Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
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EL OCASO DE LOS DIOSES
POSTOPERATORIO: EL OCASO DE LOS DIOSES EN LA ABAO

Richard Wagner: El ocaso de los dioses. Heikki Siukola (Siegfried), Bodo Brinkmann (Gunther/Alberich), Kurt Rydl (Hagen), Nadine Secunde (Brünnhilde), Gabriele Mª Ronge (Gutrune/3ª Norna), Jane Henschel (Waltraute/1ª Norna), Tatiana Davidova (Woglinde), Emilia Boteva (Wellgunde), Mabel Perelstein (Flosshilde/2ª Norna). Dirección de escena: Patrice Caurier y Moshe Leiser, realizada por John Fulljames. Escenografía: Christian Fenouillat. Vestuario: Agostino Cavalca. Iluminación: Christophe Forey. Bilbao Orkestra Sinfonikoa. Coro de Ópera de Bilbao (Director Boris Dujin). Dirección musical: Gunter Neuhold. Euskalduna Jauregia Bilbao, 22 de Octubre de 2002..

Con estas representaciones de El Ocaso de los dioses ha concluido la primera tetralogía de las temporadas de la Asociación Bilbaína de Amigos de la Ópera (ABAO). No he asistido al Prólogo y las dos primeras Jornadas, programadas en los tres años anteriores, por lo que no puedo juzgar la coherencia de la producción del Gran Teatro de Ginebra que se ha presentado en Bilbao. Por lo visto en este Ocaso, da la impresión de que la propuesta de Patrice Caurier y Moshe Leiser, con escenografía de Christian Fenouillat, equipo responsable del bello Pelléas et Melisande ofrecido la pasada temporada en el Teatro Real de Madrid, carece de ideas originales rescatables. Criptosimbolismo ramplón (las Nornas tejiendo un rollo de película), homenajes a los clásicos (esto de Chéreau, aquello de Kupfer…), elementos que no pueden faltar en toda producción moderna del Anillo (guardapolvos, persianas venecianas) y alguna que otra “genialidad”, de la que luego se hablará.

 

 

La única concesión a Wagner tiene lugar en el Prólogo y en La Tercera Escena del Primer Acto: hay roca, fuego, relámpagos. Pero ¡ay! las Nornas manipulan torpemente un rollo de película y Siegfried viste de calle, aunque porta espada y cuerno. La sala de los guibichungos es un salón de diseño con sofá, sillones, lámpara de pie y un carrito con bebidas, del que se sirven lingotazos Gutrune, Gunther y Hagen mientras este último lía a los hermanos. Como no podía faltar en una puesta en escena “moderna” del Anillo, la sala está dominada por enormes persianas venecianas, a través de las cuales espían la llegada de Siegfried.

El Segundo Acto comienza en penumbra y tiene lugar en un estadio, en cuyo centro se yergue un contenedor de basura. Hagen, siempre con la gabardina (identidad de Hagen) puesta, está tendido en el suelo, como un vagabundo. Aparece un extraño Alberich, un tullido greñudo que se desplaza trabajosamente ayudándose con un par de muletas. Mientras alecciona a Hagen, éste se sienta en el suelo, saca de una bolsa de plástico verde (¡al menos no es del Eroski!) un bocata envuelto en papel de aluminio. Todo contribuye admirablemente para crear un clima de ensoñación y misterio. Alberich desaparece y Hagen se interna en el túnel de vestuarios para accionar el interruptor que enciende un par de columnas de poderosos focos (el amanecer), al tiempo que recoge una imponente lanza que le dobla en altura. A partir de ahí, un totum revolutum. Entra Gutrune vestida por Pronovias, con ramo y todo, y Siegfried de chaqué. Los guibichungos/as con un vestuario que parece adquirido en saldo de Burberrys. Brünnhilde con un vestido rojo que me recuerda a Kathleen Turner en “Peggie Sue se casó”, de Francis Ford Coppola. Las facciones y el porte de Nadine Secunde acentúan la comparación. Gunther de esmoquin.

