Número 201 - Zaragoza - Septiembre 2017
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RECUERDOS DE ÁNGEL-FERNANDO MAYO

Este mes hemos cedido Wagnermania a varios lectores que han querido contar lo que Angel-Fernando Mayo ha significado en su relación con la música, con Wagner en particular

Ángel Riego Cue
Juan Carlos Lozano
Antonio Pons


Angel Riego Cue: "Mis recuerdos de Angel-Fernando Mayo"

No recuerdo cuál fue el primer artículo de Angel-Fernando Mayo que leí, pero bien pudo ser la necrológica publicada en Ritmo en el número de marzo de 1981 en la que despedía a su amigo catalán Federico Marimón, fallecido a finales de 1980. También explicaba su dimisión del puesto de subdirector de la revista (que en la práctica equivale al de director, pues el puesto de director lo ha ocupado siempre una persona de la familia del fundador de la empresa) debido, al parecer, a incompatibilidades con cargos en la Administración del Estado. Aún recuerdo la impresión que me produjo leer aquello: tenía yo 15 años, estaba empezando a hacerme aficionado a la música clásica y había descubierto que existía Ritmo, la única revista del ramo por entonces.

No hará falta repetir aquí lo que representaba Angel Mayo; incluso los que nunca se interesaron por Wagner reconocían que no había mejor prosa en la crítica musical española que la suya. Uno se ponía a leer sus artículos por el mero placer de la lectura y luego tal vez se interesaba por la música de la que se hablaba. Alguien del foro de Wagnermanía lo expresó muy bien, diciendo que si a una persona tan inteligente y que escribe tan bien le gusta Wagner, es que Wagner debe de ser muy bueno.

Como botón de muestra, he encontrado el número de "Ritmo" de mayo de 1982, cuando no escribía artículos pero sí envió una "carta al director" respondiendo a un lector que había hecho una consulta sobre temas wagnerianos, y a la contestación de Angel Carrascosa (que entre tanto había pasado a ser "adjunto a la dirección" y ya estaba cambiando la línea editorial de la revista) que había calificado a Mayo como "el máximo especialista español en la materia" (en Wagner):

<< Vaya por delante que agradezco franciscanamente que se me quiera considerar "el máximo especialista en la materia". Siempre puede haber sorpresas: a lo mejor, el verdadero máximo especialista, de existir, se da por aludido y me tira de las orejas; y es seguro que más de un wagneriano español se sentirá un tanto molesto y disconforme con esta púrpura que se me asigna en un exceso de bondad. Quede claro, pues, con mi agradecimiento, que declino la precedencia en todo caso. >>

[...]

<< Nadie me ha ofrecido llevar a cabo una edición crítica de los escritos de Wagner - ¡Diez volúmenes, más de tres mil páginas de una prosa (o verso) siempre difícil y a veces agobiante!-; y, es más, siempre desaconsejaría tal empresa por inútil. Sí hace falta una selección de los principales escritos teóricos de Wagner en versión castellana solvente - bastaría un volumen de unas 400 páginas-, sin que puedan considerarse tales la deleznable edición de Editorial Labor, "Escritos y confesiones", que es una pésima y mutilada traducción (?) de una selección publicada por Dietrich Mack en su colección de bolsillo de Insel, ni la aún más magra realizada por Ediciones Bau en el volumen 1 de "Wagneriana", revista fugaz que arrimó hace pocos años el ascua de Wagner a la sardina de su neonacionalsocialismo. >>

[...]

<< Y también recuerdo que hace un año presenté sin éxito un esbozo de plan editorial para remediar un poco la pavorosa carencia wagneriana en castellano, con la vista puesta en ese 1983 que marca el guarismo cien tras el tránsito del gran Ricardo. Quizá tenga más suerte la generación que en el 2013 consiga llegar a celebrar el bicentenario de su nacimiento. >>

Cuando uno es joven e impresionable, y necesita algo en lo que creer, no puede describirse el efecto que tiene descubrir un mundo de belleza, que se aparta de la vulgaridad cotidiana, que nos recuerda que la vida consiste en algo más que comer, dormir u otras funciones fisiológicas. Como ocurrió en tantos otros casos como el mío, a través de leer a Mayo me aficioné a Wagner: a los 18 años ya tenía en LP sus diez principales obras escénicas, excepto Los Maestros Cantores que llegaría al año siguiente. También había leído por entonces su traducción de la biografía escrita por Martin Gregor-Dellin.

Luego vinieron unos años en los que tuve que dejar de lado estas cosas para estudiar una carrera, y finalmente en 1994 encontré un trabajo en Madrid. Allí tuve la oportunidad de asistir al último concierto madrileño de Sergiu Celibidache (la Octava de Bruckner, 27 de abril de 1994) y, el día anterior, de asistir en la Residencia de Estudiantes a una conferencia sobre las ediciones de las Sinfonías de Bruckner que daba Angel Mayo. Creo que allí le vi y escuché en persona por primera vez, aunque ya lo conocía de verle en fotografías o incluso en la TV, cuando se presentó en 1983 el Anillo de Chéreau-Boluez. También le vi a la salida del concierto de Celibidache, comentando sus impresiones con otros críticos conocidos (Reverter, Téllez, etc.). Parecía que había salido impresionado de esa Octava de Bruckner. Por supuesto, no me atreví a decirle nada (ni tampoco a preguntar nada el día anterior, cuando la conferencia) a pesar de que podía alegar que ya llevaba 13 años leyéndole. Cuántos habría como yo... En fin, llegado 1995 terminó mi labor en Madrid y volví a Gijón, que es donde vivo.

