Número 194 - Zaragoza - Febrero 2017
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POSTOPERATORIO: THIELEMANN EN MADRID

Otra vuelta de Thielemann

Madrid, Auditorio Nacional de Música, Sala Sinfónica. Jueves, 18 de noviembre de 2004. Serie Arriaga de Ibermúsica. Orchester der Deutschen Oper Berlin. Solistas: Susan Anthony, Stephen Gould, Jyrki Korhonen, Gabriele Schnaut. Director: Christian Thielemann.

Programa:           
1ª parte – Richard Wagner, “La Walkyria”, Acto I.
2ª parte – “El ocaso de los dioses”, Escena final.

El esperado regreso de Christian Thielemann a Madrid, tras una ausencia de cuatro años (1), se produjo finalmente en la extraña tarde del 18 de noviembre, en la que ardió la subestación eléctrica de Méndez Álvaro, dejando vecinos y comercios sin luz, media red de metro paralizada y las calles sepultadas bajo un tremendo caos de circulación. Los apresurados espectadores llegamos con el tiempo justo, encontrándonos con las puertas de la Sala Sinfónica cerradas: la orquesta ultimaba un tardío ensayo general. Con un cuarto de hora de retraso que benefició a los desesperados rezagados, las puertas se abrieron.

El tormentoso preludio de La Walkyria comenzó a sonar casi tímidamente bajo la cuidadosa batuta de Thielemann, que siempre dirige con partitura (2), quizá demasiado atento a los detalles, y sobre todo al timbre que extrae de la orquesta. Porque su empeño en cuidar la tímbrica y el color, intentando conseguir exactamente lo que tiene en mente, es quizá la única pega que se le puede poner a su excelente ejecución orquestal, y no por su noble objetivo, sino porque a veces ese esmero le lleva a desentenderse en alguna medida del concepto general. Nimiedades, no obstante, frente a los logros de conjunto del gran berlinés. Tras unas cuidadas escenas iniciales, incluyendo un bellísimo solo de violonchelo a cargo del solista de la orquesta, y el tenso diálogo de Siegmund con el brutal Hunding, a partir de “Ein Schwert verhiess mir der Vater” (tremendos “Wälse! Wälse!” de Stephen Gould), todo fue apabullante. La progresión en el dúo fue asombrosa, y desde la entrada de la primavera en la casa de Hunding todo fue éxtasis musical.

Hay que señalar que Thielemann “canta” con sus intérpretes, esto es, señala de forma precisa cada entrada, mantiene el volumen de la orquesta controlado para que se les oiga en todo momento, les da espacio para respirar y articular cómodamente todas sus notas, e incluso les indica con la mirada el tono dramático de cada situación (miradas feroces a Korhonen, instándole a embrutecer su intervención).

Stephen Gould

Los solistas en esta primera parte estuvieron sin duda a la altura de las circunstancias. Un recién aparecido en la escena internacional, el tenor norteamericano Stephen Gould, el último Tannhäuser del Festival de Bayreuth en sustitución de Glenn Winslade (quien debutó en la producción de Philippe Arlaud en su estreno en 2002), nos sorprendió a todos muy gratamente. Según su currículo, se dedicó durante años a cantar el papel protagonista de El Fantasma de la Ópera, el popularísimo musical de Andrew Lloyd-Webber, llegando a participar en más de 3000 funciones en giras por todo Estados Unidos. Luego volvió a Nueva York para completar su formación como tenor, y ahora está instalado en Europa. De presencia física imponente -unos dos metros de corpulenta altura-, Gould posee un instrumento de gran calidad, potente y de emisión algo nasal, aunque limpia. Convenció y conmovió, y no creo equivocarme si digo que nos dará muchas alegrías en los próximos años. Tras su debut bayreuthiano, ha firmado un contrato para el Anillo que se inicia en 2006 bajo la dirección musical de Thielemann, en el que intervendrá en el papel de Sigfrido en Siegfried y Götterdämmerung. Su repertorio actual es absolutamente impresionante: el Emperador de La mujer sin sombra, Baco en Ariadna en Naxos, el papel protagonista de Peter Grimes, Siegmund y los dos Sigfridos del Anillo, Tannhäuser, Lohengrin, Parsifal, Erik en el Holandés errante, el Florestan de Fidelio, algunos roles italianos (Otello, Macduff), Max en El cazador furtivo, Eneas en Los Troyanos… Todo un hallazgo. Ya al menos tenemos a Ben Heppner, de voz más bella y cálida, y a Gould para hacernos la vida más fácil.

