Número 196 - Zaragoza - Abril 2017
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POSTOPERATORIO: LA WALKYRIA EN EL LICEU

Teatro sin decorado

Plácido Domingo (Siegmund), René Pape (Hunding), Alan Held (Wotan), Waltraud Meier (Sieglinde), Evelyn Herlitzius (Brünnhilde), Jane Henschel (Fricka), Silvana Dussmann (Helmwige), Michelle Marie Cook (Gerhilde), Eugenia Maria Bethencourt (Ortlinde), Jane Dutton (Waltraute), Renate Spingler (Siegrune), Gemma Coma-Alabert (Roßweiße), Ines Moraleda (Grimgerde), Nadine Weissmann (Schwertleite). Sebastian Weigle (director). Orquesta del Gran Teatro del Liceu. 30 de mayo de 2008

El Gran Teatro del Liceo de Barcelona ofreció esta Walkyria en versión de concierto (en realidad, semiescenificada, como se dirá) tras la representación y grabación en deuvedé del ciclo tetralógico completo en tiempos recientes. Es por ello que a la orquesta se le puede exigir que conozca a fondo una partitura con la que se le supone familiarizada. Me asombraron las múltiples pifias de los metales y su casi incapacidad de entrar al unísono y a tempo, la imperfección técnica general de las cuerdas, que en muchos casos componían un sonido más bien fofo y carente de precisión (recuerdo los violonchelos tarareando en el preludio al acto primero), y lo descompensado de las maderas. En definitiva, una orquesta que, a mi modo de ver, no está ni de lejos al nivel de calidad que exige todo un Liceo, coliseo histórico que fue uno de los principales centros operísticos del mundo y al que hoy se le supone, por lo menos, entre los tres mayores de España. Al lado de la orquesta del Liceo barcelonés, la Sinfónica de Madrid, titular del Teatro Real, con su aburridísimo director musical López Cobos y sus irregularísimas prestaciones, se alza con los laureles. Ambas palidecen, claro, frente a la excelente orquesta del Palau Reina Sofía de Valencia.

            A Sebastian Weigle, estrella en Bayreuth, se le pudo pedir mucho más. Para empezar, resulta incomprensible que, tras la marcha de Bertrand de Billy del puesto de director musical del Liceo, no haya sido capaz de elevar el nivel técnico de los cuerpos estables ―la orquesta y también el coro, que me consta que vive, como el de Madrid, sus horas más bajas―. Se limitó a delinear más o menos los motivos, dirigir más bien pesantemente los pasajes narrativos (soporífero monólogo de Wotan en el segundo acto, flojo diálogo Wotan-Brünnhilde en el tercero), y naufragar estrepitosamente con unos «Adioses de Wotan» de clase de ballet (las figuraciones del fuego mágico no deben sonar como un vals en tres por cuatro). No seré yo quien lamente su marcha de Barcelona, aunque nunca se sabe qué ―quién― deparará el futuro.

            Del reparto, las figuras indiscutibles por la calidad global de sus intervenciones fueron René Pape, que compuso un Hunding modélico y, claro, poderosísimo, Jane Henschel con su Fricka matronil, de rompe y rasga, y Waltraud Meier. La excelsa mezzo de Würzburg, en excelente estado vocal para la fecha, volvió a brindar una electrizante intervención, una Sieglinde amorosa y abrasadora, redondeada por la compenetración perfecta con la otra estrella de la velada, Plácido Domingo. Nuestro viejo tenor conserva su incomprensible brillantez en la tesitura alta, un bellísimo color en todo el registro y, en general, una emisión de milagrosa facilidad. A sus casi setenta años no queda ningún cantante de su generación (y quizá no tantos de la siguiente) cuyas facultades hayan perdurado con desgaste tan escaso. Bien es cierto que llegó muy justo al final del primer acto, y que el la agudo conclusivo apenas lo apuntó, pero en el segundo llegó pleno de facultades y su «Anuncio de la muerte» con Brünnhilde, escrito casi en tesitura baritonal, fue antológico. Los dos welsungos, en fin, formaron un tándem perfecto en el que se fundamenta casi todo el interés de la noche. Demostraron que no hace falta un decorado lujoso para hacer buen teatro: delante de una concha acústica de madera, tres sillas y un vaso de agua bastaron para que nos emocionaran en el primer acto. Allí había más teatro que en muchas de las sesudísimas producciones que tenemos en suerte contemplar.

            Alan Held, de medios justos pero efectivos, más barítono que bajo, defendió un Wotan bien cantado y suficiente, que llegó sin demasiadas complicaciones a su gran escena final. Por el contrario, la Brünnhilde destemplada y chillona de Evelyn Herlitzius, una de las peores Kundrys que he tenido la mala fortuna de ver (Bayreuth, verano de 2007, producción hedionda de Schlingensief), fue con mucho lo peor de la función, junto con sus ocho walkyrias hermanadas en el grito.

            En suma, la visita a Barcelona valió la pena por ser testigo de una de las últimas Walkyrias de Plácido, tan bien acompañado por la excelsa Meier, y por escuchar a René Pape en un papel que pronto abandonará por la del dios protagonista del ciclo. Deseémosle ―deseémonos― suerte.

© José Alberto Pérez

Junio 2008