Pero la vida da muchas vueltas, y sabiendo esperar se llegan a presentar ocasiones que parecerían increíbles hasta muy poco tiempo antes. En la segunda mitad de los 90, Mayo escribía cada vez más exclusivamente en la llamada por él mismo "Hoja Parroquial" de Diverdi, y en el número de febrero de 1998 comentaba la edición de dos dobles CDs del sello TAHRA en los que Hans Knappertsbusch dirigía a la Filarmónica de Berlín. Como sabe cualquiera que haya leído a Mayo, Knappertsbusch era su director preferido, el más grande intérprete de Wagner. El artículo hacía referencia a que en los años de la Segunda Guerra Mundial, orquesta y director estuvieron de gira por diversos países ocupados y "amigos", entre estos últimos España. Contenía la siguiente nota a pie de página:

<< En el pequeño cuadro que se incluye se recogen los datos españoles. La fuente disponible no indica los programas. A los posibles lectores, en las ciudades relacionadas, que tengan tiempo y hallen gusto en la pesquisa, les agradecería muy de veras cualquier información -contenido de los programas, críticas en la prensa local, otros detalles-, pues estoy empezando a sopesar la oportunidad de preparar un libro sobre Hans Knappertsbusch. >>

Entre esos "datos españoles" había los siguientes conciertos de la Filarmónica de Berlín con Knappertsbusch:

Gijón - 16 de mayo de 1944
Oviedo - 17 y 18 de mayo de 1944

No recuerdo que nunca me hubiera puesto a investigar nada con más ahínco que aquello de los conciertos de "Kna": Visité los archivos municipales, imprimí copias de artículos de periódicos de la época que se conservaban en microfilm, de otro periódico, del que sólo se podía leer pero no fotocopiar, copié a mano todo lo referente a estos conciertos para teclearlo más tarde ante el ordenador, añadí alguna referencia biográfica de los periodistas autores de los artículos, e incluso me pasé por la Sociedad Filarmónica de Gijón para fotocopiar el programa de mano del concierto de 1944 y la firma de "Hans Knappertsbusch - und die Berliner Philharmoniker" que figura en el Libro de Honor de la Sociedad. Por si tan nutrido contenido aún no bastase, en la carta añadí "eruditas" referencias a otros temas wagnerianos, como una filmación que se conservaba de La Walkyria en escenificación de Wieland Wagner y un libro donde se atacaba a Wagner por su antisemitismo. Con todo ello la carta fue al buzón y me olvidé del asunto.

Uno o dos meses después llaman al teléfono, y al ponerme escucho una voz conocida decir:

"Soy Angel Mayo".

La sorpresa fue bastante grande, porque pensaba que si alguna vez me contestaba sería por escrito (de hecho, en la carta no incluía mi teléfono, sólo la dirección postal; él me dijo que había llamado a Telefónica para pedir mi número, y que prefería contestar por teléfono para no acumular las cartas que tendría que escribir). Comenzó a repasar uno por uno los temas que le había planteado en mi carta, y la conversación derivó hacia otros derroteros; a propósito del libro sobre Wagner y el antisemitismo, salió el tema de la actitud de Pío XII frente al Holocausto, y fue motivo para recordar que dicho Papa era melómano, wagneriano y murió escuchando la Primera Sinfonía de Beethoven (no faltaron tampoco referencias a la actitud de uno de sus médicos que le tomó fotografías agonizante para vendérselas a la prensa). Siguieron más temas, uno tras otro, desde la labor de los españoles en la colonización de América hasta Napoleón, pasando por las versiones del Anillo existentes en video. Después de ¡una hora! de conversación telefónica, me dice él:

"Cuando se pase por Madrid avíseme para seguir conversando, que es más agradable en persona que por teléfono".

A lo que yo tuve el humor de añadir: "Sí. Y también más barato".

Esto le hizo reírse y me contó la anécdota de que Wagner fue el propietario de uno de los primeros teléfonos que hubo en Alemania, y de los gritos que dio cuando le llegó la primera factura (más tarde la leí en un artículo suyo en Diverdi). Creo que él apreciaba a la gente que tenía sentido del humor.

En octubre de aquel 1998 conseguí una invitación para presenciar Aida en el Teatro Real, y le llamé para recordarle su invitación. Me contestó que estaba muy enfermo y apenas se podía mover de casa, pero que me recibiría allí. Nuestra no empezada relación pudo irse entonces a pique cuando le dije que podría llevarle, de paso, "un material". El se puso en guardia: "¿Es que tiene usted un material que me pueda interesar a mí?" Al contestar que era algo sacado de Internet, fue lo peor: él empezó a decir que muchas veces le mandaban información sacada de Internet totalmente inútil, que ya estaba harto de ver listas de bibliografía sobre Wagner con libros que solamente los hay en Estados Unidos pero que nadie iría a por ellos, y yo replicado que antes me dejara decirle lo que era... uno de los defectos de D. Angel era ese, que si se lanzaba a hablar, no dejaba hablar a nadie. Así pasamos, sin exagerar, como 20 minutos de discusión, los dos erre que erre, cada uno sin dar su brazo a torcer. La escena puede parecer hoy algo cómica para el que no la vivió. Al final, encontré un resquicio donde él había dejado momentáneamente de hablar y pude decir: "Me refería a algo que sí tiene interés: Discografías de directores". Se hizo un silencio al otro lado de la línea y en un tono más calmado me contesta: "Discografías de directores... eso puede estar interesante". Al final le llevaría impresas las de los Kleiber, padre e hijo, y la de Karl Muck.

