Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
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HOMENAJE A ANGEL-FERNANDO MAYO EN EL TEATRO REAL

Cuando subí a la planta novena del Teatro Real, la tarde del día 30 de junio, bullía en mi cabeza una mezcla de sentimientos. Por un lado, estaba nervioso, deseando que el acto saliera bien y estuviera a la altura del homenajeado y de las expectativas de sus familiares. Por otro, todavía pesaba el recuerdo de Ángel Mayo, aumentando la nostalgia del momento. Al llegar allí, me alegré al ver que la sala se iba llenando poco a poco.

A la derecha de la escalera, sobre una mesa, se podían ver algunos de los muchos libros escritos o traducidos por Mayo: la nueva edición de la biografía de Wagner escrita por Martin Gregor-Dellin, la traducción de Ópera y drama que editó la Junta de Andalucía, varios programas de mano para el Teatro Real, el Palau de la Música de Valencia y otros.

En la sala, dos grupos de sillas para los asistentes con un pasillo enmedio. En primera fila se sentaron los familiares y algunos de los participantes en el homenaje. Frente al público había una mesa grande en la que se sentó Fernando Peregrín, que hizo las veces de presentador del acto. A su lado, había otra silla y otro micrófono para los invitados que iban a hablar.

Tras una espera de cortesía, la sala resonó con los “Adioses de Wotan” en la voz de Hans Hotter y, cómo no, dirigidos por Hans Knappertsbusch (versión de Bayreuth, 1956). Estuvimos gozando esa música precisamente hasta la melodía favorita de Mayo: “Der Augen leuchtendes Paar...”. Entonces Fernando Peregrín empezó a hablar de Ángel Mayo, explicando la relación entre lo que habíamos escuchado y la persona del homenajeado. Luego dio paso a Inés Argüelles, gerente del Teatro Real, quien, pese a no haber tratado mucho a Mayo, le hizo justicia con su agradecimiento, dejando –según sus propias palabras– que quienes le conocían mejor ocuparan ahora su sitio para recordarle todos.

Estaba previsto que hablara Emilio Sagi, director artístico del Teatro Real, pero no pudo acudir porque tenía que trabajar en Trieste; por ello, dejó escritas unas líneas y fue Fernando Peregrín quien las leyó en su nombre. En esas líneas, Sagi recordaba la ilusión con que Ángel esperaba su salida del hospital, para tratar de futuros proyectos en común, y lamentaba que la cita hubiera quedado cancelada para siempre.

A continuación, Fernando Peregrín habló de las peregrinaciones a Bayreuth que Ángel llevó a cabo. Algunos de sus amigos se iniciaron en el viaje a la Colina Verde bajo su tutela y uno de ellos fue Alfredo López-Vivié, quien tenía que haber acudido al homenaje, pero un intolerable retraso en el avión se lo impidió. Gracias a la tecnología, los encargados del homenaje recibieron el texto de López-Vivié y escogieron para su lectura a quien escribe estas líneas. En mi descargo diré que recibí el encargo unos 10 minutos antes de empezar el acto; el texto era divertidísimo y espero que mi lectura le hiciera justicia, pese a los momentos en que se me trabó la lengua. Sólo destacaré una frase que López-Vivié escuchó a un ingeniosísimo Juan Lucas, cuando este se inició también en los Festivales de Bayreuth: “¡Es que venir a Bayreuth con Ángel es como ir a La Meca con Jomeini!”. El público asistente se rió mucho con la ocurrencia.

Seguidamente, Fernando Peregrín presentó a Santiago Salaverri, quien acudía, además de como amigo personal de Mayo, como representante de los Amigos de la Ópera de Madrid. Un emocionado Santiago Salaverri nos habló de cómo el homenajeado vivía los dramas humanos no sólo de las obras de Wagner, sino también las de todas esas otras obras que él también conocía muy bien. Salaverri citó Capriccio, Der Rosenkavalier, Der Freischütz o Peter Grimes.

Después, Fernando Peregrín presentó a Albert Vilardell, que vino en representación de los Amics del Liceu. Vilardell puso a Mayo como ejemplo de concordia y unión entre madrileños y catalanes. Al final de su intervención, emocionado, añadió que “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer” y tuvo una mención especial para Pilar Alesón, la esposa de Ángel Mayo.

 Entonces se escucharon los compases del pasodoble “Suspiros de España”. Pilar González del Valle, Marquesa de la Vega de Anzo y presidenta de la peña taurina “Los de José y Juan” (a la que Mayo pertenecía), hizo una encantadora exposición de las ideas de Mayo sobre la relación entre la música y los diferentes estilos de toreo.

Luego, Fernando Peregrín habló de la labor de Ángel en los medios de comunicación musicales. No se podía obviar su importante labor como subdirector de la revista Ritmo desde 1976 hasta 1981. Antonio Rodríguez Moreno, presidente de dicha publicación, no pudo estar presente, pero pidió que se leyera en su nombre el editorial del número de julio de la revista, donde daba un emocionado adiós a Mayo.

Tras la lectura de este texto, subió al estrado Juan Lucas, director de Diverdi. Visiblemente afectado, rememoró varios momentos de sus vivencias con Ángel Mayo. Debo reconocer que cualquiera que hubiera conocido a Mayo en persona se debió sentir identificado con Juan Lucas y conmovido por su palabras. Yo, por supuesto, no fui menos. La devoción que Mayo despertaba gracias a su pasión y su conocimiento queda clara con estas palabras de Juan: “No entiendo mi vida reciente sin su reconfortante cercanía y me aterra pensar que, a partir de ahora, cada vez que tenga una duda o un momento de flaqueza, ya no podré agarrar el teléfono para llamar a Ángel”. Un sentimiento que compartíamos más de uno de los allí presentes. Por cierto, Juan Lucas trajo unos cuantos ejemplares del boletín de Diverdi de julio, el que contiene la última colaboración de “Aefeéme”, como él mismo se describía. La portada está dedicada íntegramente a él: una foto de Ángel Mayo frente a la tumba de Wagner, con sólo las palabras: “Hasta siempre, Ángel”.

