Número 202 - Zaragoza - Octubre 2017
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POSTOPERATORIO: LOS MAESTROS CANTORES EN BAYREUTH

El miércoles 25 de julio todos los que estábamos escuchando Radio Clásica (y todos los que pudieron escuchar, de una forma u otra, el Festival de Bayreuth) fuimos testigos de un prodigio. En el podio había un verdadero director wagneriano que dio una lección de cómo transmitir la comedia humana del genio de Leipzig.

Sólo la obertura ya nos permitió prever la maravilla de dirección que íbamos a escuchar. Con un tempo un poco más ligero que el año pasado, Thielemann destacó todo los motivos y expuso de forma clarísima la arquitectura de esta obertura, con un poder narrativo absolutamente convincente, sin los complejos de otros directores; todo esto sin ablandar el sonido y consiguiendo un empaste perfecto. Es obvio que los músicos de la orquesta del Festival se emplearon a fondo con un director al que respetan y admiran (de esto tengo testimonios de primera mano). El único momento en que a Thielemann pareció írsele la cosa un poco de las manos fue la parte central del concertante del primer acto, pero afortunadamente el desajuste apenas duró. En general, la dirección musical fue menos solemne que el año pasado, pero eso no quiere decir que fuera peor, ya que Thielemann supo ofrecer una versión cargada de vida y alegría. Su ya famosa pausa en el "Wach auf" no fue este año tan larga, pero siguió teniendo gran aliento y enorme poder comunicativo. Y por supuesto, al final volvió a hacer que el coro alargara la última nota durante cuatro compases (es decir, hasta que terminan las figuras motívicas en la orquesta) en vez de uno. En definitiva, este año parece incluso haber superado su fenomenal actuación del año 2000.

En cuanto a los cantantes, mi juicio está afectado por el sonido de las retransmisiones de Radio Clásica, que, como he podido comprobar, tiene poco o nada que ver con lo que se oye en el Festspielhaus: el sonido por la radio es metálico, y los micros favorecen claramente a los cantantes, quienes parecen tener el doble de voz que en realidad tienen.

Robert Dean-Smith estuvo mucho mejor de lo que lo recordaba e hizo un buen Walther, ciertamente con no mucho lirismo ni exquisitez, pero sí lleno de gallardía y juventud; es bastante, para los tiempos que corren. Su "Canción del premio" fue bastante mejor que la del año pasado, con más aliento y mayor convicción. Clemens Bieber fue un David falto de seguridad y con un timbre no muy grato al oído. Lamento decir que la Eva de Emily Magee me pareció sensiblemente peor que cuando la vi allí en 1998 y me dio la impresión de que un principio de vibrato constante se está empezando a asentar en su garganta; sería una pena. La Magdalena de Michelle Breedt fue solvente en un papel que, por lo demás, tampoco destaca mucho.

Robert Holl hizo un Sachs achacoso, pues su voz posee un ruido que la hace sonar avejentada. Este año, su interpretación de un Sachs "muy humano" (como dice Thielemann) no logró evitar que su feo timbre nos cansara. Por desgracia, no parece haber muchas opciones buenas para Sachs actualmente (excluyo aquí conscientemente al excelente bajo-barítono Thomas Quasthoff, quien por razones obvias nunca ha cantado en escena). Andreas Schmidt, en cambio, fue un Beckmesser muy logrado: un verdadero pedante, un personaje de comedia al que no hay que redimir, puesto que es la contrapartida dramática de Hans Sachs y de Walther von Stolzing, y no un símbolo de no sé qué oscuras intenciones de Wagner. Thielemann lo entiende así, puesto que para él la música es arte y no política (¡cuán wagneriana es esta afirmación!) y quizá por eso Andreas Schmidt tiene con Thielemann matices que con otros directores no aparecen.

El Pogner de Guido Jentjents me pareció insuficiente, no ya porque la voz fuera brusca, sino por su canto poco musical. Del Kothner de Hans-Joachim Ketelsen se puede decir lo mismo: su lectura de las reglas de la tabulatura fue tosca. El resto de la corporación de maestros me pareció solvente.

Por último, el coro y la orquesta, como siempre, absolutamente magníficos. En definitiva, Bayreuth ha encontrado el milagro en el arte de Christian Thielemann, que ha sido capaz de devolver a la música de Wagner el esplendor, el calor y el carácter que necesitaba. Ha sido una pena que no todo el elenco estuviera a la altura. Pero al menos, en "Maestros cantores", creo que Thielemann no tiene rival hoy en día. Y estamos hablando de un director jovencísimo, sólo 41 años. Habrá que ver cómo suena su "Parsifal" el día 3 de agosto.

Germán Rodríguez

Agosto 2001