El 17 de octubre de 1998, a las 17:55 h, después de llevar 17 años y medio leyendo sus críticas, llegaba a la casa de Angel-Fernando Mayo, una especie de "Walhalla" particular situado en un noveno y último piso. Su estudio estaba rodeado por libros, Lps y Cds en tres de sus cuatro paredes, y por la cuarta, totalmente acristalada, se veía Madrid. Allí hubo tiempo para hablar de todo tipo de temas, desde el Bruckner de Celibidache que acababa de publicarse en EMI ("es interesante para comprobar hasta qué extremos de lentitud se puede llegar, pero yo seguiré acudiendo, para Bruckner, a mis Jochum y mis Günter Wand"), sobre la figura de Karajan, del que ese año se había celebrado el que tendría que haber sido, si siguiera vivo, el 90 aniversario de su nacimiento ("después de muerto, lo que más cuenta en un músico no es su talla comercial, sino la artística, y esta en Karajan no estuvo a la altura de la primera"), sobre las próximas ediciones wagnerianas importantes en disco que se avecinaban (el Holandés del 55 y los Maestros del 60 por Knappertsbusch en Golden Melodram; y, sobre todo, el Ocaso grabado por "Kna" en 1951 y nunca publicado hasta entonces, que iba a salir en Testament). Me puso los "adioses de Wotan" cantados por Hans Hotter, procedentes del Anillo de 1956 (que me compré tres meses después) y un video del Acto I de La Walkyria dirigido por el mismo Knapperstbusch en Viena en un concierto de 1963, una copia de enésima generación que se veía muy mal, temblaba mucho la imagen, y él se preguntaba si se publicaría eso alguna vez en edición decente (lo va a publicar TDK en DVD en octubre de este año 2003). También me habló de que a finales de año salía la primera edición de su "Guía de Wagner". Sólo tuvimos 90 minutos de conversación, porque a las 19:25 salí para tomar el metro que me llevara hasta el Real, donde "Aida" empezaba a las 20:00 (llegué con el tiempo justo, sentándome cuando el público aplaudía la salida del director, García Navarro).

La siguiente oportunidad de hablar con él tardaría dos años en llegar. Mientras tanto, habían pasado muchas cosas: yo había comenzado a participar en chats y foros de internet, a través de ellos había conocido a mucha gente, y como suele ocurrir en estos casos se planeó una reunión o "quedada" para conocernos en persona los que nos conocíamos sólo a través de internet. El sitio más adecuado para reunirnos era Madrid, y yo aproveché mi visita para quedar con Angel Mayo para hablar otro rato, suponiendo que se acordaría aún de mí (como así era). Le llamé para hablarle del motivo de mi visita, y me dijo que si había más gente aficionada a Wagner o melómanos en general, podían también participar en la reunión. Quedamos en la cervecería Santa Bárbara de Madrid (cerca de Alonso Martínez) a la 1 de la tarde del primer domingo de octubre del año 2000, y de los participantes en la "quedada" sólo se apuntaron dos personas. Le llevé alguna discografía más de directores (Schuricht, Mengelberg, Monteux, Mravinsky).

En la reunión en el "Santa Bárbara", entre abundante trasiego de cerveza y gambas por su parte, nos contó la maravilla que se había presentado en el último festival de Bayreuth: Christian Thielemann, un joven director que había hecho los Maestros Cantores mejor dirigidos que Mayo había escuchado en vivo en toda su vida (y se los había oído a Böhm, Barenboim, y muchísimos otros). Por contra, de Sinopoli, quien había dirigido el "Anillo" ese mismo año, lo que dijo fue "A ese había que encerrarle en el monasterio de Monte Cassino y obligarle a que se estudiara las partituras". También hablaba de los críticos españoles que habían acudido ese año a Bayreuth para estar "con Pláaaacido" (esto dicho abriendo ostensiblemebte los brazos). "A mí no me llamaron... Ya debían saber que no iría". No tenía buena consideración del trabajo de Domingo en La Walkyria: si el primer acto aún lo cantó bien ("fuera de estilo, pero bien") con el segundo ya no pudo. En cuanto a otros críticos, contó que Gonzalo Alonso le había preguntado cómo era posible que alguien de la categoría de Mayo no fuera mucho más conocido en España; la respuesta era, claro está, su independencia.

