Número 193 - Zaragoza - Enero 2017
IN FERNEM LAND... 

EL CABALLERO ERRANTE

PARSIFAL

¡Ah de la vida!... ¿Nadie me responde?
¡Aquí de los antaños que he vivido!
La Fortuna mis tiempos ha mordido,
Las horas mi locura las esconde.

F. de Quevedo.

 

 

 

R.M. Barrul. El beso

El beso de Kundry no enciende el deseo de Parsifal, como lo hiciera con el arrogante Amfortas, sino que le descubre toda la amargura de su ser torturado y, a través de ella, el terrible padecimiento con el que condenó, seduciéndole, al rey del Grial. En ese instante de auténtica iluminación, la pureza del héroe hará que conozca y con-padezca, es decir, que sienta como propio, el sufrimiento de sus vidas atormentadas. Rechazando, pues, una invitación tan tentadora, pero que esconde tanto mal y que generaría aún más, Parsifal renuncia a satisfacer un ansia egoísta y, de esta manera, abre la vía de la redención. Sin embargo –al igual que Wotan frente a Siegfried–, Kundry se rebela, entonces, contra ella y maldice al héroe condenándolo a vagar, sin rumbo, lejos de las sendas de Montsalvat. En ese momento, aparece Klingsor enarbolando la lanza sagrada que arrebató a Amfortas durante el envenenado abrazo de Kundry; pero, al arrojar el arma contra Parsifal (sobre un muy descriptivo glissando de arpas), queda milagrosamente suspendida por encima de la cabeza del héroe que, al asirla, dibuja con ella la señal de la cruz. Este gesto solemne provoca el hundimiento del castillo encantado, mientras su jardín se convierte en un desierto donde languidecen flores marchitas. La mujer, desde lo alto de la muralla en ruinas, ve, desesperada, partir a Parsifal y, sobre una cadencia en si menor, en el Teatro de la Colina Verde, se cierra el telón del segundo acto.

La piedad ha instruido al Inocente, al Puro. Ya se puede cumplir la profecía.

Al inicio del tercer acto, amanece en los territorios de Montsalvat. Gurnemanz, cargando el peso de muchos años y la tristeza de haber contemplado la decadencia de la comunidad del Grial, vive como ermitaño en un chamizo situado al borde de una floreciente pradera. Cerca de allí, se oye el gemido lastimero de Kundry. Mortales pesadillas agitan su sueño. De vuelta a la vigilia, se dispone a servir al anciano. En su actitud sólo hay ya una callada sumisión. De repente, descubre, saliendo del bosque, a un caballero de armadura negra que camina con paso incierto. Lleva la visera del yelmo bajada, escudo, espada y lanza.

El santo ermitaño

A. Magnasco. Ermitaño

            Recordemos que, tras el encuentro de Perceval con la horrible Doncella de la Mula (El Castillo de las maravillas y La Mensajera del Grial II) –que le maldice por no haber hecho las preguntas debidas en el castillo del Rey Pescador, condenándole, así,  a no poder curar su herida y a contemplar la esterilidad de sus dominios–, Perceval jura que no permanecerá dos noches seguidas en el mismo lugar hasta que averigüe a quién sirve el Grial y por qué sangra la lanza. Y es que la Mensajera del Grial que es, en realidad, la Doncella de Mula, impide que los caballeros se pierdan en la molicie de la corte y les devuelve a la gloriosa aventura de la Demanda. Ya hemos visto como, en este momento de la narración, Chrétien bifurca los destinos de Perceval y Gauvain, enviando al primero a la búsqueda del Grial y al sobrino de Arturo a la de la lanza que sangra. Mientras este último descubre el Castillo de las Maravillas, afronta sus peligros y consigue poner fin a todos sus encantamientos, antes de que el poema francés se interrumpa bruscamente (quizá por el fallecimiento de su autor), Perceval aparecerá una breve y última vez en la obra. El poeta de Troyes nos relata que han pasado cinco largos años, desde que el héroe partiera en busca del Grial, y cómo, en su transcurso, envuelto en las más extrañas y terribles (tanto que no nos es contada ninguna) aventuras caballerescas lo olvidó todo, a todos y al mismo Dios. Pero llegó un día en el que, cabalgando por una tierra desierta, enteramente armado según su costumbre, unos penitentes le recuerdan que es Viernes Santo y que, en la fecha que conmemora la muerte de Cristo, un caballero creyente debe purgar sus pecados despojado de todas sus armas, a la vez que le indican donde encontrará a un santo ermitaño que le pueda aliviar del peso de sus culpas. Éste le desvela que la mayor y la que le llevó a no hacer las debidas preguntas en el Castillo del Grial, fue la del egoísmo y la falta de piedad que causaron la muerte de su madre, por el dolor que le ocasionó su brusca partida de la Yerma Floresta. La Dama Viuda resulta también ser hermana del ermitaño y, a la vez, del Rey Pescador que es precisamente aquél a quien sirve el Grial, no distintos manjares sino la hostia que ha sido su único alimento durante los últimos once años. Sinceramente arrepentido de sus pecados y habiendo recuperado la fe, Perceval se queda dos días al lado del ermitaño haciendo penitencia y no vuelve a aparecer ya en el inacabado poema francés.

