Número 200 - Zaragoza - Agosto 2017
IN FERNEM LAND... 

ARS AMANDI

PARSIFAL

Cabalgando anteayer por un camino,
triste porque el marchar no me placía,
salióme Amor al paso,
con hábito de humilde peregrino.
Dante.
La vida nueva.

 

 

 

F. von Stassen. Kundry y Herzeleide

            En el Teatro de la Colina Verde, Parsifal no sabe responder a ninguna de las preguntas de Gurnemanz, ni siquiera conoce su propio nombre, sólo el de su madre: Herzeleide, “Pena en el Corazón”. Resuena su motivo, triste y dulce a la vez. Kundry, le dice bruscamente que, al pasar cerca de ella, la vio morir y el muchacho, lleno de dolor, se lanza contra la mujer salvaje.

Bel Repaire

K. Parkinson. El reino

            Cuenta Chrétien de Troyes que Perceval, después de salir del castillo del sabio Gornemant, ya con la apariencia de un perfecto caballero (Enseñando a un necio), en vez de volver a la casa de la Dama Viuda para saber qué había sido de ella después de su marcha, como era su intención, se encuentra con una ciudad sitiada, a la que sólo rodean el mar y parajes desiertos. Cuando le abren las puertas de la enorme muralla que la circunda sólo encuentra miseria, ruinas y desolación. Sin embargo, es conducido al castillo y tratado conforme a su rango por cortesanos de cabellos blancos, no tanto por causa de la edad como del sufrimiento. Allí, en una magnífica sala, que habla de la riqueza de otros tiempos, le presentan a su reina: una elegante joven, que resulta ser sobrina de Gornemant, de tez blanquísima, cabellos dorados, cejas oscuras (el canon de belleza, en la época, era el rubio artificial), boca roja como las mejillas y deslumbrante hermosura. Le ofrece una exquisita hospitalidad, pero una cena pobre, de acuerdo con la ruinosa situación de Bel Repaire (Bello Refugio), que así se llama su desolado feudo. A pesar de todo lo que ve, del  estado famélico de los caballeros que allí se encuentran y de que Blancheflor, la bella señora del lugar, le comenta que si le contara todas sus desgracias, sin duda no la creería, Perceval, quizá excesivamente influenciado por los consejos de Gornemant (o incapaz, aún, de interiorizarlos y llevarlos correctamente a la práctica, como hiciera antes con los de su madre), apenas osa hablar y mucho menos preguntar cuál es la razón de tanta miseria. Por ello, la joven reina tendrá que acudir, en la noche, a la habitación donde descansa el héroe, para, entre lágrimas, explicarle que el odioso caballero Clamadex des Iles, ayudado por su cruel senescal, Aguingueron, asedia la ciudad y pretende su mano, pero que se quitará la vida antes que rendir cualquiera de las dos, a pesar de que ya muchos de sus paladines han sido aniquilados y de que a los que quedan les vence, como al resto de sus súbditos, el hambre. Inmediatamente consolará Perceval a la hermosa y  desolada reina de Bel Repaire y ambos dormirán esa noche reunidos en un inocente abrazo. De mañana, nuestro héroe promete enfrentarse a los enemigos de Blancheflor y le pide, como recompensa a su victoria, unos favores que la muchacha estaba, de antemano, decidida a procurarle.

S. Dalí. Blanchefleur

Su primer combate se produce con el senescal Aguingueron al que, después de vencido, y recordando las palabras de misericordia de Gornemant, no mata sino que envía a la corte del rey Arturo para que, allí, se declare prisionero y comunique que vengará a la muchacha a quien el malhumorado Keu golpeó por descubrir con su risa que Perceval sería el mejor de los caballeros (El Caballero Bermejo). El héroe vuelve al castillo y, de nuevo, duerme castamente con la joven reina para, por la mañana, enfrentarse y vencer a los veinte paladines que el enemigo manda de improviso para lo que suponía un asalto definitivo. Pero, desde la aparición de Perceval, todo está cambiando en la ciudad sitiada a la que, después de mucho tiempo, empiezan a llegar mercaderes con suministros. Es entonces cuando el mismo Clamadex reta al Caballero Bermejo (nombre por el que se conoce a Perceval) a un duelo singular en el que, como su senescal y sus campeones, resulta vencido. Por lo que también él deberá entregarse prisionero a Arturo y llevar a la dama risueña, a la que aún le duele la bofetada de Keu, el deseo de venganza del victorioso Perceval. Aunque éste empieza a vivir una vida de delicias y bienestar con Blancheflor, la amiga que había introducido la llave del amor en el cerrojo de su corazón, según Chrétien, el recuerdo de su madre y, sobre todo, el no saber si está viva o muerta, le aleja de Bel Repaire decido a encontrarla, pero promete que regresará lo antes posible, bien trayendo con él a la Dama Viuda o para celebrar los servicios religiosos destinados a rogar por la salvación de su alma.

