraba, impidieron que se perpetrara el aplauso cuando muere el dragón tras la pelea con Sigfrido. Hubiera sido de chiste. Solo hubo pitos el día de Sigfrido para Gabriele Schnaut (se le ovacionó en Walquiria y Ocaso). El resto fue aplaudido de manera ostensible sobre todo Levine y Morris. Increíble pero cierto.

En resumen. Orquesta de primera, buen nivel vocal en general, dirección orquestal y Wotan deprimentes y sobre todo, una producción espectacular que quedará dentro de mis principales recuerdos de un teatro de ópera.

© Pedro Lapeña (lector de Wagnermania)

Mayo 2004