Debo confesar que, a pesar del panorama descrito, disfruté con este Segundo Acto. Requirió un gran esfuerzo de adaptación a decorado y vestuario tan disparatados, pero gracias sobre todo al excelente trabajo dramático de la Secunde y a una eficiente dirección de actores, conseguí entrar en la función por única vez. Ayudó bastante el que, durante el primer intermedio, tras el Primer Acto, aproveché la desbandada de un nutrido sector del público para sentarme en la Fila 4 de Platea. Aunque la acústica de la sala es espantosa en esas primeras filas de platea, puede apreciar mejor la escenografía y seguir con detalle la dirección de escena. Musicalmente también se alcanzaron en el Segundo Acto los mejores momentos.

En el Tercer Acto volvimos a lo convencional dentro del concepto “moderno” de la escena. Las ondinas son fulanas que ocultan bajo sus gabardinas cortas prendas más seductoras. El más bien torpe juego de seducción desplegado por estas ondinas ante un hierático Siukola resulta cómico. En  la Segunda Escena,  por único vestigio de bosque hay un tronco seco, que yace caído. En el momento del asesinato de Siegfried, que Hagen perpetra con una lanza más manejable que la del Segundo Acto, éste entrega a Siegfried dos cuervos disecados, que toma de la pila de piezas de caza abatidas que previamente han amontonado en escena los guibichungos. Un detalle el de los cuervos que ya aparecía en el Anillo escenificado por Chéreau en Bayreuth de 1976 a 1980. El mayor despropósito llega en la Tercera Escena: una plaza rodeada de elevados edificios. Brünnhilde ordena a punta de pistola que se levante la pira funeraria, que enciende a tiros. Al final, se abre en el suelo un hueco rectangular por el que aparecen las ondinas. La muerte de Hagen está mal resuelta; desde mi butaca en platea daba la sensación de que fenecía de un infarto. Del techo caen lentamente luces de neón, que desaparecen por el boquete abierto en el suelo, un pueril hundimiento de la inexistente Sala de los guibichungos. Mientras suena el tema de la redención por el Amor, los figurantes se pasean por la escena vestidos de calle (¡parecían sus propias ropas!), hablan por el teléfono móvil, y un pastor alemán surge del proscenio, se acerca hasta el cuerpo de Hagen y lo olisquea. Telón.


El reparto vocal fue bastante digno. Lo mejor con diferencia fue la Waltraute de Jane Henschel: por voz, dicción y estilo. Superó sus deficiencias físicas (Henschel es bajita y gruesa) y la crueldad con su figura del diseñador de vestuario, para aportar emoción a la escena de Waltraute del Primer Acto. Henschel encarnó también a la Primera Norna, sin duda la más destacable del trío. Bien también Kurt Rydl, de voz grande y muy seguro, aunque un punto plano de matices expresivos. Nadine Secunde realizó una meritoria labor. Con un material poco adecuado a su exigente parte, consiguió eludir las dificultades con valentía, algunas tiranteces, pero sin llegar al grito, tan habitual en recientes Brünnhildes. Se mostró además como una excelente actriz, especialmente en el Segundo Acto. Heikki Siukola no estuvo fino como Siegfried. Poseedor de una voz timbrada y aparentemente inagotable, estuvo inseguro de emisión, titubeante. En escena es un poste, apenas se mueve y, cuando lo hace, sus movimientos son toscos. Decepcionante el Gunther de Bodo Brinkmann, de voz muy gastada. En el Tercer Acto miraba insistentemente al director, esperando sus entradas. Estuvo algo mejor como Alberich. Correcta Gabriele Maria Ronge, de voz bella y volumen suficiente, como Gutrune. Peor como Tercera Norna, corto papel en el que se mostró muy tirante y gritona. Muestra de cómo están las cosas en el terreno de las voces wagnerianas, esta soprano está cantando Sieglindes y Brünnhildes por Europa, lo que me hace temer por su voz. Bien el coro masculino en su corta intervención.

Gunther Neuhold dirigió con competencia a una esforzada pero deficiente Sinfónica de Bilbao. El director tiene oficio y conoce la partitura, pero poco pudo obtener de una orquesta reforzada en la que apenas se oían las cuerdas y los metales no empastaban.

El firmante quiere agradecer a la Asociación Bilbaina de Amigos de la Ópera (OLBE-ABAO) y a su fotógrafo Joseba Lopezortega, devoto wagneriano, por su amabilidad al permitirme ilustrar esta crítica con fotografías de la producción obtenidas en el ensayo general, y hacérmelas llegar por correo electrónico.

Miguel A. González Barrio

Noviembre 2002