La que conduce a amar

R. van der Weiden. Retrato de mujer

            Encontraremos este mismo episodio en el texto de Wolfram con muy ligeras variantes. La primera es que Parzival, atravesando inhóspitas y elevadas montañas, y cabalgando siempre en línea recta (mientras piensa en la bella hija de Gurnemanz, no en reencontrarse con su madre como en el poema francés), llega a la ciudad de Pelrapeire, que el terrible Clamide tiene sitiada para forzar a su soberana a que le acepte como marido. Todo en el lugar habla de esplendores pasados y miserias presentes; paladines y damas se muestran famélicos y hasta la reina cree, cuando le presentan a Parzival, que éste no habla ante ella porque le desagrada su delgadez; lo que está muy lejos de la realidad, ya que el joven permanece callado por seguir al pie de la letra los consejos de Gurnemanz y también por la impresión que le ha causado la extraordinaria belleza de Condwiramurs (Guía de Amor), que así se llama en el poema alemán, la que para el texto francés era una Flor Blanca. También ella se dirigirá, en la noche, a la habitación donde descansa el héroe para, entre llantos, pedir su ayuda, ya que está dispuesta a quitarse la vida antes que entregarse a Clamide, rey de Brandigan y asesino de su prometido: uno de los hijos del príncipe Gurnemanz, que resulta ser su tío. Parzival le promete ayuda y, al alba, se despiden tan castamente como habían pasado la noche el uno junto otro, ya que nada sabían del amor. Más tarde, el héroe vencerá al senescal Kingrun, el campeón de Clamide, y le enviará a la corte de Arturo para que se entregue a la dama que Kai maltrató. Ambos jóvenes vuelven a pasar juntos e inocentemente la siguiente noche, aunque ella se consideraba ya casada con el héroe porque, a la mañana, recoge su cabello (símbolo de unión matrimonial), a la vez que entrega a Parzival todos sus bienes.

E. Delacoix. Combate

En la tercera noche, ambos practicaron el viejo y nuevo uso y se sintieron dichosos. Mientras tanto, llegaron suministros por mar a la ciudad sitiada y Clamide reunió un poderoso ejército contra ella; pero fue vencido y enviado, a su vez, a la corte britana en donde confesó que sentía más la pérdida del amor que la de todo su ejército, y en donde fue perdonado por el rey. Mientras, en la ahora próspera Pelrapeire gracias a la generosidad de Parzival, él y Condwiramurs formaban un matrimonio feliz y atípico, ya que no había habido ninguna ceremonia de esponsales (ya vimos que en la obra de Wolfram las bodas se santifican en el lecho, El valiente Ghamuret) y se había llevado a cabo únicamente por amor, no por conveniencia social como era costumbre en aquella época. Sin embargo, al poco tiempo, nuestro héroe, con pena en el corazón, decidió partir, ya que sentía, por primera vez en el poema alemán, la necesidad de saber cómo se encontraba su madre. Si Gurnemanz le había iniciado como caballero, Condwiramurs fue su guía en el amor que no sólo se manifiesta a través del  matrimonio sino también en la preocupación por la suerte de su madre.