Se habló también del reciente montaje del Tristán e Isolda que había dirigido Barenboim en Madrid, él decía que "los que dicen que ese Tristán es la mejor representación de ópera que han oído, es que muy pocas han oído". No faltó la parte de política, pues Mayo era una persona de ideas muy conservadoras y recuerdo que una anécdota que siempre contaba era la visita que hizo De Gaulle a España en 1969, nada más dejar el poder, cuando apareció abrazándose con Franco en Santander, en una célebre foto. En aquella reunión le dije que conocía a alguien que había grabado la transmisión de los Maestros de Thielemann con calidad "digital" (de decodificador de TV-satélite directamente a la tarjeta de sonido de un ordenador) y él se mostró muy interesado en que le enviara copia, "páseme la cuenta de los gastos que sean", a lo que contesté que las copias de Cds no se cobraban entre amigos. La última frase que me dijo mientras se subía al taxi fue: "Me gustaría poder quedar con usted en otra ocasión para seguir hablando.... con más tiempo" (obsérvese lo educado que era Mayo, que nunca o casi nunca apeaba el "usted").

Esa grabación de los Maestros la recibí pero... venía con ciertos defectos en el sonido, y el corregirlos llevó cierto tiempo. Al final, cuando le pude mandar lo prometido era ya febrero del 2001. Incluía en la carta varias consultas sobre la discografía de Knappertsbusch, que también elaboraba yo para publicarse en una página de internet. Tardó como tres meses en contestarme, esta vez por carta (la primera que me mandaba, escrita con su membrete personal), disculpándose por no haberlo hecho antes debido a su exceso de trabajo, entre el que se encontraban el programa Kna en el siglo XXI para Radio Clásica, libretos de óperas para el Real y subtitulaciones para DVDs, el libro que recogía los Escritos de París de Wagner, y también la segunda edición de su "Guía de Wagner", que se publicaría en junio de 2001. La grabación de esos Maestros le había gustado especialmente, ya la había usado para una conferencia, y la volvería a usar en el Teatro Real para otra, antes de que la obra se presentase allí dirigida por Barenboim.

En 2001 decidimos hacer una segunda edición de la "quedada", en el "puente" de la festividad del 12 de octubre y, como ya era costumbre, llamé a Mayo. Esta vez se excusó por su falta de tiempo, si hubiera venido una o dos semanas antes me hubiera podido dedicar más tiempo, pero ahora se le había acumulado el trabajo y además el 12 de octubre era el santo de su mujer (que se llama Pilar) y nunca salía de casa ese día para pasarlo entero con ella. Solamente me podría dedicar el domingo otro par de horas como el año pasado en la misma cervecería, y no un tiempo más prolongado (me han contado otras personas que le conocían que a veces cuando visitaban Madrid pasaba con ellos el día entero).

Tras una búsqueda por todo Madrid, conseguí encontrar en un "Crisol" (que abren los domingos), cuando faltaba menos de media hora para la reunión, la segunda edición de la "Guía de Wagner", y la compré justo a tiempo para poder llevámela de vuelta a casa con una dedicatoria de su autor. El me regaló el libro de los escritos de Wagner en París, "como compensación a las molestias que se ha tomado" (se refería a la copia de los Maestros de Thielemann, supongo) y también me lo dedicó. Citó alguna frase del libro, como muestra del sentido del humor de Wagner: en un relato, un marido descubre a su mujer con un amante, y se propone matar a este; para frenarle, a ella no se le ocurre mejor argumento que decir "Detente, desgraciado, ¿cómo vas a matar al padre de tus hijos?".

En la conversación (a la que también acudieron otras dos personas, aunque distintas de las del año anterior) se habló de hacia dónde iba el mundo tras los atentados del 11 de septiembre, que habían ocurrido un mes antes. También las polémicas declaraciones de Stockhausen, y el hecho de estar en el primer año del nuevo siglo y poder hacer un balance del XX, sirvió para abordar el tema de la música contemporánea. Sobre la música de la segunda mitad del siglo XX, pensaba que ”la posteridad será muy crítica con ella, igual que ellos fueron críticos con lo anterior”. Le pregunté si al menos se podía salvar de la quema a Shostakovich y me dijo que por su música de cámara igual sí, pero que en sus sinfonías había cosas inaguantables como ese tema que se repite una y otra vez en el primer movimiento de la "Leningrado". No quedaban mejor parados otros compositores: las obras de Messiaen en general "duraban demasiado". De Boulez, según él, sólo permanecerá El Martillo sin Dueño. Sobre Stockhausen recordó un artículo suyo publicado en Mundoclasico.com, donde se contaba un recital de Pollini en Madrid con los Klavierstücke. Como en dicho artículo, repitió que aún conservaba con cariño el LP del Canto de los adolescentes. Luego se puso a describir un concierto de Stockhausen una vez que vino a Madrid y presentó una obra extravagante que era todo piiii poooo y cosas así; Mayo apoyaba su descripción con ostensibles movimientos de ojos, nariz y lengua que fueron el deleite de chicos y grandes allí reunidos.

