Número 202 - Zaragoza - Octubre 2017
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POSTOPERATORIO: LOS MAESTROS CANTORES EN BAYREUTH

SENCILLAMENTE INSUPERABLE

Los Maestros cantores de Thielemann

Lo primero que quiero advertir al amable lector es que no me importa cómo sonó por la radio, yo voy a hablar de lo que pude ver y escuchar en vivo, allí en el Festspielhaus de Bayreuth. Ya me quejé de que lo que se oye por la radio es muy diferente de lo que allí se escucha. Afortunadamente, la diferencia no siempre fue para mal: las voces eran menos voluminosas, sí, pero las imperfecciones también se oían menos y por supuesto la acústica de Bayreuth es todo lo contrario del sonido metálico de la radio.

También quiero dejar claro que ya tuve ocasión de ver esta producción anteriormente, con otro director en el podio, y no me gustó prácticamente nada del resultado. El reparto vocal también me pareció en aquella ocasión muy mediocre.

El público

Por otra parte, el público de Bayreuth tiene fama de devoto y de respetuoso. Pues bien, debo de tener la desgracia de toparme con los más estúpidos y maleducados. El matrimonio que tenía delante a mi derecha tenía ganas de comentar cosas durante la representación, algo que ya de por sí es molesto, pero que lo es mucho más si el marido tiene una voz grave que hace que Gottlob Frick parezca Heidi. Tras varios siseos de un amigo y míos, logramos que se hiciera el silencio. No tuvimos tanta suerte con nuestros vecinos de butaca, una pareja adulta que resultó ser el macho y la hembra más maleducados y guarros que he podido encontrar en un teatro.

Él traía el libreto de Los maestros cantores de Nuremberg en la popular edición alemana de la casa Reclam. Nada que objetar; sería un neowagneriano que quería repasar el libreto antes de escuchar la obra. Imagine el lector nuestra sorpresa cuando, tras empezar el primer acto, este tipo (me resisto a llamarlo señor) saca una lupa con linterna incorporada y empieza a leer el libreto. Y ahí estamos mi amigo y yo, recibiendo la luz por la derecha, y tentados de hacer sombras chinas sobre la pared. Este ente asocial aguantó sin inmutarse nuestras miradas de odio. Estuvo dando la murga con la linternita hasta la escena de la pradera (es decir, dos actos y medio), con lo cual al menos pudimos acabar la obra bien.

Pero eso no fue lo peor. La cerda (y no pienso pedir disculpas a ningún políticamente correcto), repito, la cerda de su acompañante no sólo se descalzó durante la velada, sino que, aprovechando que las filas estaban escalonadas, apoyó los pies en el respaldo del asiento de delante, de forma que la señora de delante se podría haber rascado la cabeza con una ligera inclinación hacia atrás. Jamás había sido testigo de semejante marranada. Y tuvo que pasar en Bayreuth. Ah, y esta guarra se puso a tararear el “Jerum, jerum”, sin pensar que algunos preferíamos oír a Robert Holl. Menos mal que ahí sí que sirvieron nuestros siseos.

La música

Dicho esto, paso a comentar lo mejor que sucedió esa tarde del 2 de agosto de 2002. Insisto en que mis recuerdos de esa producción no eran buenos y que mi única esperanza de pasarlo bien era el excelente director Christian Thielemann. Efectivamente, cuando empezó el preludio del primer acto ya sonó la magia; una magia que siguió creciendo con el increíble ritardando con el que Thielemann corona la cadencia de Sol con séptima a Do, justo al final de dicho preludio, en la última reexposición del tema de los maestros. Fue grandioso. Me emocionó (y no fue la única vez esa tarde).

La sorpresa siguió cuando se levantó el telón para el primer acto y se escuchó el breve solo de viola que aparece entre las intervenciones corales... ¡Qué ternura! Fue magnífico, puro terciopelo. Todo esto ya acredita de sobra a la orquesta (de calidad indudable) y a Thielemann como un soberbio director. Sin embargo, Thielemann también se nos revela como gran director de cantantes, cuando vemos que Clemens Biber (un cantante que nunca me llamó la atención) de repente empieza a matizar, estimulado por el mimo con que Thielemann lo acompaña, y nos obsequia con una estupenda explicación a Walther de cómo se llega a ser maestro cantor.