Sangre en la nieve           

Manuscrito del Siglo XIII

En el mabinogi galés de Peredur, encontramos un orden de acontecimientos diferente del de los otros dos textos. Después de aprender de su tío materno todo lo que aquél le quiso enseñar sobre las normas de la caballería,  nuestro héroe se encuentra con un imponente castillo en el que le recibe otro hombre de cabellos grises que, después de ponerle a prueba, repite las palabras que ya pronunciara su pariente: que, en el arte de la espada, sería el mejor del reino; pero añade que, aún le queda por conquistar un tercio de su valor. Ésta es la evidencia de que su iniciación aún no ha sido completada. Después de que el castellano le confiese que también él es hermano de su madre, ambos asisten a un extraño cortejo en el que, primero, aparecen dos jóvenes que llevan una lanza enorme de la que manan tres regueros de sangre y, después, dos muchachas sosteniendo un plato en el que reposa una cabeza masculina ensangrentada. Ante el extraño espectáculo, ni el hombre interrumpió su conversación con el joven, ni éste le preguntó el sentido de lo que acababa de suceder. A la mañana siguiente, Peredur deja el castillo de su segundo tío y se encuentra por el camino con una mujer, que llora la muerte de su esposo. Le revela que es su hermana de leche y le anuncia que está excomulgado por causar el fallecimiento de su madre. El héroe no parece inmutarse ante la noticia, derrota al caballero que había dejado viuda a la dama, le insta a casarse con ella y le envía a la corte de Arturo para que, allí, pida gracia y recuerde que el enano y la muchacha ofendidos por Kei serán vengados. Después, Peredur llega a un magnífico castillo. Entre los jóvenes que le dan la bienvenida, destaca la belleza de una muchacha que resulta ser la condesa, la señora de aquellos lugares, aunque se presente vestida con  ropas muy gastadas. El joven caballero admira la blancura de su piel, el negro azabache de sus cejas y cabellos (este color es el ideal de la belleza celta, al contrario, como hemos visto, del de la Edad Media que era el rubio artificial) y el rojo de sus mejillas. Como las viandas y las bebidas que se sirvieron en la cena no eran muy abundantes, Peredur quiso repartirlas equitativa y generosamente antes de irse a descansar, negándose a recibir la parte más copiosa, que reservan las leyes de la hospitalidad a los invitados. Por consejo o, mejor, por imposición de sus cortesanos, la joven señora, bañada en lágrimas, visita, en la noche, a Peredur, le cuenta lo penoso de su situación y se ofrece a cambio de que el héroe acepte combatir contra el conde que, además de haberse apoderado de sus tierras, pretende su mano. Peredur promete el auxilio, pero invita a la muchacha a regresar a su dormitorio y ella obedece. Después del alba, derrotará a un tercio del ejército asaltante y, con él, a su jefe que reintegra a la condesa un tercio de sus tierras. En el segundo día, vencerá a otra gran parte de los sitiadores y al intendente del conde, a quien hace devolver otro tercio de las posesiones conquistadas. Finalmente, al tercer día, es al mismo conde al que vence el galés y a quien fuerza a entregar el tercio que quedaba por recuperar, además de sus propias tierras, provisiones y pertrechos para los caballeros de la hermosa señora. Con ella, y por el amor que le profesaba, permaneció tres semanas, antes de enfrentarse a nuevas aventuras. Nos puede sorprender esta reiteración del número tres en el Peredur, si desconocemos su importancia simbólica en la tradición de los celtas, materializada en el triskel, la triple espiral que representa la totalización del cosmos en los tres elementos fundamentales (aire, tierra, agua), los tres reinos que forman el mundo (tierra, mar, cielo o animal, vegetal, mineral) y los tres componentes del ser (cuerpo, alma, espíritu). También los celtas solían componer sus proverbios y bendiciones en tres partes, y, a diferencia de otras mitologías, sus dioses eran, a menudo, triples, lo que les permitió aceptar, con más facilidad que otros pueblos, el concepto de la Trinidad cristiana. Esta dimensión mágico/religiosa del tres hará que nos encontremos continuamente esta cifra en todo lo relacionado con iniciación, copas y calderos de inmortalidad (claras prefiguraciones del Grial): tres son las gotas que bebe del caldero de la diosa Cerridwen el druida galés Taliesin para alcanzar el conocimiento perfecto; tres son las patas que sostienen estos calderos; tres las cubas en las que deberá introducirse Cuchulainn para completar su iniciación, tres los colores que llevarán a Peredur al éxtasis, etc., etc. Pero volvamos al mabinogi.

Autor anónimo. Deirdre y Noise

Inmediatamente después de abandonar el castillo de la joven condesa, el héroe devolverá a la dama que, materialmente, asaltó en la tienda, nada más salir de la Yerma Floresta (El Río de la Vida), el honor que él mismo le había arrebatado junto con el anillo, combatiendo con su celoso marido y venciéndole en buena la lid. Nuestro héroe, en su proceso iniciático, empieza a reparar los daños que causó su ignorancia del mundo. Resulta significativo resaltar que sea después de conocer el amor en la hermosura de la joven condesa cuando repare la falta que cometió precisamente contra el amor, en la primera mujer que había encontrado en su camino, lo que empieza a confirmar la buena marcha de su aprendizaje. Tampoco nos ha de resultar extraño que, en la historia de Peredur/Perceval/Parzival, la iniciación a las armas y al amor corran parejas, ya que esto era lo normal en la tradición celta que subyace a estos relatos, como demuestra la historia de Cuchulainn, el personaje más famoso de la epopeya del Ulster, que aprende las artes guerreras y amatorias gracias a las enseñanzas de dos magas escocesas Aifa y Scatach. Lo que nos recuerda a la mítica Morrigan (la Gran Reina que, con el tiempo y el cambio de creencias, se convertirá en el hada Morgana del Ciclo Artúrico): diosa tanto del amor como de la guerra para el pueblo celta.

