Número 198 - Zaragoza - Junio 2017
IN FERNEM LAND... 

AMOR – FE: ¿ESPERANZA?

PARSIFAL

Este saber no sabiendo
es de tan alto poder
que los sabios arguyendo
jamás le pueden vencer
que no llega su saber
a no entender entendiendo
toda ciencia trascendiendo.
San Juan de la Cruz. Coplas.

 

 

 

 

G. Lewis. Paysaje

                En el Teatro de la Colina Verde, Kundry y Gurnemanz ungen a Parsifal. El primer gesto del nuevo soberano del Grial será el de bautizar a la mujer. Resplandece la luz de la mañana y la naturaleza se muestra serena, delicada y recogida, el héroe no puede más que contemplar, admirado, su hermosura. Es el Encantamiento del Viernes Santo que expresa, en la nueva primavera de Montsalvat, el fin de la desolación física y moral en la que cayó Amfortas extendiéndola a sus dominios. La regeneración del mundo, que trae consigo el sabio por compasión, el mismo día en el que se conmemora el sacrificio de Dios por amor, ha transformado la risa maldita de Kundry en llanto y éste en el rocío que, a su vez, hace reír y germinar a la naturaleza entera. Es entonces cuando el héroe puede devolver a quien fue infernal seductora un beso tan  puro como el mundo que ahora les rodea. Todo parece haber cambiado de signo y no es, por lo tanto, extraño que la transformación del escenario se haga, en este momento, de manera semejante pero inversa a la del  primer acto. Como entonces –salvo que, ahora, de derecha a izquierda–, mientras el bosque se difumina, surgen las amplias bóvedas de la sala del Grial. Sin embargo, en  su interior, aún reinan la desolación y las tinieblas. Aparecen dos cortejos de caballeros que mezclan sus angustiosos lamentos: uno de ellos trae el Grial y el cuerpo sufriente de Amfortas, el otro el féretro de Titurel.

Condwiramurs

A. Hughes. Anfortas

            Ya vimos (El caballero errante) cómo el poema de Chrétien se interrumpe antes de que Perceval pueda volver al castillo del Rey Pescador y, también, cómo, en el mabinogi galés, Peredur llega a la meta de su aventura vengando una deuda de sangre. Por lo tanto, será el texto de Wolfram el que nos desvele los misterios del Grial.

Mientras Parzival y Feirefiz se encaminan a los dominios del Grial, su atormentado monarca sufre de tal modo que vuelve a pedir a sus caballeros que le dejen morir. Y, sin duda, por el amor que le tienen, lo hubieran hecho de haber perdido la esperanza en el retorno de aquél que, a través de la pregunta adecuada, podría devolverle la salud. Así, cada vez que parece abandonarse a la muerte, Anfortas es llevado ante el Grial y su poder le mantiene con vida, aunque no mitiga, todo lo contrario, su atroz sufrimiento. Con esta lejana esperanza se consolaban los guardianes del Grial, cuando, bajo la protección de Cundry, los hijos de Gahmuret llegan a la tierra de Munsalwäsche. Allí, se encuentran con un grupo de templarios armados contra los que Feirefiz quiere arremeter; pero, la mensajera del Grial le detiene revelando que forman parte de las huestes de Anfortas y, desde ahora, son sus servidores. También a éstos les descubrirá que trae consigo a quién pronto ha de acabar con todas sus desdichas. Ya en el castillo, Parzival es recibido por el Rey Pescador. Arrodillado frente al Grial, reza para que deje de sufrir. Después, se levanta y al preguntar: Tío, ¿qué os atormenta?, Anfortas cura. Aunque la pregunta ya no era lo importante sino el hecho de plantearla. El adolescente alocado, ignorante y egoísta, que salió de la yerma floresta sin preocuparse por nada que no fueran sus propios deseos y, por ello, causó la muerte de su madre, ha recorrido un largo camino iniciático que le ha hecho aprender el sentido y la fuerza del amor al prójimo.