En cuanto a compositores españoles, como Cristóbal Halffter, le pregunté su opinión sobre la crítica feroz que se les hacía desde Mundoclasico.com; para él, lo único que le reprochaba a X. M. Carreira es "que les atacara demasiado poco". Para Mayo, Halffter era un caradura que ha vivido toda su vida de subvenciones millonarias por hacer "una música que interesa a muy poca gente", y encima va por la vida de víctima, quejándose de lo incomprendido que es. De hecho, Boulez era la envidia de Halffter porque le habían hecho un IRCAM para él solito. En cambio no veía con buenos ojos que los ataques a Halffter se basaran en su comportamiento bajo el franquismo; para Mayo, la vida cultural bajo el franquismo tenía en muchos aspectos más nivel que la actual, y ahí estaba como muestra la Orquesta Nacional en su mejor época, con Argenta. Para él, la "dictadura cultural" actual de lo "políticamente correcto" era más restrictiva que la del propio franquismo, se podían decir ahora aún menos cosas. También hablaba de las firmas de los columnistas de periódicos, que leía ávidamente; según él bastaba con leer el primer párrafo para poder ubicar la tendencia del autor, o a qué grupo de presión pertenecía.

Otros temas abordados fueron desde sus viajes por Africa y la miseria que había visto por allá, hasta sus impresiones tras haber visto la película El triunfo de la voluntad de Leni Riefensthal: para él, bastaba ver las caras de "esa mierda" (sic) de los dirigentes nazis (Hess, Himmler, Goering...) para darse cuenta que eran una panda de brutos. Sólo salvaba a Goebbels, quien le parecía un tipo inteligente. Sobre Wagner y los judíos, contó que entre sus próximos proyectos estaba el traducir las actas de un congreso sobre dicho tema, que según él dejaría las cosas en su punto. Había reprendido a un crítico de Ritmo por haber escrito que la música de Wagner se la ponían a los judíos que iban a ser gaseados, ”una patraña que tal vez la crea el vulgo pero que una persona culta no la debería creer”.

Finalmente, y ya con escaso tiempo, surgió el tema de los directores brucknerianos, y los ciclos Bruckner más recomendables. El seguía siendo fiel a los de Jochum, y reivindicando el segundo de EMI, que parece que todos desprecian frente al primero de DG, aun reconociendo que Jochum en la 8ª y 9ª nunca brilló mucho. En cuanto a brucknerianos más modernos se quedaba con Günther Wand, aunque las últimas de Berlín estaban por debajo de otros logros suyos, para él el mejor Wand es el de la Radio de Colonia. Sobre Celibidache, el mejor era el más joven (época de Stuttgart) y en sus últimos años dirigía con esas lentitudes debido a la artrosis.

Aquella fue la última vez que le vi y hablé con él, puesto que en el 2002 no hubo voluntad o recursos para repetir otra "quedada" y tampoco me acerqué a Madrid por ningún otro motivo. Sin embargo, aún hubo alguna comunicación por carta que creo tendría su interés contar.

Tras recibir la segunda edición de la "Guía", al llegar a casa me puse a leerla atentamente, y decidí hacer una revisión buscando erratas, por ejemplo en apellidos de cantantes o directores citados en la discografía de cada ópera. La cosa se prolongó durante meses, pues la iba haciendo a ratos libres, leyendo minuciosamente cada página, y pensaba tenerla lista para dársela la próxima vez que nos viéramos. Como no hubo reunión en octubre de 2002, acabé enviándole la lista de "erratas advertidas" por carta. Era ya noviembre. Esta vez recibí la respuesta "a vuelta de correo", una semana después. Fue lo último que recibí de él. En ella me decía:

<< Me ha dado Vd. una gran alegría con su última carta y la minuciosa relación de las erratas y errores que ha podido detectar en la segunda edición de mi "Guía de Wagner". ¡Qué paciencia! [...] Su ayuda es ahora inestimable, ya he anotado en el libro que me sirve de borrador casi todo lo que Vd. me indica; pero, ¿se producirá aún una tercera edición? En ese asierto no tengo el menor atisbo de tal cosa. >>

Terminaba preguntándome si llevaba una relación al día de lo que había salido de Wagner desde junio de 2001, fecha de cierre de la 2ª edición, aunque eso << No corre prisa, pues ya le he dicho que no hay indicios de una posible tercera edición de la "Guía". >>. También me pedía una discografía de Konwitschny, y que esto le corría más prisa (lo necesitaba para un artículo de Diverdi, que aparecería a principios de 2003). El 2 de diciembre de 2002 mandé una carta con lo de Konwitschny y a la pregunta sobre la discografía de Wagner, contestaba que no la tenía, pero que me ponía a ello. Fue la última carta que le envié.

Si lo contemplamos con una mentalidad "egoísta", alguien podría decir que "saqué poco provecho" de conocer a una persona tan interesante: sólo cinco horas y media de conversación en persona, unas dos horas por teléfono, intercambiarse 7 cartas... todo eso para 5 años. Pero también pudo ocurrir que no hubiera aparecido aquella petición en Diverdi, o que yo no me hubiera decidido a contestarla, que no nos hubiéramos conocido nunca, y que yo siguiera siendo uno más de sus muchos lectores anónimos. En conjunto, creo que no puedo quejarme.