J.W. Waterhouse. Lamia

Después de reparada su falta contra la dama de la tienda, Peredur llega al castillo de otra bella y majestuosa condesa que le desaconseja pasar allí la noche, por culpa de los ataques que sufre su fortaleza a causa de las brujas Kaerloyow (nombre galés de Gloucester). El caballero se enfrentará con ellas (lo que nos recuerda a la violenta perorata que lanza la bruja Cundrie contra Parzival en el poema de Wolfram y que es, sin embargo, al igual que en Wagner, la mensajera del Grial) y, como Cuchulainn, durante tres semanas, recibirá sus enseñanzas de magas guerreras. Será inmediatamente después de este episodio, en el mabinogi de Peredur, cuando el héroe caiga en un absoluto éxtasis contemplado, sobre la nieve, un cuervo y algunas gotas de sangre que le llevan a la ensimismada evocación de la tez blanquísima, la cabellera negra y las rojas mejillas de aquélla a quien más ama en el mundo. Este tema (que también encontraremos en los poemas francés y alemán, salvo por el detalle del cuervo ya que tanto Blancheflor como Condwiramurs son, por imperativos de los gustos medievales, rubias) que, a diferencia del mabinogi, se pospone en ambos textos al primer y fracasado encuentro del héroe con el misterio del Grial, es, como tantos otros que venimos observando, de tradición celta, y así lo demuestra el Ciclo del Ulster. Allí, en de una de las más populares tradiciones literarias irlandesas, la de la leyenda de Deirdre, que algunos llaman de los dolores (Grato pesar. Amarga Dulzura), la heroína a quien el rey Conchobar se reserva, como futura esposa, apartándola del mundo, porque un druida profetizó antes de su nacimiento que acarrearía desgracias, observa un día sobre la nieve a un cuervo bebiendo unas gotas de sangre; entonces jura que sólo podrá amar al hombre que tenga el pelo negro, las mejillas rojas y la piel blanca, será el desdichado Noise. Sin embargo, el tema de la sangre en la nieve va, en el mito del Grial, más allá de lo poético: quien, hasta ahora sólo era acción, en la mayoría de los casos, irreflexiva y únicamente destinada a satisfacer sus propios deseos, no sólo ha comenzado a asumir y a enmendar las consecuencias de sus actos egoístas, sino que también se muestra capaz de contemplar, de evocar hasta el éxtasis y, por amor, de ir más allá del mundo de las apariencias para encontrar, junto con sus propias emociones, ese sentido profundo de las cosas que sólo puede nacer de una vida interior que tenga en cuenta al otro, distinto y, a la vez, complementario. Tres caballeros de Arturo intentarán sacar a nuestro héroe de su éxtasis, uno conocido por su carácter violento: Sagremor, el deslenguado, y el  también violento senescal de Arturo: Keu, al que el extasiado caballero no reconoce. Ambos son vencidos sin dificultad, vengando de paso a la dama que rió, y Perceval vuelve inmediatamente a su místico recogimiento. Por fin, aparece Gauvain, conocido en la Materia de Bretaña por su cortesía y sus apasionados amores. No por casualidad será él quien pueda comprender su actitud y consiga retirar al héroe de su contemplación, una vez fundida la nieve.

            En el Teatro de la Colina Verde, tan pronto como Kundry advierte que Parsifal ha caído fulminado por el dolor de la muerte de su madre, corre hacia el arroyo y recoge agua con la que aliviarle, mostrando la misericordia del Grial: remedia el mal quien lo paga con el bien.

 

Bibliografía

Eschenbach, W. von; Parzival. Madrid, Siruela, 1999.
Green, M. J.; Mitos Celtas. Madrid, Akal, 1995.
Lambert, P.-Y. (traducción del galés medio, presentación y notas de); Les Quatre Branches du Mabinogi. París, Gallimard, 1993.
Markale, J.; La femme celte. París, Payot, 1992.
Troyes, Chr. de; Romans. París, Librairie Génerale Française, 1994.