El tablero de la Emperatriz

T. Gotch. Muchacha entronizada

            En el mabinogi galés de Peredur, ya vimos que se desarrolla la misma escena que en los textos francés y alemán. En ella, una horrible y negra comadre reprocha ásperamente al héroe el no haber preguntado sobre los extraños fenómenos que presenció en el Castillo del Rey Cojo, también llamado de los Prodigios. Pero, a diferencia del poema de Chrétien, ésta no será la única vez en la que aparezca la desagradable mujer, aunque la primera reacción del héroe sea la misma que en el texto francés: negarse el descanso hasta conocer el secreto de la lanza (recordemos que, en este relato no hay grial sino una cabeza ensangrentada sobre una bandeja). Después de los reproches y la partida de la Doncella Negra, buscando nuevas de ella, Peredur se encuentra con un clérigo y le pide que le bendiga; sin embargo, éste se niega puesto que va armado en una fecha tan santa como el Viernes de Pasión. El héroe intenta justificarse confesando que hace un año que dejó su tierra y olvidó que fuera aquél el día en el se que conmemoraba la crucifixión de Cristo. Al bajar del caballo y proseguir su camino, encuentra de nuevo al clérigo y le vuelve a pedir la bendición. Esta vez, el hombre no se niega y, además, le ofrece compañía y le indica por donde se puede llegar al Castillo que tanto anhela encontrar. Pero, durante el camino, se hospeda en la fortaleza de un señor que le encierra en sus mazmorras por creer que quiere seducir a su hija. Esta misma le hace muy llevadera su prisión y, al día siguiente, le ayuda a huir para que derrote a los enemigos de su padre. Después de la victoria, el anfitrión de Peredur le ofrece su reino y la mano de la princesa, pero nuestro héroe sólo tiene un deseo: encontrar el Castillo de los Prodigios. Su anfitriona, aunque algo a pesar suyo, le indica cómo llegar a un castillo que lleva ese mismo nombre y está situado en medio de un lago (recordemos que las aguas suelen ser fronteras del más allá en la mitología celta). Nuestro héroe se encuentra con las puertas abiertas y, al llegar a una gran sala, observa un tablero de ajedrez en el que ambas series de piezas se enfrentan solas. Al ver que la serie a la que él ayuda pierde la partida, enfurecido, arroja el tablero y las piezas al lago. Es entonces cuando hace su segunda aparición la Doncella Negra que vuelve a increparle, pero esta vez por hacer que la Emperatriz de Constantinopla (que, en una aventura anterior, había conocido, amado y compartido el gobierno de sus tierras durante catorce años)  haya perdido su tablero. La irritante mujer le dice que sólo podrá recuperarlo acabando con un hombre negro que devasta los dominios de la Emperatriz. Peredur consigue vencerle, pero no reaparece el juego mágico; deberá para ello, según una vez más la poco agraciada doncella, librar a su reino de otro azote: un ciervo de un solo cuerno tan largo como el hasta de una lanza y con la punta más afilada del mundo. El héroe consigue cortar la cabeza del fabuloso animal, pero una dama, que dice ser su dueña y haberle estimado como el mayor de sus tesoros, le reprocha su muerte. Para compensarla de la pérdida, el caballero se verá forzado a luchar contra otro hombre negro, de oxidada armadura, que monta un caballo esquelético. El combate es extraño pues cada vez que Peredur le hace caer, su rival, de un salto, vuelve a su cabalgadura. Pone, pues, pie a tierra para luchar a espada, pero el hombre, arrebatándole el palafrén, escapa. Cuando llega, andando, a otro castillo que, de nuevo, tiene la puerta franca, ve, al fondo de una gran sala, a un hombre cojo y de cabellos grises sentado junto a Gwalchmei (el Galván galés). También descubre su caballo junto al del sobrino de Arturo y se va a sentar al lado del señor del castillo. Entonces llegará un joven, que resulta ser su primo, con importantes revelaciones: dice ser él mismo el que se le apareció en forma de doncella negra, retándole a lanzarse a las últimas aventuras. También confiesa haber sido el portador de la lanza de la que manaba un reguero de sangre y de la bandeja sobre la que reposaba una cabeza masculina ensangrentada que resulta ser la de otro de los primos de Peredur al que asesinaron las brujas de Kaerloyow (Gloucester); las mismas que, como ya vimos (La Demanda del Santo Grial y Ars Amandi), siguiendo la tradición celta, iniciaron a Peredur en las artes guerreras. El joven también revela que estas mismas brujas fueron las que hirieron a su tío, el Rey Cojo, y que Peredur está destinado a vengar todas estas afrentas, lo que nuestro héroe cumplirá, ayudado por los caballeros de Arturo, en un combate en el que caen todas las brujas. Así acaba el mabinogi de Peredur.