Los conjuntos también sonaron de fábula, tal y como se pudo escuchar en el concertante del final del primer acto y en la fuga de la pelea del segundo acto.

Pero los momentos que se me han quedado grabados son tres: el quinteto, el coro “Wach auf” y el final de la obra. La sorpresa fue sobre todo el quinteto, dado que no deja de ser un número de solistas, y el canto wagneriano no pasa por sus mejores momentos precisamente. Pero en esta ocasión debo reconocer que fue idílico. Emily Magee empezó con una nota que parecía surgir del cielo y el resto de cantantes se unió estupendamente a ella. ¿Qué importa que a veces Dean-Smith tuviera dificultades en las partes más difíciles si su interpretación fue plenamente convincente? Thielemann les dejó respirar para que pudieran frasear con comodidad y la impresión dramático-musical que dejó fue grandiosa. El “Wach auf” fue sencillamente perfecto. En cuanto al final, el único “pero” que se le puede poner es que las trompetas en escena sonaban demasiado descompensadas respecto del sonido del foso. Pero, por lo demás, el resultado fue óptimo. Coro, solistas y orquesta sonaron como un todo y transmitieron el mensaje de paz artística que conlleva esta “comedia humana” de Wagner. El antecesor de Thielemann en esta producción jamás logro siquiera sincronizar al coro y a la orquesta, no digamos ya de expresar algún sentimiento.

Quisiera mencionar dos “marcas de fábrica” de Christian Thielemann que ha ido repetido en estas tres temporadas que ha dirigido Maestros cantores. Una de ellas es la retención de tempo que el director berlinés hace en la arenga de Sachs, justo tras la palabra “Reich” en el verso “das heil’ge römsche Reich”. De esta forma, Robert Holl alarga la palabra “Reich” y luego respira cómodamente (ya que Thielemann retiene también a la orquesta, respirando con Holl), para luego seguir con el siguiente verso sin problemas. Esto también afecta a la interpretación de esta arenga. Así pues, mientras algunos toman esa arenga por una burda exaltación patriotera y otros (como el ex-director de esta producción) aceleran el tempo para ridiculizarla desde la propia música,  con la pausa mencionada, Thielemann nos parece indicar que los versos cantados (“Y si dais vuestro favor a su hacer,/ aunque se disipara como el humo/ el Sacro Imperio Germánico”) son –como dijo Ángel-Fernando Mayo, hablando de la versión de Knappertsbusch– una reflexión histórica; y también una defensa del ideal artístico, separado de los enredos politiqueros. Esta distinción es algo que Thielemann lleva dentro (“¿Qué tiene que ver un Do sostenido menor con el fascismo?”, declaró a un periodista inglés).

La segunda “marca de fábrica” de Thielemann es la licencia que se permite con la última nota del coro, alargándola de forma espectacular hasta que los violines acaban con sus figuras descendentes, durante la coda. Es verdad que la nota escrita en la partitura es muchísimo más breve, pero a Thielemann no le suena circense, sino que encaja perfectamente en el drama, como expresión de aclamación popular hacia el maestro zapatero.

En cuanto a los cantantes, mi sorpresa fue total. Robert Holl me pareció anteriormente una voz leñosa y de timbre poco grato; pues bien, con Thielemann su voz me pareció cálida y su interpretación, logradísima. También Robert Dean-Smith, que me pareció forzado y chillón hace unos años, hizo un retrato de Walther muy logrado, con una buena línea de canto (aun sin llegar a las excelencias de otro cantante actual que lo supera en este papel). Michelle Breedt hizo una excelente Magdalene y Emily Magee una conmovedora Eva. Andreas Schmidt no está pasando por un buen momento vocal, pero trató de usar sus actuales limitaciones para caracterizar (con la ayuda de Thielemann) mejor su personaje y en general el resultado fue también muy bueno. Mención especial merecen los protagonistas por su actuación en el quinteto, que me pareció sublime. El coro y la orquesa, como siempre, fenomenales.

