Número 202 - Zaragoza - Octubre 2017
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POSTOPERATORIO: EL ORO DEL RIN EN EL REAL

Alan Titus (Wotan), Ángel Ódena (Donner), Joan Cabero (Froh), Hans-Jörg Weinschenk (Loge), Stephen Milling (Fasolt), Jyrki Korhonen (Fafner), Hartmut Welker (Alberich), Robert Wörle (Mime), Elena Zaremba (Fricka), Gwynne Geyer (Freia), Hanna Schwarz (Erda), María Rey-Joly (Woglinde), Itxaro Mentxaka (Wellgunde), Andrea Böning (Flosshilde). Orquesta Sinfónica de Madrid. Escenografía: Wolfgang Gussmann. Figurines: Wolfgang Gussmann/Frauke Schernau. Dir. escena: Willy Decker. Dir. musical: Peter Schneider. Coproducción del Teatro Real y la Sächsische Staatsoper Dresden Semperoper.


El Teatro Real presentó por fin la ansiada Tetralogía, que continuará la próxima temporada con La Walkyria y finalizará en la temporada 2003-04 con Sigfrido y El Ocaso de los Dioses. Se anuncia como una coproducción del Teatro Real y la Semperoper de Dresde, aunque parece que en el estreno dresdense no se mencionó al Real por ninguna parte.

El afamado Willy Decker, triunfador en la primera temporada del renacido Teatro Real con un deslumbrante Peter Grimes, cubre el escenario con dieciséis omnipresentes filas ondulantes de butacas y un reducido escenario. La gran comedia del mundo (el tono general de la visión de Decker es de comedia, en vez de drama) o metateatro, teatro dentro del teatro. Aunque se consiguen algunos efectos visualmente atractivos en la Primera Escena, con ayuda de una inteligente iluminación, o durante la transformación de Alberich en dragón en la Tercera, el continuo deambular de los personajes entre las butacas y los saltos sobre las mismas llega a cansar al espectador, además de resultar muy molesto para los cantantes, que ven convertida su actuación en una suerte de prueba olímpica, 110 metros butacas, con peligro para su integridad física. Las butacas sirven también para que unos personajes se sienten y contemplen, como espectadores, las evoluciones de otros personajes. Así, por ejemplo, la primera escena es presenciada por la mismísima Erda y un grupo de nibelungos que, en plan "hooligan", animan a su líder Alberich en su intento de ligar con las Hijas del Rin, o aplauden el numerito estilo Gilda que interpretan las ondinas, convertidas poco menos que en prostitutas de un acuático burdel del que Alberich sustrae el luminoso.

Aparte de algunos momentos aislados, como el robo del Oro (Alberich se lanza sobre la gran esfera dorada, que se hunde bajo su peso entre las butacas) o el comienzo de la Tercera Escena (la caja de caudales-nevera de Alberich y la perspectiva forzada), en mi opinión, lo más logrado escénicamente son las escenas Segunda y Cuarta. En la Segunda, Wotan se pasea con una maqueta del Walhall (se parece bastante al Partenon) bajo el brazo, que exhibe orgulloso. Unos simpáticos gigantes (sus dimensiones son cómicamente exageradas al aparecer delante de unas montañas deliberadamente pequeñas y el Walhall-maqueta) se quedan dormidos junto a la fortaleza mientras los dioses maquinan arrebatarle a Alberich el Anillo. No consigo entender porqué todo el mundo manosea la lanza de Wotan, que incluso está a punto de ser rota en pedazos por Alberich (¡anticipándose a Sigfrido!) poco antes de su liberación. La acción es impedida por Donner y Froh.

Resulta espectacular, muy bien resuelta, la entrada de Erda en la última Escena. Desde el proscenio, avanza hacia el centro envuelta en un gran velo-telón negro, translúcido, que trae oscuridad a la escena. Al final de la obra, mientras los dioses avanzan, sobre una pasarela blanca de revista o de desfile de moda, hacia el Walhall, ahora gigantesca construcción de aire griego clásico, fiel reproducción de la maqueta de la Primera Escena, Erda vuelve a entrar en el escenario arrastrando el telón, y Wotan se gira, dando la espalda a la fortaleza y siguiendo dubitativo con la mirada a Erda. "¡Cómo me ata el temor! Inquietud y miedo encadenan mi juicio… Enséñeme Erda cómo ponerles fin: ¡he de bajar junto a ella!" había dicho minutos antes. Es, a mi modo de ver, un gesto de gran plasticidad y respetuoso con el relato.