Susan Anthony

La soprano norteamericana Susan Anthony, que visitó Madrid en julio de 2003 con la compañía de la Ópera Estatal de Berlín y Barenboim para El holandés errante (véase el “postoperatorio” que se publicó en Wagnermanía en aquella ocasión), aportó una enorme fuerza dramática al conjunto -es una muy buena actriz-, aunque la voz, desgraciadamente, ya no le responda convenientemente (graves inexistentes, poca potencia, inestabilidad de emisión, agudos estridentes y cortos). Quizá haya abusado de ella en los últimos años: ha cantado papeles poco convenientes a su naturaleza de lírica como Brünnhilde en Siegfried o Leonore en Fidelio. Y es una pena, porque tiene un talento dramático y una presencia física excepcionales. En su página web (www.susan-anthony.com) anuncia las próximas adiciones a su repertorio: Turandot e Isolde. Si es así, terminará irremediablemente de destruir su ya devaluada voz. En el concierto que reseñamos puso todo su empeño desde la primera frase en añadir el elemento dramático que siempre se echa de menos en una versión de concierto, actuando el papel casi como si estuviera en escena.

Jyrki Korhonen

El bajo finlandés Jyrki Korhonen, que ha aparecido en Bayreuth desde 1997 en pequeños papeles, y que visitó el Teatro Real recientemente como Fafner (en Oro y Sigfrido), posee una voz grave bellamente timbrada, canta con gusto y buena técnica, aunque le falta potencia. Ofreció un Hunding más que aceptable.

Gabriele Schnaut

En la segunda parte, la “Escena de la Inmolación” se encomendó a la veterana Gabriele Schnaut, que fue habitual de Bayreuth intermitentemente desde 1977 hasta su despedida tras su defectuosa Brünnhilde de 2000. Salió a la sala emulando a Gloria Swanson, la Norma Desmond del Sunset Boulevard de Billy Wilder (paradójicamente titulado en español El crepúsculo de los dioses; azares del destino), enfundada en un glamouroso vestido de noche y caminando con aires de gran diva que no tiene ya nada que demostrar. Y ciertamente ya no tiene nada que demostrar porque no puede hacerlo con esa ruina que le ha legado su mal planificada carrera. Empezó de mezzo para progresivamente lanzarse a la conquista del jugoso y desocupado trono de la soprano dramática, arruinando su, en tiempos, bella y voluminosa voz. Esta última ahora, por desgracia, no es del cine mudo: aberrante vibrato, feo color, centro destimbrado, agudos estrangulados (o directamente sofocados) y graves inaudibles. Aunque claro, según ella deben ser las óperas las que se han quedado pequeñas. (3)

Thielemann, convenciéndose por fortuna -imagino- de la evidente insolvencia vocal de Schnaut, centró su atención en extraer todo lo posible de su orquesta. Algunas leves pifias del metal, también audibles en la primera parte (primera aparición del tema de la espada), no deslucen el resultado global. La escena conclusiva del Ocaso fue grandiosa, intensísima. Los acordes finales rara vez se escuchan en estos tiempos con semejante magnificencia, con tal expansión. Tras la pausa rara vez respetada por los maestros actuales, la última y emocionante exposición en las cuerdas del tema de “la redención por el amor” nos condujo a todos al éxtasis del fin de los tiempos, y convenció, si es que hacía falta a estas alturas, de que Thielemann es un grande de la dirección de orquesta. Por supuesto, no hubo propinas: ¿qué se puede tocar después de “ver acabarse el mundo”?