Siguió una charla de otro gran amigo de Mayo: Xoán M. Carreira, quien habló del rigor con que el homenajeado se aplicaba a sus libros y a sus traducciones, de su forma de enfocar la experiencia estética y de su valor como estudioso musical. Todo esto constituía una valiosa fuente de aprendizaje... para Carreira y para quienes le conocimos.

Sonó a continuación la obertura de El murciélago de Johann Strauss, dirigida por Knappertsbusch. Esta era la sintonía que Mayo escogió para el que fue su última serie de programas en la radio: “Kna en el siglo XXI”. Esto dio pie para presentar a Arturo Reverter, quien, como director de Radio 2, introdujo a Mayo en el mundo de la radio. Reverter mostró su admiración hacia quien fue no sólo un gran maestro en lo wagneriano, sino también uno de sus amigos más antiguos (se conocieron cerca de 1963). Esta intervención se cerró con el capítulo de agradecimientos con el que Ángel Mayo despidió su programa “Kna en el siglo XXI”. Personalmente, oír a Ángel diciendo a los oyentes: “Hasta siempre” en ese momento, me emocionó bastante.

A continuación se oyó la “Farruca” de La del manojo de rosas, de Pablo Sorozábal. Esto sirvió como introducción para que Andrés Amorós, director general del INAEM, hablara sobre Mayo y la cultura popular española, de la que Mayo también era un gran defensor.

El himno antiguo del Real Madrid dio la entrada a Fernando García Alonso, para que comentara la pasión que Ángel Mayo sentía como forofo del Real Madrid. García Alonso empezó justificando la elección del himno antiguo, en vez del nuevo, lo que consiguió la hilaridad del público. También habló de la devoción que Mayo sentía hacia Puskas y de cómo sus esperanzas actuales (aunque ya no gustaba demasiado del fútbol actual) se dirigían hacia Guti. Parece ser que llegó a afirmar que, si Guti se marchaba a algún equipo inglés, él se pasaría también a la Liga inglesa.

Sonaron seguidamente los valses de El caballero de la rosa. Fernando Peregrín nos recordó que a Ángel no sólo le gustaba Wagner y que esta obra, concretamente, no sólo le emocionaba hasta las lágrimas, sino que la tradujo “como nadie” (Peregrín dijo haber disfrutado más la versión de Kleiber cuando la vio en vídeo con los subtítulos de Mayo que cuando la vio en vivo en Viena) y además fue una de las músicas que escuchó durante sus últimas horas en el hospital. Tras mencionar la desconfianza que Mayo sentía hacia las “sectas wagnerianas”, Peregrín presentó a Miguel Ángel González, habitual colaborador de Wagnermanía, quien iba a hablar en representación del “wagneriano de a pie”. Miguel Ángel basó su intervención en una hermosa metáfora que partía de la frase de Wotan a Sigfrido: “con el ojo que a mí me falta ves tú este otro que me quedó”; el wagneriano de a pie veía también a Wagner a través del ojo que Ángel Mayo nos dejó en forma de traducciones y artículos. Miguel Ángel cerró su intervención con el coral “Wach auf!” de Maestros cantores, en la versión que tanto impresionó a Mayo cuando lo escuchó en vivo: la de Thielemann en Bayreuth en el año 2000.

El último invitado a hablar fue Joaquín Torrente, quien dio una interesante charla sobre el sentido de la ética en Ángel Mayo, que hizo que quienes le conocíamos nos sintiéramos identificados con sus palabras y asintiéramos continuamente, recordando la personalidad del homenajeado.

Por fin, Fernando Peregrín dejó la mesa e invitó a la mujer de Mayo, Pilar Alesón, a cerrar el homenaje contándonos el mejor recuerdo: un fragmento de su intimidad. Ella empezó dando las gracias a los presentes y también a todas aquellas personas que, incluso sin tener relación personal con ellos, le habían mostrado su condolencia. Por último, leyó una especie de juego que hacía con sus hijas, en el que iba describiendo los rasgos de su personalidad (Rasgo principal de mi carácter, Cualidad que prefiero en el hombre, Cualidad que prefiero en la mujer, etc.), que él conservó en su mesa de trabajo desde 1984. Si, como dicen, un hombre inteligente es aquel que se conoce a sí mismo, entonces hay que concluir que Ángel Mayo tenía una inteligencia fuera de lo común, porque se describió de forma acertadísima. Tanto que, tan pronto Pilar Alesón, terminó, los asistentes estallamos en un espontáneo aplauso generalizado.

Sólo entonces ella perdió su fortaleza y se emocionó; pero debo reconocerle su enorme entereza; no creo que yo hubiera podido leer eso sin que se me quebrara la voz y ella lo hizo. Como dijo Vilardell, “detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer”. Sé que Mayo estaba muy orgulloso de su mujer y estoy seguro de que habría estado orgulloso de verla en ese momento, con esa fuerza interior.

Al acabar el homenaje, mientras todos nos acercábamos a los familiares de Ángel Mayo, sonó el Idilio de Sigfrido, dirigido por Knappertsbusch.

 

Germán Rodríguez

Julio 2003