S. Bak. Hostilidades Waterhouse, Bruja.

Trevizent y el noble Feirefiz

A. Durero. El caballero, la muertey el diablo

            En el poema de Wolfram, mientras se desarrollan, a través de los años, las aventuras de Gawan en el Castillo de las Maravillas, Parzival se ha convertido en un taciturno caballero errante, vencedor en multitud de gestas pero desgraciado: el Grial parece serle ajeno y sólo siente el desprecio del Dios a quien creyó servir. Además, su soledad le pesa, añora a su esposa Condwiramurs y desea volver a su lado, pero, ya le recordó, con las más ásperas palabras, la hechicera Cundry, que debe regresar a los dominios del Rey Pescador y hacer las preguntas que curarán a Anfortas. En tan precario estado de ánimo, encuentra, en Viernes Santo, a un noble señor que peregrina con su familia y le reprocha el ir armado en el día en el que Cristo, por amor, redimió al mundo. Parzival, después de aquel encuentro, se encomendó al Dios que olvidara durante años, soltó las riendas de su caballo, picó espuelas y, únicamente guiado por el destino, llegó al paraje en donde vivía, en continua penitencia, el ermitaño de Trevizent. Éste le instruirá sobre la desgracia de Anfortas y los secretos del Grial (El Rey Pescador y Griales). Al igual que en el poema francés, el personaje es, aquí también, tío del héroe, hermano de Anfortas, de la Dama Viuda y Repanse de Schoye, la doncella portadora del Grial. Quince días vivió Parzival con el ermitaño de Trevizent haciéndose perdonar sus pecados por la penitencia y, con la fe renovada, volvió al camino que le llevaría a Munsalwäsche.

W. Pogany. Parzival y su hermano

Pasado tiempo y aventuras y, de nuevo sufriendo de soledad y tristeza, se encuentra con un imponente caballero pagano que manda veinticinco ejércitos y no reconoce en él a su hermano Feirefiz, hijo de Gahmuret y de la reina Belakane, bella y negra como la noche, por lo que el primogénito heredará su nobleza y sus colores: ya que es medio blando y medio negro (El valiente Gahmuret). Los hermanos, que desconocen serlo, entablan un encarnecido duelo. Su valentía y sus fuerzas son parejas y, aunque Parzival es el primero en caer de rodillas bajo los terribles golpes de su rival, se recupera pensando en su esposa, mientras su grito de guerra: ¡Pelrapeire!, consigue atravesar cuatro reinos y llegar hasta Condwiramurs que le envía la fuerza necesaria para sobreponerse y asestar un potente golpe a su hermano, que también cae  de rodillas. Pero, en ese momento, su espada se rompe y queda indefenso, lo que servirá para mostrar la nobleza del caballero pagano que arroja la suya y confiesa que, si el arma no se hubiera roto, él habría sido vencido. Cuando suspenden momentáneamente el combate para reponerse, hablan de su padre y se reconocen. Juntos, vuelven a la corte del rey Arturo, allí también se encontraba Gawan y todos se admiraron de conocer a un hombre que era en toda su piel blanco y negro. Al día siguiente, apareció de nuevo Cundry, la hechicera, pero no hecha una furia, como en la primera de sus intervenciones, sino solicitando el perdón de Parzival por su anterior comportamiento y portando el blasón del Grial que la legitima como su mensajera. Después de obtener el perdón del héroe, le revela que la piedra santa le ha elegido a él como rey y que Condwiramurs y Lohengrin han sido también llamados a Munsalwäsche, donde se brinda a conducirle junto con el compañero que elija.  Naturalmente, Parzival escoge a Feirefiz.

Gurnemanz, impaciente, insta al visitante a que se despoje de sus armas ya que pisa terreno sagrado y es el día de Viernes Santo. El caballero, que parece haber venido de muy lejos, clava la lanza en el suelo, coloca delante de ella el escudo y la espada, se despoja del yelmo y se arrodilla. Al acabar su plegaria, en el Teatro de la Colina Verde, se escucha el solemne motivo del Grial.

 

Bibliografía

Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Lambert, P.-Y. (traducción del galés medio, presentación y notas de); Les Quatre Branches du Mabinogi. París, Gallimard, 1993.
Troyes, Chr. de; Romans. París, Librairie Génerale Française, 1994.
Wagner, R.; Parsifal. L'Avant-Scène Opéra nº213.