Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
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POSTOPERATORIO: CONCIERTO WAGNER EN ZARAGOZA

...mas uno vino

Auditorio de Zaragoza, 8 de noviembre de 2006. Die Walküre: primer acto. Alexei Steblianko Siegmund. Valeria Stenkina Sieglinde. Mikhail Petrenko Hunding. Parsifal: segundo acto. Oleg Balashov Parsifal. Larisa Gogolevskaya Kundry. Nikolai Putilin Klingsor. Viktoria Yastrebova soprano Primera muchacha flor. Oksana Shilova mezzosoprano Segunda muchacha flor. Lyudmila Dudinova soprano. Tercera muchacha flor. Margarita Alaverdian soprano Cuarta muchacha flor. Tatiana Kravtsova soprano Quinta muchacha flor. Lia Shevtsova mezzosoprano Sexta muchacha flor.

Coro del Teatro Mariinsky. Marina Mishuk, asistente vocal. Orquesta Sinfónica del Teatro Mariinsky de San Petersburgo. Valery Gergiev, director

 

El Wagner desorientado, errante y peregrino de 1863 recaló los días 3 y 13 de marzo en la Sociedad Filarmónica de San Petersburgo ofreciendo sendos conciertos que transcurrieron en medio del mayor entusiasmo de los amantes de la música, procurándole a él una satisfacción única: una orquesta formada por 130 músicos de los distintos teatros imperiales que le proporcionó una realización sonora ya imaginada pero no llevada a la práctica hasta entonces. Y esos conciertos se inscribieron con letras de oro en la Historia de la Música de la Rusia eterna.

Los descendientes de aquellos primeros wagnerianos rusos han estado de gira el pasado mes de noviembre por España y el día 8 ofrecieron en Zaragoza un concierto inhabitual en varios sentidos: un programa Wagner con una orquesta rusa, un compositor nada habitual en esta ciudad...quizá por eso no se llenó el Auditorio, una verdadera lástima, teniendo en cuenta la calidad de lo ofrecido.

En mi fuero interno tenía planteada una duda: ¿Habrá terminado la globalización, que también alcanza a las formaciones sinfónicas, con el peculiarísimo sonido de las orquestas rusas, su cuerda densa y suntuosa, la incisividad a veces casi hiriente de sus metales? La respuesta afortunadamente es negativa: esas singularidades persisten, y en este concierto se hicieron palpables sensitivamente.

Lo primero que salta a la vista es ya la mera colocación de los instrumentistas, a la antigua, a la europea: violines a izquierda y derecha del director, los violoncelos enfrente del mismo y después esto se traduce en el resultado sonoro, donde el prodigioso conjunto de la cuerda rusa determina toda la sonoridad resultante; llaman en particular la atención los violoncelos, sedosos, aterciopelados, suntuosos, todos los calificativos que surgen cuando pensamos en un buen conjunto de violoncelos tienen que ser traídos aquí, y ahora con más justicia que nunca. Después, destacar al primer trompeta, un solista de lujo ¡Qué arte para hacer crecer y adelgazar el sonido en una sola frase! Su enunciado del tema llamado de la espada permanecerá inolvidable entre los que lo escuchamos. Esa sonoridad tan rusa de los metales, debida a la afinación más alta que en las orquestas occidentales, resultó presente sobre todo en los tutti (el final de los dos actos). En el debe, sorprendió que en Walküre hubiera en escena solo dos arpas, y no las seis que pide la partitura.

El suspense rodeó el nombre de los solistas hasta el mismo momento de acceder a la sala, y la sorpresa subsiguiente alcanzó también a su presencia física. La aparición del tenor Steblianko no hizo presagiar nada bueno: un hombre ya entrado en años parecía anunciar excesiva veteranía; afortunadamente, en cuando dijo su primera frase lo que se oía desmintió esa impresión: una voz baritonal, grande, oscura, con gran volumen y suficiente fiato (dignos sus Wälse) y en el otro plato, lineal en lo expresivo, falta poesía en la declamación del texto (no levantó los ojos de la partitura), incapacidad para smorzar el sonido, que resultaba siempre igual y con problemas de afinación a medida que avanzaba la interpretación.