Pronto comprobé que lo de ir sello por sello reuniendo todo lo que no figurara en la "Guía" era una tarea ingente, y que no acababa para finales de año. Había una gran cantidad de sellos "raros" que se encuentran sólo en internet, no en las tiendas (Mayo no manejaba internet, para él los ordenadores eran "un arcano indescifrable") y llevaba su tiempo reunirlo todo. El 13 de febrero y el 22 de mayo se cumplían aniversarios wagnerianos, habría sido el momento ideal para señalar "hasta aquí". Sin embargo, surgieron cosas que sólo permitían trabajar a ratos en la discografía "faltante" de Wagner, y la nueva fecha que me propuse fue junio de 2003. Pensé: ya que la 2ª edición estaba cerrada en junio de 2001, pues contendrá todo lo que surgió hasta dos años justos después. Estuve recopilando información en abundancia y pensaba reunirlo todo en una nueva carta que mandaría hacia el 30 de junio.

Ahora veo que nunca mandaré esa carta y que todo lo que trabajé en este tema ha sido tiempo perdido. Y lo menos importante es lo que haya perdido yo, pienso en cuánto trabajo suyo se habrá echado a perder: cuando murió, aún seguía trabajando en el libro sobre Knappertsbusch para el que le mandé mi investigación hace ya cinco años, pues no había conseguido que nadie le encontrara el expediente del proceso al que se sometió al director después de la guerra por presunto colaboracionismo con los nazis. También tenía anunciada la traducción de dos libros sobre Furtwängler, a publicar en el 50 aniversario de su muerte (2004), también había traducido las memorias de Karl Böhm para su "uso personal" (al parecer a nadie le interesaba editar eso), también había hablado en varias ocasiones de escribir un libro sobre la historia del Festival de Bayreuth, o hacer la tercera edición de la misma "Guía"... en fin, tantos proyectos que la muerte se lleva por delante.

Ahora pienso que, si hubiera sospechado que podía ocurrir algo así, igual me hubiera dado más prisa en enviarle cosas, o que se hubiera celebrado la "quedada" del 2002 pese a todo, o que me hubiera bajado por Madrid con cualquier pretexto. También pienso en las cosas que me hubiera gustado preguntarle, y no hubo ocasión. Pero todo esto se piensa cuando ya es demasiado tarde. Así somos los humanos, hacemos planes a largo plazo, pensando que contamos con todo el tiempo del mundo, y en realidad estamos viviendo contra-reloj, y no nos damos cuenta hasta que nos lo recuerda la Parca. Lo que nos falta siempre es tiempo, más tiempo. Como nos faltó para poder cumplir su promesa: "Me gustaría poder quedar con usted en otra ocasión para seguir hablando.... con más tiempo". Ya nunca volveremos a tener tiempo, Maestro, descanse usted en paz.


Juan Carlos Lozano: "Eternamente"

            El verano pasado, durante un viaje con itinerario wagneriano (1) propuse a mis compañeros visitar en Múnich la iglesia de  Bogenhausen. Llegado el momento, sólo uno de los viajeros, mi esposa y yo traspasamos el acceso al pequeño cementerio ajardinado  que circunda la iglesia. Ya desde el  exterior era posible divisar el característico campanario de bulbo, tan típico de las iglesias en Baviera. Había comenzado a caer una fina lluvia y el olor a tierra mojada era penetrante. Pudimos ver la tumba de Rudolf Kempe, el mejor director wagneriano de su generación (2), y luego mis pasos me guiaron rápidos a la de Hans Knappertsbusch, el inolvidable Kna, el último guardián del Grial.  Me incliné y pensé que sólo a una persona debía el encontrarme ahora allí, en definitiva, haberme convertido en ferviente (perdón por los palabros)  wagneriano, wielandiano y knappertsbuschiano;  esa persona era Ángel Fernando Mayo, quien a través de sus escritos me había transmitido su entusiasmo desbordante por los grandes intérpretes de la Obra de Arte Total. También por él sabía que los restos mortales de tres destacados  artistas wagnerianos se encontraban en aquel solitario y pequeño recinto: los dos directores mencionados y la soprano Elisabeth Grümmer. Como no teníamos más tiempo y nuestros compañeros de viaje ya nos esperaban en las inmediaciones de la Marienplatz, no pude localizar su tumba y rendir tributo a la más ensoñadora Elsa de que seguramente guarda memoria la discografía (3).

            Si algún día regreso a Múnich, volveré a aquel cementerio y esa vez sí buscaré la tumba de la excelsa soprano y dejaré una rosa junto a cada uno de ellos, como lo hacía el mismo Ángel Mayo, que siempre pasaba por allí, camino de Bayreuth. Él ya no podrá hacerlo; la noche del pasado 14 de junio le visitó la walkyria y fue a reunirse con los tres en algún lugar al borde de las estrellas.

Cuando me encargaron esta pequeña reseña, sabía que sobre todo despedíamos a una gran persona. Otros que tuvieron el privilegio de conocerle hablarán de su gran calidad humana, de su generosidad, de su amplísima cultura, incluso de su gusto por la buena mesa. Desgraciadamente yo no llegué a conocerle, ni siquiera pude acudir nunca a alguna de sus conferencias. A los que le conocieron y compartieron con él mesa y conversación, a aquellos que además del maestro pierden al amigo, mis más sinceras condolencias. La historia de mi devenir wagneriano es sin duda la historia anónima de muchos wagnerianos españoles. Hablaré de mí y de ese devenir de más de 20 años, siempre  vinculado a la obra de Ángel Mayo, ya sea como ensayista, crítico o traductor.