J. W. Waterhouse. Dama de las rosas

Al designar la inscripción del Grial al héroe como su nuevo rey y guardián, así fue reconocido por todos, mientras Condwiramurs se dirigía también hacia Munsalwäsche, y ambos se encontrarán en el mismo lugar en el que Parzival un día cayó en éxtasis cuando unas gotas de sangre sobre la nieve le hicieron evocar el rostro de su esposa (Ars Amandi). Es decir, allí en donde, por primera vez, el joven caballero detiene, durante días enteros, una vida que se basaba en acciones irreflexivas, la mayoría de las veces volcadas en satisfacer sus apetencias, y se muestra capaz de contemplar hasta el éxtasis: de ir más allá del mundo inmediato de las apariencias para encontrar el sentido profundo de las cosas, ése que sólo puede surgir de una vida interior que tenga en cuenta al otro, distinto y, a la vez, complementario. Entonces, adquirirá su plena significación el nombre de Condwiramurs, ya que es la Guía de amor sin la que Parzival no hubiera podido formular la pregunta que le devolvería la salud a Anfortas. Todo esto se subraya en el siguiente episodio: camino del encuentro con su reina, el joven rey del Grial visita, una vez más, al ermitaño de Trevizent para alegrarle con la nueva de la curación de su hermano. Éste se muestra complacido y sorprendido a la vez: Me dolían vuestras fatigas –le dirá–. Era imposible que alguien pudiera conquistar el Grial luchando. Gustoso os lo habría desaconsejado. Pero todo ha sucedido de un modo bien distinto. Y es que el Grial no es un tesoro material que pueda ser conquistado por la fuerza, el Grial elige a aquél que sea, por su alto linaje y su valor, pero sobre todo por su firmeza y su compasión, digno de él.

Sigune

F. Khnopff. Mujer

            A la mañana siguiente, por fin, Parzival puede reunirse con su reina y conocer a sus hijos gemelos Kardeiz y Lohengrin. Ese mismo día, el pequeño Kardeiz recibe la herencia de Gahmuret, es coronado rey de todas sus tierras y parte con su ejército hacia ellas, mientras que los templarios llevan a su madre y a su hermano Lohengrin hacia Monsalväsche. De camino, se detienen en la ermita de Sigune, la prima de Parzival, aquélla que, poco antes de la llegada del joven a la corte de Arturo le había revelado su nombre, mientras lloraba la muerte de su amigo; la misma que encuentra inmediatamente después de su primera y fracasada visita al Castillo del Grial y le maldice por no haber formulado la pregunta, por no haber sabido pronunciar ni una palabra de consuelo hacia el Rey Pescador; a la que, por tercera vez, descubre llevando una vida de eremita mientras custodia el sepulcro del señor al que tanto amó y está, entonces, dispuesta a reconciliarse con su primo. Esta reconciliación será el preludio del final feliz de la búsqueda de Parzival, ya que su siguiente aventura será la de encontrarse con los peregrinos que le recriminarán llevar armas el día de Viernes Santo, lo que le devuelve al verdadero camino del Grial. Sigune (uno de los referentes, como ya vimos, del personaje wagneriano de Kundry: La Mensajera del Grial) siempre ha estado presente en los momentos culminantes de la demanda, impidiendo que Parzival se desviase de su destino. Pero, esta vez, cuando al héroe ya se le ha reconocido como Rey del Grial, la descubre muerta, arrodillada junto a la tumba de su caballero. Abrieron el sepulcro, colocaron a la muchacha a su lado y lo volvieron a cerrar con una oración. Aquella misma noche, llegaron  al Castillo del Grial, en donde les esperaba un Feirefiz que estalló en carcajadas cuando el pequeño Lohengrin, asustado por la piel moteada de su tío, huyó de él en el momento en el que le iba a besar. Entonces empezaron los preparativos para una nueva ceremonia del Grial.