En cambio con la Sieglinde de Valeria Stenkina la presencia física acompañaba perfectamente: mujer bellísima, alta, esbelta...pero por desgracia la voz no acompaña del todo esa envidiable figura: un centro suficiente, pero escaso grave casi inaudible y un tanto duro el agudo, sin resultar en absoluto desagradable o hiriente; a diferencia de su colega, no necesitó consultar la partitura. Ya conocía al bajo Petrenko y se ha confirmado mi impresión sobre él, canta papeles que sobrepasan sus posibilidades vocales, el de Hunding le queda muy grande, aunque intentara compensarlo con sus dotes como actor.

En Parsifal de nuevo el físico de los solistas resultó diverso. El tenor Oleg Balashov es un hombre joven de aspecto dinámico, que intentó hacer creíble escénicamente su personaje. Vocalmente, cabría hablar de una voz instrumental, esto es, integrada en la sonoridad orquestal como uno más de sus componentes, podría concluirse de ello que su volumen no es grande y, para los detractores del tratamiento wagneriano de la voz, que efectivamente, con él como protagonista, realmente es difícil hablar de un solista vocal.

Larisa Gogolevskaya ofrecía un físico tópico de soprano wagneriana; su volumen es suficiente, su voz no presenta ningún atractivo ni en el color ni en la técnica con que la maneja; se trata evidentemente de una soprano, un tanto justa en graves, le cuesta en un principio colocar el instrumento, se muestra algo insegura en los momentos iniciales afianzandose después; así y todo agudos un tanto forzados. En los Irre, Irre cantó el fa 4 y el sol bemol 4 previstos como alternativos en la partitura, quizá reservándose para el si 4 en zum geleit, que sí emitió.

Nikolai Putilin ofreció un Klingsor de absoluta antología vocalmente, con la voz ideal para la parte, sin ningún problema en los agudos y suficientemente servido como actor.

El coro estuvo muy bien, con el relativo protagonismo que tiene en este acto, y las muchachas-flor solistas cumplieron más entonadamente de lo que suele ser habitual.

En las páginas de una veterana revista musical española, conocida desde hace ya bastantes años por el fetichismo de sus redactores, uno de ellos desahuciaba recientemente a Valery Gergiev a su ya bien poblada leprosería de directores en activo bajo la acusación de que en sus interpretaciones prima la electricidad pero la música no es solo electricidad. Por electricidad entiendo que se quiere expresar dinamismo, vivacidad. Bien, en el día que nos ocupa hubo de eso ciertamente, pero también algo más: retenciones, lirismo, elocuencia, efusividad. Muy bien diferenciadas las dos obras, destacándose así que cada una de ellas tiene un lenguaje musical y dramático y poético distinto de la otra. Sin podio, en esta ocasión con batuta, en medio de constantes indicaciones a la orquesta, suma expresividad e implicación en lo que se hacía, Gergiev demostró un día más porqué es uno de los maestros que más tiene que decir dentro de la dirección de orquesta de nuestros días.

Me refería al principio a que quizá lo inhabitual de la presencia de Wagner en Zaragoza impidió que se llenase el Auditorio, desde luego no contribuirán a paliar ese desconocimiento las vulgares y tópicas notas al programa de mano, llenas de lugares comunes tanto en lo personal (sablista, adúltero, producción literaria e ideológica muy dudosa) como en lo artístico (colección de diez óperas, once si se cuenta Rienzi; concepto operístico grandioso e inamovible; se pueden oír sus óperas como sinfonías sin prestar ninguna atención a qué está ocurriendo en ellas; orquesta y voces intercambian melodías continuamente; a Siegmund y Sieglinde se les exigen agudos incesantes y un tono perpetuamente dramático; Hunding tiene el rol de malo de la película; la escena de las muchachas flor resulta insuficientemente sensual...).

Concierto realmente inolvidable que ojalá significase el inicio de una presencia normalizada de Wagner en Zaragoza, no solo concertística, sino también escénica.

© César Andrade