            El arranque de esa historia comenzaría, como la de muchos wagnerianos de mi generación, a principios de los años ochenta, con la película Excalibur de John Boorman. Desde entonces supe “que aquella era mi música” (4) pero ¿habría acertado yo con el rumbo de no ser por un artículo de Ángel Mayo que llegó a mis manos?

            Buscando un verano  más música de Wagner en la entonces llamada Radio 2 vine a  de pronto, a mediados de los 80,  a caer de lleno en el Festival de Bayreuth y supe que todos los años retransmitían varias óperas (entonces aún eran óperas) de Wagner. Recuerdo aquellas primeras conexiones, con una radio portátil a pilas, en el campo o en la playa, intentando orientar la antena para que el Lohengrin o El ocaso llegaran con el menor número posible de interferencias. Allí, además de la música, me encontré por primera vez con la historia de Tristán, del Anillo o de Parsifal, y nada menos que de la mano de Rafael Taibo como un comandante Cousteau de las ondas hertzianas, que iba desgranando el devenir de la historia con su gran estilo.  El comentarista (no recuerdo ahora quien sería),  muy a menudo citaba, como para darle autoridad a su exposición, al “gran wagneriano Ángel Fernando Mayo”. A mí, en aquel entonces el nombre no me decía nada; bueno, me sonaba a actor de cine español de posguerra.

            Lo primero que leí de Ángel F. Mayo fue un prólogo que, bajo el título “Variaciones sobre el caso Wagner”, encabezaba la edición española de la biografía del Maestro escrita por el verdiano Charles Osborne y editada por Salvat. El artículo de Mayo me cautivó enseguida, tanto por lo que contaba como por cómo lo contaba; su prosa era ágil y además utilizando un castellano impecable. Fue todo un descubrimiento, ya nada fue igual. Allí se hablaba de manera casi embrionaria de todos aquellos temas en los que  Ángel Mayo había incidido o habría de incidir de forma más amplía; leí por primera vez acerca del escándalo que supuso el llamado Anillo del siglo (discurso desmitificador de Scheel incluido), del Wagner hombre, deformado a fuerza de tópicos (tópicos en los que por otra parte caía el biógrafo Osborne), de la llamada profecía de Jean Paul que el año de nacimiento de Wagner hizo en Bayreuth votos por la aparición del poeta-músico; su relación con Luis II; la cuestión judía que aún hoy en día trae cola; la Obra de Arte Total;  de Wieland y también hablaba de un director, último guardián del Grial, llamado Hans Knappertsbusch (¡Dios mío, cómo se pronunciaría tal apellido!).

            Después de leer aquello me entraron ganas de leer más, todo lo que pudiera reunir de aquel hombre. También, al final de aquel libro,  había una paupérrima bibliografía que no sé si se debía a Mayo, pero lo cierto es que allí, del mismo autor,  aparecía “Wagner, el mago de Bayreuth” dentro de la Enciclopedia de Grandes Compositores de Salvat y una serie de artículos publicados en 1976 en la revista Ritmo bajo el título genérico de “Cien años del Festival Bayreuth”; además de la biografía de Wagner por Gregor-Dellín, editada en España y traducida por Mayo con motivo del centenario de su muerte, en 1983.

            En estos trabajos pude leer algo que ya, definitivamente, encauzó mi camino en la comprensión del Drama wagneriano; más que a la música, la obra escénica de Wagner pertenecía al mundo del Teatro, ese era su legítimo hogar; y como dramaturgo, creador del Drama musical, Wagner estaba a la altura de Shakespeare o de los grandes autores clásicos; y además otro Wagner, su nieto Wieland, supo llevar, con su genio inigualable, la obra de su abuelo a su máxima expresión durante la época de los Festivales acuñada con el nombre de “Nuevo Bayreuth”, tras la segunda guerra mundial.

            No quiero cansar al respetable, imagino que mi historia es muy parecida a la muchos amigos wagnerianos. Durante años he ido recopilando, atesorando por fotocopia aquellos artículos antiguos de los que tenía noticia, coleccionando las revistas y hojas parroquiales donde aparecía algún artículo suyo, comprando los libros que salían al mercado;  escritos o bien traducidos por él: la citada biografía de Gregor Dellín (Alianza Editorial), Mi vida (Turner) , Opera y Drama (Junta de Andalucía), las novelas parisinas (Muchnik), los libretos del Teatro Real, la traducción de El anillo del nibelungo (Turner) y las dos ediciones de la Guía Wagner (Península).

            Su legado está ahí, pero sabemos también que tenía ultimada una versión definitiva de su traducción del Anillo y que preparaba un libro sobre Berlioz (5). También habló alguna vez de las memorias de Karl Böhm, que tenía traducidas para su uso personal, dado el nulo interés de las editoriales, y de la traducción de un libro de escritos de Furtwängler.  Más futurible era un libro de recuerdos sobre Bayreuth y otro sobre Knappertsbusch, aunque no dudo que seguramente tenía ya alguna parte escrita. Es de esperar que todo esto pueda ver la luz un día.