Triste mención especial al programa de mano -me río por no llorar-. Las escuálidas e indigestas notas -apenas cuatro caras mal contadas de insoportable y altisonante palabrería vacua- del psicoanalista argentino, afincado en Madrid, Arnoldo Liberman, tituladas “El mito de la música y la música del mito”, son claro exponente de pillaje intelectualoide alimenticio o de carroñerismo crítico oportunista. Se inician estas perlas de saber con unos versos de Richard Wagner, en traducción francamente deleznable, procedentes del famoso fragmento que el compositor finalmente eliminó del discurso final de Brünnhilde que precede a su inmolación. Tras estas mancilladas líneas -mancilladas por la mano torpe de un traductor sin escrúpulo-, el señor Liberman nos deleita de inmediato con un versículo salido de la pluma de una tal Cati Castaño. Como lo oyen. ¿Quién es Cati Castaño, preguntábamos exultantes los melómanos de Madrid? ¿Quién es capaz de escribir tan floridas palabras que se adhieren a las de Wagner, casi diríamos de forma pegajosa? Lean, porque no tienen desperdicio:

El sol sale y el cielo siempre cobra peaje

                                                Cati Castaño

Todo un profundo prodigio de la coordinación copulativa. Para los buscadores de tesoros literarios del mundo moderno, una sencilla consulta al Oráculo Gugueliano revela el dato que buscábamos: Cati Castaño, poetisa (Buenos Aires, 1945). Todo queda en casa, por lo que se ve. ¿Richard Wagner y Cati Castaño en la misma página, a la misma altura?

Les aseguro que me ha costado leer las interminables cuatro páginas del -digamos- ensayo del señor Liberman. Me resultaría muy difícil extraer algún fragmento de la espesa perorata sin que peligre el disonante conjunto de los delirios psico-imbéciles de Liberman. Lo intentaré brevemente, no obstante, para deleite de ustedes, estimados lectores ávidos de saber:

            “Más allá del orden fenomenológico, más allá de las certezas sensibles, está el interrogante en estado de erupción. ¿Qué hay detrás de los espejos? Un enigma, una esencia y una demanda. Es decir, un mito”.            

Arnoldo Liberman

¡Toma castaña (o castaño)! Creíamos que el mito era otra cosa, cuando Liberman lo había encontrado ya detrás del espejo de su cuarto de baño. Y encima algún despistado dirá que escribe bien.

Qué se puede esperar de un señor que en un -de nuevo, digamos- ensayo sobre El holandés errante (publicado por el Teatro Real y, más tarde, en el libro de la pasada temporada de Ibermúsica) confundía repetidamente al Holandés con Daland, hablando de la relación amorosa “Senta-Daland” como arquetipo comparable a “Tristán-Isolda”. Muy lamentable.

Claro que casi lo más grave de todo esto es la inclusión en el programa de mano de las traducciones a las escenas ofrecidas en el concierto, que aparecen sin firmar, ocultando vergonzosamente el anonimato del -y lo creo firmemente- plagiador. En esto de las traducciones se da un problema irresoluble, y es que cambiando unas cuantas palabras de una traducción existente esto ya difícilmente se puede probar como plagio. Tras cotejo con todas las traducciones a mi disposición (y son unas cuantas), he verificado que el texto castellano del primer acto de Walkyria que se dio en el programa de mano es palabra por palabra la traducción correcta y profesional, aunque falta de imaginación, que Miguel Sáenz realizó por encargo del Teatro Real, y que ya originalmente y de forma incomprensible no incluía ninguna acotación escénica. El texto de la “Escena de la Inmolación” proviene básicamente de la traducción clásica de Ángel Fernando Mayo, pero esta vez no palabra por palabra, sino cambiando arbitrariamente algunas frases, afeando la muy notable calidad literaria del original, eliminando toda acotación escénica y destruyendo su asombrosa unidad de criterios lingüísticos (4). Creo que no debería ser necesario recordarle a Ibermúsica que existen unos herederos legales del patrimonio intelectual de Ángel Mayo, a quienes han desplantado con esta absurda canallada. De la misma manera, Miguel Sáenz podría reclamar sus derechos, porque además su texto está publicado directamente, sin cambios que lo desfiguren.