Otros detalles acercan la escena al cine e incluso al cómic. Alberich es un ser verdoso de gesto exagerado, que me recuerda a Jim Carrey en la película La máscara. Aquí el canotier ha sido sustituido por un tarnhelm dorado con forma de bombín de Charlot. Loge es un progre con aire amariconado, que viste chaqueta y bufanda y adorna su cabello con un mechón rojizo (¡hay que ser modernos!). Sus apariciones son precedidas por el descenso de un enorme rayo rojo (a juego con la bufanda) de estética de tebeo. Los gigantes muestran un remoto parecido con Stan Laurel y Oliver Hardy, aunque aquí son el gordo (Fasolt) y el más gordo (Fafner). Por supuesto, Wotan, Fricka y Freia visten guardapolvo reglamentario.

Los cambios de escena se realizan a telón bajado, lo que aprovecha la parte impresentable del público (muy numerosa) para charlar durante los interludios orquestales, comentar la escenografía, la ausencia de melodía, alabar a Puccini, etc. En definitiva, comportamientos a la altura de la educación musical del país.

La dirección musical de Peter Schneider puede calificarse de monótonamente correcta = soporífera. El abajo firmante ha podido presenciar dos representaciones, los días 1 y 4 de Junio, constatando una leve mejoría. El Preludio, muy tosido por el tuberculoso público madrileño, fue de una sosería intolerable. No había agua, ni amanecer, ni nada. El descenso al Nibelheim, que adoleció de falta de tensión el día 1, resultó bastante mejor el 4. Quizá lo más conseguido por la batuta sea la entrada de los dioses en el Walhall. No recuerdo un solo pasaje malo, pero tampoco ninguno memorable, y sí una constante sensación de aburrimiento. La orquesta wagneriana: ese instrumento que hace posible la vastísima y pujante voluntad del poeta, ese barco dominador y seguro conductor de las corrientes infinitas de la armonía, según palabras del propio Wagner en Ópera y Drama. Pues eso, ¿qué fue de la orquesta wagneriana? La Orquesta Sinfónica de Madrid se desempeñó con su nivel habitual de solvencia, aunque, como casi siempre, se echa de menos algo más de soltura, flexibilidad, de "fantasía". Parecen tocar con cierto agarrotamiento, como si estuvieran más preocupados por solventar las dificultades técnicas que de interpretar, expresar.

En lo vocal tampoco se superó, salvo alguna que otra excepción en los papeles menores, la mera corrección. Para este firmante las voces de más entidad de entre tan homogéneo elenco fueron el joven bajo danés Stephen Milling, imponente Fasolt, la mezzo rusa Elena Zaremba, convincente Fricka cuya voz me recuerda remotamente a la gran Elena Obraztsova y una veterana Hanna Schwarz, Erda ideal una vez que consigue resolver unos leves problemas de afinación al comienzo de su escena. Destacable también la Freia de Gwynne Geyer, soprano norteamericana especializada en heroínas checas (Rusalka, Jenufa, Kat'á Kabanová,…).

Mal asunto si se tiene en cuenta que El Oro del Rin reposa en lo canoro sobre Wotan, Alberich y Loge. Oyendo a Alan Titus uno piensa que este Wotan obtuvo la sabiduría a cambio de la laringe, y que lo del parche es para disimular. Afortunadamente el Wotan de Bayreuth va sacando la voz a medida que avanza la representación y, aunque son contados, en algunos momentos podemos disfrutar de una voz grata, de buena línea y potencia suficiente. De todos modos Titus parece cantar y actuar contagiado del espíritu de la batuta, y lo canta todo igual, sin apenas matices, y no desprende respetabilidad, autoridad; es uno más de esta ralea de diosecillos humanos, demasiado humanos.

Hartmut Werker, Alberich en Bayreuth este verano, Klingsor en las dos últimas temporadas en el Festspielhaus y en el Parsifal del Teatro Real, fue el triunfador de la velada. Su trabajo en escena es ciertamente meritorio, brillante por momentos, pero su feo vibrato llega a hacerse insoportable. Entre él y las tres deficientes ondinas (María Rey-Joly, Itzaro Mentxaka y Andrea Bönig), con la ayuda del anodino Schneider, arruinaron toda la Escena del Rin.

Poco más que correctos el Fafner de Jyrki Korhonen y el Mime de Robert Wörle, a quien quizá cabría pedir más intención. Lo más flojo del reparto (junto a los simplemente cumplidores Ángel Ódena y Joan Cabero, Donner y Froh, respectivamente) fue el Loge decepcionante del veterano Hans-Jörg Weinschenk, discípulo de Josef Traxel.

En definitiva, una representación de nivel medio, digna, bastante mejorable en lo musical, que permite abrigar moderadas esperanzas sobre lo que nos depararán las futuras jornadas. Habrá que esperar asimismo las sucesivas entregas para poder valorar con justicia la visión de Willy Decker. Sería deseable que, una vez concluida esta Tetralogía a plazos, el Teatro Real hiciese un esfuerzo para ofrecer algunas representaciones del ciclo completo, algo que parece estar entre los planes de la Ópera de Dresde pero que imagino por estos pagos sonará a ópera-ficción.

Miguel A. Gonzalez Barrio

Junio 2002