            Al enterarme de su muerte al día siguiente de producirse, sentí una profunda tristeza; hice un repaso por todo este discurrir wagneriano de más de veinte años, siempre ligado de una u otra forma a su magisterio. ¿Qué pasaría ahora? Quizás entendí el sentimiento de Siegmund cuando Wälse desaparece y en su lugar sólo queda una piel de lobo en la floresta. Aquella noche escuché El ocaso de los dioses en la versión de Kna de 1951 (Testament) desde la muerte de Siegfried  hasta el final. La marcha fúnebre y el Ruhe, ruhe du Gott! nunca habían sonado con tanta emoción. La voz de la inalcanzable acariciaba las estrellas del cielo estival.  Tardé una semana en volver a escuchar música de Wagner.

            Sus cenizas serán enterradas en la isla de  Menorca, la antigua Nura de los fenicios. Sí, él ha muerto, pero su obra y su recuerdo permanecerán con nosotros. Descanse en paz.

La amada tierra florece en primavera por doquier y reverdece
nuevamente! ¡Por todas partes y eternamente refulge azul el horizonte!
Eternamente... Eternamente... Eternamente...
Eternamente... Eternamente... Eternamente...Eternamente.
(6)

(1)     Ese viaje nos llevó a unos amigos, con nuestras respectivas parejas, a recorrer parte de la Europa wagneriana, pasando por Lucerna, castillos de Luis II,  Oberammengau, lago Starnberg, Munich, Nuremberg y finalizando, como no podía ser de otro modo, en Bayreuth, coincidiendo con la clausura de los Festivales. Fueron, como hubiese dicho Nietzsche, días de azares sublimes.
(2)    Cualquier lector que esté acostumbrado a los análisis discográficos de AFM se habrá percatado de que siempre que citaba al director dresdense lo hacía añadiendo a continuación el mejor director wagneriano de su generación, como a manera de leitmotiv. Igualmente, muchas veces al citar a Karl Böhm añadía el picaruelo de Graz. La complicidad de Ángel Mayo con sus lectores era una delicia. 
(3)    Elisabeth Grümmer fue también una magistral Elisabeth, Eva y Freia; además de una consumada liederista.
(4)    “Me pareció que aquella música era la mia y la reconocí como todo hombre reconoce las cosas que está destinado a amar” Charles Baudelaire al escuchar el Tannhäuser.
(5)    José Luis Pérez de Arteaga en una semblanza de Ángel Mayo en Radio Clásica, dentro del programa “Café concierto” en la tarde del 16 de junio.
(6)   Últimos versos de La Canción de la Tierra de Gustav Mahler.


Antonio Pons

      Era un veintinueve de julio de 1979, cuando aproximadamente a las dos de la tarde en Villacarlos, el pueblo de esta isla de Menorca, en el que Ángel y su familia pasaban los veranos en una modesta vivienda de su propiedad, me encontré frente a él y su Sra. Pilar. Yo, un humilde estudiante de música (que era en aquellas fechas suscriptor de la revista Ritmo), gracias a las fotografías de algunas reuniones de los redactores de dicha revista (en las cuales ponían a pie de foto los nombres), reconocí en aquel momento a Ángel. Me presenté y le pregunté si efectivamente era el subdirector de la revista Ritmo, a lo cual muy amablemente me contestó que sí; como íbamos al mismo restaurante a almorzar, me invitó a que comiera con él y su señora.

      Estuvimos -creo yo- aproximadamente una hora y media, y allí fue cuando por primera vez escuché los nombres de Kna, Hotter, Varnay, Windgassen, etc. y algunas de sus vivencias de sus primeros años como tramoyista del Festpielhaus, así como lo que le había parecido el Festival en su último viaje a la colina verde, todo ello con una pasión y una sinceridad que me cautivó.

      A partir de aquella fecha mantuvimos una relación amigable en sus veranos menorquines. Recuerdo con especial cariño la audición, comentada y con coloquio, del Ocaso del 51, que se hizo por mediación de Juventudes Musicales, en tres noches, en agosto del año 2000, después de su viaje a Bayreuth.

      Nuestro último encuentro tuvo lugar en Madrid el pasado diciembre, donde asistimos a un concierto de la Sinfónica de Galicia de su amigo Víctor Pablo Pérez, y en la Zarzuela a un recital de la Lott. Era un hombre sincero cuando expresaba su opinión respecto de la obra de Richard Wagner, sin casarse con nadie, con una finísima ironía, y un rigor extremo en sus escritos.

      En el puerto de Mahón, que tan bien conocía y que tanto amaba, en su ladera sur, reposarán sus restos. Por mi parte, deseo incluir aquí “En la puesta de sol”, el poema de Joseph von Eichendorff, al que puso música Richard Strauss, para que estos versos le acompañen en su eterno descanso.

IM ABENDROT  (En la puesta de sol)

Con penas y alegrías,
mano a mano, hemos caminado.
Reposemos ahora de nuestros viajes,
en la tranquila campiña.
A nuestro alrededor se inclinan los valles
ya la brisa se ensombrece.
Sólo dos alondras alzan todavía el vuelo
soñando de nuevo en el oloroso aire.
Acércate y déjalas trinar,
pronto será hora de dormir,
para que no podamos perdernos
en esta soledad.
Oh, inmensa y dulce paz,
tan profunda en la puesta de sol,
qué fatigados estamos por haber caminado.
¿Será esta, entonces, la muerte?


Julio 2003