Siempre tiene que haber alguien que dé la nota disonante en una tarde tan memorable como aquélla. Un gran concierto, y un anticipo de lo que será un Anillo histórico, asumiendo que todo siga según lo previsto en el inestable Bayreuth de los -forzosamente- últimos años de mandato de Wolfgang Wagner. (5)

José Alberto Pérez

 

(1) Thielemann ha actuado en Madrid en dos ocasiones anteriores, ambas, como ahora, en los ciclos de Ibermúsica. La primera, en 1999 con la Philharmonia Orchestra, con una excepcional Cuarta de Brahms que nos hizo entonces fijarnos en el buen hacer del joven berlinés. Más tarde, en 2000, nos ofreció un curioso y excitante programa Strauss-Puccini-Wagner acompañado de la misma orquesta que en esta ocasión, la Orchester der Deutschen Oper Berlin, de la que ha sido Generalmusikdirektor desde 1997 hasta su dimisión en mayo de este mismo año 2004. Por lo que parece, Thielemann llevaba años protestando a las autoridades de la ciudad-estado de Berlín para que equipararan los sueldos de los músicos de su orquesta con aquéllos de los de la Ópera Estatal, dirigida por Daniel Barenboim. Los bajos sueldos propiciaron la partida de quince músicos, y Thielemann, viendo mermada la calidad de su orquesta, dimitió en protesta por la incompetencia de las autoridades políticas. Ha sido ahora nombrado director titular de la Orquesta Filarmónica de Munich, en sustitución de James Levine, a quien se cree enfermo, y heredando el testigo de Sergiu Celibidache, quien la llevó a su cima.

(2) Recuérdese la famosa anécdota de Hans Knappertsbusch, quien a la pregunta de por qué siempre dirigía con partitura respondió aquello de “Es que sé leer música”.

(3) Recuerdo una entrevista relativamente reciente en la que Schnaut decía pomposamente que su voz es muy grande y puede destacar por encima de cualquier orquesta, y que está en su mejor momento. Me viene a la mente la brillante frase de la acabada Norma Desmond: “I AM big. It’s the pictures that got small”.

(4) A modo de comprobación -no estoy inventando nada- incluyo ahora unos cuantos ejemplos de la fechoría perpetrada con el texto de Ángel Mayo:

“¡Fuertes leños apiladme allí
en la ribera del Rin!
Alto y claro arda el fuego
que devorará el cuerpo ilustre
del más majestuoso de los héroes” (Traducción anónima en el programa de Ibermúsica)

“¡Fuertes leños
apiladme allí
en la ribera del Rin!
Alto y claro
arda el fuego
que consumirá el noble cuerpo
del héroe más augusto” (Traducción de Ángel Fernando Mayo, Turner 2003)

“Mi herencia tomo ahora en propiedad…
¡Sortija maldita! ¡Anillo terrible!
Cojo tu oro, y lo cederé ahora.
Sabias hermanas del fondo de las aguas,
hijas sumergidas del Rin,
agradezco vuestro consejo fiel.” (Traducción anónima, op. cit.)

“Mi herencia tomo
yo ahora en propiedad…
¡Sortija maldita!
¡Terrible anillo!
Cojo tu oro,
y lo cederé ahora.
Sabias hermanas
del fondo de las aguas,
del Rin natatorias hijas,
os agradezco el leal consejo.” (Traducción de Ángel Fernando Mayo, op. cit.)

“¡Siente tú también mi pecho, cómo se inflama;
claro fuego me prende el corazón,
para estrecharle, para, abrazada por él,
con el más poderoso amor, ser su esposa!” (Traducción anónima, op. cit.)

“Siente tú también mi pecho,
cómo se inflama;
¡claro fuego
me abarca el corazón…,
para estrecharle,
para ser su esposa
abrazada por él,
en el más poderoso amor!...” (Traducción de Ángel Fernando Mayo, op. cit.)

(5) Por lo pronto, el esperado estreno de la producción tetralógica del director de cine danés Lars von Trier ha quedado cancelado, siendo sustituido casi in extremis -falta solamente un año y medio- por el dramaturgo alemán Tankred Dorst. Veremos en qué queda todo esto.