Número 201 - Zaragoza - Septiembre 2017
NOTICIAS 



 Guía Bayreuth
 Nuevo
 Biografía
 Bayreuth
 Encuestas
 Libros
 Postoperatorios
 Trauermusik
 Premios
 Discografía
 Óperas y Dramas
 Efemérides
 In fernem Land...
 Intérpretes
 Leitmotivaciones
 Discos
 Entrevistas
 Wagnermaps
 WagnerStrasse
 La Risa de Kundry
 Incuestionables
 Menciones
 Acerca de...

 

POSTOPERATORIO: PARSIFAL EN BAYREUTH

Tocando fondo

El peor Parsifal que ha visto el Festival de Bayreuth
Bayreuther Festspielhaus, 13 de agosto de 2007

Adam Fischer (Director), Eberhard Friedrich (Director del coro), Christoph Schlingensief (Director de escena), Jukka Rasilainen (Amfortas), Artur Korn (Titurel), Robert Holl (Gurnemanz), Alfons Eberz (Parsifal), Karsten Mewes (Klingsor), Evelyn Herlitzius (Kundry), Clemens Bieber (1. Gralsritter), Samuel Youn (2. Gralsritter), Julia Borchert (1. Knappe), Atala Schöck (2. Knappe), Norbert Ernst (3. Knappe), Miljenko Turk (4. Knappe), Julia Borchert, Martina Rüping, Carola Guber, Anna Korondi, Jutta Maria Böhnert, Atala Schöck (Klingsors Zaubermädchen), Simone Schröder (Altsolo)

Lamentablemente el Parsifal perpetrado por Cristoph Schlingensief no merece una reseña demasiado extensa. Resultó una de las veladas más largas, letárgicas y aburridas de mi vida lírica, y la producción escénica, sobrecargada, fea y confusa, logra tan solo rayar lo indignante. Resumiré sus presupuestos en unas breves pinceladas. El Grial es una reproducción de la Venus de Willendorf a tamaño humano tumbada de espaldas en cuyo flujo menstrual mojan sus manos los caballeros ―un representante de cada una de las religiones totalitarias del mundo―, imprimiendo sus dedos sanguinolentos en la túnica blanca de Parsifal. Éste se desdobla en dos personajes idénticos ―tenor y figurante―, como también ocurre con Kundry. Amfortas y Klingsor aparecen aquí y allá aunque su presencia no esté ni prevista ni sea necesaria (al mago, como al resto de personajes, le lavan los pies en el tercer acto). Las muchachas flor van vestidas con disfraces tropicales. Una tropa de figurantes ―una enana, dos deficientes psíquicos vestidos de novios de tarta de boda, una vieja con cara de despiste, una monumental gorda medio desnuda, un tipo greñudo― deambulan por la escena sin ton ni son en todo momento, y hacen mil y una cosas, aunque ignoro qué significan, ni me importa lo más mínimo. El escenario está ocupado por una inmensa plataforma giratoria en la que los pobres tramoyistas montan y desmontan sucesivos decorados ―feos, recargados, agobiantes, cutres― que pronto cansan al espectador. Tres pantallas de cine semitransparentes van mostrando multitud de imágenes videográficas con toda clase de sucesos de los que sólo recuerdo un ritual vudú con la decapitación de un pollo y el vídeo final del que ahora hablaré. En su procesión los caballeros del Grial llevan una jaula con un conejo ―tal vez fuera liebre―, símbolo que reaparece como muñeco de felpa de grandes dimensiones en otros momentos, y que finalmente es extraído por Amfortas de un ataúd en el tercer acto: ¡era Titurel! Al final de la función, después de que Parsifal mate de un bastonazo ―¡la lanza! a Amfortas y luego se suicide por el mismo procedimiento ―¡qué difícil debe de ser suicidarse de un garrotazo en la barriga!―, Kundry se presenta vestida de blanco como la nueva señora del Grial; cae una pantalla sobre la que se proyecta durante los últimos diez minutos el vídeo a cámara rápida de la descomposición del cadáver de un conejo, con sus gusanos y todo.

            Al caer el telón, un indignado espectador exclamó en italiano «Vergogna!». Y desde luego, lo era. Ignoro si Schlingensief buscaba la mofa del respetable bayreuthiano ―geriátrico y enjoyado, por lo general― o si realmente la producción estaba meditada y pensada, e iba en serio. En el primer supuesto, encuentro inadmisible que nadie tome el pelo a una gente que ha pagado una entrada carísima ―la mía por lo pronto eran cien euros de vellón― por asistir a una función de la última obra de Wagner en el teatro para la que fue compuesta. En el segundo, me preocupo seriamente por la salud mental del joven régisseur, y recomiendo su inmediato internamiento en un centro psiquiátrico, junto a su extenso equipo de dramaturgos, videógrafos, iluminadores, decoradores y figurinistas.

            De la parte musical, embebida en la grisura deprimente de la escena, tampoco se puede decir gran cosa. Imagino a Adam Fischer intentando no mirar mucho al escenario. El húngaro dirigió un Parsifal aburridísimo, desarticulado, y ni la perfección del sonido de la orquesta y el mejor coro del mundo pudieron salvar la noche. El reparto estuvo a la altura de la hazaña. La Kundry destemplada de Evelyn Herlitzius, de voz enorme y gastada, hizo comparsa con el Parsifal de Alfons Eberz, de voz también grande y fea, desentendido completamente del drama, aunque no le puedo culpar por ello. Robert Holl, siempre un artista comprometido, compuso el Gurnemanz más plano, aburrido y mal cantado que recuerdo en vivo. Sólo el Klingsor de Karsten Mewes estuvo bien de voz y estilo, aunque tuviera que ejecutar mil ejercicios físicos casi acrobáticos y tirarse por una barra de parque de bomberos en pleno segundo acto. El Amfortas del finés Rasilainen, de voz poderosa, cumplió con lo que se espera del rey del Grial, e ignoró en gran medida la estupidez de la escena en sus dos grandes monólogos.

            Vergogna! Una vergüenza que se paguen semejantes espectáculos con el bolsillo del contribuyente alemán, y encima que se den en teatros de la relevancia del Palacio de Festivales de Bayreuth. Se ha anticipado que ésta será la última temporada en que se ofrezca esta producción, la que menos ha durado sobre las tablas en la historia del teatro, y que se estrenará una nueva el año próximo a cargo de Stefan Herheim. De todas formas, por lo que dice la crítica, los nuevos Maestros cantores de la bisnieta Katharina no se quedan mancos tampoco, y es más de lo mismo, Regietheater de la peor calaña. Las cosas se le ponen muy difíciles a la joven y desnortada hija del Nietísimo, abucheada hasta el delirio en el estreno de su primera producción como directora escénica en el teatro de su ilustre antepasado, y quizá no parece demasiado factible que herede el trono de su padre. Probablemente se opte por una de las otras dos candidatas, Nike Wagner ―hija de Wieland― y Eva Wagner-Pasquier ―hija de Wolfgang con su primera mujer―, ambas conocedoras del negocio operístico, o que se elija directamente a un responsable no vinculado por lazo sanguíneo al fundador de la casa. En cualquier caso, si Katharina, como ha dicho, quiere seguir en esta línea, perpetrando sus producciones supuestamente reivindicativas y modernizadoras, o contratando a sus amigos y admirados, sería muy recomendable su arrinconamiento en el proceso de sucesión, y tal vez su internamiento junto al amigo Schlingensief en una casa de reposo para jóvenes perturbados. No creo que las otras lo vayan a hacer peor.

© José Alberto Pérez