Repanse de Schoye

A. Spiess. Procesión del Grial. Neuschwanstein

            Todos se reunieron en la gran sala del castillo y la enigmática procesión se celebró como en las anteriores ocasiones; sin embargo, Feirefiz, sentado junto a su hermano y a Anfortas,  vio a Repanse de Schoye (Dispensadora de Alegría), la reina que lo llevaba, y especialmente sus bellos ojos, pero no el Grial, lo que tampoco le preocupó demasiado porque se había enamorado perdidamente de la dama. Los caballeros preguntaron al anciano y sabio Titurel por qué Feirefiz no podía contemplar la piedra sagrada. Si es un pagano sin bautizar –les contestó–  es inútil unirlo a los que ven el Grial. Para él está cubierto por un velo. Entonces, por amor a Repanse, el hermano de Parzival renunció a sus dioses, a sus antiguos amores y fue bautizado. Inmediatamente después, todos pudieron contemplar la mágica piedra y leer inscrito en ella: Si algún templario de esta comunidad debe cumplir, por la gracia de Dios, las funciones de gobernante de  pueblos extranjeros, debe prohibir que se pregunte su nombre o su linaje y ayudar a esos pueblos en sus derechos. Pero si le preguntan, no podrá seguir junto a ellos. Wolfram justifica este extraño designio comentando, con su característico humor, que tanto habían sufrido los caballeros del Grial, sin que se le hiciera a Anfortas la famosa pregunta, que terminaron odiando las preguntas. Doce días después, el hermano de Parzival partió a sus tierras con la reina Repanse, su esposa. Al pasar de los años, tendría un hijo de ella, al que la cristiandad conoce como el Preste Juan. En cuanto a la descendencia de Parzival, Lohengrin fue el encargado de suceder a su padre en el servicio del Grial. Desgraciadamente, una princesa de Brabante no quiso tomar en cuenta la última advertencia que apareció sobre la piedra mágica. Pero ésa es ya otra historia. La del Grial, según Wolfram von Eschenbach, termina así: Si el maestro Chrétien de Troyes no ha contado con toda la verdad esta historia, Kiot puede estar con razón enojado, pues es él quien transmite la verdad. El provenzal cuenta con precisión cómo el hijo de Herzeloyde consiguió el Grial, que le estaba destinado, después de que Anfortas lo perdiera. Desde Provenza nos llegó la historia verdadera y también el final de la narración. Yo, Wolfram de Eschenbach, no quiero contar más que lo que contó el maestro. Os he presentado el distinguido linaje de Parzival y a sus hijos. He llevado al héroe hasta la cumbre de la felicidad. Quien termina su vida sin que Dios le haga perder su alma por los pecados del cuerpo, y quien sabe además conservar con dignidad el favor del mundo, no se ha esforzado en vano. Las mujeres nobles e inteligentes me tendrán ahora en más alta estima después de haber culminado esta obra, si es que alguna me concede su benevolencia. ¡Que la mujer para la que la he escrito me recompense con unas amables palabras de agradecimiento!

P. Delville. Parsifal

            En el Teatro de la Colina Verde, un desesperado Amfortas se lanza contra sus caballeros y, arrancando los vendajes que cubren su herida, les grita que acaben con el pecador y su tormento. Parsifal, acompañado de Gurnemanz y Kundry, avanza entre ellos y toca con la lanza el costado abierto del rey que cura al instante. Después, sube las gradas del altar, saca el Grial del cofre que lo guarda e inicia, arrodillado, una muda plegaria. Un resplandor, que va en aumento, ilumina el cáliz y una paloma blanca desciende desde la cúpula del templo y permanece quieta sobre la cabeza del héroe. Kundry, libre de la maldición que la condenaba a vivir, cae lentamente al suelo y muere. Amfortas y Gurnemanz, rinden homenaje al nuevo rey del Grial que bendice con él a todos los caballeros, mientras se cierra lentamente el telón y resuenan, entrelazados, los motivos, que ya escuchamos en el Preludio, de la Fe, la Esperanza (Grial) y la Caridad (Amor). Virtudes teologales para un drama sacro que, según palabras del propio Wagner, son la única trinidad que puede aportar la redención y la dicha.

Bibliografía

Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Wagner, R.; Parsifal. L'Avant-Scène Opéra nº213.
Wagner, R.; Œuvres en prose. Éditions d'aujourd'hui, (vol. XIII),  1976.