Resulta paradójico que me decidiera a esperar para pedir autógrafos y felicitar a los cantantes de la producción que, bajo otra batuta, me parecieron tan mediocres. Pero es lo que diferencia una buena dirección de una mala.

La escena

Aquí me sucedió algo parecido a lo que me pasó con la música. Con el anterior director, la escena me pareció acartonada, aburrida y pobre. Ahora (quizá también por comparación con el grotesco espectáculo de Kupfer en el Teatro Real el año pasado) debo reconocer que la producción me pareció adecuada, muy simpática en numerosas ocasiones y sobre todo fiel al espíritu de la obra. Se veía aquí una comedia. Todos nos desvivíamos por la relación amorosa entre Walther y Eva, sufríamos por los intentos de Walther para aprobar el examen, reflexionábamos con Hans Sachs sobre la naturaleza del ser humano y también aprendíamos esa doctrina de la renuncia que parte de la dignidad y del reconocimiento de lo que se es y a lo que se puede aspirar, esto es, de la humildad.

Los escenarios ambientan suficientemente la acción, siempre con un medio globo terráqueo de fondo, sobre el que se proyectan imágenes: el fondo de una iglesia en el primer acto, los tejados (de Nuremberg) y la luna en el segundo, y un enorme y precioso árbol en la escena de la pradera. La escena del principio del tercer acto, en la cabaña de Sachs, me parece notablemente fea: un interior prácticamente vacío (sólo una mesa y unas sillas) con paredes sin nada, todo de color blanco y con una luz blanca que resulta cegadora y molesta. En cambio, la siguiente escena, en la pradera, es la más bella de todas, con ese árbol proyectado sobre el globo terráqueo.

La dirección de actores tiende un poco a la caricatura, aunque sin llegar a resultar ridícula, lo cual me parece bien en una comedia. Reforzada por una dirección musical que cree en la obra, esta escena es un buen complemento a la idea de la comedia humana que Wagner quiso hacer. Pese a todo, Wolfgang Wagner cree en su abuelo y quizá esta obra sea la que mejor ha resuelto siempre.

Conclusión

El público se entregó a las ovaciones durante 20 minutos para esta producción, que se veía por última vez este año. Sinceramente, me pareció poco tiempo. La labor de todos se mereció muchísimo más. Incluso Wolfgang Wagner recibió aplausos generalizados y ningún abucheo. Los cantantes fueron ovacionados, sobre todo Robert Dean-Smith y Robert Holl. Aunque los verdaderos “premiados” por el público fueron el coro, con su director (Eberhard Friedrich), y Christian Thielemann, que así parece haber sobrevivido a los intentos de acabar con su carrera con difamaciones interesadas.

No logro entender algunas reacciones muy frías de ciertos sectores de la crítica, respecto de estos Maestros cantores. Yo he estado en Bayreuth en varias ocasiones. He podido asistir ya a prácticamente todas las obras de Wagner allí. Y tuve la suerte de ver el Tristán de Barenboim/Müller, con Jerusalem y Meier. Aquella vez pensé que no podría oír nada mejor. Pero...cuán equivocado estaba. El Tristán de Barenboim logró electrizarme, uno notaba erizarse el vello en la nuca, pero no conmovía; yo pensaba que es que en directo lograr eso era imposible. Pero no. Estos Maestros cantores lograron emocionarme hasta lo indecible. Estos Maestros han sido la mejor experiencia artística de mi vida, por ahora, y sólo de pensar que algo o alguien pueda mejorarlo me hace anhelar ese momento.

Recuerdo que salí de allí con mi amigo, paseando, hasta que me atreví a decir, con suma incredulidad: “No nos estamos equivocando, ¿verdad? Parece increíble, pero... ¡ha salido perfecto!”.

Creo que no hace falta decir más.

 

Germán Rodríguez

Septiembre 2002